miércoles, 29 de enero de 2014

La magia

La profesora tenía fama de ser una de las más duras, serias e inflexibles de toda la universidad. No tendría más de treinta o treinta y dos años pero ya era toda una eminencia en las aulas por aquella rigurosidad con que impartía las clases. No consentía la impuntualidad, la falta de asistencia, los ruidos o tan siquiera que se bebiese agua. Su melena castaña le llegaba por debajo de los hombros y aunque las primeras arrugas ya se asomaban en su cara, mantenía intacta su belleza, probablemente acentuada por aquel toque mágico que produce en algunas mujeres el desgaste de los años.

El reloj marcaba las nueve en punto cuando aquella señora hizo su entrada en la sala donde medio centenar de alumnos la esperaban. El cielo se había levantado alegre y las nubes brillaban por su ausencia. El sol golpeaba con fuerza ya de buena mañana y las faldas ondeaban como banderas de países desconocidos mecidas por una suave brisa matutina. La mujer saludó al público y éste le contestó desganado.

“Abran el libro por la página trescientos cuarenta y siete” comentó en voz alta antes de comenzar el monólogo de casi hora y media que tenía preparado. En aquella ocasión la magia y las creencias mitológicas antiguas copaban la lección y ella, mujer de ciencias como presumía ser, abordó su soliloquio en tono de sorna y con el convencimiento de que aquellos veinteañeros llegarían a casa aquel mediodía aprendiendo un poco más sobre la vida de verdad, y no de las historias que les habían contado durante años.

“La ciencia existe, la magia no”. Así inició su intervención aquella mujer radiante por fuera y alicaída por dentro, aquel ser frágil que se refugiaba bajo un manto de seguridad inventada pero que se reconcomía por un beso o una caricia. “No busquen varitas mágicas ni chisteras de donde salgan extraños animales” seguía repitiendo una y otra vez, cubriéndose de importancia con cada sílaba que su boca pronunciaba. Y siguió y siguió repitiendo conceptos tan duros como probablemente ciertos, tan crudos como opacos, tan vacuos como tristes; hasta que, de repente, una mano se levantó en la última fila.

 



- ¿Tiene algo que añadir, caballero?” – preguntó sorprendida la profesora
- Sí – respondió un muchacho de ojos claros – creo que no lleva usted razón.

El murmullo se hizo palpable y la asombrada mujer, lejos de molestarse, buscó explicación a esa interrupción.

- ¿Puede explicarse mejor?
- Claro, creo que usted está equivocada. La magia sí que existe y si usted quiere le hago un truco ahora mismo. Ah, y no necesito varita.

Las risas estallaron en la sala como una bomba de relojería e incluso esa mujer taciturna y endiabladamente triste que vagaba por los pasillos mustia y afligida, dejó entrever un amago de sonrisa entre sus labios. Le hizo gracia la situación y casi sin darse cuenta, estalló a reír al compás que marcaban sus alumnos mientras el muchacho seguía de pie, impertérrito y observándola. El bullicio siguió durante casi un minuto que se hizo interminable. La profesora intentaba guardar la compostura ante ese arrebato que su cuerpo le había propiciado por sorpresa y por culpa de aquel joven que ahora le sonreía desde la lejanía. 

- Por favor – interrumpió la maestra – dejemos que nuestro amigo haga ese truco que nos ha prometido – dijo intentando calmarse e intrigada por la promesa.
- Ya lo he hecho, señora. La hemos visto reír después de casi ocho meses. No creo que haya una prueba más fehaciente de que la magia existe que esa sonrisa que nos acaba de regalar. Puede usted seguir con la lección.

viernes, 24 de enero de 2014

El cornudo agradecido

Hace ya tiempo que me acuesto cada noche con la certeza casi incorruptible de que este país, antes llamado España, no me puede sorprender más. Sin embargo, lo hace... no sé cómo leches lo consigue, pero vamos que si lo hace. 
Ayer se conoció, o al menos parece que comienza a conocerse, un nuevo escándalo en uno de los sectores más ruines, mafiosos, delictivos y ennegrecidos de cuantos generan ingresos en la nación, el fútbol. Con la dimisión de Sandro Rosell, presidente del FC Barcelona, parece que comienza a aclararse el que probablemente sea el fraude deportivo más grande de la última década y que llevará a la luz, casi con total seguridad, al fichaje más caro de la historia, tapado por otro lado, de manera bochornosa y totalmente ilegal.

