lunes, 22 de junio de 2026
Tuvimos todo
miércoles, 3 de junio de 2026
Ahí morí yo
En esa comisura morí yo. No recuerdo muy bien cuándo, pero fue
hace ya algunos años y, a buen seguro, ahí, en esa sonrisa preciosa que, aunque
parezca extraño, es lo único que tengo de ella. Una sonrisa eterna que crea,
cuando sale a relucir, dos o tres suaves surcos en unos pómulos nacarados que
se me han incrustado tanto en mi memoria que sería incapaz de
arrancarlos de allí.
En esa comisura de unos labios carnosos y rosáceos que uno no puede más que
suplicar a todos los dioses conocidos tener cerca en alguna ocasión. Ahí, justo
ahí, morí yo.
Es extraño cómo ha discurrido todo: desde una distancia absoluta
y, sin embargo, desde una cercanía casi total. De ella no conservo recuerdos ni
momentos vividos porque nunca los hemos tenido, pero sí guardo en la mente
mundos paralelos donde hemos compartido noches de verbena, paseos por la
montaña, viajes a lugares lejanos y mañanas de besos guarecidos bajo un
edredón. Conservo un cuadro imaginario que mi mente reconstruye una y otra vez
con una precisión casi quirúrgica: su cabello castaño aclarándose en las puntas,
sus ojos enormes de un verde incierto, los dos pequeños aros metálicos en su
nariz, el corazón tatuado en su antebrazo o el ese sempiterno de su costado; el
movimiento despreocupado de sus manos mientras habla, el
vestido rojo de la boda en Ortiguera y la elegancia que desprendía al apartarse el mechón del pelo
mientras taconeaba por un césped bañado por el sol.
Sin haberla tocado nunca, estoy convencido de que podría reconocer
la textura de su piel. Del mismo modo que no tengo dudas de que, cuando escuche
su voz, no sentiré la extrañeza de quien descubre algo desconocido, sino la
familiaridad de quien regresa a un lugar donde ha vivido durante años. Porque,
aunque jamás he sentido el calor de sus manos ni el roce casual de sus dedos,
mi imaginación ha rellenado esos vacíos con una minuciosidad casi absurda. Ha
construido recuerdos donde nunca existieron, ha levantado puentes sobre
distancias imposibles y ha convertido la ausencia en una forma peculiar de
presencia.
A veces pienso que el ser humano no se enamora únicamente de las
personas, sino también de las posibilidades. De las historias que imagina, de
las vidas que proyecta y de los futuros que nunca llegan a existir. Quizá por
eso ella habita mi memoria con una intensidad que desafía toda lógica, porque
no está hecha solo de realidad, sino también de todo aquello que mi imaginación
ha ido añadiendo pacientemente durante años. De cada conversación
que nunca sucedió, de cada viaje que jamás emprendimos, de cada abrazo que
quedó suspendido en el quizá y en el ya veremos; de septiembre, de Asturias, de un baile o una cerveza, de una vida que, quizá, no llegue nunca. Y entre lo que fue, lo que es y lo
que nunca llegó a ser, he terminado construyendo una presencia tan nítida que,
en ocasiones, me cuesta recordar que una parte de ella pertenece a la realidad
y otra a los dominios inagotables de mi alma. Quizá
sea esa la mayor victoria de ciertos recuerdos: lograr que lo soñado y lo
vivido terminen confundiéndose hasta resultar indistinguibles. Y aun así, pese a todo, sigo
conservando la esperanza de que algún día la vida tenga la delicadeza de
concederme aquello que el corazón lleva años ensayando en silencio y que no
es otra cosa que toparme cara a cara con esa comisura de labios que hizo que el resto dejasen de importar.
viernes, 22 de mayo de 2026
II Venida
Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” y la experiencia me ha llevado, durante todos estos años, a tener que darle casi siempre la razón. He comprendido, a fuerza de regresar donde nunca debí, que hay sitios que no son lugares, sino edades, estaciones del alma a las que uno pertenece más por lo que fue que por lo que es. Volver a ellas implica casi siempre un riesgo implícito: descubrir que la puerta sigue en pie, pero que quien la cruzó una vez ya no existe. Volver a tus recuerdos, casi siempre idealizados por una memoria traicionera, te conduce, irremediablemente, no sólo a no encontrar la felicidad que una vez hallaste allí sino, además, a comprobar que la imagen de perfección que anidaba en tu mente no se correspondía con la realidad.
