jueves, 21 de diciembre de 2023

Pero no quiero

No he venido a decirte que no puedo vivir sin ti. 
Puedo vivir sin ti…
pero no quiero”

Fueron dos toques de nudillo en la puerta de la casa de Mark Ruffalo (Jeff en Dicen por ahí) los que le llevaron a darse de bruces con una Jennifer Aniston (Sarah) derruida, triste hasta la extenuación y con unos ojos henchidos de llorar que me recordaron mucho al amigo sobre el que va esta historia. Mark la dejó entrar, evidentemente, y comenzaron a recriminarse todo lo malo que había habido entre ellos, que era mucho. Es curioso que, casi siempre que una relación no avanza, hay que explotar para volver a recomponerla o, quizá, para decir lo que llevamos tan adentro que de cualquier otra forma es casi imposible sacar fuera de ti. Y ella, con el corazón destrozado, el alma partida y la voz temblorosa, le dice la frase que encabeza este texto y que me parece tan impresionante como para pararme a pensar sobre ella y, por qué no, darle forma a la idea recordando aquel tipo de ojos verdosos que un día me contó su historia. Una historia que narró, más o menos, así:


Puedo vivir sin ti, no te quepa duda. Nadie se muere de amor, a nadie se le parte el corazón más que de forma metafórica y ni mi aorta ni mi cava quedarán taponadas por la tristeza. Mañana, Dios mediante, seguiré respirando, mi rutina diaria no variará en exceso, mis obligaciones estarán ahí y, con el paso de los días, las lágrimas provocadas por tu partida se convertirán únicamente en pena. Después, al cabo de unas semanas, en un nudo en el estómago; más tarde en melancolía, luego en resentimiento y, por último, en un recuerdo borroso que será taponado por otros besos perdidos bajo algún edredón de pluma. En definitiva: No he venido a decirte que no puedo vivir sin ti. Puedo vivir sin ti…

…Pero no quiero. 

No quiero imaginar un futuro en el que no sea tu boca la última que bese antes de irme a dormir. No quiero otras manos que me acaricien el pelo ni otros ojos que me miren con la dulzura de una niña después de sudar como adultos. No quiero discusiones con nadie más que contigo porque me he dado cuenta que prefiero discutir contigo a hacer el amor con cualquier otra. No quiero nuevas primeras citas, no quiero el nerviosismo del primer beso ni conocer la película o el color favorito de nadie más; quiero saberlo todo de ti, quiero que llegue el punto en que nos comuniquemos con una mirada y quiero discutir tan violentamente que, luego, cuando todo pase, que pasará, no quede otra opción que perdonarnos de la manera más pasional posible. No quiero inventarle apelativos a otra mujer ni olvidarme del sabor de tus labios, no quiero planes en los que no aparezcas ni un futuro sin ti, arremangada a mi lado. No quiero pasarme el resto de mi vida pensando lo bonito que pudo ser algo que jamás comenzó ni lo estúpidos que fuimos por no intentarlo, por no darnos la oportunidad que merecíamos pero que, por miedo, nunca sucedió. No quiero quedarme con la duda porque no hay nada peor en esta vida que no poder pasar página por un renglón incompleto. No quiero perderte sin tener la seguridad de que no eres tú la que está destinada a pasar el resto de los dias que me queden deambulando por aquí a mi lado. No quiero dejar ir a quien me hizo tan feliz como no soy capaz de alcanzar a recordar. 

“¿Y si ella sí quiere?” - le pregunté yo.

- “Entonces me marcharé con la conciencia tranquila porque yo sí lo intenté todo, absolutamente todo… y esa es la única manera que existe para no regresar jamás”. 

lunes, 11 de diciembre de 2023

Un corazón podrido de latir

“A este ruido, tan huérfano de padre
no voy a permitirle que taladre
un corazón, podrido de latir
este pez ya no muere por tu boca
este loco se va con otra loca
estos ojos no lloran más por ti”.


Qué bonitos tenía los ojos cuando lloraba. Era una cosa que siempre le había causado honda impresión de sí mismo cuando se bañaba entre lágrimas y dolor, cosa que, por suerte, no solía ocurrir cada poco tiempo. Se le aclaraba más de lo normal y con una facilidad pasmosa la suave línea verdosa que cerraba su iris por la parte inferior, tornándose de un azul claro, casi cristalino. Cuanto más fea se ponía su alma, más bonitos lo hacían sus ojos. Una de tantas contradicciones de la vida, supuso.

Encontró de nuevo consuelo en un vaso de whisky con hielo y en la tinta de un bolígrafo emborronando la hoja del calendario de noviembre que aún nadie había arrancado de la pared. “Qué solo está uno” - pensó - “cuando a mediados de diciembre todavía quedan vestigios de un mes que hace tanto que terminó”.


