jueves, 19 de septiembre de 2019

Tampoco quiero

No quiero que otros ojos se reflejen en los míos al amanecer, que otros labios me besen, que otra voz pronuncie mi nombre o que otras yemas me acaricien la piel. No quiero que otra mano me ayude a levantarme cuando me vuelva a caer, no quiero ni otra boca junto a la mía ni otro cuello que morder, no quiero que sean otros besos los que me hagan estremecer de placer y, sobre todo y ante todo, no quiero que ninguna otra persona en este universo sea la que me vea envejecer.


Tampoco quiero que mi cama se pueble con otras mujeres ni, como te dije hace algún tiempo, tu fragancia desaparezca de mi almohada. No quiero ni otra primera cita, ni el número en un bar de aquella chica ni masajear otros pies cuando llegues cansada. No quiero más bajas en guerras cuando tenía la tuya ganada, no quiero soldados heridos, ni disparos ni balas gastadas; no quiero más que ser tu maldito esclavo en la que una vez fue nuestra cruzada. No quiero más principios en esta historia que ya ha tenido muchos finales, no quiero más primeros besos noches que parecen que nunca van a terminar, lo único que le pido a esta vida que comenzó hace tiempo pero no parece que vaya a pasar es tenerte para siempre, desde esta misma noche, hasta el momento en que deje de respirar.

Porque prefiero pelearme contigo a hacer el amor con cualquier otra, prefiero una tarde sin hacer nada a tu lado que dar la vuelta al mundo si tú no te vienes, me conformo con una cena en casa, con una manta tapándonos o un cine los viernes. No pido más que la quietud de una vida sencilla a la de una vida repleta de todo pero en donde tú no me beses. Que pasen los días y pasen los meses, que venga lo bueno y también lo malo, que pare la tierra o el sol comience a moverse, que se vaya todo al carajo pero necesito que regreses.

No quiero un cuento de hadas si no eres tú mi princesa, no quiero que suene la canción perfecta si no la escucho contigo, no quiero guirnaldas, luces, velas ni tartas de fresa. No quiero más días de lluvia si está mi sofá tan vacío, no quiero que salga el sol mañana si, por mucho que caliente, no siento nada más que frío. No quiero otra vida que no sea la que era contigo, no quiero darle el corazón a nadie porque ya es imposible, porque no tiene sentido, porque no le puedo regalar a otra lo que ya no tengo porque lo he perdido. Y es que, querida mía, la unica que puede regalarlo eres tú... porque tienes el mío.

martes, 6 de agosto de 2019

Te llevaste

Te llevaste lo mejor de mí aquella fría noche de invierno y tantos años después aún espero que me lo devuelvas, que te sientas un poco culpable por habértelo llevado todo y, un día de estos, aparezcas en mi puerta.

Mis ganas de reír se fueron con el último coletazo de esa sonrisa tuya que tanto me gustaba y que pareció perderse en los meses finales de aquel tiempo maravilloso que vivimos juntos. El tacto de mi piel desapareció cuando tus manos dejaron de entrelazarse con las mías, cuando tu espalda desnuda comenzó a ser surcada por otras bocas y tus piernas no se amarraban con fuerza a mi cadera. El mundo dejó de tener tonalidades el día en que te marchaste por esa puerta, el día en que dejamos de hablar, el día en que todo lo que parecía eterno comenzó a volverse tan efímero que, desde entonces, parece que nada ha vuelto a pasar.

 
Te llevaste los colores de una paleta que ahora es blanca y negra. El sonido de tu voz, que era la banda sonora de toda mi existencia, se fue contigo convirtiendo la película en muda, como si fuera de esas de principios de siglo que ya nadie quiere ver. Te llevaste tu ropa y mi armario sigue mustio, trise y decaído desde entonces. Te llevaste todo lo material, todo lo banal, lo que menos importaba y parece que desde entonces no me importa nada más, porque sigo viendo aquellos zapatos de tacón, tus colgantes, tu secador de pelo y los mil potingues que adornaban el mismo cuarto de baño que ahora te llora como un crío pequeño y me pregunta cada mañana dónde estás, cuándo vuelves y cuándo volveremos a llenar la bañera de agua y vino otra vez. Te llevaste tantas cosas que todavía me pregunto si me dejaste algo que tener. Te llevaste todo lo que no valía para nada, lo que lo valía todo y lo que ya no volverá a valer.