La compra de Neymar por el Barça tiene pinta de que podría casi triplicar el valor de las cifras oficiales y, que casi con total seguridad, las doblará. Se habla ya de cien millones de euros de coste y algunos periodistas como Eduardo Inda llegan a asegurar que la operación se cerró en torno a los ciento cincuenta. Sin pruebas y únicamente con testimonios es difícil afrmarlo, pero parece que, efectivamente, los cincuenta y siete oficiales están muy lejos de ser los reales. Igualmente habrá que esperar.

Como iba diciendo, mi discernimiento se basa hoy en dos puntos diferenciados y que tratará a continuación. En primer lugar hablaré de porqué pienso que se ha escondido esas cifras y posteriormente afrontaré la parte más bochornosa del tema en cuestión. Comencemos.


Muchos pensarán que el club catalán ha tergiversado descaradamente las cifras del coste de Neymar porque detrás de ellas se esconde una práctica muy común en este país, las comisiones y los pagos en B. Es decir, lo que realmente pueden ser cien millones, decimos que han sido cincuenta y el resto nos lo repartimos entre los señores trajeados a costa de nuestros socios. Vamos, el pan nuestro de cada día. Sin embargo y sin querer quitar potestad a esta primera suposición, yo veo algo más en todo este escándalo y que se reduce a un discurso inventado y estúpido que el propio club blaugrana viene contándonos desde hace lustros. ¿Cómo el equipo de la cantera y los valores se va a gastar cien millones de euros en un jugador? ¿Cómo la ciudad de Barcelona, con su señor obispo a la cabeza, va a permitir tamaña ofensa a una sociedad en crisis? ¿Cómo vamos a meterle en la cabeza a nuestros ya aborregados seguidores una mentira tan gorda? Volvemos una vez más a esa estupidez supina y, por desgracia muy común, que se baña en la demagogia y no entiende, porque no le da las luces para entenderlo, que las cifras millonarias de un futbolista se pagan en el noventa y nueve por ciento de los casos porque se recuperan con creces después. ¿Creen ustedes que Florentino Pérez pagaría noventa y un millones de euros por un galés si no supiese a ciencia cierta que los va a recuperar? ¿Creen ustedes que si al presidente del Madrid Neymar le salía por ciento cincuenta millones al Barça le habrá costado la tercera parte? *

El segundo punto de esta reflexión mañanera deja un poco de lado a la entidad ahora presidida por Josep Maria Bartomeu (veremos hasta cuándo) para centrarse en la masa, en la plebe, en el conjunto de la ciudadanía. Retomando el hilo del inicio de este texto, parecía que este país no podía sorprenderme más. Después de ver un corrillo de analfabetos aplaudiendo a un probado estafador de la hacienda pública (sí, de tu dinero y del mío) pensaba que no podía encontrar un foco de mediocridad mayor en éste, mi querido país. Pero una vez más lo subestimaba demasiado. Y es que hoy, el día después de que la trama de engaño salte de una vez por los aires, veo cómo cientos de catalanes y seguidores del club, vitorean a su ya ex presidente y culpan a la justicia (y al Madrid, cómo no) de una especie de campaña en su contra. Es decir, no sólo no están enfadados con el ladrón, sino que se cabrean con el policía que ha descubierto que les robaba. El acabose.
Yo me imagino a un señor que llega cansado después de una dura jornada laboral a casa y se encuentra a su señora esposa en la cama con un famoso actor hollywoodiense y, cuando los encuentra en pleno acto amatorio, se para en seco, corre hacia la cocina y vuelve con amplia sonrisa, blog de notas y bolígrafo en mano, a que le firme un autógrafo.

En fin, de nuevo y muy tristemente para todos nosotros se cumple mi ya celebérrima frase (tengo que patentarla antes de que me la quiten) de que en esta España pútrida "nos merecemos todo lo malo que nos pase".