Lloraba de pena, de una de esas que te anudan el corazón. Lo hacía intermitentemente y a diferente ritmo e intensidad. Rezaba en voz alta para que ese Dios todopoderoso en el que tan fervientemente creía le ayudase pronto a pasar el mal trago y secase cuanto antes sus ojos y ese corazón, que diría el poeta, “podrido de latir”. Había vuelto a cometer un fallo garrafal que, cada media década más o menos, se producía. Había vuelto a abrirse de la única forma que acostumbraba en las contadísimas ocasiones en que lo hacía: de par en par. Y la cosa no había acabado muy bien. De nuevo vislumbró un futuro con hamacas y niños correteando, con peleas por quién pondría la música en el coche, por veranos de piscina e inviernos de migas jugando a cualquier juego de mesa; por guerras bajo las sábanas y tantos besos como su boca fuese capaz de producir. Había pensado en un salón repleto de gente en Navidad, en conversaciones hasta el amanecer, en orgullo mutuo y amor eterno, en confianza y respeto, en encontrar a esa mejor amiga con la que compartir lo poco que tenía y crecer junto a ella hasta el final de sus días. Había vuelto, en definitiva, a hacer lo único que nunca debería hacer un hombre que peca de romántico y que vive el amor con tanta intensidad: enamorarse. 

Y todo, claro, se había ido al traste.

Se fue la primera tarde que ella le dijo que no sentía lo mismo pero él se empeñó en no creerla. “Cambiará” - se dijo para sí - “haré que cambie”. Pero no lo consiguió. Nunca entendió que él no era suficiente y que, cuado no eres suficiente para alguien, la batalla está perdida de antemano. No fueron suficientes sus besos cálidos ni sus abrazos largos, estrecharla junto a sí con la fuerza de un tifón pidiéndole al oído que, por favor, no se alejase ni un milímetro. No bastó intentar asentar desde el principio los tres pilares en lo que toda relación sana ha de basarse: respeto, sinceridad y amor. No alcanzaron los viajes a castillos centenarios ni las copas de vino, ni las palabras bonitas ni las caricias, ni los secretos ni la promesa de que haría todo lo posible para estar junto a ella cuanto antes. No sirvió darlo todo por la sencilla razón de que ella jamás quiso recibir nada. No fue suficiente volver a querer tanto tiempo después ni hacérselo saber, ni esforzarse por cumplir lo que pedía, ni los planes futuros ni los momentos presentes. Simplemente no bastó.

Y en ese momento de pena intensa y dolor punzante decidió que cumpliría la última promesa que le faltaba: dejar un recuerdo de todo lo que le hizo sentir, que fue tan grande como el mismo mundo. Siempre quedarán guardados en su mente sus dos ojos achinándose al sonreír, la dulzura con la que le acariciaba el pelo cuando se recostaba en su pecho, sus labios, sus manos, la forma en que se apartaba cuando le rozaba el ombligo o esa mirada que le atravesaba el puto corazón cada vez que se quedaba fija en la suya. Quedará grabado a fuego el recuerdo de los abrazos largos, de las carantoñas, de ese nombre de cuatro letras que inventó para ella y que algún afortunado hará suyo en no mucho tiempo. Permanecerá en la retina un futuro que no existió porque cuando uno no está dispuesto a intentar amar ningún amor es posible y porque el rechazo duele, pero lo que mata cualquier cosa mínimamente salvable, mínimamente importante en este mundo es la indiferencia. Así que él, que había vivido los días más felices en mucho tiempo, se juró que no sería indiferente con alguien que lo había hecho tan dichoso y con la mano manchada de tinta azul terminó de garabatear una hoja de calendario homenajeando a quien le volvió a abrir el corazón aunque luego, involuntariamente, lo derruyese como un castillo de naipes. No era el momento o simplemente no era él, quien sabe; lo que sí tenia claro es que el cielo le había obsequiado con un regalo de nombre de canción, mirada de otro mundo y que lo había hecho tan feliz como a duras penas alcanzaba a recordar. Así que en el silencio de una noche de diciembre, siempre diciembre, le dio las gracias por todo lo bueno y se disculpó por no haber sido suficientemente para lo que ella merecía.



miércoles, 29 de noviembre de 2023

Patagonia

Si no hubiese sido por el acento anglosajón de media docena de rubias paseándose por el hall del hotel, el amargor de una cerveza distinta a la que su paladar estaba acostumbrado a saborear y la cantidad de billetes naranjas que tuvo que depositar en recepción para pagar la cuenta, la postal bien podría parecerse a la de cualquier punto del norte de su España natal. Chopos, encinas, pinos, aire fresco, tierra húmeda, tejados de piedra, ajetreo en las calles, rayos de sol rompiendo contra su piel, curtida ya en tantos años que le costaba enumerar y los mismos pensamientos de siempre, esta vez, a diez mil kilómetros de distancia.

A lo lejos, un lago tan azul como sus ojos jamás habían visto. Un tono flúor, cristalino, transparente; vertido del agua de las montañas nevadas que nacían sobre él y que próximamente, Dios mediante, visitaría. A eso mismo había venido. A eso y a algo más.



La tarde comenzó a languidecer y él volvió a encontrarse sólo. Pensó en eso durante un tiempo prudencial llegando a preguntarse, seriamente, si en algún momento de su vida no lo había estado. Recordó apenas un par de ellos, un puñado de instantes fugaces dónde sí se sintió en compañía: una infancia maravillosa con una familia que creyó eterna y la sensación, años después, de que podría guarecerse en unos ojos verdes por el resto de su vida y que ahí, en el calor de dos iris color aceituna, encontraría a la única persona con la que se había sentido querido, seguro y en paz. Y nada más. Después de eso, la nada.


