martes, 29 de agosto de 2017

Llueve

Llueve afuera y el agua se lleva consigo lo que parece el último resquicio del verano. De nuevo las calles comienzan a mojarse, las terrazas de los bares a vaciarse y el armario de mi habitación me pide a gritos que vaya sacando ya de él toda la ropa de invierno. Y no quiero, no quiero que se acabe esto.
Que se marchen a dormir las faldas blancas que ondeaban hasta ayer por la orilla de la playa o la cerveza bien fría entrando por mi garganta. Que se escondan las gafas de sol y la piel bronceada, que nos dejen los besos en la toalla y la necesidad apremiante de desnudarte sabiendo a ciencia cierta que no tendré que quitarte mucha ropa. 

Llueve afuera y por primera vez he tenido que ponerme una sudadera en meses. Ya anochece antes y el ventilador de mi habitación, mi más fiel compañero durante estos últimos dos meses y medio, parece triste y acongojado porque sabe que, más pronto que tarde, toca despedida hasta nuevo aviso. Vienen épocas de edredones, cuellos altos y calefactores, de cambios de hora y nieve; de constipados, gripes y melancolía; de caricias guarecidos bajo mantas y pies helados como la mismísima Invernalia. El invierno se acerca tan rápido que parece que mañana mismo va a llegar. Y no hay nada que me asuste más que la llegada del invierno.
Porque se perderán las verbenas de pueblo y los platos de caracoles, los pantalones cortos y ese vestido gris ceñido que tanto me gusta verte puesto. Se irán los domingos de paella en el chiringuito de la playa y el ansia por salir a la calle a todas horas para charlar con unos y con otros de cualquier tontería una y otra vez durante horas. Se irán los baños nocturnos en piscinas ajenas y ya no quedará rastro alguno del sabor de un verano que cada año me enamora más y más.

Llueve afuera y el olor a migas y vino me viene a la cabeza junto con el de tardes de fútbol y ginebra endulzada con el sabor amargo, valga la contradicción, de un botellín de tónica. Otro año más comienza en poco más de veinte días, los que viven cerca mío bien saben de lo que hablo. Llueve afuera y el agua que cae del cielo sirve de telón para avisar que la función se acaba. El público se levanta, aplaude y se va a casa... y hasta el próximo pase si Dios quiere y vendemos las suficientes entradas.
Una vez más se acaba el espectáculo y es una menos si nos ponemos en plan melancólico. Pero antes de marcharnos a brindar por la obra que concluye, sólo quería pasar a decirles que fue un honor actuar junto a ustedes y que seguiremos ensayando a diario para que ésta, la obra de teatro de nuestras vidas, salga cada año mejor y disfrutemos todavía más representándola.

lunes, 7 de agosto de 2017

La chica del puf

La chica del puf es de esas personas a las que conoces desde hace tantísimo tiempo que no recuerdas ningún momento antes de que entrase en tu vida. Casi siempre ha vivido lejos pero, extrañamente, tampoco alcanzo a rememorar un instante en el que no estuviera aquí conmigo cuando me hizo falta, y así lo atestiguan las decenas de miles de fotografías que, de vez en cuando, desempolvamos de aquella bendita adolescencia que hace tanto que dejamos atrás.

Es de esas mujeres que siempre está sonriendo y ya saben ustedes que esas valen mucho la pena. Camina estilizada por las calles sobre dos piernas que parecen que en cualquier momento se van a quebrar pero que nunca llegan a hacerlo. De hecho, ella se podría definir perfectamente así: cincuenta kilos de tipa a simple vista quebradiza, frágil y delicada que esconden, sin embargo, a una de las personas más fuertes, decididas y valientes que he conocido.

La chica del puf fue la primera mujer que entró en mi casa, la primera chica a la que presenté a mi familia y la primera que comió con mis padres y mis abuelos hace casi veinticinco años. Recuerdo que era verano, que pusimos un mantel de tela de cuadraditos azules y blancos, que había macarrones con chorizo y que apenas tendríamos diez años cada uno cuando eso ocurrió. Que no es poco para recordar.


Siempre te mira a los ojos cuando te habla y no tiene reparo en decirte que hace tanto calor que puedes morir si la tocas. Nunca sale en el centro de las fotos pero siempre está en ellas porque es de esas que une a cualquier grupo, que jamás ha tenido peleas con nadie y que siempre, siempre, consigue serenarte con su tono de voz. La estoy viendo en la piscina, la recuerdo en las noches en el parque, en locales de todo tipo y hasta bailando conmigo una canción de Mouling Rouge. La chica del puf es de esas personas a las que agradeces al cielo que haya puesto a tu lado y, de vez en cuando y sin que ella lo sepa, le pides a ese mismo cielo que no se la lleve jamás.

