lunes, 26 de mayo de 2014

El gol de Ramos en la boda de la hermana de Iván

Todo lo que tenía que escribir sobre La Décima lo hice hace mucho tiempo en mi blog de Soy Madridista. Todo lo que había que hacer para ganarla queda resumido en este vídeo de los 41 goles que se han marcado para llegar hasta aquí. Hoy sólo hay que disfrutar (o seguir haciéndolo, mejor dicho) de la alegría que todos nosotros vivimos en ese minuto 93 con el gol de Ramos. En esta ocasión os dejo el emotivo vídeo de la boda de mi gran amigo Iván que lo vivió, junto con el resto de sus seres queridos, de esta manera.


miércoles, 21 de mayo de 2014

martes, 20 de mayo de 2014

Para ti

Para ti cada uno del resto de los segundos que me quedan en esta vida... y mucho más.

Para ti mis noches en vela y las que pasaremos sin dormir entre sábanas y sudor. Para ti mis tardes de cerveza y mis mañanas de café. Para ti un décima copa o un disgusto mayúsculo; una sonrisa o una lágrima, un chin chin por todo lo alto o un trago de amargo licor. Para ti, mi vida, cada minuto de ésta; cada día de sol y cada noche estrellada sobre nuestras cabezas. Para ti mis mejores versos y mis peores resacas, una película de Scorsese o una canción de Bruce. Para ti las palabras de Sabina desgarradas en su voz, o un escrito barato alentado por tu olor.


Para ti mi lengua bajando por tu cuerpo, húmeda como una toalla que quedó olvidada en la cuerda de tender la ropa antes de un temporal. Para ti mis manos, perdiéndose en cada recoveco de tu cuerpo. Para ti mi boca, naciendo en la tuya y muriendo en cruenta batalla centimetros más al sur, entre gemidos de placer y delirios de grandeza. Para ti mi cuerpo y para el mí el tuyo, desnudos ambos, sedientos de pasión. Que lo tuyo sea mío y lo mío de los dos.

Para ti un llanto de deseperación y una risa acompañada de un beso. Para ti todo lo que tengo, absolutamente todo. Te lo entrego hoy, para ti; para que hagas con ello lo que te plazca, para que juegues con ello como quieras, para que no quede duda de que hace tiempo que dejé de ser yo para ser un apéndice tuyo, un complemento circunstancial sin modo, ni tiempo ni forma más que la que tú quieras darle. Para ti todo, para mí nada. El peor trato posible para mí, pero el único que me muero por rubricar. Yo pongo la pluma, tú pon las ganas; yo pongo las noches y tú las mañanas.

lunes, 12 de mayo de 2014

El final

Nueve horas se necesitaron para darme cuenta de que todo había acabado, nueve. Fue recorriendo la vieja y maltrecha Polonia, sus campos verdes y amarillos, cuando comprendí que la vuelta a casa era ya un hecho y el sueño de recorrer el este del continente tendría que esperar.


Llegué a Breslavia de noche, como vengo acostumbrando durante los últimos días, y me dio tiempo únicamente a ir al hotel donde pasaría mis últimas horas fuera de casa. Allí, acompañado tan solo por una mujer barbuda que resultó ser el/la nuevo/a ganador/a de Eurovisión, me asomaba por la ventana de la habitación para intentar captar el último suspiro a una tierra en la que, aunque había pasado casi toda la jornada, no me había dado casi tiempo a ver. Una curiosa paradoja que quizá ustedes no logren entender demasiado, aunque tampoco es demasiado importante.

Praga-Breslavia era la última parada de un viaje de más de cinco mil kilómetros que se iniciaba hace hoy justo diecisiete días y que terminaba con un avión de Ryanair despegando de los últimos resquicios del crudo invierno del norte para morir en el calor intempestivo de Alicante. Un cambio de país, de clima, de idioma, cultura y hasta de música, que me decía que ya, por fin, volvía a mi España querida.



Regresaba a este país que tanto quiero y tanto odio, que tan mal nos ha tratado pero que, a la vez, no podemos dejar atrás. Volvía a la España de la crisis y la corrupción, de la pandereta y la flamenca encima del televisor, de Gran Hermano y Belén Esteban, de Paquirrín y Jorge Javier, de Mariano y Alfredín, del ladrillo y la desvergüenza. 