El viento helado de la montaña comenzó a endurecerse, cambiando las caricias iniciales de una delicada brisa por una guerra abierta de la que era consciente que no saldría vencedor. Se guareció bajo un gorro azabache y un polar que había traído consigo al país que, no hacía ni veinticuatro horas, lo había hecho arder hasta enrojecer su piel. Volvió a llenar de cerveza el vaso en un ritual que ya se le hacia más sagrado, recurrente y sanador que la propia misa de doce y siguió filosofando sobre el amor, sobre lo difícil que es amar y lo complicado que es hallar un equilibrio en esa balanza que nunca se mantiene nivelada.


“No hay nada más triste que mendigar amor” fue el eslogan que se había apropiado para aleccionar, no hacía demasiado, a un buen amigo. “Si le dejaste de hablar y no intentó encontrarte, hiciste bien” había leído ni cuarenta y ocho horas atrás en un vallado publicitario en la ciudad de los tangos y el asado. Ambos, muy ciertos. Los dos, tremendamente duros de encajar. “Qué difícil” - pensó - “llegar a este punto de la vida buscando a alguien que busca lo mismo que tú. Qué complicado encontrar a quien quiera matar y morir por ti en un mundo en el que prima con tanto ahínco el hedonismo y la creencia de que es más importante cubrir tu espalda antes que la de la persona a la que amas.. Qué difícil hallar a quien estaría dispuesto a dejarlo todo y a aquella que, lejos de tenerte como segundo plato, podría dejar de comer durante un par de días si se sienta contigo en la mesa. Cuántas veces - siguió con la reflexión - había tenido que aguantar a sus amigos más cercanos envidiando su infinita libertad y él, que es de esos que nunca estuvo acostumbrado a callar, les tenía que recriminar ser tan desagradecidos con la vida: “cambiaría toda esa libertad por estar anclado, como lo estás tú, a la mujer a la que estabas predestinado”.


Pero, al final, los caminos del destino (o como lo quieran ustedes llamar) son inescrutables. Desear que alguien que no te ama lo haga es como querer no pasar frío frente al precioso glaciar que se postra frente a mí en estos momentos. Y hay veces, como decía el poeta, que afrontar la realidad es el único camino posible, entender que si no te priorizan es mejor huir y dejar de dar lecciones a los demás para comenzar a aplicárselas uno mismo. Y todo eso que se ha dicho, que se ha escrito y que se ha filosofado, es fruto de una tarde cualquiera en un lugar recóndito de la Patagonia argentina, bebiendo cerveza del mismo nombre y comprendiendo que por muy lejos que uno viaje el corazón sigue queriendo las mismas cosas… por muy imposible que sean.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Don Luis Molina

La vida es tan maquiavélicamente curiosa que uno no deja de sorprenderse cada día: la misma mañana que te dan la noticia de un nacimiento esperado te enteras que un gran amigo se va. Qué cosas, la verdad. 

Y aquí estoy, a diez mil kilómetros tuyo bebiendo cerveza, acordándome de ti como lo llevo haciendo durante todo el día paseando por una de las siete maravillas naturales del mundo y escribiendo, ahora, con bolígrafo en una mantel de bar todo lo que me gustaría decirte. Así que allá vamos. Empecemos por el principio:

Te voy a echar de menos, amigo.



Hablaré de ti siempre que surja la ocasión porque como te dije la última vez: “nadie se va del todo mientras haya quien lo recuerde” y si hay algo que tú dejas en mí será precisamente eso: recuerdos.

Se me va el hedonista perfecto, el hombre que mejor entendió de qué va esto de vivir. Luis entró de lleno y hace mucho tiempo en ese selecto grupo de gente a la que considero igual que yo: amantes de la vida, enamorados de la cultura, el vino, las mujeres, de España, la naturaleza, el buen comer y el rodearse de la gente que hace que valga la pena esto de estar vivo. Él, su hijo Javier, Alguacil y dos o tres más. Y para de contar. Especímenes diferentes, gente que se apasiona por los gustos sencillos, los placeres triviales, las compañías gratas, las sonrisas bonitas, las piernas largas y la incombustible necesidad de amar. “No sé cómo siendo así de grande, Luis, no eres del Madrid” le dije en una ocasión. “Es que si lo fuese sería perfecto y el único tío perfecto que conozco eres tú” me contestó el cabrón con un peloteo tal que ni yo te lo habría firmado. Reí, rió y volvimos a beber.


Bebía Jack Daniel’s y siempre que me veía me invitaba a alguno sin que jamás, en todos los años que lo hizo, me dejase devolverle la invitación. Me mandaba fotos con todas las chicas que sabía que me gustaban, me llamaba de vez en cuando para poner verde a toda la casta política, me aconsejaba sobre vinos y me decía que nunca vendería El Entredicho pero que, si tuviese que hacerlo, sólo me lo vendería a mí. Me encanta ese cortijo, hablando de todo un poco. Me fascinaba verlo recostado en una silla con una copa en la mano mirando el infinito y solía jurarme que, algún día, yo haría lo mismo cuando tuviese su edad. Cómo me gustaría parecerme a ti, Luis, dentro de unos cuantos años; sería todo un orgullo y la constatación de que mi vida ha ido por el buen cuace.


Cuatro hijos maravillosos de los que supo despedirse, cosa que no todo el mundo puede decir. Una mujer a la que idolatraba y tanto cariño hacia todo el mundo que hoy, al entrar a navegar en las redes, no me ha extrañado verlo devuelto por toda su gente querida. Con su “el cielo existe” y ese “AE” característico, corriendo por la montaña o vestido con un chaleco, Luis siempre tenía una sonrisa en la boca, siempre la sacaba y siempre, siempre, hacía que su compañía valiese la pena. No creo que haya mucha gente que pueda presumir de esas tres cosas.