Te llevaste los momentos y me dejaste los recuerdos, te llevaste las palabras y me dejaste los silencios, te llevaste los besos y me dejaste el sabor de tu boca impregnado para siempre en mis labios. Te llevaste todo lo bueno que tenía, que era mucho; y me dejaste con la imagen de una vida que ya no volverá a ser igual, que ya nada tiene que ver con lo que fue, que nunca será como era y como siempre quise que fuera y pensé que sería como tuvo que ser. Te lo llevaste todo y me dejaste aquí, recordándote cada puñetero día, cada hora, cada minuto. Te fuiste y te llevaste tus cosas, tu cuerpo, tu mente, tu espíritu, tu alma y tu ser y, sin darte cuenta y aunque quizá no lo sepas, metiste en tu maleta todo lo mejor que tenía yo también.

jueves, 27 de junio de 2019

Veintisiete de junio

El calor irrumpe en cada rincón de la vieja Europa y los rayos de sol pegan con toda su fuerza en los tejados de las casas y sobre los campos de trigo. El cielo es más azul y los termómetros están al borde del colapso. Mientras todo eso ocurre, las gotas de sudor empapan las sabanas de una cama triste y sola, mustia y abandonada por un amor que, en alguna ocasión no tan lejana, se hacía patente en ella con la fuerza de un tifón. No había estaciones en ese tiempo pretérito porque no había ni horas, ni días, meses o minutos, sólo estábamos ella y yo, como parecía que siempre había sido y siempre, por los siglos de los siglos, iba a seguir siendo. Lástima que la vida no te deje siempre elegir cómo acaban las historias, lástima que todos los veintisiete de junio lo tenga que recordar.

Ahora todo ha cambiado aunque, contradictoriamente, todo siga igual. El mismo armario de pino y la misma mesa adornan esa habitación que tantas caricias vio, que tantos besos escuchó y de la que tantas y tantas noches de pasión fue testigo. La pared sigue blanca, a la ventana le cuesta cerrarse como antaño y la maldita cisterna del baño sigue dejando escapar el agua. “A ver si la arreglo de una puta vez” se repite él una noche tras otra… pero al final jamás lo hace porque quizá, y sólo quizá, ese ruido que tanto aborrece sea ya lo único que le queda de ella.


Todo sigue igual que cuando aquella mujer de ojos verdes y piel oscura moraba por aquí, sin embargo, ya nada es lo mismo. Su ropa no puebla el armario ni su fragancia se huele en los pasillos. Aquellos zapatos talla treinta y ocho de Zara hace tiempo que desaparecieron como lo hizo ella en una fría noche de diciembre: para no volver nunca más. Ya no queda rastro de sus vestidos ni del maquillaje o el secador del pelo, ni del cepillo de dientes rosa o las manchas de carmín en mis labios. Ya no hay baños de espuma en el cuarto de aseo, ni copas de vino ni sonrisas cómplices. Ya nadie me dice que me levante a cerrar la ventana porque la despierta el frío de la mañana, ni me pide por favor que la abrace porque si no es imposible dormir. Todo quedó tan lejano que seguro que ella, este veintisiete de junio, no se acuerda de nada aunque yo no pueda pensar en nada más. Y esa es, probablemente, la condena a la que estoy sometido durante el resto de los días de mi vida y, muy especialmente, los días como hoy: a rememorar los mejores años que tuve, el tiempo en que mi corazón con más fuerza retumbó, los meses y los días más felices y la forma en que todo se terminó. Roma nunca volverá a ser la capital de Italia ni yo un simple enamorado más, porque al final los recuerdos te transforman el alma y el amor que se fue, aquel que fue tan grande que tu pecho a duras penas lo soportaba, te hizo un hombre nuevo aunque infinitamente peor.

sábado, 18 de mayo de 2019

Ocho copas

Ocho copas de vino perfectamente alineadas en dos filas de a cuatro. Una pared de ladrillo y una ventana al fondo. Una carta y una tapa, una chupa de cuero y la certeza de que no existe un cuadro más bonito en todo el puto planeta tierra porque ella, en medio, lo hace absolutamente perfecto.
Viste de negro y mira a la cámara como una modelo a la que no le gustan las fotos, como una niña guapa a la que no le gusta que se lo digan, como una mujer que sabe perfectamente que tiene el mundo a sus pies. Y bien sabe Dios que lo tiene.