Pero también quince días fuera dan para recordar aquellos tiempos no tan lejanos en que no éramos tan malos y, además, incluso sirven para rememorar las miles de cosas buenas que seguimos teniendo y que, aunque quedan en muchas ocasiones empañadas por la sinvergonzonería de unos pocos, nos han hecho ser tan queridos como envidiados en el resto del continente. Porque pocas cosas cambio por un plato de caracoles a la sombra de una terraza de bar, cerveza en mano; muy poquitas. Los días de calor y mar, las noches de cubatas y risas, los prados del norte o el acento del sur. Uno tiene que recorrer media Europa para olvidarse de nacionalismos o radicalismos políticos y extrañar que anochezca a las diez de la noche y el aperitivo de la una y media. Y esa, seguramente, sea la lección más valiosa que aprendí en estos pocos días de kilómetros, mochila, sol y aventura: que quiero a mi país más de lo que pensaba y que, aunque siego pensando que la crítica es buena para mejorar y que hay pocas naciones más criticables que España, sí he vuelto a comprender, lejos de ella, que las demás pueden ser, en efecto, muy bonitas para un par de días, pero ella, mi España añorada, es la más hermosa de todas por eso mismo, porque siempre será mía. 

Volví a casa y me fui directo a comerme una paella con un tercio bien fresquito de Estrella Levante. Y entonces, después de tanto tiempo deseando irme de aquí, le pedí al cielo que no me dejara marchar nunca más y, si alguna vez tenía que hacerlo, que su sabor, su tacto, su olor y la vista de su atardecer de verano, se quedase conmigo para siempre. Al final, querida mía, resultaste ser tan imprescindible para mí que tuve que volver de rodillas a pedirte que me dieras otra oportunidad.

domingo, 11 de mayo de 2014

Praga

Si a Madrid había llegado en tren, a Paris tras un largo viaje en coche y a Bruselas entre sueños, Praga la sobrevolé por primera vez una preciosa mañana de mayo.


Había dormido en el aeropuerto de Bruselas la noche anterior y arrastraba un cansancio patente en todo mi cuerpo. Aún así, intenté sacar fuerzas de flaqueza y aguantar la embestida de un Morfeo que se aferraba a mis párpados como el barniz a la madera. Dejé la mochila y salí a explorar lo que la capital checa tenía que ofrecerme que, según me decían, era mucho y muy variado. Con la meta de todo este viaje ya apareciendo en el horizonte, me atrevo a afirmar que mientras que si Madrid me tenía ganado, Barcelona comenzó a hacerlo y Paris me atrapó desde el inicio, Praga me enamoró desde el primer segundo.


Al contrario que Bruselas, Praga desprende color por los cuatro costados. Sus calles están llenas de vida, de pasión, de ganar de vivir y de un amor por la vida en el más amplio sentido de la palabra que me resulta difícil comparar con otras ciudades que haya conocido. 
Sus calzadas, al igual que en Bruselas, también se adoquinan en tonos grisáceos, pero en esta ocasión es el contraste con las aceras, las puertas y ventanas, el verde de sus parques y el abanico de tonalidades de sus fachadas lo que producen desde el ojo del espectador una sensación distinta, que te atrapa desde el primer segundo en que pones el pie en la calle. Como un mosquito eclipsado por la radiante luz de una bombilla, yo no pude resistirme a ir directo hasta el centro de una señora milenaria que se llevó todo lo quiso de mí.

De Praga no me quedo con el reloj del ayuntamiento, ni con la catedral o la gran plaza, ni siquiera con el puente de Carlos. De Praga me quedo con Praga, con toda ella, con cada rincón y avenida, con cada casa y edificio, con cada vaso de cerveza y cada bar y, sobre todas las cosas, me quedo con el Moldava.

Es sabido por todo hombre que cuando una mujer es bonita de verdad, no la encontrarás nunca más hermosa que recién levantada. Eso sí, una falda ajustada, un tacón o una blusa sugerente pueden hacerla, si cabe, mucho más bella. El Moldava es eso para Praga: su maquillaje, su kit de belleza, su tocador o un vestido de Chanel. Jamás verán más preciosa a la ciudad que cuando el sol se esconde y las bombillas de las farolas reflejan la belleza de la ciudad en las aguas del río que la baña.
Así permanecí yo. Horas y horas en el que puede haber sido el lugar de la tierra que más me haya gustado en toda mi vida, bebiendo un delicioso licor anacarado y hundiendo mis ojos en el agua turbia de un río que se ralentiza a su paso por la ciudad, como si quisiera exprimir cada segundo junto a ella, como si no desease otra cosa más que seguir agarrado a su magia. 