“Espero que el cielo exista” le leía a una niña de ojos azules hace un rato, frase que me parece preciosa para su epitafio. Yo sé que existe y tengo tan claro que ahí arriba hace falta gente como don Luis Molina, como lo tengo agendado y como siempre lo llamaba yo, que ahora me da un poco de vergüenza pelotearlo de esta manera porque sé que me estará mirando y pensando: “las palabricas déjatelas para las nenetas”. 


Hoy se ha marchado un hombre que hacía de este mundo un sitio mejor, un tipo que entendió rápido que la vida es disfrutar de los pequeños placeres que, no os quepa duda, son los más grande que existen. Se va un buen tío, un caballero de los que escasean, un amigo leal, un compañero generoso y un referente al que muchos deberían mirar. Se va alguien que entendió pronto que vida, de momento, hay una y que ese Dios que nos observa querría que la viviésemos tan apasionadamente como fuese posible. Yo, querido amigo, te prometo que lo seguiré haciendo hasta que Él me llame a filas y querré, o al menos lo intentaré, con tanta fuerza que me arda el corazón. Te echaré de menos, pensaré en ti y te rezaré de vez en cuando. No te olvides de mí porque yo prometo no hacerlo de ti. Ve preparando buen vino allá arriba y búscame un hueco bonito en alguna nube con vistas al mar. Te quiero, te extrañaré y te estaré eternamente agradecido siempre por todo lo que me has enseñado y lo mucho que me has dado. Te veo en tu cielo y gracias, de corazón, por cruzarte en mi vida.


lunes, 23 de octubre de 2023

Recuerdo aquella noche…

“I am not the only traveler

Who has not repaid his debt

I've been searching for a trail to follow again

Take me back to the night we met”


Nueve años después de prometer encontrarse en Viena y faltar a su palabra, Ethan Hawke le decía, henchido de amor y nostalgia a Julie Delpy en Antes del Amanecer, una de las frases más bonitas que he escuchado nunca frente a una pantalla: “recuerdo la noche que nos conocimos mejor que algunos años de mi vida”.


A mí me pasa exactamente lo mismo.


Recuerdo un pasillo largo que se extendía de este a oeste en un descampado casi deshabitado del sureste peninsular. El silencio lo copaba casi todo pues las horas a la que sucedieron los hechos eran altas y, al día siguiente, la gente responsable madrugaba para afrontar con fuerza su rutina diaria. Yo no era demasiado responsable por aquel entonces y venía de esconder cebollas en una de las habitaciones que solía frecuentar en el que fue, a todas luces, uno de los mejores años de mi vida en una de las mejores ciudades de cuantas he conocido. 



El silencio, repito, se hacía prácticamente total. Llegaba sudoroso, extasiado y con el corazón a mil revoluciones después de huir del pobre diablo que había sufrido la ira de un universitario aburrido, con todo el tiempo del mundo en su maleta y la desfachatez de quien conoció la vergüenza muy temprano pero la abandonó a su suerte poco después. No había nadie en aquel pasillo, nadie excepto ella.

Podría enunciar cada detalle del cuadro con tanta veracidad, con tal fehaciente precisión que, a día de hoy, me sigue maravillando que mi mente sea capaz de rememorar así la escena. Me cuesta recordar qué comí ayer y, sin embargo, mi cabeza tiene tan grabado a fuego todos los detalles de la escena que podría recomponer, sin ayuda ninguna, durante los treinta segundos que duró. Así que empecemos:


Comenzaba a hacer frío en una ciudad donde casi nunca lo hace. La luna brillaba con fuerza en un cuarto creciente precioso y un manto de estrellas acompañaban la postal. Las chicharras habían dejado de cantar pocos días antes, así que afuera reinaba la quietud interrumpida, de vez en cuando, por el sonido de algún vehículo despistado que surcaba ese asfalto enfriado por la noche. La vi aparecer a lo lejos, cruzándose en mi vida por obra y gracia de Dios, algo que tengo tan por seguro que nadie me podrá hacer cambiar de idea jamás. Sólo pudo ser un ser celestial, omnipotente y todopoderoso el que hizo aparecer a quien consiguió arrancarme el corazón y no devolvérmelo jamás.


Vestía de rosa, un color que, curiosamente casi nunca utilizó después. Su melena castaña caía un poco más abajo de sus hombros y sus piernas delicadas se entrecruzaban a cada paso con la elegancia de un felino. El ruido de sus zapatillas deportiva se mecía en el ambiente a cada paso mientras la suela de goma se agarraba a unas baldosas sucias y amarillentas. Nos miramos a lo lejos y ella esquivó pronto la mirada. Nos fuimos acercando el uno al otro después sin saber, sin tener la menor idea, de que era el primer momento del resto de nuestra vida. Segundo más tarde, sacó del bolsillo la llave de la habitación y la introdujo en el bombín justo en el momento en que nos cruzamos. Nos saludamos con un ‘hola’ mutuo, seco, formal y yo seguí de largo, maravillándome con su belleza de inmediato, con esa cara risueña, con esos ojos verdes, con esa piel tostada y con esa sensualidad que pocas veces he vuelto a ver jamás. No sé si ella me vio alejarme, sin tan siquiera se fijó en mí después, lo que sí tengo claro es que, meses más tarde, surgió una pasión tal que no creo posible que mi corazón vuelva a experimentar jamás. Nos quisimos tanto que, a veces, me entristece; y lo hace porque me destroza saber que no volverá a ocurrir nada parecido, que pasarán cincuenta, sesenta o setenta años y seguiré comparando todo mi amor con algo que fue excelso, irreal, místico y, tristemente, efímero. Y aunque probablemente la hice más perfecta con el tiempo de lo que jamás fue el castigo que ese mismo Dios me propinó por hacerme tan feliz como sólo se puede ser en las películas, fue recordarme cada día de lo que me quede entre ustedes que nunca, jamás, volveré a amar igual. 

