lunes, 19 de diciembre de 2016

El cansino de la Navidad

Una de las figuras clásicas e imperecederas de la Navidad es ese cansino, demagogo y aguafiestas que todos conocemos y sufrimos cada año, ese que se encarga de recordarnos en medio de la celebración, las risas y el confeti todo lo malo que conllevan estos días. Ya sabéis, ese amargado que, cuando has descorchado la primera botella de cava, te dice: “Bah, la Navidad es todo consumismo y falsedad”. Ese tipo (o tipa, claro) sale a relucir en multitud de ocasiones: día de los enamorados, aniversarios, santos o demás festividades importantes. Es el típico que te alecciona de cómo, cuándo y cómo hay que amar, recordándote que los abrazos y los besos se deben dar todos los días y no sólo cuando lo marca el calendario. Y, sin embargo, a pesar de todo lo que te dice, tú no alcanzas a recordar cuándo fue la última vez que lo viste a él abrazar o besar a alguien. Curiosa contradicción.

La Navidad es una fecha especial con tintes religiosos que, claro, no cala muy bien entre esa progresía rancia que nos ha tocado sufrir a muchos. Nunca la sentí como una fiesta propia de los creyentes porque, creo, significa (o debería hacerlo) mucho más que la celebración del nacimiento de Cristo. Para mí la Navidad, como he dicho anteriormente, es una época donde la luz vence a las tinieblas metafórica y literalmente. Caminas por el centro de cualquier ciudad y tienes millones de bombillas alumbrándote el paso a la vez que, si te paras a mirar, puedes observar cómo, por momentos, la bondad y el sentimentalismo se sobreponen a todo lo malo que nosotros, la raza humana, llevamos en lo más hondo de nuestro ser. La Navidad es esa época en que te fundes con gente a la que no ves durante todo el año, que abrazas y besas y familiares que viven lejos, a amigos con los que pudiste perder relación o felicitas a gente con la que no habías hablado en tu vida y, quizá, no vuelvas hablar jamás. Algunos ven eso como algo malo o artificial y yo, mira tú por dónde, lo veo como un regalo maravilloso que nos ofrece estos días que están por llegar.

La Navidad te hace mejor persona, es algo en lo que creo fervientemente. Sonríes más, sales más, bebes, comes y quieres más que hace una semana. Te arreglas y te pones guapo, piropeas a tus amigos y a tu familia, te reúnes y charlas, te desinhibes, piensas menos y dejas para mañana lo que podrías hacer hoy. “Voy a aprovechar ahora, que el día dos me pongo con la dieta”
Por una vez en el año se vive el momento, ese carpe diem latino que todos nos obligamos a realizar pero que siempre dejamos para más adelante. En Navidad se exprimen los segundos, se vive el presente sin importar el mañana, se externaliza todo lo que llevamos meses queriendo sacar y, sobre todo, se quiere mucho y muy seguidamente. Únicamente por eso ya merece la pena celebrarla.

Pero hay más, mucho más: las guirnaldas, los árboles y los belenes. La ilusión de un regalo que no esperabas, el olor a marisco o el sabor del vino tinto. El llenar casas de comida aunque haya veces que cueste llegar a fin de mes; quitarte tú para darle al que tienes a tu lado o las partidas de trivial que no tienen final. Garrapiñadas y castañas, bufandas anudadas a la garganta, la ilusión de los niños y de los que no lo son tanto, los disfraces y las uvas, o la primera persona a la que felicitas cuando dejas atrás este año que va a terminar. De excesos y besos, de ‘te quieros’ tan sinceros que parece que te vas a emocionar. Es época de recordar a los que se fueron o a los que ya no están y eso, aunque parezca triste, no deja de ser algo maravilloso, porque nada importa más a la gente que se ha marchado que saber que los que seguimos aquí nos acordamos de ellos sin parar. La Navidad es calor dentro del frío invierno, El Tamborilero de Raphael y las fiestas de guardar; las resacas, los bostezos, la lencería roja y el afecto. La Navidad es reunirse con quien tú quieres, amar a los que te quieren y disfrutar sin parar. La Navidad es darte cuenta de que por muy mal que vayan las cosas tienes mucha gente a tu alrededor que te adora y, pase lo que pase, siempre lo hará.


Por eso, querida amiga o querido amigo, cuando te venga ese cansino diciendo que todo es un asco, que la hipocresía nos invade y que todo está fatal, no te amilanes ni le hagas caso; ponle un gorrito de Papá Noel en la cabeza, invítalo a una cerveza y dale un abrazo de esos largos, sentidos y difíciles de olvidar. Dile que la vida no es blanca ni negra, que toda época conocida tuvo fallos y siempre los habrá, pero que durante estos días todos, absolutamente todos nosotros, deberíamos pensar que esa vida, con sus imperfecciones y sus bonitas coincidencias, es el mejor regalo que nos han dado… y nos darán. Así que mejor dejar el amargor y la antipatía en casa y salir a festejar que estamos casi ya metidos de lleno en la blanca, festiva y preciosa Navidad. Que la disfrutéis cómo y con quién más feliz os haga, que la exprimáis como una naranja madura y que os colmen tanto de cariño que deseéis con todas vuestras fuerzas que no se termine nunca jamás.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La vida

"La vida es eso que pasa entre café y café” le leía a una chica esta tarde en alguna red social que ahora mismo no sabría nombrar. Esa frase de servilletero de bar o de libro de autoayuda encierra tras de sí una cuestión más profunda, la misma que se lleva planteando la humanidad desde que es humanidad. ¿Qué cojones es la vida? Pues os lo voy a decir:

La vida es una cerveza en el local donde todos mis amigos se reúnen, una conversación con un tipo al que hacía mil años que no veías, una mirada de la chica a la que jamás besarás y que, a estas horas de la noche, se come a uno de tus grandes compañeros de aventuras mientras piensa: “¿y si le hubiera dado a él una oportunidad?”. Eso es la vida… y mucho más.