Tiene pecas en la cara, las uñas de colores, los ojos marrón oscuro y la habilidad de conseguir que siempre le des la razón aunque no la tenga. Fuma porque no es perfecta y tarda cuarenta y cinco segundos en cruzar un pasillo de cinco metros con el balón en los pies. Se ríe por casi todo y pocas veces la he visto llorar. Cuando la abrazas con fuerza te sientes mejor contigo, con el mundo, con tu alrededor. Es buena, amable, generosa y de esa gente en peligro de extinción con las que puedes mantener una conversación de una hora aunque haga cinco años que no hablas con ella de nada profundo. La chica del puf lo mismo te abre las puertas de su casa que te echa el cerrojo de una habitación cualquier noche de agosto; y eso, creo, es lo más maravilloso que tiene: que nunca sabes por dónde te va a salir.

Pero ante todo, poniendo en perspectiva todas y cada una de las cientos de cualidades que tiene, la primera para mí es que siempre ha estado, está y estará en mi vida. Es de ese grupo de gente con la que lo mismo discutes un día que no paras de reír al siguiente; de ese conjunto de amigos del que uno se enorgullece tanto. Ella, la chica del puf, es tan mía como lo soy yo de ella y de todas las que, al igual que ella, son capaces de meterse en una piscina llena de mierda para pasar tiempo conmigo. “Meterse en una piscina llena de mierda para pasar tiempo conmigo”, me acaba de salir, sin querer, la mejor definición de amistad que se me ocurre y he de decir que por ella, por la chica del puf, la que siempre ha estado en lo bueno y en lo malo, merece la pena hundirse hasta las narices en cualquier balsa apestosa que puedas encontrar.

martes, 11 de julio de 2017

Más que mil palabras

Una de las mayores mentiras que se pueden oír por ahí, es la de esa expresión que viene a decir que una imagen vale más que mil palabras. No estoy para nada de acuerdo.

Se postra frente a mí, una vez más, una mujer sentada en una silla tapizada en tonos rosáceos. Su mirada está fija en una cámara fotográfica que la inmortaliza mientras ella, con una sonrisa que encandila y unos ojos marrones que miran al objetivo con un brillo que te hace estar seguro de que no puede existir persona más buena sobre la faz de la tierra, se deja perpetuar. Viste de amarillo porque no le tiene miedo a la mala suerte y sus piernas se cruzan a lo Sharon Stone en Instinto básico. Eso le decía hace tanto tiempo que parece que fue ayer. 

Nunca supe dónde se la hizo, ni cuándo ni cómo ni en qué situación. Jamás le pregunté sobre esa foto, quién la sacó o si era de día o de noche; pero estoy seguro que es la instantánea que más veces me ha dejado sin palabras en todos los días de mi vida.

Su brazo derecho cae muerto sobre el reposabrazos y el izquierdo se posa sobre su rodilla desnuda. Su pelo empieza a dorarse como siempre hacía cuando los rayos de sol del comienzo del verano comenzaban a golpear contra el asfalto seco de Madrid. Su piel, esa en la que me perdí tantas veces que tengo memorizada como el Padrenuestro, comienza también a adquirir el tono ocre que me llevó un día a decirle al oído que podría ser perfectamente la mujer de mi vida… y la de todo aquel que no estuviera tan ciego como para dejarla escapar.

El suelo es negro y el corte de la imagen no deja ver el color de sus zapatos. Una chaqueta cuelga de otra butaca mientras ella no deja de sonreír y, casi sin quererlo, con esa sonrisa consigue que el cámara se mueva un poco en el momento exacto en que golpea el gatillo... y la foto sale parcialmente movida por ello. Sin conocerlo de nada y estando absolutamente seguro de que era un hombre, desde aquí tengo que decirte que a mí, querido amigo, también me habría temblado el pulso. Estás perdonado.

Recuerdo cómo achinaba los ojos cuando sonreía. Es una de esas cosas que no se me terminan de ir jamás de la memoria por mucho que me esfuerce en olvidarlo. Comenzaba guiñando un poco los dos porque jamás supo hacerlo con uno solo, y luego los cerraba despacio como una niña de cuatro años en el jardín de infantes. Se picaba cuando le hacía burla por ello y chasqueaba los labios en señal de disconformidad. A veces, si lo que le hacía reír era lo suficientemente poderoso, se ponía a llorar con la facilidad de una quinceañera viendo El diario de Noa y uno no sabía si abrazarla para consolarla o para evitar que le diera un ataque al corazón. 

Ella abrazaba muy bien.

Te cogía por debajo de las axilas y te acariciaba los omóplatos con delicadeza. De vez en cuando, más por vergüenza que por actitud maternal, te ronroneaba un “ea, ea” que, en realidad, venía a querer decir que a ella también le encantaba que la abrazases. Cómo habría cambiado la cosa si nos hubiésemos dicho todo cuando tuvimos que decirlo. Jamás salió nada bueno de la mentira o de las medias verdades, nos lo vienen diciendo durante siglos los más sabios del lugar y nosotros seguimos sin enterarnos.