A pesar de
ello, hay regresos que desafían todas las leyes de la nostalgia. Hay nombres
que no vuelven para ocupar un espacio, sino para despertar un tiempo, para rejuvenecer
un alma curtida en mil pesares y para reavivar una ilusión que uno creía
extinta. La posible vuelta de Mourinho es mucho más que nostalgia para mí, es volver al
lugar donde fui feliz con el hombre que me hizo cabalgar sobre el madridismo más
febril, apasionado y militante que he experimentado jamás.
Porque 2010
no fue solo un año, fue una manera de estar en el mundo, algo que ya
desapareció, que no volverá, pero del que uno guarda tan buenos recuerdos que
quisiera no haberse marchado nunca. La época del Tuenti y los
botellones en residencias de estudiantes; aquella en que Twitter comenzó a ser
el campo de batalla donde la gente de pie combatía a la canallesca. La de Van
Palomain, el Waka Waka, Manjavacas y Mota del Cuervo, la del amor
inconmensurable a la camiseta, la del duelo por antonomasia entre los dos
jugadores más grandes que nuestros ojos verán, la del futuro incierto y el
corazón rebosante. Allá donde la vida sucedía más despacio o, quizá, éramos
nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a correr tan deprisa.
Tal vez uno se pone melancólico porque se hizo mayor de repente, casi sin darse cuenta, o que la nostalgia no sea otra cosa que mirar hacia atrás y lamentar aquello que el destino le arrebató, pero el caso es que echamos de menos a las personas que fuimos cuando amábamos sin calcular las consecuencias, cuando una canción resumía un año entero o un mensaje era capaz de acelerar el ritmo de un corazón. Cuando las madrugadas eran eternas, las amistades no se traicionaban, el amor era el motor de la vida y el Real Madrid algo que se asimilaba en importancia al mismo Dios.
Quizá Sabina
tenga razón y no debamos volver a los lugares donde fuimos felices. Quizá
insistir en ello sea tentar a la decepción. Sin embargo, creo que hay regresos
que no buscan recuperar el pasado, sino recordarnos que seguimos siendo un poco
aquellos que fuimos y que, aunque peinemos canas en la barba y las arrugas
pueblen nuestra piel, el corazón sigue queriendo volver a sentir de la manera que sentimos
antaño.
Por eso hoy,
si se confirma la segunda venida, uno no podrá más que sentirse de
nuevo joven, feliz y entusiasmado con lo que venga, que será bueno o será malo,
sólo Dios lo sabe. Lo que sí tengo tan claro como que mañana volverá a brillar
el sol, es que hay algunas nostalgias que vuelven para encender la luz que
parecía haberse apagado para siempre y que voy a vivir los próximos meses con
toda la intensidad que pueda resistir mi corazón. Estamos de vuelta. O al menos rezo por estarlo pronto. Hala
Madrid…hijos de puta.
domingo, 11 de enero de 2026
Sabor a vino y pena
Creo que dentro de veinte o treinta años recordaré este día como algo parecido a una visión astral donde salgo de mi cuerpo y me visualizo apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, con la mirada perdida a través de la ventana, mientras los rayos de sol del domingo se estrellan contra la pared de enfrente y el sabor de la pena se entremezcla, como casi siempre que la tristeza llama a mi puerta, con el amargor del vino tinto en la lengua.