La vida es un paseo con la bicicleta una tarde de domingo, que tu madre se eche a llorar porque no puede contigo, una taza de chocolate caliente en diciembre o que el amor de tu vida te diga por chat que está con saliendo con otro. Que tu mejor amigo se vaya a vivir a la otra punta del país, que te rías tanto que no puedas respirar o que, sin darte cuenta, estés a punto de cumplir los treinta. La vida es eso que está pasando mientras os escribo este texto.


La vida es una novia que te cambia por Roma o el olor de la ropa de invierno cuando la sacas del armario. La vida es la chica que se muere porque la beses o esa otra que está harta de que le digas que darías media vida por dormir junto a ella. La vida es un chupito de tequila en la barra del bar o una canción de Sabina en la soledad de tu hogar. La vida son las fotografías viejas de algún álbum lleno de polvo o un Jack Daniel´s con un señor al que siempre respetaste. La vida, la tuya y la mía, son todos los besos que has dado y todos los que te quedan por dar.

La vida es esa mujer embutida en un vestido verde que te vuelve loco con sólo mirarla o esa otra que te prometió un día que jamás volvería a hablarte. La vida es un balón de cuero entrando por la escuadra de una portería, don Sergio Ramos García marcando un gol en el descuento o algún jugador del Real Madrid levantando una copa al cielo. La vida son las lágrimas, las sonrisas, los gemidos y las palabras que nos hemos llevado en la mochila y nunca hemos dejado que salieran a la luz. 

Sí, la vida también es una canción de Taburete, ver a Walter White de mala hostia, el coche que no arranca, la pata que le falta a mi radiador, el enfado y la angustia porque las cosas no te salen bien, los labios que extrañas y el ´clic’ de un sujetador desabrochándose. La vida es que un amigo tuyo te diga que tiene una enfermedad jodidísima y que tú, con toda la puta sinceridad del mundo, le contestes: “aquí me tienes para luchar contra ella. Los dos. Juntos.”. La vida es matar o morir por la gente que te importa todos y cada uno de los días de esa misma vida que te ha tocado vivir.

La vida es sobre todo besar, abrazar y decirles a todas las personas que te rodean, quieres y amas precisamente eso: lo mucho que las quieres o lo muchísimo que las amas. La vida es cada ‘te adoro’ que pronuncian tus labios, cada caricia sobre una piel desnuda, cada bocado al cuello en noches de pasión o cada susurro casi mudo en una habitación oscura donde se puede llegar a oír un “me estoy enamorando de ti”. La vida es amar muy fuerte todo lo que amas, matar por todo aquello por lo que morirías y disfrutar de cada una de las cosas que te hacen tan feliz que, si tuvieras que dar la propia vida, no dudarías un minuto en hacerlo. La vida es amar y ser correspondido o incluso, si me apuráis, amar y no serlo; porque al final no importa si te quieren o te odian, si caes mejor o peor o si eres correspondido o no, lo verdaderamente importante de este camino que más pronto que tarde terminará, es irte con la cabeza bien alta gritándole al mundo que tú diste lo máximo que tu corazón podía albergar. Y cumpliendo con esa premisa, amiga o amigo mío, podrás decir dentro de muchos años que tus días en esta tragicomedia llamada ‘vida’ tuvieron sentido y que tu papel mereció la pena. Si no, te irás de aquí solo y amargado y te reprocharás para siempre el no haber disfrutado al máximo de toda la belleza que tienes a tu alrededor. Así que venga, espabila... y vive.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Te olvidarás de mí...

Te olvidarás de mí el día en que, cuando llamen a la puerta, no desees con todas tus fuerzas que sea yo volviendo a tus brazos. El día en que te olvides de cómo te besaba lento, de cómo bajaba por tu cuerpo, de cómo te susurraba al oído lo mucho que te quería o lo mucho que te quiero. Ese día, si es que llega, te habrás olvidado de mí. 

En el momento en que los labios de otro no te sepan a los míos, en que no recuerdes mis caricias, en que tu mente no te recrimine lo imbécil que fuiste al irte, al tirarlo todo por la borda, al cambiarlo por nada. Ese día, querida, me habrás olvidado.
Cuando el verano no te sepa a vino en la terraza ni a esos paseos por descampados a la luz de la luna, y el invierno no te evoque estufas encendidas ni mantas guareciéndonos. Entonces, y sólo entonces, me habrás olvidado. 
Cuando no sueñes conmigo, cuando pasees por la calle y tu subconsciente no te diga: esa chaqueta le gustaría, esa camisa le sentaría genial, ojalá estuviera aquí para recordarme el nombre de esa película o, quizá, reces para que volviera allí a quejarme otra vez de lo mucho que tardabas en elegir vestido. Cuando otros dedos ericen tu piel, cuando otro te tape del frío, cuando tus pies helados encuentren cobijo en una cama distinta o cuando ya no recuerdes el olor de mi perfume. Ese día, el día en que por fin dejes atrás todo eso, me habrás dejado a mí también.

Cuando alguien te quiera para más de una noche o, peor aún, tú quieras a alguien para más de eso. Cuando necesites llorar y que te abracen, que te besen con el alma y no sólo con los labios, entonces comprenderás lo que dejaste escapar. Llegará un día no muy lejano en el que ya no recuerdes cómo me agarraba a tu pecho para dormir, cómo necesitaba tenerte cerca para conciliar el sueño, cómo te buscaba en la noche cuando sentía que te habías alejado cinco centímetros y, casi sin quererlo, te atraía a mí para no dejarte escapar. Los momentos de riñas, las lágrimas y también las carcajadas, las noches de película y las películas en mil y una noches. Las partidas de Trivial o los viajes a la tierra del arte, la pizza y el imperio. Las veces en que te dije que te quería más que a nada o a nadie en este maldito planeta que ahora parece un desierto sin ti. Cuando olvides mis manos descendiendo por tu espalda, mi boca diciendo que nunca había querido igual, quizá… sólo quizá, me consigas olvidar.