Pero volvamos a la foto, que aún queda mucho por contar. Su mechón derecho cae cinco centímetros más abajo que el izquierdo y, extrañamente, no le encuentro una pulsera ni un collar cuando no puedo recordarla sin una u otra cosa. Los ojos se le vuelven rojos por la luz del flash como me pasa a mí en todas las malditas fotos que me han hecho desde que el mundo es mundo. Esa es otra cosa que nos une, pero desde luego no la única. 

Cualquiera que vuelva a visionar la imagen intenta perderse por debajo de su falda, es perfectamente natural. Sus piernas te hacen evadirte del mundo, se las vi increíblemente bonitas desde el primer día y bien sabe Dios que, años después, sigue subiendo las escaleras dejando boquiabierto a todo el que viene por detrás. 

Y es que, joder, está preciosa.

Estoy seguro de que se lo he dicho cien veces pero es ahora cuando me arrepiento de no habérselo dicho cien mil. Es tan guapa que te engancha como la droga más dura y te conquista como si el mismísimo Atila volviera del infierno con la intención de que la hierba no vuelva a crecer jamás. Es de esas personas que te amilana con la mirada, que te apacigua con su voz, que te encandila con sus ojos y de las que los imbéciles como yo no se dan cuenta de todo lo que vale hasta que un buen día, con las maletas en la mano, se marcha lejos para no volver jamás. Ella lo vale todo y estoy seguro de que algún día se dará cuenta de ello. 

Yo, por mi parte, tengo el consuelo de una foto que una vez me envió y que guardo como oro en paño en lo más profundo de mi corazón. Una fotografía que ustedes no conocen ni jamás verán. Quizá sea yo el que estoy equivocado y si pudieran observarla no habría hecho falta tanta explicación. Sin embargo, quise con estas mil y una palabra que termino de escribir, intentar que se dieran una idea de lo maravillosa que esa mujer de cabellos dorados, ojos vidriosos y corazón enorme significó para mí y para todos aquellos que un día nos cruzamos con ella en este autopista que se llama vida. Si algún día coinciden con ella, no la dejen escapar. Les aseguro que sería el error más grande que hayan cometido, cometan o jamás cometerán.

miércoles, 7 de junio de 2017

Lo seré por ti

El trago de agua fresca
cuando te mueras de sed,
o el brazo que te agarre
cuando vayas a caer.
La vela que te alumbra
cuando cae la oscuridad,
dime qué quieres que sea
y no seré otra cosa jamás.

El roce de unos labios 
que te ericen la piel,
o el sabor de una caricia
tan dulce como la miel. 
La pupila que refleje la tuya
cada mañana al despertar,
Dime lo que quieres que sea
y no dejaré de serlo jamás.

El susurro en el oído
de millones de 'te quieros',
cada país o continente
o quizá el mundo entero.
Dedos que surquen tu espalda
dibujando con tus lunares un mapa.
Dime que sea Supermán
y me pongo ya mismo la capa.

O el héroe de un cuento de hadas
o, si lo prefieres, un príncipe azul,
lo que digas, lo que exijas, 
lo que quieras y desees tú.
Aquí tu siervo te emplaza,
a que hagas lo que te plazca conmigo.
Dime qué quieres que sea, 
que me pongo con ello ahora mismo.

lunes, 5 de junio de 2017

De tacones y faldas rojas

La vio taconear enfundada en una falda roja con lunares blancos y tuvo que frotarse los ojos para entender que sí, que de nuevo la vida la volvía a poner otra vez en su camino. Sus piernas ya se habían bronceado aunque los primeros rayos de sol de la primavera apenas acababan de comenzar a romper en los tejados de Madrid. Su pelo se había aclarado también, como siempre ocurría por esas fechas: “no hay nada más bonito en todo este maldito universo que una castaña que se vuelve rubia en verano” se había dicho mil veces durante los últimos siete años. Y esa imagen no pudo más que volver a darle la razón.

El sonido de la muchedumbre pareció acallarse por el de esos tacones que ascendían escaleras arriba mientras los ojos de ese hombre henchido de amor no podían apartarse de sus piernas. Ella lo miró y él le devolvió la mirada tanto tiempo después que por un instante creyó que no podría volver a ver cómo ella se iba de nuevo de su lado. Porque si algo sabían los dos, es que ese encuentro no iba a durar más que unos míseros segundos. Y así fue.

De nuevo una sonrisa de oreja a oreja acompasando el achinar de unos ojos que él no quería dejar de mirar jamás. De nuevo el roce de su mano y el perfume de su cuello entrando por sus fosas nasales cuando, con dos besos más formales que sentidos, se saludaron mientas la gente seguía intentando encontrar su localidad. De nuevo esa maldita sensación de saber que Dios le había presentado a la misma vez a las dos mujeres más maravillosas sobre la faz de la tierra y, quizá, él había elegido mal. De nuevo, una vez más, el terrible desamparo de ver cómo ella se marchaba por una escalera y él hacía lo propio por la siguiente. Y de nuevo la necesidad de decirle por millonésima vez que no se fuera nunca más, que no podía seguir sin ella, que no quería seguir sin ella… que no sentía si no era con ella. Pero no lo dijo y otra vez más cada uno se alejó de allí por su lado, volando a partes distintas de un mundo que en algún momento del pasado más remoto pareció que se confabulaba para unirlos. Y quizá lo hizo… vete tú a saber.