lunes, 9 de octubre de 2023

Cómo la besaba

Permanecía con la mirada fija en una de las pantallas que se habían colocado en el convite para que los invitados no se perdiesen detalle alguno de lo que ocurría en la mesa nupcial. Decenas de amigos habían ido circulado frente a los novios para agasajarlos con presentes y cariños, con abrazos y besos, con buenos deseos y palabras sinceras; unos locos, incluso, habían paseado al Cristo de la Buena Muerte por el cielo del salón mientras la gente reía, bebía, charlaba y disfrutaba de un día de esos en los que todo gira en torno al sentimiento más importante de cuantos existen: el amor.

Él, repito, permanecía impertérrito observando el momento por el plasma colgado de la pared. Ahí estaba su amigo, de esos de toda la vida, de verano de balón y camiseta Teka con el tres de Roberto Carlos a la espalda. De los de los primeros botellones y las canciones de Bisbal, las buenas, claro, que son las antiguas.. como suele ocurrir ya con casi todo. El amigo que había trabajado junto a él, reído junto a él, estudiado, llorado, jugado y crecido. El amigo, por otro lado, que nunca se iba a casar y, si lo hacia, sería según sus propia palabras, con una chupa de cuero, vaqueros y la moto en la puerta esperando. Y ahí estaba ahora, haciéndolo con chaqué, regalando flores, arrodillado ante Dios y henchido de felicidad.



Lejos de parecer una recriminación, al chico que miraba a través del plasma le pareció tan bonito que, incluso, le agradeció en silencio el gesto a su amigo porque, de nuevo, volvía a atestiguar que cuando uno ama, cuando lo hace de verdad, no le importa pisotear sus estúpidos prejuicios por alegrar a la persona que ha elegido para pasar el resto de su vida. Y, creo, no hay definición más fiel, bonita y real del amor que esa: quitarse todo lo propio si es necesario para que tu mitad sea un poco más feliz.

Lo volvió a observar. Tenía los ojos vidriosos, la mirada perdida, acongojada y sobrepasada por momentos y el chico de la corbata oscura, el que miraba a través del plasma, echó la vista atrás, más de tres décadas para ser exactos, sin poder encontrar un instante en que lo recordase más feliz. Estaba risueño, extasiado de amor, dubitativo, resplandeciente y dichoso. Miraba a su esposa por el rabillo del ojo, con dulzura, con deleite, con admiración y prestando atención en todo momento a que todo estuviese en su sitio, a que todo saliese bien… a que su día fuera perfecto.


Y cómo la besaba


Lo hacía con una suavidad inusitada, con el respeto más pulcro, con el cariño más maravilloso, con ternura y delicadeza, con pausa y calma, con la certeza de que esa mujer que vestía de blanco no era, en absoluto, una más sino que ya tenía delante, por obra y gracia del mismo Dios, a la única que había conseguido hechizarlo hasta el punto de vestir con corbata, posar para los fotógrafos y ponerse camisa y zapatos después de tantos años.


El día se fue sucediendo y llegó al final irremediablemente. Por medio, ojos azules, besos a escondidas, alcohol, música, mensajes por Instagram, la sensación de ridículo con textos que, quizá, nunca debieron ver la luz, auriculares con dedicatorias, resignación, calor, resaca, olor a whisky, vestidos rosas, miradas tristes, corazones cansados y chaquetas perdidas en lugares indecorosos. Una boda más, podrían pensar muchos; pero fue algo más que eso, fue la enésima constatación de la certeza más grande de cuantas han existido: que el amor es un sentimiento tan enorme que te hace mejor persona, menos egoísta y más propenso a dejar el orgullo de lado para hacer feliz durante el resto de tu vida a quien ya ha conseguido hacértelo a ti para siempre.

lunes, 28 de agosto de 2023

Por los agujeros de la valla

"¿Dónde están? Las noches sin pastillas para dormir,

las penas que sólo eran penas para los demás”


La noche había ido llevándose de la fiesta, como el viento de noviembre lo hace con las hojas secas, a casi todos los asistentes a excepción de un grupo de incansables que seguían bailando sobre el hormigón recalentado por el sol que ahora, a tan altas horas de la madrugaba, comenzaba a volver a su temperatura habitual. El olor a cerveza y ron impregnaban un ambiente acompasado por canciones de rock español de los noventa y eso, por alguna extraña razón, le daba un toque melancólico a lo que hasta no hacía mucho había sido jolgorio, abrazos y ganas de vivir.