Y yo dejaré de recordarte la noche en que el alcohol no vuelva a recordarme tu cara, tu sonrisa, tu cuerpo desnudo y esos ojos verdes clavándose en los míos. Entonces, cuando ya no vuelva a pensar que te quise y sólo siga aquí conmigo el daño que me hiciste, empezaré a dejar de depender de ti. Y únicamente quedará guardado en mi mente todo lo malo que vino después, obviando que fuiste el amor de mi vida y odiándote por el resto de esa misma vida que te llevaste metida en tu bolso de marca. Pero espero, de verdad, que todo eso, mi odio, mi desprecio, mi indiferencia o mi apatía tarden mucho en llegar, pues todavía disfruto de los momentos buenos que una vez tuvimos aunque haga tiempo que se convirtieron en ilusiones que se evaporaron como el rocío de una mañana de agosto. Al final, como te dije no hace mucho, te he convertido en algo mejor de lo que jamás fuiste y jamás serás y eso es algo que, probablemente, ni merecías, ni mereces... ni merecerás.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Sentidos

El sonido de las primeras gotas de vino chocando contra el cristal de la copa, el ronroneo de la  turbina del avión que te duerme y te arropa. El chasquear de los labios de mi boca con tu boca o los gemidos de pasión aquella noche en que, con mis dedos, te volvía tan loca. Los acordes de una guitarra española o la melodía de un saxofón, el rugido de un tigre o el chirriar de los muelles del colchón, la risa de una rubia en esa residencia de estudiantes, la melodía melancólica de la música de antes, el silencio de una habitación que guarece a dos amantes o el crujir del cuero de tus pantalones como si fueran dos guantes.

El olor de un automóvil a estrenar, el de la gasolina o el de la espuma del mar; el de una habitación vieja o el de la chica que me amó un día y se fue para no volver jamás. El de un jersey recién lavado, el del champú en tu pelo todavía mojado, el que desprende un hombre con el corazón destrozado, el de la pizza salida del horno o el del pan recién horneado. El que uno no echa de menos hasta que lo ha perdido o bien ese otro que no extraña hasta que se lo han robado. 

La visión de tus piernas morenas andando por la acera, la de tus labios rojos o el contonear de tus caderas. La hebilla de tu sujetador desabrochándose mientras mi corazón se acelera, la del amanecer o la del atardece siempre que sea a tu vera. El mar azul desgarrándose contra el sol que se esconde y la imagen del primer ‘te quiero’ al que un ‘yo también’ responde. El color blanco ondeando sobre un estadio, las luces de la ciudad desde el extrarradio o las fotos junto a ti, esas en las que todo el mundo me dice que son en las que más felicidad irradio.

El gusto vistiendo que siempre tuviste y el de tus labios que aún queda en los míos desde el día en que te fuiste. El del café recién molido, el de los bombones, la comida de mamá o el amargor de no haberme ido contigo. El del whisky impregnando mi garganta, pero el del bueno, el que no se toma ni con CocaCola ni con Fanta. El de un domingo de película guarecidos bajo una manta, el de tu boca besándome despacio, ese que tanto me gusta, ese que tanto me encanta. El del chocolate con leche, el asado argentino, el de la cerveza bien fría o el de una buena botella de vino; el de los abrazos que se fueron y el del que dijo que vendría más tarde y, al final, nunca vino.

El tacto de tu piel desnuda, el de tu boca cuando la mía besa olvidándose de las palabras, volviéndose muda. El de la seda o el algodón, el apretar tu cintura hacia mi pantalón. Sentir la suavidad de tus manos, el ardor de cuerpo, notar cómo se pasan las horas y, sin embargo, todavía nos queda mucho tiempo. El del césped recién regado, el de la arena y el hormigón armado, el de las esperanzas del futuro y los recuerdos del pasado, el de tantas veces que memoricé tu anatomía y, a pesar de tanto tiempo, todavía no se me ha olvidado. El del saber que vagas por ahí en otros brazos, en otras camas, en otras vidas y sentir que aquí, donde yo estoy, la mía se queda sola, acongojada, triste, mustia y completamente vacía.

viernes, 28 de octubre de 2016

El recuerdo

Es ahora que tu ropa ya no cuelga de mi armario cuando más me acuerdo de tantas y tantas noches quitándotela. Ahora que te has ido es cuando más te recuerdo, cuando más te echo de menos, cuando más perfecta te hago. No queda lugar para el error en este subconsciente empecinado en pulirte como un diamante en bruto; no queda resquicio de fallo o imperfección, todo eso te lo llevaste contigo aquella noche fría de invierno en que nos dijimos adiós para siempre. 

Hace tiempo que tu perfume desapareció del espejo de mi baño y, sin embargo, no se termina de ir del todo de las sábanas de mi cama. Te llevaste contigo las riñas, los enfados y las discusiones y te dejaste aquí las caricias y los abrazos. No queda rastro de todas las peleas que tuvimos, ni de todas las cosas horribles que en alguna ocasión nos dijimos. Si cierras bien los ojos en mi casa, todavía se escuchan los besos que nos dábamos en cualquier parte de ella. 