Y mientras sus tacones surcaban otros suelos, pisoteaban otros corazones y bailaban en otras realidades, él volvió a caer en los brazos de otra rubia mucho más agradecida. Volvió a hundirse en ese licor con espuma y que acompasaba con su amargor el mismo sabor que desprendía, una vez más, un corazón herido que desde entonces no para de preguntarse "por qué" y sólo puede responderse con un “fue tu culpa” que se clava como una estaca en el corazón. Parece que esa es la condena eterna que el chico tendrá que soportar por el resto de los días de su vida y, muy probablemente, la tenga más que merecida.

miércoles, 26 de abril de 2017

Magia

Magia son los lunares de tu espalda formando una constelación o tus labios buscando los míos siempre que tienen ocasión. Tu piel desnuda tumbada en la arena, tu sonrisa vespertina, tus manos delicadas, tu cara de alegría o tus lágrimas de pena. Y es que no existe brujo ni hay mago en el mundo que pueda sacar de su chistera una cosa parecida al color de tus ojos o el contonear de tus caderas. Ni naipes, sombreros o varitas mágicas de madera de abeto; ni disfraces, capas, tapetes o petos, la magia, querida mía, es tu sonrisa recién levantada o cuando, con un piropo que no esperabas, te descoloco por completo.

Tu pelo dorado y la forma en la que suspiras en mi oído, la manera en la que gimes de placer, el modo en que me dices ‘te quiero’ cuando notas que la pasión es tal que hasta las piernas te tiemblan como si te fueras a caer. Los días de arrancarte la ropa y besarte en el cuello o las noches en que, cuando desciendo lento por tu ombligo, sientes como tu piel se eriza y me dices que no me vaya, que me quede siempre contigo. 

O tu blusa desabrochada o mis manos subiéndote la falda, la magia son tus labios llamando a los míos o tu cabeza regocijándose en mi espalda; la de tus piernas morenas y mi dedos acariciándolas, la de los viernes encerrados en un cuarto donde el reloj perdía la noción del tiempo y contaba más deprisa de lo normal. Magia negra la de esas manecillas que, cuando menos lo esperábamos, nos avisaban que ya había llegado el final. 

Que no me cuenten cuentos de hadas ni historias de dragones, príncipes, guerreros o piratas; a mí, que he vivido en primera persona la magia de tu boca guerreando con la mía, que no me vengan con monsergas, chistes ni tonterías. A un hombre que ha probado el sabor de tus labios no pueden engatusarlo con narraciones de magos, profetas, maestros o sabios. Sólo tú puedes hablarme de magia, vida mía, sólo de tu boca prestaré atención a los cuentos de brujas, videntes y hechicería. Solamente de ti, la mujer que me hizo entender que no hay maravilla más poderosa que la de dos cuerpos que se desean de la forma más apasionada, temible y portentosa, seré capaz de jurar al mundo, en verso o en prosa, que el mayor hechizo que existe en este planeta es que un mortal como yo se haya encomendado a la fe que le marca el amor a su mujer, a su diva... a su diosa.

lunes, 17 de abril de 2017

Ojalá volviésemos a ser desconocidos

El otro día Will Smith mandaba una nota en una película cuyo nombre no importa demasiado para el caso que nos atañe, donde le decía a una preciosa mujer una frase que, en su momento, me pareció la más bonita de las que he escuchado en los últimos tiempos: “ojala volviésemos a ser desconocidos”.

Comencé a darle vueltas en una noche de viernes de esas en las que ya no me pierdo en bares ni me ahogo en vasos de alcohol y, como decía, me llegó bien dentro. “Ojalá volviésemos a ser desconocidos”, le decía a su esposa, “ojalá volver a revivir ese primer beso que no se olvida” – pensé yo – “esa primera caricia o el primer ‘te quiero’. Volver a sentir mariposas surcando nuestros estómagos o volver a ver florecer la pasión que un día pudo competir con las llamas del mismísimo infierno”.

Me maravilló aquella breve oración y todo lo que conllevaba. Se me antojó tan maravillosamente romántica que quise hacerle un homenaje escrito en este blog que hace tiempo que pasa demasiado desapercibido en mi día a día. Ya no escribo como antes, ni bebo como antes, ni salgo como antes y casi ni beso como antes. Y creo que todo está íntimamente relacionado entre sí aunque ese, queridos amigos, será un tema que abordaremos más adelante. Hoy estamos con otra cosa.