Ella va y viene de un lugar al otro, cobijada en una bata de felpa, parándose cada cierto tiempo junto a mí para darme un beso cariñoso en la mejilla como queriendo con ello aliviar el dolor, mitigar la pena, hacerse cargo de una parte de mi peso para que el viaje sea más liviano. Al final, acompañar a otro en la vida, sea de la forma que sea, no es más que hacerle el camino más ligero, arrimar el hombro en los momentos en que más pesa la mochila y socorrernos mutuamente cuando la realidad te golpea sin previo aviso.
Y sí, hoy es un día de pena, de mucha pena. Ha habido un contraste brutal en casa: hemos pasado del silencio al bullicio y, luego, de nuevo a la quietud absoluta. "No tenemos punto medio" me ha dicho en la comida cuando el sigilo lo copaba todo y el desasosiego se sentía incluso en la pintura de las paredes. De nuevo, tiene razón. Pero la calma de hoy nada tiene que ver con la serenidad de los días ordinarios cuando la noche hace su aparición y el cansancio se apodera de todo y de todos, sino que se palpa en el ambiente un mutismo espeso que ocupa el espacio, los rincones, los pensamientos y, de ahí, se expande por el corazón hasta tocar cada fibra de mi ser. El vino se oxida en la copa y yo permanezco anclado a este momento, incapaz de decidir si quiero que se acabe el día o si, por el contrario, desaprovechar cada segundo es escupir un poco al cielo desde el que, a buen seguro, ahora me estás observando aporrear las teclas.He aprendido con los años que la sensación de pérdida es la más difícil de asimilar, que el alma requiere de un tiempo prudencial para entender que lo que una vez pareció eterno ya no está, que se ha marchado sin preaviso para no regresar jamás. Ni los chupitos ni los grupos de cumpleaños ni los abrazos sinceros ni esa sonrisa perenne van a volver. Ni siquiera ahora, cincelando esas palabras a golpe de teclado, soy capaz de asimilar que lo que digo es una realidad tan inalterable como que Dios así lo ha querido.
Nos engañamos creyendo que estamos preparados para perder, que la experiencia o la edad nos otorgan una suerte de armadura emocional. Mentira. La muerte siempre gana y más si hace su entrada por sorpresa. Da igual cuántas despedidas hayas ensayado mentalmente, cuántas veces hayas reflexionado sobre la fugacidad de la vida, cuando llega te deja desnudo, torpe, balbuceante, indefenso e intentando encontrarle un sentido a todas esas frases hechas que hoy no significan absolutamente nada.
Hay una crueldad particular en la muerte repentina: no concede despedida ni deja ordenar los cajones del alma. Todo queda abierto, a medio hacer, como el armario que no cierras bien y ya te impide dormir por la noche. Las últimas palabras que nos dijimos irremediablemente saben a poco y uno se siente un poco imbécil escribiendo una obituario digno entre tanta verborrea, sabiendo que no aprovechó la ocasión real lo suficiente cuando tuvo la oportunidad. Sin embargo, de poco vale lamentarse ahora por lo no dicho, aunque sí es imprescindible pararse a pensar en ello porque lo que dejamos de decir hoy, sea por el motivo que sea, puede atragantarse para siempre mañana.
Me cabrea, por otro lado, que el mundo siga girando con una normalidad casi ofensiva. Los coches pasan por la calle como si nada, la televisión no hace programaciones especiales y parece que nadie se ha parado a pensar que algo se ha roto en el universo de manera irreversible. Quizá sea la distancia y allí, en mi tierra, todo sea diferente.