Aún hay veces que me giro en la cama buscándote, y eso que ella parece no acordarse de ti. Casi se me ha olvidado tu manía de acaparar el mando de la televisión, tu mal perder, las horas que esperaba a que terminaras de arreglarte o las mentiras que me dijiste. Todo eso lo ha borrado mi mente como el aire se lleva el polvo del camino. Y ahí, donde quedaban todos esos desperfectos, únicamente sigue tu sonrisa al sonrojarte, tu forma de caminar, tus manos acariciándome el pelo o el momento en que supe que, por mucho que pasase el tiempo, no encontraría ninguna como tú por mucho que removiese cielo y tierra. 
Te marchaste buscando otra vida mejor y yo, en vez de ofuscarme en odios vanos e inútiles, conseguí involuntariamente hacerte mejor de lo que jamás serás. Te he perfeccionado con el tiempo aunque no seas más que otra mujer imperfecta como los cientos de millones que vagan por ahí. Ya lo dijo en una ocasion ese poeta colombiano de bigote poblado y cara de bonachón: "puede que seas una persona insignificante para el mundo, pero para alguna persona, tú eres su mundo"

Conseguiste que la taza de café más horrible que había en la cocina sea ahora mi preferida, que todas las Copas de Europa me sepan a ti, que suenen los Rollings en mi Iphone y que, de vez en cuando, me venga el sabor de tu boca a mi cabeza. Te llevaste contigo mucho, pero me dejaste lo mejor: el recuerdo de aquellos años que ahora se antojan preciosos aunque, si te pones a recordar, no lo fueron tanto. Imagino que será la mujer que sí decida quedarse a mi lado la que, poco a poco, le dé la razón a mi mente sobre mi corazón; pero ahora, querida, quería decirte que te he hecho mejor de lo que eras y que con eso hemos ganado los dos: tú por pensar, mientras lees esto en tu ordenador, que jamás conseguiré olvidarte y yo, sin embargo, por saber que en un alarde de imaginación conseguí eliminar todas tus imperfecciones y así, casi sin quererlo, el que se quedó con la mujer perfecta fui yo.

lunes, 10 de octubre de 2016

El pero

El ‘pero’ es la palabra más puta que conozco: “te quiero, pero…”, “podría ser, pero… “, “no es nada grave, pero…” ¿Se da cuenta? Una palabra de mierda que sirve para dinamitar lo que era o lo que podría haber sido, pero que nunca fue.

Pocas veces en la historia del cine se creó una película más bella, bien llevada y mejor hecha que la que dirigió y estrenó allá por 2009 Juan José Campanella. El Secreto de sus ojos es, para mí, una de las cien mejores películas de la historia y, sin duda, la mejor que ese país de acento meloso, pavas de mate, sabor a tango y balompié nos ha regalado. Y dentro, escarbando un poco en esa maravilla del séptimo arte, encontramos la reflexión que encabeza este texto que se erige hoy como principal enemigo del condicional, del ‘pero’ y el ‘y si’; del dejar de lado lo que se puede hacer y nunca llega a realizarse.

No hay nada que más aterre a quién les escribe que el condicional, que ese maldito tiempo verbal que te arrebata realidades para convertirlas en sueños y luego, con el paso del tiempo, transforma esos mismos sueños en irreparables frustraciones. Siempre es mejor arrepentirse de algo que no hacerlo, porque al final, con el paso de los días, el pensamiento de qué pudo haber ocurrido si lo hubiera realizado, si me hubiera armado de valor para decirle que la quería, para darle aquel beso que nunca salió de mis labios, para decirle que no se fuese, que se quedase aquí un rato más… pesa más que cualquier fallo, por muy garrafal que este haya podido ser. Temer que tus actos puedan salir mal nunca debe ser motivo para frenar lo que puede hacerte feliz esa noche, esa semana o el resto de tu vida. Jamás.

Los romanos lo llamaron ‘carpe diem’ y, tras Horacio, los más románticos basaron su vida en ese concepto tan apasionado como tremendamente irreverente. Chaplin lo plasmó como metáfora utilizando su profesión: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos”. Ríe o llora, ama u odia, sal a la calle y corre, o quédate en casa leyendo, pero no dejes pasar el tiempo sin hacer lo que te colme, lo que te haga tan feliz que consiga avanzar a toda máquina las manecillas de ese reloj incesante que un día, cuando menos te lo esperes, se detendrá para no volver a echar a andar jamás.

Que no quede en tu tintero un beso que quieras dar y no des por temor, que no queden en la recámara una caricia, un abrazo o una noche desnudo junto a ella bajo las sábanas blancas de una oscura habitación. No dejes escondido un piropo por el miedo al qué dirán, ni esperes a que el próximo tren pase por la estación por si acaso, sin darte cuenta, ese al que estás a punto de subir es el último. Destierra de tu vocabulario el “a ver si nos juntamos un día” y queda con él esta misma noche; olvídate de “el verano que viene tenemos que ir a…” porque nunca lo harás. Saca el billete ahora, móntate en el avión y lárgate a ese lugar con el que sueñas aún a riesgo de no sea como tú creías. No esperes a que el mundo gire en torno a ti ni a que los astros se alineen para hacer lo que más deseas, aquello que tanto anhelas y pospones una y otra vez. No aguardes a mañana para comenzar a vivir porque llegará un día en que las arrugas pueblen tu piel y eches la vista atrás dándote cuenta de que, como decía Enrique VIII en los Tudor, el tiempo es el único bien que no se puede volver a comprar.

Salta si te apetece saltar, llora si la pena te corroe, ama siempre y en todo lugar, corre cuando el mundo intente atraparte, sonríe todo lo que puedas y exprime hasta el último segundo de esta, tu única vida terrenal y conocida. No temas al qué pasará, pues a todo se le puede poner solución menos a las cosas que nunca llegamos a hacer. Así que hazlas. Ahora. ¡¡Ya!!

domingo, 18 de septiembre de 2016

Domingo de fiestas

No hay nada más triste, mustio y desangelado que un estadio de fútbol vacío, un cumpleaños sin regalos y el domingo en el que se dan por finalizadas las fiestas de un pueblo. Las calles, ayer repletas de gentes, hoy se han vaciado de repente y ya sólo quedan manchas de alcohol en el asfalto, vasos de plástico olvidados y banderines ondeando de lado a lado de unas avenidas tan desiertas que, por momentos, llegan a asustar.
Si has caminado por Elche durante la tarde de hoy seguro que te has encontrado con medio centenar de despedidas diferentes. Las maletas se guardan en unos coches que salen despedidos de aquí hacia todos los puntos de la geografía nacional: de Málaga a Barcelona, de Valencia a Córdoba, de Madrid hasta las Canarias. La gente se reparte la comida sobrante y las mesas se quedan vacías para cenar. Apenas media docena de persona degusta el último menú de las fiestas; el resto, ya no está.

