jueves, 26 de diciembre de 2019

Anoche soñé contigo

Anoche soñé contigo. Otra vez.

Tenías el pelo más corto que nunca y de un color más oscuro, pero eras tú, que no te quepa duda. Dormías en el lado izquierdo de la cama, como siempre solías hacer. Tenías un brazo metido por debajo de la almohada y tus ojos descansaban casi cerrados por completo, dejando únicamente una mínima abertura que me hacía dudar si realmente dormías o, por el contrario, me estabas observando como lo hacía yo contigo. Estabas tan guapa que tuve miedo de respirar más fuerte de lo normal, de moverme aunque fuese un milímetro por si te conseguía despertar.

Te miraba ladeado en la que una vez fue nuestra cama con la sensación de que todo aquello era, efectivamente, un sueño, y lo hice durante tanto tiempo que creí que la noche acabaría antes de que tú, en medio de ese mismo sueño, pudieras despertar. Sin embargo, lo hiciste antes de que yo lo hiciera en la realidad.


Tus ojos se clavaron en los míos antes de que la media sonrisa que acostumbrabas a sacar a relucir cuando me pillabas mirándote a escondidas lo hiciera en mi alma como hacía demasiado tiempo que no ocurría. Me miraste después de muchos años sin hacerlo y jamás, en toda mi vida, he deseado que un sueño se hiciera tanto realidad. No recuerdo muy bien qué vino después: si el primer beso de la mañana o el último de la noche, pero sí sé que nunca he odiado tanto a los rayos de sol que se colaron por la persiana de esa alcoba consiguiendo que me despertase y arrancándome de tus brazos una vez más. Y ahí, en un abrir y cerrar de ojos, desapareciste de nuevo de mi vida. Y la misma habitación que habíamos rebosado de cariño quedó vacía de amor; el mismo cuarto en el que nos besábamos como dos adolescentes en celo quedó frío como el invierno que se recrudecía tras esa maldita ventana. Y todo volvió a la normalidad, a esa que tanto detesto desde que te marchaste, desde que huiste para siempre en una noche gélida de diciembre para no regresar jamás. O al menos, eso creía yo. Porque igual que te hice perfecta el día en que partiste, mi mente consigue que estando tan lejos de aquí, de vez en cuando y sin yo pedirlo, vuelvas a besar mis labios, a acariciar mi piel y a mirarme a los ojos como si el tiempo jamás hubiese pasado. Y no sabes, querida mía, lo que se lo agradezco cada mañana que me despierto y siento, por un momento, que mi cama huele a ti, que mis labios saben a los tuyos y que mi piel recuerda tu tacto aunque ya no quede en toda esta casa más que el recuerdo de la época más dichosa que he vivido y que, tristemente, jamás volveré a vivir.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Despertar

Abrió los ojos en una oscuridad casi completa, únicamente entrecortada por unas pequeñas motas de luz que se colaban a hurtadillas por las rendijas de la persiana. Tenía la boca reseca, algo preocupantemente normal en los últimos tiempos, y lo primero que hizo fue echarse un trago de agua de la botella que, como un viejo de setenta años, escondía al lado de la cama. Se recostó y se volvió sobre su eje para darse de bruces con ella.

Ahí estaba, dormida como si el mundo no fuese con ella, como si tuviera tanto cansancio encima que no se fuera a despertar jamás. Su pelo oscuro caía sobre sus hombros desnudos y el edredón de la cama apenas conseguía tapar la mitad de ese cuerpo de infarto al que tantos poetas se habían agarrado, que tantos soñadores habían pedido al cielo para sí y que cualquier hombre con un mínimo de virilidad habría querido hacer suyo aunque sólo fuese un mísero instante.


Él se quedó mirándola durante un segundo y luego, sin quererlo, otro más. Creyó firmemente que podría seguir observándola durante el resto de los días de su vida sin necesidad de volver a beber o a comer jamás, que podría alimentarse única y exclusivamente con esa imagen que, desde ahora y hasta el día en que marchase, nunca se iba a borrar de su mente. Lo creyó tan fuerte que, por un momento, se juró asimismo que así sería. Y quizá por ese pensamiento que se tornó deseo, consiguió despertarla sin decir una sola palabra.