Y con el discernir de la corriente por los catorce puentes de la ciudad, la noche me cogió por sorpresa y la tuve que abandonar. Me costó, Dios es testigo de ello, pero de nuevo partía, esta vez en tren, a despertar de un sueño que se antojaba eterno y ha resultado tan breve como precioso. De todas las amantes que tuve en estos días, fue Praga la que más me costó dejar. Lo hice con los ojos vidriosos, dándome la vuelta cada pocos pasos para que mi mente captase cada uno de los recovecos de su rostro y la guardase bien adentro, donde nunca se me pudiera olvidar. Si la promesa de un pronto regreso surgió con todas y cada una de las anteriores, con Praga fue distinto, porque sobraron las palabras y las promesas vanas, ambos supimos que volveríamos a vernos y que, seguro, sería más pronto que tarde.


jueves, 8 de mayo de 2014

Bruselas

Un coche me esperaba al amanecer en la plaza de la Nation de Paris, para llevarme a los brazos de la siguiente ciudad de mi itinerario. Estaba tan cansado que me dormí casi de inmediato en el asiento trasero de una furgoneta que ronroneaba francés por los cuatro costados.

Me despertaron ya en la Gard du Midi. Bruselas fue la primera que no saboreé desde la entrada, que no exprimí desde la lejanía como había hecho con las tres anteriores y debió ser por eso por lo que se puso tan celosa que, casi sin quererlo, consiguió que nuestra relación no pudiera pasar más allá de unas cuantos piropos baratos y un apretón de manos final.



Aún tenía en la mente a Paris cuando ella comenzó a hablarme de la Grand Place y del Manneken pis. Yo, con todo el decoro que pude, le aseguré que un niño echando agua por el pito lo iba a tener difícil contra toda una catedral de Notre Dame al atardecer, y creo que se molestó por ello.



Paseamos por el centro. De vez en cuando me intentaba encandilar con leyendas medievales, con la catedral de San Miguel, la propia Grand Place o incluso con algo de chocolate; pero mi mente estaba demasiado lejos de allí y, por más que lo intenté, mi visita a Bruselas no fue tan especial como yo habría querido.

La Grand Place, bien es cierto, impresiona sobremanera. Decía Jean Cocteau que era "el teatro más bonito del mundo" y no soy nadie para llevarle la contraria. Sus suelos adoquinados te transportan a otra época y sus calles engalanan una ciudad que parece disfrutar del pasado, de su esencia, aunque sea tan tristemente gris.


Bélgica es un país raro: tienen una bandera tricolor pero es una monarquía, son potencia mundial en cerveza pero te ponen un cuarto de litro de San Miguel por cinco euros y tienen el porcentaje más bajo de McDonald's por habitante del mundo. 'Gris' y 'raro' son dos adjetivos tan poco agradables a la vista del lector como acertados para describir a Bruselas.


Me cuentan los entendidos que cuando el sol resplandece con fuerza la cosa cambia, pero yo creo que no es así. El dorado del astro no puede cambiar la tonalidad de las fachadas o del empedrado por mucho que quiera, no puede añadir color a una ciudad que tiene un déficit enorme de él y no puede darle vitalidad a algo que parece querer cernirse al sombrío papel de ciudad norteña que acepta sin tapujos ni complejos. Sólo alguna casa grafiteada con las aventuras de Tintín y la luz artificial de la plaza mayor da un toque distinto a la ciudad más política de Europa. Pero al final, por mucho que se quiera, sigue viéndose gris... quizá como la misma política.


Pero si merece la pena venir, si hay un motivo especial por el que uno tiene que dedicarle una tarde a Bruselas es por la Petit Rue de Rouché, pocas calles más bonitas he visto en mi vida.

Se trata de una pequeña callejuela de poco más de dos metros de ancho donde se reparten restaurantes a izquierda y derecha. Los tenderetes de éstos apenas dejan pasar la luz del sol y el rojo o el beis resultante alegran al espectador durante los menos de cincuenta metros que mide. De las pocas notas coloridas de una ciudad opaca. Lo más hermoso que vi, sin duda alguna.


Bruselas me recibió decaída y mustia y así me despide mientras escribo estas líneas. Se esforzó, he de reconocerlo, porque me enamorase de ella como lo había hecho de las anteriores. Pero en el amor, en ocasiones, ni el más hercúleo trabajo es capaz de hacer cambiar los designios del corazón.