Él se había sentado en una silla de plástico con el bañador todavía húmedo del baño en la piscina que acaba de tomar y que había cumplido a la perfección las dos funciones que se le había encomendado: refrescar un cuerpo acalorado y, sobre todo, descender el poder del alcohol en su sangre. Las gotas caían al suelo, sus manos abrazaban un vaso vacío, sus pies se frotaban con el césped artificial y su mirada se centraba única y exclusivamente en la chica que lo había cautivado durante todo el día y a la que observaba por los agujeros de una valla metálica que separaba la piscina del resto del complejo.

La había escudriñado durante demasiadas horas viéndola deambular por el recinto, acompañada por momentos, sola durante otros; risueña, sencilla, extasiada, seria más tarde, dulce, impasible y, sobre todo, melancólica. Pesaba sobre ella una pena inmensa que no sólo no terminaba de macharse de su alma sino que, como seguro que ya había comprendido, jamás se iría del todo. Él, más torpe que otra cosa, quiso hacerle entender en los pocos segundos que le concedió de conversación que eso, a pesar de lo que pudiese parecer, era una preciosa señal: “nadie se marcha del todo mientras haya quien lo recuerde” le dijo con absoluta sinceridad, con un tono quebrado y, por primera vez en mucho tiempo, con algo de rubor en las mejillas. Era tan bonita que causaba esa extraña sensación de vergüenza en los hombres o, al menos, eso quiso creer él para no tener que entender que, quizá, era al único al que le costaba sostenerle la mirada.

Preciosa. 

Una belleza apenada y taciturna que se esfuerza por salir a flote, por volver a vivir aunque, de repente, de un segundo para otro, se venga abajo como una torre de naipes. Su voz desafinando agarrada a un micro, sacando de dentro toda la rabia y las ganas de vivir. Sus labios muriendo de vez en cuando en el plástico del vaso y siendo éste la envidia de todos los que rondaban por ahí. Sus ojos, apagados de tanto llorar, guardan sin embargo una luz apasionante, estremecedora; su espalda desnuda, su forma elegante de andar y la manera maravillosa con la que sonreía en los contados minutos en que lo hizo, dieron más luz a esa fiesta que el sol de agosto brillando en lo más alto del cielo durante todo el día. Fue un espectáculo de contrastes del que él fue espectador de excepción y del que intentó no perderse detalle alguno, quizá por eso y por todo lo que le hizo sentir, permaneció inalterable en su ser la irremediable obligación de mirarla en la distancia durante tantas y tantas horas y hasta el preciso instante en que se marchó. Lo hizo sin hacer ruido, nadie sabe muy bien dónde. Quizá unos labios encontrados en la basura sí tuvieron valor para decirle ‘quédate’ pero, desde luego, no fueron los de aquel tipo que se se tuvo que conformar con plasmar sobre el papel, para quien tuviera a bien leerle, una preciosa lección que la vida le había regalado: que, a veces, una mujer con el corazón roto es el espectáculo más maravilloso que la vida te puede brindar.  

viernes, 11 de agosto de 2023

Pies en la arena

El sonido del oleaje acompañado del graznar de media docena de gaviotas compone la banda sonora de la postal. Los pies, enterrados en la arena fría que indica la proximidad a un torrente que, en pocos minutos, inundará el pozo que ha ido formando durante la última media hora con los dedos. El cielo, pasteloso; una mezcla turquesa untada en un magenta casi imperceptible que, a su vez, se posa sobre una pincelada anaranjada que anuncia que el sol está próximo de marcharse a descansar. Su mirada, fija en las olas que, una a una, van muriendo a centímetros de él, dejando un halo de espuma que se incrusta en la siguiente y luego en la que perece después. Toma consciencia de tantas cosas en el silencio del ocaso como hacía tiempo que no conseguía. Una de ellas, la finitud de la vida enfrentada a la ingente cantidad de atardeceres como ese que habrán visto tantas dudas como las que nacen en su mente que sería imposible contabilizar. El Mediterráneo, el mar que más penas ha enjugado en la historia de la humanidad.

La melodía de un compositor italiano, ese al que la chica del clarinete desprecia, lo arrulla como una nana, hasta el punto de que, extasiado, se tumba en la arena y se da de bruces con la inmensidad del cielo. Piensa. Reflexiona. Oye. Siente. 

Paz, sosiego, calma pero, también, vuelve a tomar conciencia de que el nudo que se cerró aquella noche de diciembre y terminó de soldarse el once de marzo sigue ahí, impidiendo que cualquier atisbo de felicidad se consolide como si de una maldición mitológica se tratase. Ríete tú de Sísifo, de Atlas, Ixión o Ticio… no hay nada peor en esta vida que la sensación de haber querido tanto que tu corazón es incapaz de volver a hacerlo otra vez.

Las manos acarician los granos de la playa y se topan, de repente, con un guijarro alisado por el movimiento y el agua, por la sal y por el tiempo. Lo mima con dulzura acariciando con las yemas del índice y el pulgar la pulcrísima superficie. Al cabo de unos segundos, lo lanza de nuevo al interior del mar reflexionando, de nuevo, sobre el tiempo, los miles de años que habrá tardado esa piedra en llegar a la arena para que ahora un desconocido la devuelva al sitio de dónde salió. Qué cosas tiene la vida.