Y entonces llegó lo mejor.

Ella lo miró a los ojos, primero sorprendida y, más tarde, sonrojada. Sonrió con la dulzura de una princesa de cuento y ahí, en ese mismo momento, él no pudo más que sentir como cada puñetero músculo de su cuerpo se contraía y el aire dejaba de llegar a los pulmones. De todo lo que había visto en la noche anterior, de tanta pasión vivida que se podrían haber derretido los polos, de tantos besos que podrían haberse secado dos bocas para siempre y de tanta lascivia que hasta el mismo Lucifer se tuvo que tapar los ojos por pudor, él se quedaba y se quedaría eternamente, con ese instante mágico grabado en su memoria a fuego. Unos ojos verdes clavándose en los suyos como arpones que atraviesan a su presa en alta mar, la sonrisa más bonita que recordaba y las mejillas ardiendo de amor, sólo pudieron arrancar de él la extrema necesidad de acercarla tan hacia sí que ni el mismo aire pudiera pasar entre los dos, pegarla tan a su cuerpo que se hicieran uno solo y que, con ello, nadie nunca, jamás, se la pudiera arrebatar. 

Pero el instante duró lo que duran las cosas que no tienen mucho sentido, que diría el poeta. Y de nuevo ella zarpó de un puerto de paso en el que atracaron tantas naves como días pero que, al final, quedaba desierto hasta nuevo aviso como si de una maldición se tratase. Sin embargo, aquella vez fue distinta y cuando los siete mares se sequen y todo llegue a su fin, quedará, entre tantos borrones como manchas tiene el mar, la nitidez de una sonrisa preciosa y un ojos que miraron a un hombre una mañana cualquiera y, desde entonces, ese hombre no volvió a mirar igual.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Granada

El empedrado de la calzada se le clavaba en los pies debido a que las suelas de las zapatillas, blancas como la nieve, se habían desgastado de tantos kilómetros andados, de tanto mundo recorrido y de tantas historias que contar. Caminaba camuflándose entre las sombras de una noche de luna en cuarto creciente, perdiéndose entre las calles de una ciudad con tanta historia como el mismo mundo, con tanta cultura que uno no sabría por dónde empezar. Las calles de Granada le pertenecían aquel lunes por la noche y por un momento creyó que el tiempo no pasaría jamás y que en sus cuestas, sus patios, sus jardines y sus miradores, perdido en todo aquello, encontraría la inmortalidad.

Granada sabía a cerveza y olía a azahar. El viento frío de la sierra le arrullaba con la suavidad de una caricia de enamorado. La guitarra resonaba en cada callejón como si en todos los rincones alguna vez alguien hubiese desgarrado sus cuerdas, como si el llanto del instrumento más español de cuantos existen no pudiese dejar de bramar de pena entre esas montañas que se alzan al cielo y que se pierden entre las nubes para encontrarse después con el sol. Tantas culturas hechas una, tantos pueblos moradores de esa ciudad, tanta sangre, risas y amor derramado durante tantos siglos que, si uno se pone a pensar, asusta e impresiona caminar por allí.


Seguía el paso sin destino fijo ni prisa, ni con plan alguno que hacer. Se dejaba llevar por el embrujo de la luz de las farolas, de las estrellas despuntando encima de su cabeza, de la brisa de una noche de diciembre y del sonido de la música que salía de sus auriculares. Caminaba, caminaba y no dejaba de caminar. En su mente se dibujaban los recuerdos de treinta años dejados atrás, de mujeres y vino, de amigos, familia y gente que ya no volverá. Recordaba las veces en las que había deambulado por allí, abrazado a la Alhambra, bebiendo en las calles, besando en los rincones oscuros que no conseguía olvidar. Granada le había dado mucho aunque él, hasta ese momento, pensase que era una de tantas, una de esas ciudades con las que duermes pero con las que no te quieres quedar a desayunar.