Recuerdo que bebía vino hace ya años, cuando no estaba de moda. Tomaba café solo sin azúcar ni edulcorante. Caminaba como quien intenta no destacar pero jamás lo conseguía. Sonreía achinando los ojos y muchas veces, por cualquier gilipollez, lloraba de la risa. Se le está empezando a aclarar el pelo porque el sol empieza ya a calentar en el cielo. Era una de las cosas que más me gustaba de ella, esas puntas doradas contrastando con su piel tostada, eso no se me va a ir de la mente ni aunque mañana mismo me borren la memoria por completo.

La miras y te sientes seguro, en casa, a cobijo y en paz. Te habla y el mundo pasa de ser una guarida de locos a convertirse en el paraíso del que hablan las escrituras. Te besa lento y notas cómo, poco a poco, las agujas del reloj se detienen, como si el universo te diese la oportunidad de disfrutar un poquito más del momento. Si sus manos se pierden en tu pelo te puedes dar por jodido, porque ya has caído en su embrujo y te aseguro que no vas a poder escapar jamás... ni aunque pasen trescientos millones de años.

La fotografía se queda ahí, guardada para los ojos de poco más de ciento cuarenta afortunados que podrán presenciarla siempre que gusten. Yo soy uno de ellos y ya la tengo desgastada de tanto mirar. Me encanta esa foto, me encanta lo que ven mis ojos cuando la miran y adoro cómo ella la hace mejor, como solía hacer todo lo que hacía. Me gusta el cuadro en sí, me fascina el contexto y el orden de cada cosa, desde esas ocho copas de vino hasta cómo te mira con esa media sonrisa. Me quedo prendado cada vez que la veo, perplejo al pensar que una vez pasó por mi vida y melancólico cuando caigo en la cuenta de que ya no está. Me place ver que sonríe más que nunca, me complace pensar que es feliz y me deleito con cada una de las veces que así lo compruebo. Lo único que no me gusta de esa fotografía, lo que más odio de ella, de hecho, y además lo hago con todo el dolor de mi corazón, es saber que esa obra de arte perfecta captada con un teléfono móvil no la he hecho yo.

lunes, 13 de mayo de 2019

Loca

No recordaba muchas cosas de la noche en que la conoció, tan sólo una escalera estrecha, su pelo aclarado por los rayos del sol, el sabor a whisky barato en su boca y la sensación, desde el primer momento en que la tuvo delante, de que estaba total y absolutamente loca. De remate.

Tenía una voz estridente y no se podía estar quieta ni un segundo. Se quedó con él a solas pesar de que se acaban de conocer y hablaron de libros y textos, de amor y de la vida, de desayunar juntos aunque no eran todavía ni las cinco de la mañana. Se quedaron los dos solos aunque no debieron haberlo hecho y, aunque se separaron esa misma noche, realmente nunca volvieron a estar lejos el uno del otro... y eso que no se volvieron a ver.

Ella se marchó con la certeza de haber encontrado a un buen amigo y él sabiendo a ciencia cierta que se había topado con la chica más maravillosamente chiflada que la vida le había puesto jamás delante. A veces une más una conversación de madrugada con una desconocida que muchos años de amistad y más si es con una persona de esas que te trastocan los esquemas, de esas que sabes que es única y que no vas a volver a encontrar otra igual.

Porque si de algo estaba seguro es de que ella estaba loca… loca de atar.


Estaba loca por amar y que la amasen con tanta fuerza que la dejasen sin aliento. Necesitaba tantos abrazos que perdiera la cuenta y tantos besos que, al día siguiente, le dolieran los labios de tanto haberlos usado. Necesitaba cariño como el velero necesita del viento para navegar. Lo necesitaba tanto que era incapaz de pedirlo y, cuando lo hacía y por vicisitudes de la vida no lo recibía en ese momento, se enfadaba como una niña de tres años. Necesitaba que le dijeran lo guapa que era aunque siempre te decía que no le gustaba que se lo recordaran. Quería que la quisieran, quería que le cambiase la suerte aunque ella no era capaz de comprender que la suerte era de todo aquel que se la encontraba. Quizá por eso le habían salido tantas cosas mal, porque era el amuleto de todos los demás.