Le dije adiós con un beso en la mejilla y ella me respondió con una tenue lluvia en forma de lágrimas que me acompañó de vuelta al aeropuerto. "Lo siento, querida, espero que encuentres a otro que te quiera como yo no pude. Te lo mereces" le dije antes de partir. Y me marché lejos, muy lejos de allí.


Paris

Mi affaire con Paris fue tan breve como intenso, tan real como incompleto, tan bonito como desdichadamente corto.


Tras doce horas de viaje a lomos de un Ford Fiesta que luchaba a cada kilómetro por no desfallecer, llegamos a la ciudad del amor con la intención precisamente de eso, de enamorarnos perdidamente de ella. Apenas conseguimos entrar cuando el conductor y su acompañante consideraron oportuno, dadas las horas intempestivas que se nos habían echado encima, abandonarme a mi suerte en medio de la noche. Ya saben ustedes que no vivimos precisamente en los tiempos de la fraternidad entre seres humanos. 

Aún me pregunto cómo conseguir llegar con vida al hostal donde me alojaba (en otra ocasion menos poética intentaremos indagar en el porqué de los nombres pseudosexuales de los hostales de mala muerte y sus condiciones higiénicas) pero el caso es que, de nuevo milagrósamente, sobreviví y pude conciliar un plácido sueño en el Peace and Love hostal (no haremos comentarios al respecto).

Todavía con el miedo en el cuerpo, los primeros rayos de sol de un fabuloso y radiante día me golpearon en la cara,  apremiándome a que dejase de perder tiempo entre las sábanas y partiera, de una vez por todas, a exprimir cada segundo del único día que se me había concedido para disfrutar de una de las ciudades más bellas del planeta.

El canal de Saint Martin era lo primero que mis ojos podían ver desde la ventana del 245 de la Rue de La Fallette. De allí salí, en un único viaje en metro, hacia la otra punta de la ciudad para seguir tachando cosas de mi lista. En esta ocasión, debía contemplar una de las dos estatuas de la libertad que hay en el planeta, para ser más exactos, la primera de las dos.

De allí comencé a andar, que viene siendo la tónica dominante de este viaje al que ya se le conoce fecha de caducidad, aunque ustedes, mis queridos lectores, deberán esperar un poco más para conocerla. Anduve, como decía, zigzagueando el Sena una y otra vez, cruzándolo sin descanso mientras me maravillaba de una u otra magnificencia en forma de monumento asentada a un lado u otro del río. Con la torre Eiffel como estrella polar, caminaba entre el trafico incansable de Paris y la imagen fija sobre un monstruo de hierro que me esperaba ansioso en el lugar donde ha descansado durante tantos años.


La torre mas famosa del planeta impresiona desde la lejania, pero pasma en el tú a tú. Cuando uno tiene el placer de ponerse a sus pies puede comenzar a comprender cómo un revestimento tan horroroso es capaz de obnubilar a tantísimos millones de personas. Ahí radica la verdadera belleza del monumento, en ser capaz de enamorar a un mundo aque obvia su figura y se centra en su significado.


El tiempo era el peor enemigo en la efimera relación que la ciudad y yo íbamos a vivir. El plan trazado indicaba que nos quedaban unas pocas horas juntos antes de que me tuviera que marchar a un nuevo país. Practicamente tuve que desgranar el saco entero de maravillas que esconde Paris y dejar únicamente cuatro o cinco semillas que, eso sí, me hicieran despedirme de ella con un dulce sabor de boca. Decidí por tanto que lo mejor era visitar brevemente el Arco del triunfo y caminar más tarde por los Eliseos hasta el Louvre. Lo  hice pausadamente y en ello se me fue gran parte de la tarde, pero es que cuando uno está en Paris, cualquier escaparate encandila; cualquier parque enamora, cualquier callejón embelesa y cualquier esquina fascina hasta la extenuación.


A la Gioconda le dije adiós desde la entrada del Louvre. Ni las horas ni el momento fueron propicios para un encuentro que se lleva aplazando ya demasiado tiempo. Paseé por las Tullerias y contemplé los jardines con una calma que habría sacado de quicio a más de uno. Finalmente encontré a Notre Dame en pleno apogeo, cuando el sol ya comenzaba a esconderse por el firmamento y la luz la hace verse más hermosa que nunca.