La noche lo perdió por el Albaicín y el frío fue transformándose de caricia a bofetada, entrando por los pocos poros de su piel que todavía quedaban sin tapar y, poco a poco, lo fue despertando de la ensoñación a la que la otra Alhambra, la de vidrio verde y sabor amargo, lo había llevado minutos atrás. El paseo de los tristes lo abrazó como a uno de los suyos y él se dejó abrazar también. Los muros de piedra centenarios se iban levantando a cada lado tan altos como lo hacía el muro que llevaba construyendo demasiado tiempo en lo más profundo de su ser, pero con cada paso que daba, con cada minuto que pasaba junto a esa amante fundida en mil costumbres, sentía que todo volvía a la normalidad, que el daño remitía como si cada sorbo que daba a esa señora con nombre de fruto le sanase un poquito más. Y entonces deseó también que el nombre del hostal donde dormía no fuese sólo un letrero y se convirtiese en aquella a la que necesitaba, que aquel viaje que nunca quiso hacer con ella se hiciese realidad esa misma noche y que todo el tiempo perdido, que todos esos años marchitos, volviesen a renacer. Pero ya saben ustedes que los cuentos de hadas no se cumplen siempre que uno quiere y la noche, poco a poco, se fue apagando y el sol, de repente, volvió a nacer. Y la magia que parecía que nunca se esfumaría en un instante y sin previo aviso terminó y sólo quedó el relato triste de unos ojos que ya no volverán a brillar como lo hicieron ni aunque la más bellas de cuantas ciudades lo acurruquen en su ser lo hagan, por momentos, tan dichoso como una vez recordaba que fue.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Odio

Odio que debajo del edredón no estés ahora mismo conmigo, que ya no seas el portal donde cobijarme, la tempestad enfurecida que mece mi navío o las flores del jardín bañadas por las primeras gotas de rocío. Odio que no suene la música en tu teléfono y que tu lado de la cama esté siempre vacío, que tus cosas hayan desaparecido de casa e incluso que tu cepillo de dientes ya no repose junto al mío. Odio el sonido del mar, las estrellas y la luna, odio la música y el trinar de los pájaros porque sin ti todo eso no es más que ruido y hastío. Odio el calor de la chimenea que crepita frente a mí porque es entre tu pecho donde quiero resguardarme del frío.

Odio que no sean tus piernas las que me aprietan con la fuerza de un ciclón ni sea en tu cuerpo desnudo donde encuentro la inspiración. Odio que todo lo bueno que tuvimos se haya evaporado de un día para otro sin aparente explicación y cómo todavía te vislumbro gimiendo en cada puto rincón de mi habitación. Odio recordar el olor de tu cuello, el sonido de tu risa, de tu voz, de tu andar descalza y hasta el de tu respiración, odio con todas mis fuerzas el momento en que probé tus labios porque desde entonces ninguno de los que he probado les hace comparación.

Odio acordarme de ti sabiendo que tú no me recuerdas, odio recordar el color de tu piel y el contonear de tus caderas. Odio la falda que te dejaste olvidada, el collar que todavía guardo, las fotos, las cartas y cómo surcaba tu espalda contra viento y marea. Odio haberte visto por primera vez aquella tarde gélida y helada porque desde ese instante y hasta el final de mis días no volveré a ver algo parecido, absolutamente nada.

Odio cada vez que te dije te quiero porque desde entonces no he vuelto a querer, odio los besos y las caricias que me diste sin deber. Odio tus manos perdiéndose en mi pelo, tu sonrisa, tus ojos, tu pecho y tu tez; odio el rubor de tus mejillas, el sabor de tu lengua y el momento en que supe que jamás habría otra mujer; el olor de tu champú, la forma en que me llamabas y el tacto de tu piel; y lo que más odio de todo eso es acordarme de cada maldito detalle como si te tuviese delante por primera vez. Odio que haya querido tanto que sé con certeza que, por mucho que lo intenté, jamás volveré a querer.