Estaba loca de amor y dudo mucho que exista una locura más peligrosa que esa porque era de las personas que cuando le demuestras que la quieres es capaz de matar por ti. Y a esas son las que realmente merecen la pena, las que nunca deberías dejar ir.

Pero había mucho más que simple locura.

Porque era de esas chicas que chilla o canta en cualquier momento, de las que te llama por teléfono sin esperar a que tú la llames, de las que se pinta la cara y bebe cerveza hasta caer rendida. Era de las que lo mismo se saca una foto dejando fea a la mismísima Granada que luego se mete el dedo en la nariz. Un despropósito en sí misma, una maravillosa y constante contradicción. Se pelea con todos, se molesta cuando no le das la razón o le dices que no puedes irte con ella a la otra punta del país. Se moja por todos y no hay charco de barro que no haya pisado, quizá por eso es de esas mujeres que asusta a los cobardes que pasan por su vida y no tienen el valor de quererla como se merece.

Salta y baila en cualquier festival, ríe como una adolecente y enamora a todos cuando lo hace. Era un torbellino, un remolino de emociones que se mezclaban en un cóctel dulce pero terriblemente fuerte, de esos que te engatusa con el primer sorbo pero de los que sabes a ciencia cierta que te van a traer una resaca del carajo. Era un cúmulo de dislates en metro sesenta de estatura, el consuelo en las noches más tristes, la tempestad que llega cuando más calma necesitas y un par ojos cansados de llorar que todavía te miran suplicando que la quieras de verdad. Era tan increíble que muchas veces parecía que no fuera real, que viniese de otro mundo o de algún lejano lugar y, aunque siempre se estaba moviendo, los que alguna vez la tuvieron delante aseguran que no era un ángel caído del cielo, sino una persona terrenal.

Siempre que charlo con aquel chico sobre ella me cuenta la historia de la escalera de aquel apartamento y siempre, sin excepción, termina diciéndome lo mismo: no hay nada más bello en esta vida que encontrarte a una persona que esté tan loca que te haga replantearte tu cordura y, quizá, consiga hacerte perder la cabeza por ella hasta el límite de no volver a estar cuerdo nunca más.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Lunares blancos

Lunares blancos sobre una tela negra como la oscuridad, la mirada perdida en todos y en nadie, como si nada fuera con ella, como si no supiese dónde mirar. La sonrisa tímida y la voz más dulce que el mundo ha escuchado, la típica mujer que sin decirte nada te lo ha dicho todo y que cuando quieres darte cuenta de lo que está pasando, ya te tiene enamorado.

Unos ojos marrones que te atrapan y no te dejan ir, la sensación de que ha sufrido tanto que está cerrada para siempre, que no quiere cuentas con nadie, que nunca, jamás, se va a volver a abrir. La dulzura personificada, valentía y pasión, de esas chicas que se cruzan una vez en tu vida y, si la pierdes, ya no tienes otra ocasión.


Se movía por el suelo descalza como una gata sobre el borde de una cornisa, a veces se molesta por el fútbol y, dos segundos después, cuando piensas que se está enfadando, de repente, se parte de la risa. Recuerdo que dormíamos juntos en una cama a la que alguna vez llamamos nuestra, recuerdo que me hizo el desayuno, que se adornaba con flores y que le dije muy serio en una ocasión que las cosas no se prometen, sino que se demuestran. Le enseñé que hay tres cosas importantes en la vida: dónde trabajas, con quién te juntas y el colchón donde te echas a dormir y ella, minutos más tarde, me demostró que por muy mal que te vayan la vida siempre tienes que sacar ganas para vivir. Que todo tiende a solucionarse, que el universo conspira a tu favor, que el frío se queda atrás y las flores nacen cuando comienza a hacer calor. Me enseñó muchas cosas en todo el tiempo que estuvimos juntos, que ahora no recuerdo si fueron dos años o apenas un segundo, porque a veces, cuando pasas el tiempo con la persona indicada, las manecillas del reloj se mueven tan rápido que parece que no se mueven nada de nada. 

Le gustaba sentarse sobre mí y mirarme fijamente a la cara y no había nada que más me gustase a mí que sostenerle la mirada. Y darle besos en el cuello, en la boca, en la frente y en el corazón; decirle, aunque sé que le molestaba, que estaba preciosa… Y que sepan todos ustedes que no me faltaba razón. Sus manos se entrelazaban en las mías y su risa se perdía en la habitación; me besaba lentamente al principio y luego, poco a poco, fundía su lengua a la mía con pasión. Recuerdo que hubo un momento, entre tanto calor, que tuve que tranquilizarme y pensar que debía andar con cuidado, que mujeres como esta son las que te vuelven loco de remate, son las que te hacen perder la razón.