Vuelvo a darle vueltas al coco y me pongo a imaginar el día en que alguien me escriba estas líneas a mí, si es que eso ocurre, y en que entonces también todo parecerá igual que el día anterior menos para un selecto grupo de personas que, quizá, derramen alguna lágrima que otra. De nuevo, un casi cuadragenario con canas en la barba, piel curtida y mentalidad analógica vuelve a preguntarle a Dios sobre el sentido de todo esto y, de nuevo, parece no encontrárselo en absoluto. Así que, con la botella casi extinta y la copa manchada de dolor y tintes rosáceos, el único sentido que puedo encontrarle a toda esta tragicomedia es que la pena de algunos en días como este es, precisamente, lo que le da sentido a todo. Porque si has conseguido hacer que medio centenar (como poco) de personas estén rezumando pena, lágrimas y dolor de lo más profundo de su ser porque te has ido sin avisar es que, sin quererlo, has entrado con tanta fuerza en el corazón de esa gente como, creo, nunca fuiste consciente. Así que al final, en este día de congoja, tristeza e incredulidad, no puedo más que mirar al cielo con lágrimas en los ojos y darte las gracias porque, aunque fue casi de refilón, me diste tantos buenos recuerdos que te has hecho inmortal allá donde realmente todo tiene sentido: en lo más profundo de quien tuvo la inmensa suerte de cruzarse contigo. Por todo ello: gracias. Que Dios te acoja en su seno y, ten por seguro, que te recordaremos hasta el mismo momento en que nos reencontramos en un lugar mucho mejor.
lunes, 27 de octubre de 2025
Míralo a él
Si echase la vista atrás para volver a mediados de la gloriosa década que dio comienzo al siglo, uno de mis recuerdos de adolescente, sin duda, serían tres mujeres que me hicieron perder la cabeza desde el otro lado de la pantalla: Michelle Jenner, Elsa Pataky y Katherine Heigl. Por esta última me tragué cientos de horas de Anatomía de Grey hasta que el sopor se hizo insoportable, cosa que ocurrió, casualmente, en el momento en que ella abandonó la serie. Por ella, por esa preciosa sonrisa bajo unas mejillas sonrosadas, me comí, también, algún truño cinematográfico que otro, como aquel 27 vestidos que protagonizó junto a James Marden y del que, a pesar de su nula calidad, guardo en el tintero una escena que me ha acompañado hasta el día de hoy:
He asistido a una treintena de bodas en mi vida y siempre intento seguir el consejo de Katherine, mirar la expresión del novio en el momento en que el amor de su vida hace su entrada, justo en el instante en que la novia se lleva toda la atención y, por ende, pierde con ello la naturalidad de quien se siente observada. Él, por otro lado, desde su lugar preferencial y sin esa presión sobre los hombros, observa la escena y es ahí donde ni el más ferviente crítico del amor puede aportar algún argumento en contra. Ahí, en esos pocos segundos, todo lo genuino, mágico y profundo del sentimiento más poderoso de cuantos existen se torna real, palpable y trascendental.
He visto ojos vidriosos, sonrisas torpes que afloran sin querer, miradas de orgullo, susurros de agradecimiento y respiraciones contenidas. Hombres robustos a punto de derrumbarse, chicos tímidos alzarse altaneros, muchachos contenidos explotar de júbilo, ateos declarados agradeciéndole a cualquier dios que pueda escuchar, ese regalo envuelto en tela nacarada que se acerca y, sobre todo, a seres enamorados que certifican que, por mucho que cambien los tiempos, por mucho que el amor se vista de nuevas formas, sigue siendo tan incorruptible, cuando es puro y real, como lo ha sido desde el inicio del universo.