Y al final la noche me cogió en un bar de Montmartre donde me esperaba una rubia espumosa para que me aprovechase de ella a la luz de la luna de Paris, seguramente una de las más radiantes del mundo.


Finalmente la mañana llegó, como lo viene haciendo cada día desde ni se sabe cuanto tiempo. Me quedaron tantas cosas por ver que tuve que jurarle que volvería pronto, que en mi siguiente visita pasaríamos más rato juntos y nos desnudariamos mucho más a fondo los dos. Se lo juré con el sabor de su café y el olor de sus calles aún presente y hoy, ya en una ciudad distinta, tengo por seguro que cumpliré mi promesa.



domingo, 4 de mayo de 2014

Barcelona

A Barcelona llegué tras un viaje de seis horas, una rueda pinchada y un conductor que aunaba trazos de Paquirrín y Jon Cobra. El sol se había puesto y la brisa marina que puebla cada rincón de la ciudad se alió con el sudor de seiscientos kilómetros aguantando sandeces, para que la primera impresión de los que iban a ser mis caseros durante los siguientes días fuera de más pena que otra cosa.



Me fui directo a la cama, sólo dejando tiempo para un saludo cortés y una mirada de "os prometo que por lo mañana no soy así", que dejó indiferente al recepcionista, el cual, seguramente, estará acostumbrado a ver insurrectos mucho peores que yo. De eso no me cabe duda.

Volví al mundo de los vivos con el estridente sonido de mi despertador y me alcé presto y veloz para aprovechar cada uno de los segundos que me dejaban experimentar con una ciudad tan desconocida como sorprendente, tan absolutamente distinta a lo que había visto, sentido y vivido que, en primera instancia, me convencí de que nuestra relación iba a ser totalmente imposible. Pero de nuevo, me volví a equivocar.

Comencé a andar por sus calles mientras el viento húmedo que la mece volvía a despeinarme una y otra vez. Sin ser yo para nada coqueto, me resistía sin embargo a dejar que eso fuera la constante de mi viaje allí, aunque pronto me dejé llevar por la cortesía del huésped y me evadí completamente de cualquier aspecto físico de mi visita. Todo, absolutamente cualquier momento de esos dos días, debían trasladar lo corpóreo y llegar al punto más espiritual posible.


Al ser un viaje en solitario, mis pensamientos, sentimientos, vicisitudes, ilusiones y quebraderos de cabeza son los únicos aliados en mis días y en mis noches. Con ellos comencé a conocerla y a pasear junto a ella por sus larguísimas avenidas. Lo primero que hicimos fue ir a La Sagrada familia, que me pareció fantásticamente inacabada, "Probablemente ahí radica su magia, espero que siga así eternamente", le susurré al oído. Nos fuimos después a la otra punta y la propia Barcelona se encargó de guiarme en lo que me pareció en primera instancia una labor complicada pero que ahora, la noche antes de marcharme, puedo asegurar que no, que no existe nada más facil que caminar por la ciudad Condal y llegar a cualquier punto que se quiera. Sólo es necesario seguir recto y al final, tarde o temprano, se llega.

Me adentré en el modernismo de Gaudí, siendo yo, probablemente, la persona que más ha despotricado contra él. Ví la Pedrera, que se levantaba apenas cincuenta metros del hostal donde me hospedé. No estuvo mal encontrarme con ella, aunque fuera un leve atisbo de tiempo. La torre Agbar me siguió pareciendo el mismo edificio vacío de significado y lleno de significante, y a sus pies me recosté al sol de la ciudad durante no sé ni cuanto tiempo. En eso sí me tiene ganado Barcelona, las siestas en sus parques son gloria bendita.


Obvié el Parque Güell por razones de tiempo, el Camp Nou por otras de sentido común, el Tibidabo por lejanía (aunque aún sigo recriminándomelo) y los museos de toda índole por mi reticencia constante a una cultura que se me presenta como la de un país cuando tengo por cierto que no lo es. Pero conocí otra cosa mucho mejor: el Mediterráneo.


Lo había visto en innumerables ocasiones, desde Almería hasta Valencia, pero en ninguna, absolutamente en ninguna, lo vi tan bonito como en Barcelona. Su inmensidad abruma al visitante y el puerto, la playa o el paseo marítimo lo enamora por completo. Podría pasar diez años entre jarras de cerveza en cada uno de sus bares, en cada terraza, en cada metro cuadrado de arena. Estuve la mayor parte de la tarde paseando con un viento semihuracando azotándome la cara, como queriendo apartarme de aquella maravilla que había descubierto casi por equivocación. Pero no lo consiguió, ni mucho menos.