Los locales se limpian con menos ilusión que hace una semana, las conversaciones se acortan y las sonrisas desaparecen; el invierno se deja ver ya por el horizonte y, aunque hace la misma temperatura que ayer cuando todos bailábamos acalorados al son de la música de la verbena, parece que el frío entra cada año a Elche de la Sierra el dieciocho de septiembre. El invierno llega el último domingo de fiestas, eso es algo que todo el mundo sabe.

Los amigos se te van de las manos como granos de arena resbalando por tus dedos hasta vete tú a saber cuándo. La música se apaga, los excesos se acaban, la comida vuelve a ser sana y el cuerpo te suplica que no vuelvas a probar el alcohol durante el resto de tu vida. Las camisetas de las peñas se vuelven a guardar en el armario y en su lugar salen a relucir las sudaderas, los pantalones largos y los jerséis. Las faldas de las mujeres se esconden y las pocas que quedan por ahí dejan ver piernas enfundadas en medias… y eso también es de las cosas más tristes que hay. El verano termina, las terrazas se vacían y las calles vuelven a helarse una vez más. De repente estás bailando una canción como si el mundo se fuera a terminar mañana y al segundo siguiente parece que, efectivamente, el mundo se acaba de terminar.

Sin embargo, ahí quedan, una vez más, escondidos en ese maravilloso lugar del subconsciente llamado memoria, un millar de recuerdos fantásticos, de pensamientos maravillosos e imágenes que no se te borrarán jamás. La euforia desmedida de un baile con tus amigos, el sabor de ese primer beso que estás deseando volver a repetir, el olor a gamba y cerveza por la calle, el tacto de un abrazo fraternal, la ilusión por encontrarte con aquella persona que tanto añorabas y has vuelto a recordar, la adicción por un pueblo que es tan parte de ti que, por momentos, parece que no quieres que sea de nadie más; el acercamiento a gente que durante el año parece que no te importa o que tú tampoco le importas a ella. Y yo, si tuviera que quedarme con algo con lo que vender todo lo que se ha vivido estos últimos seis días, sería precisamente con eso: la exaltación de la amistad de una semana única que marca el principio y el final del año en mi querido pueblo. Todo comienza y acaba en estos días, todo vuelve a echar a andar una vez más a partir de mañana.

Ya sólo quedan trescientos sesenta y cuatro días para que den comienzo las fiestas de 2017… y no saben las ganas que tengo de que lleguen ya.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Luna llena

Había vuelto a sacar del armario su sudadera blanca favorita, con una mezcla de tristeza encubierta por la decadencia inevitable del verano y unos tintes de altanería del que estrena ropa nueva. Las noches comenzaban poco a poco a enfriarse y los últimos días de agosto apremiaban a los amantes a correr, a darse toda la prisa del mundo por robar ese último beso veraniego que tan bien sabe, que tan bien sienta, que tan adentro se guarda por los restos de los días de tu vida. Porque el que besa en verano no lo olvida jamás, por mucho tiempo que pase. Es algo que todo el mundo conoce.

Arrancó el coche y recorrió carreteras desiertas, alumbradas por los focos del vehículo y una enorme luna llena que resplandecía en lo más alto del firmamento. “La última antes de que llegue el otoño” pensó mientras un pinchazo de congoja recorrió su cuerpo durante un segundo interminable. "De nuevo tristeza y calles vacías se ciernen sobre mí, de nuevo frío y mangas largas, de nuevo bares desiertos y atardeceres tempranos, lluvia y hojas caídas".

A ella la vio apenas un par de minutos después de apagar el motor. Había recorrido medio pueblo andando mientras él, cuidadosamente aparcado, la observaba por el retrovisor sin quitarle ojo. Caminaba pausada, deslizándose por el asfalto de la calle principal con el móvil en la mano, intentado recorrer esos últimos metros finales sin parecer preocupada o nerviosa, tímida o retraída. La luna la iluminaba mientras terminaba de transitar los últimos coletazos de la calle principal. Él se juró que sería imposible verla otra vez así de bonita, aunque no tardaría mucho en descubrir que, de nuevo, se equivocaba.


Se subió a su coche con una sonrisa hechizante. Sus ojos brillaban en la noche como el faro al que el náufrago se ve irremediablemente condenado a navegar. Le obsequió con un beso en la mejilla y él, obcecado con aquella boca que llevaba deseando besar tanto tiempo, le giró la cara estrellando los labios contra los suyos. Ella intentó esquivarlo… pero ya era demasiado tarde.

No se han inventado números suficientes para contar los besos que aquella noche de agosto se repartieron bajo una luna llena que, de nuevo, volvía a acoger en su seno a dos amantes que no deseaban otra cosa que eso, comerse a besos toda la noche. No les importó el pasado, el presente o el futuro, sus gustos distintos, sus vidas paralelas, su forma de haber querido o el amor que vendría después; ese lugar deshabitado y alumbrado por los rayos de una compañera lejana pero tremendamente cómplice les bastaba y les sobraba. Se tenían uno al otro, sus labios no pedían más que un beso más, sus manos no deseaban más que una nueva caricia, sus pieles no se podían ni se querían despegar y el mundo, tantas veces cruel, sesgado y manchado de mil y una penalidad, pareció el lugar más maravilloso de cuantos se conocieron, se conocen y se conocerán. Y entonces, mientras el sonido de unos besos se perdía en el vasto campo de esa tierra fértil y llena de vida, comprendieron una cosa incuestionable: al final de este largo camino llamado vida sólo cuentan los besos que has dado, no los que pudiste dar y se te escaparon. Y ellos, esa noche maravillosa, se dieron todos los que quisieron, todos los que pudieron y todos los que necesitaron.

lunes, 18 de julio de 2016

Felicidad

Enterrar los pies en la arena o las manos en sacos de legumbres como hacía Amelie. Que te duela la barriga de tanto reír o las tardes en el sofá oliendo su pelo. El sonido de la primera copa de vino, las siestas de verano o los domingos de invierno; un gol que te hace abrazarte a un tipo que jamás había visto o pasarme la tarde leyendo.