El sábado volví a ser testigo de ello. Un buen amigo se desposaba en esas bodas de pueblo que uno sabe cuándo comienzan pero nunca a qué hora terminan. Un hombre bueno, leal, honrado, trabajador y enamorado hasta las trancas, aguardando con traje oscuro y corbata celeste a que su futura esposa cruzase los poco más de veinte metros de la preciosa iglesia de Santa Quiteria para reunirse con él. Y, de nuevo, ahí se resumió todo: la sonrisa más sincera que le he visto en treinta años de amistad, la sensación de exaltación impregnando el ambiente, la felicidad más plena que las palabras puedan describir inundando su cuerpo, resplandeciendo sobre ese rostro tostado por el sol. Lo vi feliz, con la máxima intensidad con la que uno podría describir esas cinco letras; radiante, prendado hasta el tuétano y orgulloso del camino recorrido. Ahí, erguido y con las manos enlazadas, se encontraba el chico tímido, el deportista, el actor secundario, el amigo fiel, el chaval de pueblo que trascendía de lo terrenal a lo espiritual, de lo mundano a lo infinito, dejando de lado la vacuidad de lo carnal y lo efímero para hacerse sentimiento nítido, amor irracional, poderoso y eterno. Si algún día ese hombre estuvo cerca de Dios, tan cerca que si hubiese estirado un poco la mano podría haberlo tocado, fue esa mañana a eso de las doce y media y yo, desde un banco cercano, fui testigo de ese momento que quizá él, por el nerviosismo y la importancia del propio acto, no supo valorar en su justa medida. Quizá simplemente no se percató de todos los detalles, a lo mejor no fue consciente de lo que ocurrió o, simplemente, estaba tan obnubilado con esa niña de ojos claros que se iba a convertir en su esposa que no se percató. Así que hoy me he animado a intentar dejar por escrito lo que no se puede explicar con palabras, a dar un coletazo de racionalidad, con mayor o menor éxito, a lo que no tiene sentido alguno; y lo hago para que él pueda volver al instante en que su amor trascendió de lo humano a lo divino en ese día maravilloso en que los dos dejaron de ser dos personas distintas para convertirse en un único ser.
miércoles, 15 de octubre de 2025
Doce años
jueves, 22 de mayo de 2025
Más viejo que el más viejo
Hace mucho tiempo que el tomo de mi juventud comenzó a quedarse sin hojas, como lo hace el cuaderno de un colegial al que su maestra le va arrancando páginas por su mala caligrafía. Hacía meses que no lo ojeaba, lo tenía guardado en la mochila del olvido por temor a que hubiese menguado un poco más pero hoy, casi sin quererlo y de soslayo, un croata criado entre bombas me ha obligado a asomarme de nuevo al abismo de la vejez y he visto cara a cara al espanto, al inquebrantable paso del tiempo personificado en una última hoja meciéndose al viento de desde sus tapas de cuero y liberándose de una niñez que ya sólo es un recuerdo en un frasco guardado en la alacena.
"Modric se va del Madrid" sería ya de por sí un titular lo suficientemente doloroso como para apagar cualquier aparato electrónico, meterse en la cama y dormir abrazado a su fotografía hasta el día siguiente. Sin embargo, esas cinco palabras encierran para mí un significado todavía más cruel, un profundo desconsuelo que se venía fraguando en mi mente desde hace tiempo pero que no me atrevía a pensar que pudiese concretarse así, de repente, sin previo aviso. En el día de hoy me he convertido, por primera vez en mis treinta y ocho años, en un tipo que es más viejo que cualquier jugador de la plantilla del Real Madrid, del equipo de mi vida, del ente que me ha dado más felicidad que cualquier otra cosa material en el mundo. Así, como suena. Así de duro. Así de atroz.
No he parado de darle vueltas desde que he leído la noticia a todo el proceso. Me he visto, tiempo atrás, en lo que a todas luces se me antoja un universo diferente, vestido con la camiseta morada de Teka y pidiendo a mi tía que me grabase el número diecisiete de un chaval llamado Raúl que acababa de hacerle dos goles al Atleti en el Calderón. Yo, que las he coleccionado todas: las blancas y moradas, las negras, naranjas y rojas; las viejas y las nuevas, las del siete, el diecisiete, el catorce, el once y el diez. Yo, que me pongo a echar la vista atrás y casi puedo tocar con mis dedos la primera temporada de Capello, la séptima y la octava, el gol de Ramos en Lisboa o el de Bale en Valencia; los miles de Cristiano, la liga del tamudazo, el mourinhismo exacerbado y todo lo demás, hoy me hallo aquí, tecleando como un anciano que mira en lontananza al infinito susurrando muy bajito eso de "todo esto era antes campo" y viendo cómo se me ha pasado media vida animando a decenas de tipos que me doblaban en edad y ahora lo hago con gente nacida después del dos mil. Bendito sea Dios, qué disgusto más grande.