Volver a repetir cada segundo, volver a conocernos en los pasillos de algún triste edificio o volver a pasear bajo las estrellas una noche calurosa de junio. Volverme a enamorar de tus ojos verdes, a nadar pensando en ti, a notar el rubor de tus mejillas o el tacto de tu piel desnuda. Volver a perderme debajo de tu falda o a encontrarme en los lunares de tu pecho; volver, en definitiva, a enamorarme de ti una y otra vez como aquella primera que parece que fue ayer. ¿Ojalá volviésemos a ser desconocidos? Pues la verdad es que no.

Porque luego de varias horas comprendí que Will no había estado jamás tan equivocado y que el amor, el verdadero amor, no vive ni se alimenta de primeros momentos porque quedarse con la primera vez significa desprestigiar a las que vienen más tarde… y no hay nada más triste que eso. Querer es mucho más que esa primera vez, es todas las que veces que vienen luego, las bonitas y las desagradables, las que te hartan y las que nunca te dejan de alegrar, las que deseas que no se vayan y las que hacía tanto tiempo que no experimentabas que creíste que no volverías a probar. Uno ama de verdad cuando esas mariposas del estómago se fueron tan lejos que no volverán pero tú sigues necesitando que esos ojos que te miraron una vez como nunca nadie te volverá a mirar, lo sigan haciendo todos los días de tu vida y, si Dios quiere, muchos, muchísimos más.

Así que cuando encuentres a esa persona que te completa, que te hace ser tan tú como nunca pudiste imaginar, no le digas lo que Will Smith le dijo al amor de su vida ni tampoco te engañe LoveStory, porque al igual que el amor es decir ‘lo siento’ incluso a veces cuando llevas la razón, ese mismo amor en el que creo tanto que me deja sin respiración no se basa únicamente en la primera ocasión que un día se produjo, sino en todos los momentos de esfuerzo y sacrificio que vendrán después. Nada cuesta más que el amor verdadero, hay que cuidarlo y mimarlo, trabajarlo y dejarse la vida por él. Por eso, porque nada es más laborioso que él, no hay nada más valioso en toda esta vida que nos ha tocado vivir.

sábado, 18 de febrero de 2017

El final que fue principio

Fue la última vez que disfrutó del azul de sus ojos antes de que se apagasen para siempre y con ellos comenzase a detenerse también su ya maltrecho corazón.

Cuarenta y dos años junto a ella. Cuarenta y dos. Casi medio siglo de un amor tan profundo, inquebrantable, puro e imperecedero que ni el más fantasioso cuento de hadas lo hubiese podido describir mejor. Tantos besos que sería imposible contar, tantos abrazos y tantas caricias que ni el infinito orden numérico podría abarcar. Tantas noches en vela, tantos días de pasión, tantos y tantos recuerdos escondidos tras esas pupilas cansadas que llenarían todos los tomos de la más pródiga de las enciclopedias. Y allí acababa todo, sobre las blancas sábanas de una habitación de hospital, dos enamorados se decían hasta siempre a ojos del mundo, aunque sin que ese mundo lo supiese, se preparaban para volver a encontrarse tan solo unos minutos después.

Él había dejado su bastón reposando sobre la mesita de al lado y, arañando un soplo de voluntad a su fatigada anatomía, se subió a la cama para abrazarla una vez más. Ella, marchita como una flor en otoño, había sacado fuerzas de flaqueza para hacerle un huequito en un colchón agotado de sostener penas y dolor, fatiga y enfermedad.

Se miraron sin decir palabra alguna y se besaron con la ternura de un par de niños que se encuentran por primera vez. Permanecieron frente con frente durante segundos, minutos, horas o días, nadie lo supo muy bien. Él la acariciaba con dulzura recordando aquella piel tersa que ahora, con el paso de los años, se había arrugado tras un baño de vida. Sus ojos, sin embargo, eran los mismos que lo habían conquistado hace tanto tiempo que bien podría haber sido ayer. Su sonrisa también era la misma, esa que salía a relucir a las siete y poco de la mañana y no se iba a dormir hasta bien entrada la noche. Sus manos lo mimaban igual, sus besos sabían al mismo maná divino que lo había rescatado de una vida sin sentido e incluso el sonido de una voz frágil que se apagaba poco a poco seguía sosteniendo el mismo tono, timbre e intensidad de antaño cuando pronunciaba las dos palabras que a él lo hacían sentirse el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra: ese ‘te quiero’ que nunca jamás se cansó de escuchar. 

Sus párpados se cerraron y la respiración del amor de su vida cesó para siempre. Él notó cómo su aliento dejaba de romper contra sus labios como olas erosionando a golpes las rocas del mar y fue consciente inmediatamente que ahí, en ese preciso instante, su corazón se quedaba sin motivos para volver a latir.

Una lágrima de pena cayó por sus rugosas mejillas aportando a la escena el único signo de luto que aquel viejo enamorado estaba dispuesto a ofrecerle al mundo. Porque allí, en el momento y el lugar donde el dolor se esforzaba por apoderarse de él y apresarlo dentro de una cárcel de pena y melancolía, sacaría todo el valor que fuera necesario para hacer inmortal lo que, en principio, sólo iba a ser un amor para toda la vida. Allí, en una habitación vacía de hospital, las arrugas, los marcapasos, los medicamentos a la hora de cenar, el bastón, la ciática y hasta el mismísimo cáncer dejaron de tener importancia para dos almas que se marchaban juntas de una vida que se les había quedado demasiada pequeña.