Un trofeo levantado al cielo de Madrid, el niño al que consigues hacer reír, la brazada de una chica preciosa en la piscina, aquellos años de tijeras y plastilina. La necesidad de besar a tu madre antes de irte a la cama sabiendo que el sueño si no, no se conciliaba. Sonrojar con un piropo a una dama o recordar esa vez que, de tanta gente que nos subimos encima, reventamos el somier de la cama. El último abrazo a un amigo antes de que se vaya o el primer ‘te quiero’ de una chica a la que amas.

Las noches de parque aquellos veranos que se quedan tan lejanos y las camisetas de dibujitos con pantalones tejanos, las películas en el cine que sirven de pretexto para que se entrelacen un par de manos o las fotos que de repente encuentras en un viejo baúl y donde sales jugando con tu hermano. Los piques sanos, los días en vano, aquella profesora risueña que te enseñaba a tocar el piano; mi jersey amarillo o ese otro naranja butano, el recuerdo de esa familia que está tan lejos… al otro lado del océano.

Tus labios besándome despacio, el ‘clic’ de tu sujetador al desabrocharse, la forma con la que me mirabas antes y el modo en que me guiñabas un ojo cuando parecía que el mundo era más nuestro que de nadie. Tu mechón dorado aclarado por el sol de agosto, tu piel tostada y la marca del bikini en ella; comidas con amigos o las cenas a la luz de una vela. El sabor de una cerveza helada o el de un café recién hecho, una mirada furtiva, un mensaje donde te dicen que te quieren, el despertar con un beso o una larga noche de sexo. Un amanecer en la playa, una señora cantándote un bingo o que te suene el despertador y te acuerdes que hoy no tienes que madrugar, que es domingo.

Tú sin maquillar andando con tu vestido blanco, yo mirándote desde la lejanía embobado, el sonido de tus tacones acompasando la partitura y mi mente imaginando cosas que me llevan a la locura. Las uñas rojas de tus manos agarradas a mi espalda y las mías, traviesas y emocionadas, subiéndote la falda. Decirte que te quiero y te echo de menos, contestarme que tenemos que recuperar el tiempo, y luego, sin que nadie se entere, ponernos a ello sin freno.

Un beso en la frente a una amiga, un abrazo a otra que una vez lo fue, un sentido ‘lo siento’ por aquella vez que me equivoqué. Los recuerdos más bonitos que nos sucedieron ayer y la esperanza de que, aunque todo cambie, sigamos todos juntos… como siempre fue. Un grupo de amigos que estuvo unido desde que alcanzo a recordar, la familia que no se elige, la que siempre responde cuando llamas, la que te quiere de verdad.

Las fiestas en septiembre o una nota que creías que no ibas a encontrar. Nadar desnudo, una buena película, gritar muy alto, bailar pegados y cantar aunque se te dé mal. Amar hasta que duela, besar todo lo que puedas, sonreír con dulzura y jamás, nunca, pase lo que pase, odiar. Beber, comer, dormir y, si me apuran, no parar de jugar. Abrazar a todo aquel que te lo pida y a cuantos lo puedan necesitar. Vivir, en definitiva, la vida como si mañana se fuera a terminar. Todo eso o lo que ustedes quieran, pero cuando llegue el fin de los finales y todos hallamos de mirar atrás, recordemos pocos momentos malos y muchos, muchísimos que nos colmen de felicidad.  


lunes, 11 de julio de 2016

Complícame la vida

Me vas a complicar la vida. Lo sé.

Con tu terquedad y tu cabezonería pero también con esos ojos que se me clavan como espadas en el pecho, con esos labios que no me quito de la mente, con esa sonrisa de la que ya soy penitente, con esas piernas que te arrancan la decencia, que te vuelven un demente; con tu falda ondeando al caminar, altaneramente, y con mi cabeza dando vueltas, en un estado de lujuria intenso y permanente.

Me complicarás las noches de plácido sueño y traerás contigo insomnio y sudor, guerras sin cuartel cuando el calor más apriete, peleas sobre el colchón mientras los vecinos descansan plácidamente. Volverá la vigilia y la necesidad apremiante de un último beso, de una caricia más, de una sonrisa dibujada en tu cara sin la que no podré dormir, de una mañana tras otra rogándote porque no te vayas, que no tengas que partir. Volverán los días en que mi vida se agote si no te tengo junto a mí, años de tiempo detenido y relojes que no terminan de servir, minuteros parados y el sol que parece que nunca se anima a marcharse a dormir. Me vas a complicar tanto la vida que llegará un momento, me temo, en que no recordaré lo que era vivir.

Acabaré preso de tu cuerpo, condenando a una existencia sin separarme de ti, porque bien sabe el cielo que, aunque te vayas a la otra punta del planeta, mi mente, mi alma y mi razón se irán en tu maleta cuando te vean partir. Volverá la dependencia y la necesidad apremiante de quitármelo todo para entregártelo a ti. Me haré súbdito de esos ojos verdes que necesito para seguir, cautivo de tus manos sin las que no alcanzo a sentir, sumiso de tus latidos sin los que mi corazón no puede latir, rehén de tu piel desnuda donde me quiero consumir y recluso de ese ‘te quiero’ sin el que no puedo subsistir.