Se recompone y se lleva a la boca el vidrio de la última de las seis cervezas que había traído consigo, inundándose en el amargor que desprende. Con cada sorbo se siente más calmado pero, irremediablemente, más melancólico. Siempre ocurre lo mismo. Recuerda cabellos castaños aclarados por el sol, manos cuidadas, sonrisas divinas, lunares y besos tan pasados que parece que nunca ocurrieron. Gemidos, pareos y paseos, te quieros tan profundos que helaban el corazón; el futuro que no llegó, el pasado que no se fue y la vida que discurre entre esos dos puntos sin saber muy bien cuál es el siguiente paso a tomar, qué parada nos saltamos para no poder apearnos ya de un tren que sigue su rumbo a ninguna parte.

El agua salada se introduce por primera vez en el surco labrado, mojando el pulgar de su pie izquierdo. La marea sube, el sol se esconde y la oscuridad pronto lo bañará todo dejando únicamente un millar de luces artificiales brillando tras la espalda de ese pobre diablo. Ya no queda cerveza que beber, no hay comida, ni tan siquiera batería en el teléfono para seguir escuchando al maestro italiano. El día termina. Otro más. Tambaleándose por una mezcla de ebriedad y entumecimiento, se levanta de la arena sacudiéndose torpemente el pantalón y enfila la vuelta a ninguna parte. Zigzaguea desmañado por la playa y nota que está a punto de caer en un par de ocasiones, aunque se mantiene en pie el tiempo suficiente para dar otro paso y luego uno más. Al final, el colchón lo recibe con la frialdad de una posadera acostumbrada a tratar con borrachos. De entre sus manos resbala el tercio de cerveza que cae al suelo rompiéndose en mil pedazos y él se sumerge en un profundo sueño que traerá consigo una mañana de resaca y dolores. Un día más y un día menos de esta carrera llamada vida.  Un día más y un día menos en esta carrera llamada amor. Al menos de ésta quedará constancia aunque sea simplemente en un papel arrugado y manchado de lágrimas.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Tiene el defecto de sonreír

Apareció un buen día en mi vida sin que nunca, en todos estos años, haya sabido muy bien cómo. A tantos kilómetros de distancia que no la he visto fuera de una pantalla ni, quizá, llegue a hacerlo jamás. Con vidas separadas, realidades paralelas, amigos diferentes y hasta climas distintos. Pero apareció... que es lo que cuenta. Y por más que trato de explicarlo, de encontrarle un razonamiento lógico, no se me ocurre más que una razón. Sé que suena raro, quizá exagerado o, simplemente, irreal; pero estoy seguro de que fue eso: pura magia.

Magia. Repito. De esa que la vida te presenta de vez en cuando sin tú esperarlo y, quizá, sin merecerlo. De esa que te hace mejor persona, que te alegra los días, te redime de tus pecados y que te lleva a ensoñaciones donde corretean muchos niños por un césped recién cortado mientras los observamos, ella y yo, colgados de una hamaca. Pura magia. Como un día de reyes o el deseo al soplar las velas frente a una tarta, como si cruzase sobre ti una estrella fugaz, como una noche de Champions en el Bernabéu o una película de Spielberg.  Pura magia. 

Su pelo castaño se aclara con los primeros rayos de sol de la primavera y hace un juego perfecto con unos ojos marrones grandes, luminosos, resplandecientes, llenos de vida. Se complementan a la perfección con una piel nacarada que se sonrosa en puntos clave como un cuadro de Monet. Desprende tanta luz que asusta, que pasma, que turba, que te paraliza en cada imagen que la pupila introduce en el cerebro. Irradia bondad, ganas de vivir, sencillez, belleza y una ternura tal que te encoge el corazón. Un pequeño pendiente en forma de aro adorna su nariz, colgado de su orificio izquierdo como queriendo aportar un ápice de macarrismo al cuadro de niña buena que siempre fue. Tiene unas manos preciosas, unas piernas largas, se acaricia el pelo cuando la cámara la inmortaliza, viaja mucho, sueña aún más, se viste para carnaval, baila siempre que puede, salta, juega y tiene el defecto de sonreír.

“Tengo el defecto de sonreír”. Así lo define ella en su perfil sin saber muy bien lo que dice, porque nunca una palabra fue tan poco adecuada para definir una acción como ese ‘defecto’ en el complemento que lo sigue. No hay nada menos defectuoso que una sonrisa suya, nada en todo este sistema solar. Tiene una de las más bonitas que he visto nunca y, les aseguro, soy experto en sonrisas. Rebosa dulzura y desprende paz; con todo lo que ello conlleva. El encuadre se ensancha cuando la enfoca, el mundo se empequeñece, la luminiscencia se concentra en el centro de su cara, de su mirada, de sus mejillas… el paisaje se hace más bello y uno cree que no puede haber detalle mejor que ese, que esa hilera de dientes inmaculados acompañando a unos labios maravillosos en una postal que se repite, gracias a los cielos, cada cierto tiempo en mi teléfono móvil. Sonríe de tal manera que engancha, como la heroína o el azúcar porque, al fin y al cabo, es una mezcla de ambas: la cosa más dulce que se ha probado con el veneno más poderoso que uno puede imaginar. A veces, un mechón caoba cae sobre sus ojos tapándole un poco la mirada. Otras, se pone a andar hacia la cámara como una modelo en una pasarela, sabiendo que el mundo la mira y que todos ponemos atención. El verde le sienta como a Keira en Expiación, el negro como a Rita en Gilda, el rojo mejor que a Marilyn o a Julia y cuando la veo de blanco me dan ganas de cruzar media España para pedirle matrimonio. 