Y toda la historia empezó con un centenar de lunares blancos sobre un vestido negro y otras dos docenas desperdigados al azar sobre su espalda, un llamada entre el ruido y unas piernas infinitas que se pierden como dos luceros del alba por debajo de su falda. Lunares blancos que resultaron no ser lunares; noches que pudieron ser de pasión y al final fueron normales y otras que parecía que sólo iban de dar un paseo y se quedaron en tu mente para siempre, imborrables. La vida es tan complicada que lo que pensabas encontrar en el cielo al final te lo encuentras en los bares. La vida, por otro lado, es tan maravillosa que el día más bonito que recuerdas hace mucho nació de uno de esos días que parecía que iban a ser de lo más normales.

martes, 23 de abril de 2019

Ojalá

Ojalá llegue el día en que te des cuenta que tienes alma porque te arda de tanto amor, ojalá que rías mucho, disfrutes de baños de espuma, de noches largas y llores de emoción. Ojalá te bañes desnuda y escuches el sonido del mar, ojalá te digan cada día lo preciosa que eres, te abracen hasta que te duermas y te besen despacio en ese lunar. Ojalá te miren a los ojos con tanto cariño que no puedas respirar, ojalá encuentres a ese hombre al que tanto buscas y que estoy seguro de que se muere porque lo encuentres ya.

Ojalá destapes cien botellas de vino y hagas el amor en una playa; ojalá empieces a sentir fuerte, no tengas miedo al dolor, te quites el casco, el escudo y la cota de malla. Ojalá que te cojan la mano y no te la suelten jamás, ojalá que te hinches a dulces, que veas mil lluvias de estrellas, el cielo de color anaranjado y el turquesa del mar. Ojalá que seas tan feliz que llegue un día que, aunque no tengas de nada, no necesites nada más.
 


Ojalá que te despiertes desnuda, helada de frío y tengas a alguien que te arrope al verte temblar, ojalá que ese alguien prefiera quedarse él helado a verte a ti tiritar. Ojalá tengas largos paseos por el campo y viajes desde las montañas al mar, ojalá veas todo lo que siempre quisiste y te parezca todo un sueño del que no querer despertar. Ojalá que tu vida sea un cuento de hadas repleto de caballeros y torneos, batallas y armas... y un amor de esos con principio pero sin final.

Ojalá que te colmes de buenos libros, de cine y música de verdad, que te ericen la piel unos dedos surcando tu cuerpo, que te besen tan fuerte que apenas puedas respirar. Ojalá que pasen las horas muy rápido, casi tanto que no las puedas ni contar, porque cuando eso sucede, querida mía, es que estás viviendo de verdad. Ojalá la lluvia te moje ahí fuera y tengas que resguardarte bajo algún portal, ojalá que te arranquen la ropa con la pasión de un adolescente que está comenzando a amar. Ojalá también que te besen lento, concienzudamente y sin prisas por terminar, ojalá que en otras ocasiones lo hagan tan rápido y tan fuerte que te excites tanto que parezca que vas a explotar. Ojala que te quieran en cientos de lugares, a cualquier hora y sin importar quién te pueda observar, ojalá que te aprieten tan fuerte hacia un pecho henchido de pasión que creas que te van a destrozar.

Ojalá que todo te vaya bonito, ojalá que te hagan reír y también enojar, ojalá que te des cuenta de que la vida sin lo malo no es tan buena como nos cuentan o como a veces queremos aparentar: que necesitamos pena para valorar la alegría, que las lágrimas de tristeza sirven para depurar una realidad obstruida, que a veces hay que ceder un poco para que el otro se entere que realmente, y aunque quizá no lo demostrabas como debías… lo querías más que quieres a tu propia vida.

Ojalá llegue un día en que, como te decía al principio, te duela el alma de querer tanto; ojalá comprendas que entonces y sólo entonces, habrás encontrado lo que andabas buscando. Ojalá la vida te sonría, le devuelvas la sonrisa y la hagas tan feliz como todas las mañanas que veía yo la tuya y entendía que eso, y no otra cosa, era realmente vivir.

lunes, 8 de abril de 2019

Tendría que...