Sin que nadie los viese o se percatase del milagro, los dos amantes dejaron de lado un mundo que ya no les pertenecía para largarse, unidos, a un lugar donde podrían volver a quererse desde el principio y para siempre, como si todo hubiese empezado hace un segundo y jamás fuese a concluir. Un lugar donde no habría más que paseos matutinos y sexo vespertino, felicidad plena y tiempo de sobra para demostrarse lo que ellos tenían muy claro: que cuarenta y dos años de amor sólo son un bonito comienzo.

Minutos más tarde la pena y la congoja se quedaron encerradas tras los muros de ladrillo y la jaula que apresaba a dos seres humanos que formaban uno solo se abrió para dejarlos volar, de la mano, hacia toda la eternidad. Y es que todo el mundo sabe que, cuando se ama de verdad, no existe galaxia, dimensión o tiempo que encierre lo que sólo un corazón henchido del sentimiento que desde siempre ha movido al universo, el amor, puede albergar.

lunes, 13 de febrero de 2017

San Valentín

Al igual que en Semana Santa o en Navidad, San Valentín no se libra de tener al cansino de turno recordándote lo falso y artificial que supone celebrar en un día concreto lo que habría que festejar todo y cada uno de los que tengas por delante. Ya sabéis que otra cosa no, pero tontos en este país nos sobran a espuertas.

San Valentín no es malo por cursi, falso o artificial, sino por hortera… que es peor. Quien les escribe hace años que no celebra esta fiesta y, pensándolo bien, ni en las épocas recientes en las que he estado saliendo con alguien lo he llegado a festejar. A mí, personalmente, me parece un día donde el mal gusto y el chonismo sale a relucir con más brillo que de costumbre y, quizá por eso, intento evadirme de él con todas mis fuerzas. Sin embargo, con el paso de los años, me viene tocando la moral mucho más de lo acostumbrado que haya gente que se erija valedora o adalid de lo que debemos o no debemos celebrar, de lo que se puede o no se puede disfrutar y de lo que tenemos o no tenemos que vivir. Con eso es que no puedo.

Como decía, a mí San Valentín no me gusta por casposo pero eso no me da derecho o potestad moral para censurarlo. Las esclavas de oro, los peluches con forma de corazón, las cenas en los Vips madrileños o los vídeos subidos a YouTube con fotografías y canciones de Camela pueden conmigo, pero ni siquiera el ‘Cuando zarpa el amor’ debe darme una razón de peso para impedir que dos personas, sean quienes sean e independientemente de sus gustos, puedan (y deban) celebrar un día que está hecho por y para el amor.7

Porque, al fin y al cabo, San Valentín es eso: un día de entre los trescientos sesenta y cinco del año en que eres capaz de sacar tiempo, ganas y dinero para mimar a tu pareja, para decirle que la quieres y hacer que ella sienta que la quieres, que es aún más importante. San Valentín es una ocasión especial para salir a cenar fuera, para pasar tiempo juntos en un mundo en donde cada vez es más y más complicado pasar ese tiempo con las personas que amas. Es una noche donde cada uno venera al amor cómo y dónde quiere, una noche en la que ese sentimiento que parece en peligro de extinción fluye, se mueve, nace y se hace… sobre todo se hace. Y no entiendo cómo puede haber alguien se que oponga a ello a no ser que una envidia insana recorra todo su cuerpo.

Así que al igual que os dije hace un par de meses con todos esos pelmazos que os intentaban fastidiar la Navidad: olvidaos de ellos. Salid y disfrutar del atardecer mientras otros rezamos a los astros porque el Barça pierda en París. Besaos todo lo que podáis y convertir una fría noche de febrero en la más calurosa del mes de julio. Abrazaos todo lo que podáis y regalaos piropos y lisonjas, que no siempre hace falta gastarse ciento cincuenta euros para celebrarlo. Bebed vino y cenad mucho para coger fuerzas para ese momento posterior en que la ropa comience a volar desde el ascensor de vuestro bloque hasta el umbral de la puerta de la habitación. Que nada ni nadie os estropee una noche distinta e impregnada de romanticismo y, si queréis subir un vídeo a YouTube con fotografías cursis y el organillo de Camela de fondo, ¡qué demonios!, hacedlo aunque dentro de un par de años se os ruboricen las mejillas por la vergüenza propia y ajena. Disfrutad de quien tenéis al lado y agradecedle a la vida que os lo puso ahí, que muchas veces no entendemos cuán afortunados fuimos hasta que esa persona ya no está y es demasiado tarde para volver a llamarla. Así que olvidaos del mundo esta noche y que sólo nos quede el amor que, como dijo el poeta, es lo único que importa y merece la pena.

martes, 24 de enero de 2017

Treinta

-“¿Cuántos años tienes?” - Me preguntó ayer un mocoso.
–“Cumplo treinta pronto” – respondí.
–“Buah” – exclamó él – “Qué viejo” – sentenció más tarde. 
Y sí, lleva mucha razón.