Tu boca bajando por mi pecho, mis manos enclavadas a tu espalda, gemidos de pasión a las tantas de la mañana, amaneceres que nos cogen despiertos, exhaustos y sin fuerzas para nada. Fines de semana sin salir del cuarto, años que se evaporan como si fuera un segundo, besos que te hacen dar gracias al mundo, miradas que te arrebatan el aire y te hacen respirar profundo.

Me complicarás la vida ahora que no tengo a nadie a quien rendir cuentas. Vendrán contigo las discusiones y las peleas, los celos y los enfados, los momentos malos…y muy malos; vendrás de la mano con penas y riñas, con recriminaciones del presente y también del pasado, con días de planes que salieron mal y otros que directamente se truncaron. Sin embargo, al final valdrá la pena todo el camino sembrado porque de entre la maleza y la siembra que no nació, que se nos murió temprano, me quedará saber cada día que tengo el tesoro más grande que la vida me ha regalado. Así que ven y complícame la existencia, pero ven ya… no tardes demasiado. Aquí te espero, escribiéndote de nuevo como tantas veces ocurrió en el pasado; que no se te haga tarde, que llevo toda la vida esperando.

miércoles, 8 de junio de 2016

No vale la pena

No vale la pena lamentarse por lo que no se hizo ni por lo que se hizo mal, aunque entre esas dos cosas, no os quepa duda, siempre es mejor jugársela y equivocarse a permanecer el resto de tu vida pensando, “¿qué hubiese pasado si lo hubiese hecho, si no hubiera dejado escapar mi oportunidad?”. 

No vale la pena llorar por quien no quiere estar contigo, ni deshacerse de todo aquel que se muere por no separarse de ti. No vale la pena dormir mucho si no se tiene nada con lo que soñar, ni acostarte temprano si queda por ahí alguna boca que poder besar. No vale la pena perseguir a alguien que no se mueve, ni moverse por una persona que únicamente pretende que nunca eches a andar. No vale la pena temerle a la oscuridad si es en ella donde suelen ocurrir las mejores cosas que nos pueden pasar.

No vale la pena dejar para mañana lo que puedas hacer hoy, sobre todo si eso que puedes hacer te gusta, te alegra o te hace llorar de la risa. No vale la pena decir “a ver si nos juntamos todos un día de estos” cuando hay tan pocos días por delante, aunque parezca que no, que quedan muchos más. No vale la pena ver basura en la televisión cuando quedan tantos buenos libros por leer, tantas buenas películas por descubrir y tantos nuevos discos por escuchar. No vale la pena sentarse a ver pasar el tiempo cuando no hay bien que más debiéramos apreciar.

No vale la pena tirar un trozo de tarta por esos kilitos de más, ni dejar de decirle a una chica lo preciosa que está por vergüenza, por timidez o por creer que no te corresponderá. No vale la pena esconder un piropo educado por el qué dirán, dejar un folio en blanco por si no gustará o decirle al amor de tu vida que la quieres como jamás, en todos los días que le queden en este planeta, nadie la querrá. No vale la pena temerle a la muerte sino a una vida vacía, inerte o alejada de lo que tú consideres que es la felicidad. 

No vale la pena salir a la calle si no tienes a nadie que te acompañe a pasear y no vale la pena quedarte en casa si hay gente que te llama para dormir fuera, en algún lejano lugar. No vale la pena encerrarte en tu alcoba si quedan tantos países por encontrar, y tampoco vagar sin rumbo cuando hay una muchacha desnuda en tu cama esperando a que la beses sin parar. No vale la pena hacer lo que no te gusta por el mero hecho de agradar, no vale la pena desear otra vida cuando sólo tienes una para disfrutar. No vale la pena querer a quien no te quiere, luchar por quien no mata por ti; no vale la pena andar con quien borra tus pisadas, intentar volar por quien te corta las alas y dar tu corazón a aquella persona que no lo sabe apreciar.

Así que salta, ríe, bebe, llora, baila, ama, besa y vive, que si hay una certeza absoluta es que hoy es más tarde que ayer pero también, por suerte, es más pronto que mañana para salir a la calle y gritarle al mundo que nada ni nadie va a hacer que desaproveches ésta, tu única y maravillosa oportunidad.

miércoles, 1 de junio de 2016

Descríbeme

- Descríbeme como tú sabes - le dijo, desnuda sobre la cama, mientras se giraba para mirarlo entre la tenue luz que se colaba a cuentagotas por las rendijas de la persiana.

Él viró también hacia ella y respondió: mejor me describo yo.

"¿Qué sería de mis dedos sin poder surcar tu cuerpo, tocar tu piel? Explícamelo. Dime qué hacen mis manos si no te acarician, si no notan cómo te vas avivando desde tus pies helados hasta que asciendo por encima de tus rodillas. ¿Qué hago con ellas si les quito el único mapa que quieren recorrer?

Me dices que te describa y te respondo que no, que lo haré conmigo. Porque nunca vi tan bonitos mis ojos como cuando se reflejan en los tuyos. Jamás mi sonrisa fue tan real, salió tanto a relucir como todo el tiempo que llevas junto a mí. Descríbeme tú porque todo lo que tengo, todo lo que soy, todo lo que imagino, pienso o siento... es gracias a ti.

Mi pelo meciéndose entre tus dedos como las espigas del campo de trigo en las manos de Russell Crowe. Mi piel erizándose cuando me besas en el cuello, cuando me dices que me quieres, cuando me acuerdo cómo te desnudaba en aquella habitación doble en las noches de verano hace ya tanto que parece que fue ayer. Cambio las sábanas si no huelen a ti, no pienso en otra boca porque no hay besos que me gusten más, no hay otra lengua con la que quiera guerrear, no hay otra mujer bajo el vasto cielo que nos cubre que te haga olvidar. Ni la hay, ni la hubo... ni la habrá.