Más tarde, cuando llegué al final del mar, ascendí por las Ramblas, como cientos de miles de personas que, en manada, subíamos hasta Plaza Cataluña deteniéndonos para ver algún puestecillo de poca monta y mucho carisma. Me burlé de buena gana de Canaletas y recordé cuando alguien, una vez hace algún tiempo, me la comparó con mi diosa, con mi Cibeles del alma. "Normal que vayan de culo, debe ser vergonzoso venir a celebrar títulos aquí", tuiteé con malicia. Pido perdón (con la boca chiquitita, eso sí) a quien se haya podido sentir ofendido.

Y me fui, porque aunque aún sigo preso de sus encantos mientras mis dedos trabajan solos en este texto que les escribo, mi mente ya piensa en la siguiente parada de mi viaje. Un sitio nuevo, una ciudad distinta, un país diferente... Todo eso lo comenzaré a vivir en poco menos de doce horas. Pero aún me queda una noche con ella, con esta amante de acento meloso y que me ha desesperado tantas veces a lo largo de mi vida que pensaba que no me podría caer bien, pero ha hecho algo mucho mejor que eso: me ha encandilado para siempre, como me dijeron que haría. Llevaban razón Barna querida, eres muy especial.

jueves, 1 de mayo de 2014

Madrid

De Madrid se ha hablado mucho pero no se ha dicho todo, ni mucho menos.


Volvía una vez más a la que ya es mi casa por derecho propio, a mi ciudad fetiche, a la cuna de una inspiración que tocó techo en aquellos maravillosos años en los que tuve el inmenso placer de vivir aquí. Siempre lo tuve claro: cualquier viaje que se precie tiene que comenzar en Madrid... y así ha sido.

El sol ya reinaba en el cielo azul de la capital. No se vió rastro alguno de nubarrones o borrascas, de gotas de agua, rayos o centellas. El calor fue la constante en las calles y las terrazas volvieron a llenarse una vez más de gentes que se refugiaban en ellas para evadirse de una realidad triste y mustia, todo lo contrario a lo que representa esta preciosa ciudad.

Regresé al centro, a degustarme con cada tapa, con cada caña bien tirada y con el aroma a hogar que mi mente consigue refrescarme en cada ocasión que la visito.


El fútbol reinó durante todos los días en los que me alojé aquí, pero eso no es nada nuevo, porque pocas ciudades más futboleras hay que esta. Y así les va, campeones de Europa este año.
Las sonrisas y las anécdotas volvieron a copar las conversaciones con amigos que hace tiempo que transpasaron las fronteras de lo que significa ese vocablo para entrar de lleno en mi familia, en mi círculo más cercano. Porque la familia te viene impuesta, pero ellos son un regalo del cielo.

Anduve por Sol, la calle Mayor, Ópera, Gran Vía y Cibeles, lugares que he visitado tantas veces que tengo ya grabado a fuego en mi alma, pero que todavía me siguen cautivando, enamorando como el primer día.
Hice un trato con la diosa: "Te veo pronto, preciosa" le gritaba desde la distancia aún con el sabor a champagne en la lengua. Ojalá pueda venir de Lisboa el 25 de mayo a besarla personalmente, ojalá le regalen una décima Copa de Europa que sabrá a gloria bendita. Ojalá.

Más tarde pasé por la sierra, a ese trozo infravaloradísimo de la Comunidad que te evade del estrés de la ciudad y te transporta a un mundo tan bonito como inexplorado, tan alejado de la realidad de la urbe como cercano en el espacio. Al final de la tarde, el Escorial se erigía frente a mí por primera vez, y la grandeza de una España arcaica y grandiosa nos llevó a darnos cuenta de lo que grandes que fuimos y lo poquita cosa que somos.


Finalmente llegó el adiós que, en mi caso, siempre es un 'hasta luego'. Porque Madrid me tiene atrapado desde el primer momento, enamorado hasta el tuétano de todo lo que es y significa. Me enamoró un domingo de septiembre de hace muchos años, cuando llegué, mochila en mano, para quedarme unos años en sus esquinas y en sus plazas. Mañana partiré con una bolsa aún mayor hacia otra gran desconocida, pero Madrid, lejos de ponerse celosa, me esperará de nuevo a que vuelva a sus brazos. Y puede estar segura de que lo haré, porque ya no puedo vivir sin ella.


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