Treinta años a mis espaldas, queridos amigos. Treinta. Así, como suena. Trescientos sesenta meses, más de once mil días y ni os quiero contar la de minutos y segundos. Un tercio de la vida… o al menos eso quiero pensar. Mucho tiempo, mucho vivido y muchísimo que queda por vivir.

La mayoría de la gente que ve en mi rostro estos días la tristeza y la congoja de la que hablaba Oscar Wilde (“Sólo un loco celebra que cumple años”) intenta consolarme con frases hechas e insulsas, con cariños forzados o expresiones de carga simbólica que poco pueden ayudar ya. Me dicen que en nada se diferencia mi vida de ayer a hoy y en poco cambiará de hoy a mañana. Y sí, la verdad es que también llevan razón. Sin embargo, en días de morriña y nostalgia como son todos los veinticinco de enero y aún más éste en particular, me estoy dando cuenta de que, al final, sí que ha cambiado todo mucho. Demasiado.

Los treinta te asientan y te maduran aunque tú no quieras y aunque haya rubias de ojos preciosos que no paran de recordarte que eso de madurar no va mucho contigo. Empiezas a preferir la música lenta al estruendo de las grandes discotecas, una copa de vino a un litro de calimocho, un buen whisky solo a diez cubatas en un bar y las noches guarecido bajo un edredón a aquellas, tan lejanas ya, donde llegabas a casa con los primeros rayos de la mañana. Los treinta te hacen comenzar a mirar atrás recordando todo lo que hiciste y, sobre todo, todo lo que te queda por hacer. Pocas capitales me quedan ya por tachar en el mapa del viejo continente y sin embargo pienso que no he viajado todo lo que debería. Empiezas a preferir unos labios en concreto a todos los que hay vagando por ahí en busca de besos vespertinos, la quietud de un hogar vacío a las muchedumbres de desfiles y fiestas patronales y un paseo por la orilla del mar a un botellón en la arena.


Los treinta te hacen valorar mucho más tu tiempo. Te levantas antes y te acuestas más tarde, como queriendo exprimir un día que ahora aprecias mucho más que antes. Lees las críticas de las películas antes de verlas porque te jode perder dos horas con algo que no merece la pena y así te pasa un poco también con las personas: que te quitas del medio la paja para quedarte con el trigo.

A mis treinta puedo decir que he disfrutado con Scorsese, Coppola, Allen, Spielberg, Nolan y compañía; que me he perdido en letras escritas por los grandes y he intentado, como algún día rezará mi epitafio, rellenar las páginas en blanco que se postraron frente a mí con la tinta de mil noches sin dormir. Comienzo a tener más anécdotas que contar que fechas señaladas en rojo en el calendario, la resaca me apuñala el cuerpo con crudeza en cuanto bebo dos copas de más cuando antes me pensaba que todo eso era un cuento de los padres para no excedernos con el alcohol. Me decanto por un cruce de piernas antes que por una escena pornográfica, más por una película bajo una manta que por una noche de bar en bar, por Sabina antes que nada y por una tarde de cerveza y fútbol con mis amigos antes que cien de excesos por ahí, en algún lejano lugar. Pienso, reflexiono y le doy vueltas a cosas insignificantes y miro al futuro cada día, intentando pensar qué me deparará y si estoy yendo en la buena dirección. Me imagino tumbado en una hamaca dentro de diez años y, de vez en cuando, le pongo nombre a la santa mujer que pueda, quiera y tenga la no menos santa paciencia de aguantarme durante el resto de su vida. Y siempre, casi sin quererlo, le pongo el mismo nombre una y otra vez.

Los treinta te asientan y, quizá, eso no sea tan malo después de todo. De momento, diez minutos después de cumplirlos, me siento tal y como me sentía ayer: orgulloso de la gente que me rodea, enamorado de una vida que aún me debe mucho, dichoso por tener personas que me quieren, unos amigos que sé que darían todo por mí y un saco de historias que no me canso de contar jamás. Después de todo, eso es lo que más disfruto haciendo.

Al final, pensando un poco sobre esto, creo que es más que suficiente para empezar mi nueva edad. Lo demás es secundario y si ha de llegar, llegará; eso también te lo enseñan los años. Hoy, el día en que dejo atrás la veintena y entro en el segundo tercio de mi vida prefiero quedarme con los que están a mi lado, los que a pesar de todo siguen ahí, esos que me llevan aguantando desde que tengo memoria aunque a veces aguanten más de lo que merezco y de lo que ellos se merecen. Al final, con el paso de los años, te das cuenta de que los viejos sí tenían razón, quizá porque tú, como me decía ese mocoso hace unas horas, te estás haciendo igual de viejo. Así que ahí va mi consejo: abrazaos a la gente que os quiere y se preocupa por vosotros. Yo os digo con orgullo y altanería que me faltarían brazos para rodearlos a todos, y eso es el mayor tesoro del que, a mis treinta años, puedo presumir.

lunes, 23 de enero de 2017

Sus ojos verdes

Sus ojos verdes se clavaron en los míos una noche fría de invierno… y no se terminaron de marchar jamás.