Aquel hombre entrado ya en la cincuentena, observaba cómo una maleta rosa se perdía por el final del pasillo de la que había sido su casa, para no volver jamás. Mientras la última lágrima de pena caía por su mejilla y se perdía entre los pelos de su poblada barba, pensó en todo lo que debería haber hecho, en todo lo que debería haber dicho y no hizo ni dijo jamás:

"Tendría que habérselo dicho más. Todo o casi todo. Tendría que habérselo dicho"


"Tendría que haberle dicho lo guapa que estaba todas y cada una de las mañanas que me despertaba a su lado y ella abría los ojos, clavaba su mirada en la mía y me sonreía después. Tendría que haberle dicho que ese y no cualquier otro, era mi momento favorito del día porque a buen seguro que lo era y, estoy seguro, nunca se lo hice saber. Tendría que haberla frenado más veces cuando se levantaba para ducharse e irse a trabajar y abrazarla más fuerte para que no se me escapase. Tendría que haber pasado más sábados por la mañana en la cama y no tantos viernes por ahí sin ella. Tendría que haber apagado el despertador, olvidarme del móvil, bajar las persianas y pasar mucho más tiempo bajo el edredón sin que importase nada de lo que ocurría afuera.

Tendría que haberme mordido más la lengua y, sobre todo, tendría que habérsela mordido más a ella. Tendría que haberle dado muchísimos más besos de los millones que tiene grabados en sus labios por los míos. Tendría que haber callado más y haberla hecho callar más a ella con caricias sanadoras, abrazos apaciguadores y palabras que pusieran calma en la tempestad. Tendría que haber cedido posiciones en las trincheras, negociar más tratados de paz y haber declarado menos guerras. Tendría que haber pretendido menos conquistas y haber abierto más fronteras, tendría que haber intentado conseguir una tregua porque es ahora cuando me doy cuenta de que he perdido la guerra.

Tendría que haberle dicho todo lo que la quería porque quererla más es absolutamente imposible. Tendría que haberle dedicado más tiempo que a cualquier libro, disco, escultura, lienzo o pintura porque tenía frente a mí la mayor obra de arte de la historia de la humanidad y yo gastaba mi vida en burdas imitaciones. Tendría que haber ahorrado para comprarle la luna o, al menos, alguna estrella del cielo porque ahora cualquiera que tenga dos dedos de frente se matará por regalarle todo el puto firmamento. Tendría que haber visto más amaneceres a su lado y también haber bebido más vino mientras el vaho del baño nos elevaba la temperatura del cuerpo. Tendría que haberle gritado menos y haber aguantado mejor sus gritos, tendría que haber encajado mejor todos los golpes que me dio la vida para compensar lo más bonito que jamás me ha regalado. Tendría que haber sido más agradecido y quizá no se me hubiera marchado.

Tendría que haberla frenado cuando salió por la puerta o haber evitado que recogiera su ropa. Tendría que haber explorado mejor su cuerpo o, quizá, no haberlo memorizado tan a la perfección para tener ahora la seguridad de que no se me irá de la mente mientras viva. Tendría que haberla querido menos para que ahora esto no doliese tanto. Tendríamos que haber vivido en otra época, en otro universo, en otro tiempo o en otro lugar para haber estado condenados a intentarlo de nuevo. Tendría que poder viajar en el tiempo para decirle que no la cagase y para darme un par de bofetones cada vez que la cagaba yo. Tendríamos que haber empezado, quizá, con mejor pie. Pero lo único que tengo claro después de tanta lágrima derramada, tanta impotencia que duele y tanta noche sin poder conciliar el sueño es que por mucho que duela no puedo arrepentirme de nada porque jamás nada me hizo tan feliz y nunca nadie volverá a hacerlo"

jueves, 4 de abril de 2019

Matar de amor


Siempre he creído que el destino último de cualquier poeta es morir de amor, desfallecer para no levantarse más por un sentimiento tan inconmensurable, para bien o para mal, que no le permita a tu corazón seguir latiendo. Morir de amor es la batalla final a la que todo hombre de arte aspira, pero, matar de amor o, como realmente se dice, matar por amor... eso ya es otra historia.