*Nota: La moraleja de todo este asunto os la resumo en este tuit que publiqué anoche.


miércoles, 22 de enero de 2014

Batkid

En EEUU (sí, allí... dónde si no) hay una plataforma/programa que se encarga de cumplir los deseos de niños con enfermedades graves (Podéis ver la página web de la fundación Make a Whis aquí). Uno de esos chavales tenía una ilusión muy particular, convertirse por un día en Batman. Y a veces, muy de vez en cuando, los deseos se cumplen... y a él le ayudaron a cumplirlo. Mágico.


martes, 14 de enero de 2014

La previa del beso

De todos los momentos maravillosos que nos regala la vida la previa del primer beso ocupa, sin duda, un espacio especial en el pódium. No habló del beso en sí, de ese primer contacto entre los labios de una pareja que, tras mucho desearlo, consigue unirse por fin en el acto de cariño más universal que se conoce. Yo vengo a ahondar en el momento preliminar, en ese instante de incertidumbre anterior en el que te encuentras a poco más de cinco centímetros de su boca y sabes al noventa y nueve por ciento que sí, que la vas a besar. Sin embargo, ese segundo encierra en sí mismo un ínfimo porcentaje de fracaso, una leve posibilidad de error en lo que parece un trabajo concluído que lo hace tan especial. Y ahí, sin duda, reside todo su encanto... en el temor a fallar.


Porque el hombre necesitan de la duda y el miedo como del comer, por eso ese instante emociona tanto. Ahí te encuentras, cientos de miles de palabras después, con una mujer al borde del abismo que la separa de la ensoñación y el engaño que tú le has creado entre copas y verborrea del punto en que decide que no, que no está preparada, que es tarde o que está cansada. Puedes ver la meta a lo lejos y la línea de fondo acercándose más y más, pero todavía existe riesgo de que tropieces y caigas. Un movimiento brusco, y ella puede asustarse como un cervatillo al escuchar el sonido de una escopeta. Demasiado lento, y quizá le dé tiempo a reaccionar ante tus patrañas. Ojalá existiera una licenciatura para ese breve periodo de tiempo; tendría, a buen seguro, mucha más utilidad que la de periodismo.

Pero volvamos a lo que nos acontece. Como decía, allí la tienes, frente a ti, parcialmente ruborizada porque has conseguido que llegue a una sitaución que ella probablemente ni se imaginaba. Y sí, parece que también lo desea. Comienzan las caricias, las miradas y los susurros (pocas cosas hay más maravillosas que un susurro existen en el mundo) y, poco a poco te acercas, sus ojos te miran y una media sonrisa se dibuja en su cara. La red está echada y ahora, por desgracia, sólo queda rezar. Pero nadie sabe porqué, un ángel de ese calibre no huye despavorido sino que se queda quieto esperando tus labios y, no contenta con eso, los recibe de buena larga y les devuelve el beso. Su mano se pierde por detrás de tu cabeza y comienza a acariciarte el pelo con suavidad. Ahí comienza el ósculo como tal, ese gesto del que tantos libros se han escrito y que tan merecidamente ha sido llevado a la gloria por poetas mucho más doctos que yo. Pero hoy, en esta fría noche de invierno que ya se aproxima a su fin, quise dejar constancia de uno de los grandes olvidados por la literatura mundial y que merecía un homenaje. Y es que, amigos, sólo hay una cosa mejor que el instante previo al primer beso: todos los que vienen después.

martes, 7 de enero de 2014

El denostado Balón de Oro

Cada año por estas fechas el debate de lo deportivo cae en un ostracismo tristemente habitual, aburridamente repetitivo y totalmente improductivo. Las grandes ligas y las primeras potencias futbolísticas vuelven cada invierno a la misma disputa, a esa pelea encarnizada por ver quién se lleva uno de los galardones más subjetivos y faltos de rigor que se otorgan a nivel individual en el terreno deportivo, el Balón de Oro. 


Desde principios de noviembre hasta comienzos del mes de febrero (en algunos casos antes y en otros también después) las tertulias vuelven de nuevo a dirigirse a analizar quién es el favorito para conseguir la presea, por qué lo ha merecido y en qué debemos basarnos para dirimir tamaña cuestión. Por si fuera poco con esta repetición de conceptos, en los últimos años casi siempre han estado presentes también los mismos candidatos, cosa que, si cabe, hace aún más cansina la cuestión.
Hablar del Balón de Oro es referirse a un premio votado por corresponsales de France fútbol (hasta 2009), capitanes y seleccionadores nacionales. Es hablar de una condecoración parcial y subjetiva nacida del criterio de tres ramas importantes del mundo balompédico que, sin embargo, no basan en la mayoría de los casos sus votaciones en juicios palpables y rigurosos como veremos a continuación. Describir al citado galardón viene a querer otorgar propiedad a un premio intangible, seriedad a una retribución politizada y mérito a una compensación que premia algo tan personal, individual y si me apuran imposible, como es querer averiguar quién es el mejor jugador del planeta.
Por todo esto, existe una serie de hechos que demuestran o al menos ponen sobre la mesa que el citado premio se fundamenta en unos cimientos que impiden que sea tomado con la seriedad que la Federación Internacional de Fútbol Amateur (FIFA) quiere y desea transmitir:

1- Ausencia de criterios claros y concisos para la elección: No existe en la actualidad criterio alguno basado en números, hechos o datos rigurosos por el que los votantes del Balón de oro puedan otorgar sus puntuaciones. Bien es cierto que la organización apremia a los electores a fijarse en una serie de actuaciones personales antes de emitir su voto. La FIFA habla de méritos basados en la clase del jugador, su carrera profesional y la personalidad y carisma que posee, lo que lleva a preguntarse, ¿cómo se mide la clase de un jugador y en qué se diferencia la personalidad de uno u otro? ¿Cómo diferenciar la calidad de Messi o Cristiano Ronaldo? ¿En qué basarse para tomar esa decisión? ¿Cómo un capitán o un seleccionador puede fundamentar racionalmente su voto para elegir el carisma y la personalidad de un futbolista? ¿Cómo se calcula eso? ¿Es acaso mejor el temperamento de Ribery que el de Neymar? ¿En qué nos basamos para afirmarlo?

En efecto, la FIFA busca una medición insostenible, virtudes que nada que tienen que ver con la decisión final de lo que se vota y el por qué se vota. ¿Acaso el carisma influye en que un jugador sea mejor o peor dentro del campo? Por eso, de todas las premisas en las que la federación hace hincapié, únicamente podríamos tomar la de resultados obtenidos individual y colectivamente durante el año, como la mínimamente palpable y medible. Ahí sí se pueden comenzar a solventar objetivamente (más o menos) puntuaciones, pero ¿es eso justo?, en opinión de quien les escribe, no. El porqué de mi razonamiento es simple aunque la conclusión desprestigia por completo el fin último del premio: es muy difícil medir el mérito individual en razón a una colectividad. Si por la unión de méritos colectivos se ha de repartir el galardón no sigan ustedes leyendo, dénselo a Frank Ribery este año, nadie merece más el Balón de Oro que alguien que ha conseguido los tres títulos más importantes a los que aspiraba. Sin embargo, ¿es mejor jugador el francés que los otros dos grandes favoritos a llevárselo? Efectivamente, de nuevo llegamos a la conclusión final de que no es posible comprobarlo, ni mucho menos y, en el caso de que así fuera, la respuesta sería un rotundo no.

viernes, 3 de enero de 2014

Noche de reyes

Los nervios lo atenazaban como si de un muchacho de cinco años se tratase. Entró en la casa sabiendo que su regalo lo esperaba en la habitación, a oscuras y sin hacer ruido. Anduvo por los pasillos intrigado con la sorpresa que le aguardaba pocos metros más allá y permaneció callado a la espera de que alguien o algo produjese el primer atisbo de sonido. No ocurrió nada.

Se encontraba en el umbral, la puerta permanecía entreabierta y la luz roja producida por el brillo de un viejo radiador abrillantaba el ambiente. Sin más dilación abrió la puerta y, por fin, la vio. Estaba de pie junto a la cama, envuelta en un papel de regalo a modo de fina lencería color azabache. Su cuerpo se transparentaba entre esa tela fina y delicada y dejaba entrever las curvas de su anatomía. Su melena morena caía por sus hombros y sus ojos, verdes como la turmalina más pura, se clavaban, lascivos, en los suyos. Al verlo entrar se tumbó en la cama y esperó a que aquel muchacho tiritante se atreviese a abrir el presente que en esa noche de reyes el mundo se había conjurado para obsequiarle. Él se acercó poco a poco hasta que se hubo puesto frente a ella y comenzó, con más maña que fuerza, a desliar aquel lazo que ataba su refinado atuendo y que no tardó mucho tiempo en desliarse. Bajo el papel cuché de ese pecaminoso regalo, se abrió un cuerpo que se estremeció cuando los dedos de aquel curioso hombre comenzaron a explorar cada poro de su piel. Y ahí, en aquel preciso instante, quedaron desterrados los demás presentes, y la Navidad tocó a su fin recordando más a una tarde calurosa de julio que al frío gélido que resoplaba tras una ventana sudorosa y empañada a causa de dos amantes que comenzaron prestos a disfrutar como niños malos de los regalos que los reyes magos les habían dejado creyendo que se habían portado muy bien.

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