Odio habértelo dicho, haberte confesado que te quise tanto como te quiero, es decir, más que a nadie, más que a todos, más que al universo entero. Odio haber abierto mi alma aquella fría tarde de enero, odio que donde hubo el amor más grande que el mundo recuerda ya tan sólo quede un oscuro agujero, que donde se quiso tanto que parecía que no era posible igualar ese fuego ahora queden cenizas, barro y un permanente recuerdo. Odio que pasen los años y mientras yo me descompongo poco a poco, tú encuentras en los brazos de otro lo que más echo yo en falta: consuelo.

Odio que te hayas marchado pero más odio que, aunque lo has hecho, no puedo olvidarte. Odio que pasen los días, los meses y los años y sigas aquí tan dentro que me es imposible sacarte. Que no puedo aunque quisiera pero bien sabe Dios que no quiero, porque si hay algo que me hace seguir adelante es pensar que, un día de estos y sin saber ni dónde ni cuándo, el mundo te volverá a poner delante. Y entonces te diré muchas cosas si es que quieres escucharme: te diré que lo siento, que te quiero mucho más de lo que te quise antes y que aunque entendería que quisieras volver a irte haré todo lo posible, durante el resto de mi vida, para que quieras quedarte.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Seis de octubre

No recordaba la fecha de su cumpleaños. La había olvidado por completo. Llevaba tanto tiempo sin saber de ella que no podía poner en orden sus pensamientos y en su cabeza los momentos, los números y las fechas bailaban como lo hacen las muñecas hawaianas en el salpicadero de un coche. ¿Era en octubre o en noviembre? ¿finales de septiembre o quizá antes de Navidad?

Dudó durante muchos años, casi media década para ser exactos, sobre esa fecha que venía a su mente en cada otoño y que, al final, era una simple excusa para escribirle, para preguntarle qué era de su vida, cómo estaba, si era feliz o cualquier otra cosa que sirviera para entablar conversación. Porque no había nada que le apeteciese más en el mundo que una conversación con ella.

Pero los años pasaban y aquella fecha seguía sin venirle a la mente. Acotaba y buscaba pistas que le permitiesen concretar lo que, a todas luces, era uno de los mayores enigmas de su vida y que, con cualquier otra mujer habría sido fácil de dilucidar… pero es que ella, como todo el mundo sabe, no era como las demás. Habría bastado con inspeccionar un poco en las redes sociales o preguntarle a algún amigo en común para dar con la solución del problema, pero a veces los problemas no tienen soluciones fáciles y, en ocasiones, directamente no tienen solución. Así que esperó paciente que la providencia le ayudase y así pasaron los días, los meses y los años sin encontrar respuesta alguna.

Ella, por su parte, seguía igual que siempre… o incluso un poquito mejor. A veces la espiaba a escondidas desde el balcón de su casa y la veía caminar sonriente por las calles de Madrid. Otras, la imaginaba llegando al hogar, quitándose los zapatos y deambulando semi desnuda por los pasillos con unas braguitas de encaje y una camiseta del Madrid. Su imaginación se la presentaba en el sofá, leyendo algún libro mientras su pelo castaño se clareaba bajo los rayos de la lámpara del salón. Incluso, en ocasiones, en los sueños más profundos, ella levantaba la cabeza y le sonreía, lo llamaba por su nombre y, mientras dejaba el libro en la mesita, le pedía con la mano para que se acercase a besarla. Y entonces él entendía por qué disfrutaba tanto durmiendo: por la sencilla razón de que hay ocasiones en que los sueños son mucho más placenteros que la cruda realidad.


Pero volvamos a la historia inicial, esa que habla de fechas, de otoño y de sueños que no se cumplirán; de octubre y de cómo ese mes que nadie resalta en el calendario le trajo a ese chico más felicidad que cualquier otro en toda su vida. Porque nadie tiene a octubre como su mes favorito pero él comenzó a creer un día treinta que bien podría ser el suyo, porque entre copas de vino, goles de blanco, césped mojado y sudor en la frente, una voz lejana pareció querer recordarle que un seis de octubre nació una de las mujeres más maravillosas que el mundo le había presentado. “Un seis de octubre” - pensó él tras haberse asegurado de que, efectivamente, esa era la fecha que tanto buscaba – “demasiado tarde para felicitarla este año… menos mal que tengo el resto de los años de mi vida para compensar” 

Y con ese pensamiento abrazó a una cama que llevaba vacía demasiado tiempo aunque, curiosamente, parecía no estarlo jamás. Y se fundió en un sueño plácido como hacía tiempo que no tenía y todo fue un poquito mejor que ayer por el mero hecho de recordar una efeméride que llevaba tiempo buscando y que, de repente, le llegó sin querer queriendo o, quizá, queriendo sin querer.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Recordar

No sé muy bien si ha pasado un año o diez de aquella tarde en la que esperaba a mis amigos en la cola de un puesto de café de la feria y quiso Dios que te viera... O al menos creer que te había visto.