Todavía sigo sin entender cómo llegó a mi vida la chica que tiene el defecto de sonreír, me lo suelo preguntar cada cierto tiempo aunque, bien es cierto también, he aprendido a hacerlo menos porque uno no debe darle vueltas a las cosas buenas que te regala la vida, simplemente hay que disfrutarlas en la medida de lo que ésta te deja. Lo que sí tengo claro, cristalino, es que no quiero que se marcha jamás, que no se vaya más lejos de lo que ya está y, si no es pedir mucho, que se acerque alguna vez un poquito. No quiero perderla aunque nunca la haya tenido, ni a ella ni ese defecto suyo que dice tener y que me tiene tan enamorado como el primer día que la vi sonreír. 

jueves, 29 de junio de 2023

Amor a la camiseta

Ha vuelto a llegar a mis manos, en estos primeros días de verano, un vídeo de Marcelo Bielsa, el famoso e icónico entrenador de fútbol y uno de esos tipos que pontifica y sienta cátedra para algunos aficionados de este maravilloso deporte, en el que habla sobre el sentimiento de pertenencia a un equipo y la necesidad de que éste sea el de la tierra a la que uno pertenece. 

Nunca le tuve demasiada tirria al bueno de Bielsa a pesar de que muchos lo quieren aupar a un pedestal futbolístico al que por méritos propios no pertenece. Sin embargo, de esa galería mística de personajes con halos de superioridad dentro de la corriente del guardiolismo y la falsa humildad, lo prefiero a los Cappa, Lillo o incluso Valdano. Al menos él sí ha ganado títulos importantes.

Como decía, ha vuelto a caer en mi poder una entrevista suya en el que se indigna frente a un periodista por la mercantilización e internacionalización del fútbol: “¿Cómo vamos a estar contentos de ver en Rosario, mi ciudad, a un chico con la camiseta del Real Madrid o ir al África y ver a otro con la del Bayern de Munich?. El amor tiene que ser con lo propio, con lo del lugar, con lo que está al alcance de la mano”

 

Y un fragmento en el que me tocan al Real Madrid y al concepto del amor, claro, no podía quedar sin respuesta. Así que no, querido Marcelo, no lleva usted razón en absoluto.

El amor no conoce de raciocinio ni sabe de distancias o colores, no entiende de reglas ni conoce limite alguno. Ni temporal, ni físico, ni geográfico. Impedir que un chico de Rosario lleve la camiseta del Real Madrid (o de cualquier otro equipo) es no entender muy bien ni de lo que va el fútbol ni de lo que va el amor, porque ambos, por resumir un poco, van de lo mismo: de algo que transciende los límites de lo racional y entra de lleno en el maravilloso mundo de lo pasional.

Allí todo es un maravilloso caos, nada tiene sentido pero, a la vez, todo encuentra y bebe de él. El amor es tan incomprensible, fascinante y alejado de cualquier regla que es por eso que mueve montañas, sana heridas y te hace mejor personas. He conocido, a través de las redes sociales, a decenas de madridistas de Colombia, Argentina, Venezuela o Costa Rica que sienten más adentro del corazón al Real Madrid que cualquier pipero que tuvo la suerte de heredar un abono del estadio y, sin embargo, lo abandona quince minutos antes de que finalice cada partido para no pillar demasiado lleno el metro. Gente que supera las más duras penalidades y ahorra media vida para gastarse su dinero cruzando el océano para ver a once tipos jugar al balón en el Bernabéu. Gente que conoce la historia, que vibra con cada partido, sufre o llora de emoción y vive el Real Madrid a miles de kilómetros de distancia sintiendo "ese escudo redondito con muchas Copas de Europa" más que muchos que viven en Concha Espina o Padre Damián. ¿Cómo decirles a ellos que no pueden amar lo que aman porque no les pertenece, porque les es ajeno, por algo tan banal y relativo como la distancia? Sería como negarle a un hombre el hecho de amar a otro o decirle a una mujer que no puede querer a quien profesa una religión diferente o posee una tonalidad de piel distinta. ¿Quiénes somos nosotros para pontificar sobre el amor, sobre algo tan divino, tan apartado de cualquier aspecto mínimamente lógico, tan alejado del cerebro y tan pegado al corazón? Amar no es matemático, no es sensato y, en muchos casos, no es ni siquiera sano; pero no podemos controlar lo que amamos, lo que nos abraza y penetra con tanta fuerza en el alma que ni sabemos por qué, ni para qué; pero nos hace tan felices que estamos dispuestos a morir por esa sensación y todo lo que conlleva.

Tener que ser del equipo de tu ciudad es tan absurdo como tener que enamorarte de tu vecina porque amar es algo tan caótico, circunstancial, relativo y espontáneo que es imposible buscarle explicación y conseguir que ocurra racionalmente. 

Nadie sabe en qué momento de su vida se va a hacer de un equipo de fútbol como tampoco nadie conoce el instante en que se enamorará, pero si algo me ha enseñado la vida es que ambas cosas ocurren una sola vez y, normalmente, ocurren con tanta fuerza que, tengan ustedes por seguro, dejan una huella tan marcada en el corazón que es imposible que vuelvan a suceder igual.