Hoy me despertaba con la historia de Ángel y su esposa, María, y de cómo el primero había resultado detenido por darle a la segunda un veneno que había acabado con su vida. Una historia a todas luces terrible pero que, tras una capa de barniz mediático, escondía algo mucho más profundo.
Resulta que María llevaba treinta años postrada en una silla de ruedas y le había pedido insistentemente a su incansable y fiel esposo que acabase con su vida. En el vídeo que se ve a continuación y que la propia pareja habría grabado para paliar la condena del hombre, se entiende un poco mejor de qué va todo esto.


Es al verlo cuando la cabeza deja de dar vueltas y el corazón comienza a latir. Ahí lo tienes a él, intentado explicarle a la cámara de un móvil que ella, el amor de su vida, le está pidiendo que la mate, que no puede ni quiere seguir, que no tiene más fuerzas para levantarse otro día más. Ponerse en la piel de ella es lo más natural del mundo, imaginarse una vida postrada en una silla casi sin movilidad y deseando no despertar más. Todos, creo, lo hemos hecho en alguna ocasión y en todos queda, finalmente, la decisión o el pensamiento de lo que haríamos si llegásemos a esa situación. Sin embargo, a mí hoy me ha dado por pensar en él.


Imagino o, mejor dicho, intento imaginar la vida Ángel, sus últimas tres décadas de dedicación absoluta a la mujer que una vez le robó el corazón para no devolvérselo jamás. Imagino cómo debe ser acordarse de cuando corrían juntos por los campos, cuando hacían en al amor en el coche, cuando paseaban por el centro o iban juntos al cine y verla ahora sin vitalidad, casi sin poder hablar y sumergida en una tristeza tan profunda como continuada y sí, se me parte el alma entera. Me imagino la impotencia de ese hombre al escuchar a su mujer pidiéndole entre lágrimas que le quite la vida y él negándose a hacerlo una y otra vez porque no quiere perderla, porque prefiere tenerla en una silla de ruedas a dejarla ir para siempre. Lo veo llorando junto a ella, acariciándole el pelo e intentando consolar una pena que no tiene consuelo posible. Así noche tras noche, durante muchos meses, durante muchos muchos años.
Lo veo llevándola a la cama y limpiándole el cuerpo, ese cuerpo que un día hizo suyo y ahora no pertenece a nadie, ni siquiera a su mujer. Vislumbro como buenamente puedo miles de noches de pena y congoja, de peleas y discusiones, de maldecir a Dios por la vida que les ha dado y no puedo dejar de sentir cómo un pinchazo de rabia, dolor y lástima me perfora el corazón. Vuelven a mí interrogantes demasiado profundos para poder responderlos como siempre que un tema tan trascendental como este surge, pero me apasiona la idea de que todavía, en un mundo donde las parejas se rompen por cualquier estupidez, hay gente que está dispuesta a dar la vida por aquello que más ama. No creo que jamás conozca en persona a Ángel o que ni tan siquiera pueda hacerle llegar estas palabras, pero más allá de que su acción sea correcta o no, lo que no tengo duda alguna es de que ese hombre amaba a su mujer.

Y de esta noticia que hoy media España leía se abre el debate sobre eutanasias, abortos, muertes dignas o suicidios. Hoy los bares, las calles, los comercios y las oficinas de todo el país juzgan a Ángel y a María para bien o para mal, recriminándoles cobardía o alabando su valor, pero a mí no se me ocurre hacer una cosa ni la otra, no creo que pueda ni deba. Muchas veces juzgamos las cosas sin saber absolutamente nada de lo que pasa, sin tener ni puta idea de qué sucede, siente, quiere o busca el otro y nos subimos en la poltrona moral del que se ve conocedor de la verdad absoluta para sentirnos los reyes del mambo… sin ser más que una panda de imbéciles que no saben nada de nada. Por eso hoy lo único que quería al escribir estas líneas es pedirle a los cielos que acojan a esa mujer que ya no sufre más y que le dé todas las fuerzas del mundo a ese hombre que, desde ayer, con todo el amor que es capaz de albergar un corazón humano, hizo feliz a la mujer que quería arrebatándole la vida y consiguió, sin quererlo, arrebatarse la suya también. Y sólo por eso, por preferir destrozar su existencia para darle la felicidad que buscaba a su ser más querido, ya merece todo mi respeto. Y lo tienes, querido Ángel... lo tienes para siempre.

Suscríbete y recibe al instante las actualizaciones