Tantos años sin saber de ti y, de repente, ahí estabas: a lo lejos, mirándome extrañada como lo hacía yo también. No duró nada más que un segundo, el suficiente para que nuestras miradas se cruzasen y mi corazón se detuviese. Todavía hoy no estoy seguro de que fueras tú y, sin embargo, nunca he deseado más que lo fueras.

Te diste la vuelta y desapareciste como llevas haciendo desde hace demasiado: sin dejar huella ni rastro que me permita llegar a ti. Me dejaste solo, con cuatro vasos de café caliente y la mirada perdida en un horizonte que nunca ha vuelto a ser lo mismo, que ya no me calma igual, que ya no tiene forma, ni color ni sentido. Ya nada me sabe igual desde hace tanto que me pregunto cada puto día de mi vida si algo alguna vez llegó a tener sabor.


Y fue entonces, cuando te perdiste entre la multitud, cuando comencé a recordar:

Aquella cama de noventa y el momento en que te giraste para besarme por primera vez. El cielo estrellado y el sabor de tu boca; tus ojos verdes y cómo nunca ha salido de mis labios un ‘te quiero’ más real. Ese turbante en tu pelo y la forma en que me llamabas por mi nombre; el momento en que comprendí que nunca querría ni tan siquiera parecido y cómo todo acabó aquella fría noche de diciembre. Tus piernas desnudas, tus manos heladas, las cinco horas que tardabas en arreglarte aunque siempre me dijeras que eras la que menos tardaba de todas tus amigas. Cómo se achinaban tus ojos con el alcohol y cómo me besabas cuando te dabas cuenta de que nunca, jamás, volverías a amar igual. Porque nunca volveremos a querer como lo hicimos en aquellos días, por mucho que nos empeñemos en pensar que sí. Eso lo puedes ir asimilando porque no te he dicho jamás nada más cierto.

La camiseta del Madrid y aquella remontada en Lisboa. Los paseos de la mano y el clic de tu sujetador cada vez que mis dedos lo desabrochaban. Los besos en el cuello, en el pecho, en el ombligo y en el centro del alma. Las caricias en el cine, los enfados y los puñetazos al armario también; los celos, las discusiones y el saber que si te hubiera conocido hoy, mañana mismo estaríamos casados.
Las fotos que tengo guardadas en el cajón de la mesita, los domingos por la mañana y la música saliendo del baño cuando te duchabas. Tu olor, que es el último que recuerdo, no hay nada después de eso. Es como si mi cabeza no quisiera empezar de cero, como si mi puto corazón hubiese sentido algo tan fuerte que estuviera seguro de que nada, absolutamente nada, lo hará sentir igual de nuevo. Y es probable que lleve razón.

Porque sí, es más que posible que nada vuelva a ser igual. De hecho, ya no lo es… hace demasiado que no.
Ya no es mi boca la que te besa ni mis manos las que te levantan para que encajes perfectamente a mí en la cama. Ya no es mi voz la que susurra esas dos letras para que vengas, ni son mis ojos los que lloran cuando nos decimos cosas que ni pensamos ni sentimos. No son mis pies los que abrazan a los tuyos para que entres en calor ni es mi pecho el que se abre para que te acurruques en él, pero sigue siendo, vida mía, mi corazón el que piensa en ti cada día de los que paso en este mundo y es hoy, cuando creo que no hay más fondo que tocar, cuando quería que volvieras a recordar que ni te olvido, ni tengo intención de hacerlo jamás.

Suscríbete y recibe al instante las actualizaciones