Se va Luka y no volver a ver ese golpeo de exterior sobre el césped no parece suficiente castigo. Se va el último testigo de una época ya pretérita y me quedo con una panda de niños que escuchan reguetón y no han bailado en su vida el Bulería de David Bisbal. Quizá ni siquiera sepan lo que es. Dios de mi vida.
Una panda de chiquillos imberbes con pensamiento woke, peinados horripilantes, puños en alto y miradas indemnes al peso de la historia que llevan en su pecho. Jóvenes sin carnet de conducir y con acné fresco en la cara, mocosos como el que una vez fui yo y que algún día recordarán lo efímero de esa etapa.
Y mientras Modric se marcha sin pensar en mi desconsuelo yo reflexiono frente a esta pantalla intentando hacerme entender que ya no pertenezco al presente del fútbol. Soy memoria y eco de un tiempo pasado, recuerdos de alineaciones de cromos en cartulina y diferentes modelos de balón; un réquiem lúgubre que engañaba al calendario y que hablaba de campos de tierra, botas negras, porterías caídas y promociones de ascenso. Ahora todo está mal porque soy un viejo y es mi deber como tal sermonear a los jóvenes con que lo suyo no sirve y lo mío siempre ha sido mejor, aunque alguna vez sea mentira y casi siempre lleve razón.
La vejez no llega de golpe, se instala poco a poco como el primo al que la mujer acaba de echar de casa y que sólo viene a quedarse unos días pero que, de repente, ves paseando en calzoncillos por el pasillo mientras bebe a morro del brik de leche. Ya no pertenezco al presente porque soy esclavo de un pasado, de mi pasado. Las conversaciones me son indiferentes, el juego ya no es interesante y mi mente se centra más en la hemeroteca que en los fichajes del próximo verano. Cada paso que doy tiene algo de despedida también y es que hoy he comprendido que la retirada de Luka también es la mía, que todo lo que disfruté antaño no volverá y que todo lo ganado, que es mucho, me valdrá infinitamente más que todo lo que, seguro, está por ganar. Supongo que esto es la vida, lo que los ancianos me decían que era en su día y yo me negaba a creer. Supongo que el ciclo es eterno y que alguna vez, dentro de cientos de años, algún hedonista curtido en arrugas y canas, cantará esta canción que hoy les traigo yo.
miércoles, 9 de abril de 2025
Nélida
Tenía el pelo repleto de rizos, pequeñas ondulaciones que se enmarañaban en su cabeza como olas en un mar revuelto. Por más que echo la vista atrás, no puedo recordarla sin maquillaje. Nada de extravagancias pero siempre perfectamente arreglada para la ocasión. Coqueta, risueña, con tonalidades pardas en las mejillas, rosáceas en los labios y azuladas en los párpados. Con clase, con la galanura que se le presume a una señora de bien.
Su piel, marchita por los años, es otra de las cosas que me viene a la cabeza. Y su fragilidad manifiesta. “Te tropiezas en la raya de un lápiz” era la frase que siempre le hacía reír porque era totalmente cierto y porque ella se tomaba con humor casi todas las verdades. El final de su vida lo pasó asida a un bastón y, más tarde, a una silla cualquiera, pero en el principio, al menos en mi principio con ella, era la que aguantaba mis piratas al abordaje, los destrozos con el balón en su jardín, las disputas con mi hermano o las subidas a las copas de los árboles. Lo aguantaba todo con una sonrisa, con un sonido tenue y delicado que se acrecentaba poco a poco hasta que se convertía en un precioso llanto jubiloso. Llevo dándole vueltas ya unas cuantas horas al asunto y creo que lo que más voy a echar de menos de ella es verla reír.