Déjame mil folios en blanco y te los rellenaré de palabras sobre ti, sobre tus ojos o tus labios, tu manera de caminar, tu forma de vestirte por la mañana o el modo en que achinas los ojos cuando te ríes. Arranca media selva y dame papel y tinta para decirte lo preciosa que eres, lo que me gusta cómo se aclara tu pelo dorado con la luz del sol del verano, o cómo se tuesta tu piel en la orilla del mar. Dame espacio y te dedicaré odas, sonetos o pareados; novelas, ensayos o poemas, pero para describirme a mí, para relatar lo mejor que tengo en esta vida, sólo hace faltan dos letras: tú.

lunes, 16 de mayo de 2016

De tanto...

De tanto buscarte me he perdido,
De tanto quererte me he odiado,
Queriendo arreglar este corazón partido,
Lo dejé todavía más estropeado.

Por tanto luchar perdí la batalla,
De quererte tanto me quedé sin amor,
Te llevaste todo, me dejaste sin nada:
Sin alma, sin vida, sin cordura, sin razón.

De tanto soñarte no pude conciliar el sueño.
Por llamarte tanto nadie me respondió,
Aquí quedé sin dirección, camino o dueño,
Esperando a algo que nunca sucedió.

De tanto rimar me quedé sin versos,
Al buscar la calma, encontré la locura,
La de no tener tu boca, la de no tener tus besos,
La que nunca se pasa, la que nunca se cura.

Y de tanto extrañar tu cuerpo desnudo,
De tanto añorar tu aliento al despertar,
supe que no habría lugar en el mundo,
para este loco que ya no puede respirar.
 

lunes, 9 de mayo de 2016

Esparta se queda huérfana

Decidí, hace unos días, esperar al pitido final contra el Valencia para lanzarme a escribirle a Álvaro unas líneas de despedida. Quería empaparme bien de textos, imágenes y de los sonidos de la gente, del estadio y de los medios de comunicación antes de expresarle yo, desde este humilde blog, mi más profundo agradecimiento. Esta vez no recurriré a ninguna de las páginas madridistas donde tengo el orgullo de colaborar, espero que ellas y sus respectivos directores me disculpen, pero para mí el final del encuentro de ayer significó mucho más que la marcha de un gran jugador de fútbol o un ejemplo de profesionalidad. A mí, desde anoche, se me ha ido del vestuario del Real Madrid un amigo, un referente y una de las personas que más orgullo me producen en el mundo entero.

Quería agradecerte, Álvaro, lo magnífico jugador que has sido. Aportaste consistencia, rudeza y sensatez a una banda derecha endeble y alocada. Dentro del campo, supiste hacer lo que sabías y traspasaste al equipo las virtudes que tú tienes como futbolista, nada más ni nada menos. Nunca quisiste sobrepasar tus límites, ni comprometiste a nadie con un pase fallido, un regate a destiempo o una virguería sin venir a cuento, y eso te valió la confianza de Luis Aragonés, Del Bosque, Pellegrini o Mourinho entre otros. Le joda a quien le joda, moleste a quien moleste.
En el apartado colectivo, tantos títulos que ahora sería difícil repetir de memoria; en el personal, más de doscientos partidos con el equipo de tu vida y temporadas (más de una, de hecho) en las que sumaste más asistencias y goles que, por ejemplo, Andrés Iniesta. Sólo con eso, ya merecerías cualquier homenaje.


Sin embargo, creo que ayer el estadio Santiago Bernabéu al completo se puso en pie para aplaudirte no sólo por lo que hiciste en ese césped sino, ante todo, por lo que ayudaste fuera de él. Has sido el escudo donde rebotó todo el odio y la visceralidad de nuestros enemigos. Interceptaste con tu propio cuerpo los ataques de los hostiles al Madrid, esos llegados de la periferia y las redacciones deportivas. Te has peleado con el mundo por el club aunque haya habido veces en que ni el club se haya querido enterar. No te importó quién estuviese en el banquillo, mataste por todos ellos y, en alguna ocasión, moriste un poco también. Me consta. A ti, capitán, no te importó nada más que ese escudo redondito con corona y muchas copas de Europa y por él recibiste tantos disparos que las balas ya te pasaban por los agujeros de las anteriores. Nunca olvidaré esa frase y nunca te estaré lo suficientemente agradecido por ella.

 Dibujo del siempre genial @gesiOH

Por último y como te he dicho ya demasiadas veces, no podré agradecerte jamás todo lo que has hecho por mí a nivel personal. Estuviste ahí cuando únicamente quise darte la mano y nos diste a mí y a los míos un cariño que no olvidaré. Gracias, de corazón, por la paciencia, la generosidad y el afecto con que me has acogido desde siempre. Gracias, de verdad, por todo lo que me has dado dentro y fuera del campo, por todo lo que has hecho por mí desde aquel día en que homenajeamos a Raúl en Madrid. Gracias, desde lo más profundo de mi alma, por no rendirte, por luchar por el equipo que amo desde el mismo día en que nací, por tu generosidad y tu cariño, por tu entrega y sacrificio y, sobre todo, por tu madridismo incondicional. Pasarán años, décadas o toda una vida y nunca podré devolverte tanto aunque, no te quepa duda, no haré otra cosa que intentarlo. 

Ayer, el estadio más importante del planeta ovacionó a un señor que llegó sin hacer ruido y se marcha dejando huérfana a una grada que lo enalteció como líder. A todos aquellos que se echan las manos a la cabeza por la despedida que ha tenido Álvaro Arbeloa les diría que, en esto del fútbol, no siempre el mejor se lleva el cariño de la afición, no siempre el que más goles mete o el que más detiene se lleva la gloria, porque hay una cosa que el aficionado medio valora mucho más que eso: la entrega, y en eso, en entrega, no hay absolutamente nadie comparable a ti, espartano. Gracias por la sangre y el sudor derramados, ha sido un orgullo luchar a tu lado. 

Nos vemos pronto. Gloria eterna al ‘diecisiete’…  y Hala Madrid. 

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