Acompañaba su mirada con una sonrisa tibia, tímida y, por momentos, guarecida bajo la manta que nos cubría a los dos. Sus ojos verdes me miraban y los míos no podían hacer otra cosa que mirarlos, como dos esclavos presos de su amo o dos luceros que giran alrededor del astro rey. Ellos, mis ojos, se quedaron durante horas petrificados cuando los alcanzaban los suyos, hechizados por la magia de un verde aceituna que los embrujaba con un conjuro más fuerte de lo que jamás había conocido antes y nunca más conocería después. Luego, un segundo más tarde del primer contacto, ella entornó los suyos suave y delicadamente esperando un beso que, por supuesto, no tardó en llegar. Mis labios rozaron los suyos, acompasados por un éxtasis que me hacía querer atraerla lenta e irremediablemente hacia mí, como si alguien allá afuera pudiera robármela, llevársela sin que me diese cuenta para no volver a traérmela jamás. Y eso era algo que yo no estaba dispuesto a dejar que ocurriese. 

Sin embargo, nadie tocó la puerta esa noche para reclamarla como propia y yo aproveché la ocasión para hacerla mía para toda la eternidad. Guerreé con su boca y ella lo hizo con la mía hasta que los primeros rayos de sol de la mañana nos encontraron desnudos en la habitación. Sus mejillas se enrojecían, su piel aumentaba de temperatura y sus ojos, sus preciosos ojos verdes, se entreabrían de vez en cuando como queriendo asegurarse de que todo aquello no era un sueño y de que, tal y como le había prometido, el engaño se había consumado y era tan real como el frío invierno que golpeaba con vientos huracanados y copos de nieve tras la ventana.

Y así, entre caricias, abrazos y el tacto de su pelo dorado enredándose en mis manos, con el brillo de su mirada dando luz a un alma opacada por la oscuridad, nos cogió el alba por sorpresa. Y el calor se convirtió en frío y la luna dejó paso al sol, y mis sábanas quedaron huérfanas y mudas esperando de nuevo a unos ojos que quizá nunca debieron llegar pero que, como les decía al principio, una vez arribaron no se terminaron de marchar jamás.

lunes, 9 de enero de 2017

El piropo


Aprovechando las polémicas declaraciones de la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género, doña Ángeles Carmona, en las que asegura que el piropo “supone una invasión en la intimidad de la mujer y que, por ello, es necesario su erradicalización”, me he animado, desde la quietud de un hogar que comienza a ver amanecer, a salir en defensa del que para mí es el último reducto de una generación de románticos tristemente en proceso de extinción.

Lo primero que habría que decir en defensa del piropo es que éste no es exclusivo del género masculino. Ni mucho menos. No creo, de hecho, que haya un matiz más machista que ese en el discurso de la presidenta de un órgano que, en teoría, lucha contra eso mismo, la discriminación. Como digo, el piropo no pertenece, para nada, a los hombres. Si bien es cierto que por cuestiones sociales, culturales o simplemente estéticas, es posible que seamos los que más lo usamos, las mujeres no sólo pueden, sino que deben recurrir a él siempre que así lo crean oportuno. Faltaría más.

Al igual que el cine, la literatura, la pintura o cualquier otro ámbito cultural, hay piropos buenos y malos. Como no es lo mismo escuchar a mi vecino del quinto cuando practica sus lecciones de piano que disfrutar del Claro de Luna de Debussy, no es lo mismo un piropo salido de una boca educada que otro que resuena con grosería, falta de tacto o carencia de sensibilidad. Sin embargo, como toda muestra artística (porque el piropo no deja de ser eso) no puede ser condenado ni censurado ante la falta de gusto de unos cuantos o unos pocos. Sería como cerrar todos los museos del mundo porque existe el Guggenheim de Bilbao, y no creo que nadie estuviera de acuerdo con eso.

Otro aspecto que obviamos cuando hablamos del piropo es que no siempre han de alagar aspectos físicos de la persona. Cuando entramos en casa de un desconocido y enaltecemos lo bien decorada que está, lo estamos piropeando a él. Cuando nos fijamos en un corte de pelo novedoso, exaltamos la nueva camisa que ha adquirido un amigo o loamos la fotografía tan espectacular que ha subido al muro de Facebook, estamos recurriendo de nuevo al tan deslegitimado piropo con la única intención de agradar a alguien que nos es cercano, importante o querido. Y eso, en una sociedad cada vez más confrontada, virtualizada y alejada del contacto personal, no puede ser criticable por mucho que a la señora Carmona le apetezca.

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