Me costaba entender cómo una argentina de pura cepa pudiese estar tan enamorada de España habiendo tantos españoles que se esfuerzan en detestar a su país. Lo conocía todo de ella y lo conocía en la distancia, a través de libros y revistas, de películas, documentales y, sobre todo, de la radio, de la que era profunda admiradora al igual que lo es mi abuelo. Eso lo he heredado de ellos. Acuarelas de España es el nombre con el que bautizó a su programa cuando se decidió a crearlo en una humilde radio de Morón. Imaginen ustedes cómo de enamorado tienes que estar de algo para vivir a diez mil kilómetros de distancia y, aún así, dedicarle gran parte de tu vida a conocerlo en profundidad.
Discutíamos muchas veces por quién sabía más de España y tengo que reconocer, ahora que no está, que ella me daba mil vueltas. Le gustaba el chotis, Mallorca, la paella, Paco de Lucía, Galicia y creo que la convencí un poco para que, aunque no le guastase el fútbol, sí lo hiciese el Real Madrid. Organizaba galas, se interesaba por el flamenco, la copla, la historia o la gastronomía. No sé si empapándose de mi país se sentía más cerca de la hija que se le marchó hace media vida allí o si simplemente era por un amor irracional hacia la mejor nación de cuantas existen. Quizá era una mezcla de ambas pero el caso es que no he conocido a nadie de fuera que amase tanto a una de las cosas que más dentro de mi ser llevo.
Caminaba despacio, abrazaba lento y se limpiaba los anteojos muy de seguido. Intentaba repartir en partes equitativas amor inmenso de una abuela orgullosa entre sus cinco nietos y lo hacía más que correctamente. Desprendía generosidad y elegancia, creía en los buenos modales y en la rectitud como buena maestra reconvertida en inspectora. Amaba a sus hijos, a su alma gemela y de vez en cuando sacaba un orgullo de mierda que yo mismo he heredado para demostrarle al mundo que aunque uno se acerque a la perfección ese don sólo corresponde a Dios.
Bebía a sorbitos, cortaba muy pequeños los pedazos de comida, se cogía a mi brazo cuando aún podía andar, siempre llevaba monedero y lo abría con una delicadeza inusitada, como una niña chica a la que se lo acaban de regalar y aunque apenas tiene unas pocas monedas dentro las trata como si de todo el oro del mundo se tratase.
La besé por última vez hace poco más de un año. En la frente, con mucho mimo y los ojos hinchados de lágrimas sabiendo que no la volvería a ver más. La dejé en un país maravilloso que amo como si fuese mío y ayer su hija me llamó sollozando para contarme que se había marchado, que ya descansaba en paz.
Se marcha una gran mujer, una madre maravillosa y una de las dos mejores abuelas que uno hubiese podido desear. Se marcha Nélida, cosa que creía tan lejana que pensaba imposible y se me va de las manos con el amargor profundo de que, quizá, en los últimos días no se acordaba de mí. Sin embargo, yo sí me acuerdo de ella y lo haré mientras deambule por estos lares porque sé, a buen seguro, que pocos amores más puros tendré en mi vida que el que tuve por esa señora de acento meloso, manos cálidas y ojos castaños que siempre querré y a la que tuve el honor de llama abuela.
domingo, 6 de abril de 2025
Primera derrota
lunes, 17 de marzo de 2025
Paz
miércoles, 29 de enero de 2025
Días tristes
"El invierno es una putísima mierda. Y de ahí no me baja ni Dios."
La melancolía se palpa desde primera hora de la mañana. El suelo húmedo, la niebla desparramada por el ambiente como un bote de sopa que se cae en la encimera de la cocina. Algunos creen que el primer golpe de frío viene cuando cruzas la puerta de casa pero en invierno llega mucho antes, en el preciso momento en que suena el despertador y sacas un dedo fuera del único resquicio de felicidad que tiene esta mierda de estación: el edredón. Ahí comienza la pesadilla y no termina hasta que vuelves de nuevo a él mucho tiempo después.
Siempre hace frío. Siempre. Cuando sales de casa, cuando bajas por el ascensor, cuando sacas la basura, cuando te subes al coche y durante casi todo el viaje, exceptuando los cinco minutos en que consigues que la calefacción termine de calentar ese habitáculo infesto y cuando, después de media hora, eres capaz de alcanzar la temperatura idónea, has llegado al trabajo y te toca apearte para, efectivamente, volver a toparte con el frío. Y así en todas partes y durante todo el día... y hay gente a la que le gusta esto.
El cielo varía del gris antracita al plateado, pasando por un color perla y ceniza. Todo gris. Las calles están desiertas, desangeladas como una postal antigua de Chernóbil. Las sonrisas desaparecen al igual que las piernas y las faldas, que es como quitarle al mundo las tres mejores cosas que tiene. Las pieles son pálidas, las ojeras se acentúan y todo, absolutamente todo, se vuelve mustio y triste porque no hay época más triste que ésta y no hay gente más triste que a quien le gusta el invierno.
Pasear por el campo pasa de ser un placer rejuvenecedor a un padecimiento constante. Hay charcos, hay barro, hay hielo, los árboles se han secado, los pájaros no tienen ganas de cantar y hasta el sol, en las pocas ocasiones en las que se atreve a salir, lo hace con desdén y deseando volverse a la cama con premura. Las terrazas están desiertas y las sillas de éstas, mojadas; como los bancos del parque y no hay nada más desagradable que sentarte en un banco mojado.
No hay bullicio en las calles, no hay vida en las plazas ni pelotas rebotando contra las paredes ni columpios en movimiento ni viejas en las puertas ni peonzas ni señoritas leyendo en las cafeterías. No hay amantes besándose sobre el césped ni gafas de sol ni guirnaldas ni noches eternas ni ganas de pasear. No hay ardillas trepando a los árboles ni música ni colas en los quiscos de gominolas. No hay más que una ciudad taciturna que vaga entre la neblina espesa que enlaza un día tras otro, que copa de monotonía una vida que rueda por inercia hasta una primavera a la que muchos le imploramos que, por favor, haga ya su aparición. Gente tachando los días como presos encerrados entre los barrotes de una prisión de hielo, tedio y sopor; hombres y mujeres apresados en la quietud y el desasosiego, en la tristeza infinita de unos días que duran poco pero que, extrañamente, se hacen eternos.
Días tristes estos que tocan vivir. A nadie puede gustar enero ni siquiera a quien nació en él pero, como en esta vida hay gente para todo, cada año me toca lidiar con los que, al parecer, sí les gusta. Más tonto soy yo por caer en la trampa, por querer explicarle al ciego lo preciosa que es una puesta de sol o al sordo lo maravilloso que es pararse a escuchar cómo trinan los jilgueros.
No hay poeta enamorado del frío ni amante de la vida que pueda decir que ésta es una época para vivir. No hay nada más alejado de la vida en el sentido en que yo la concibo que la muerte que trae consigo el invierno, que la tristeza que lleva aparejada enero y su lluvia ni la melancolía con la que uno afronta cada día, cada hora y cada segundo de lúgubre desolación de este solsticio repleto de desamparo, penumbra y aflicción. Pero, como siempre, existe un resquicio de esperanza en este horizonte negro que se antoja infinito: queda un día menos. Un día menos para que la vida vuelva a triunfar, el sol caliente y los cielos vuelvan a ser azules. Un día menos para volver a mirar con la soberbia de quien se sabe vencedor a todos los amantes de esta estación maldita que, gracias a Dios, ya queda menos para que finalice.
jueves, 14 de noviembre de 2024
Muerto en vida
Hace dos semanas que el cielo se desplomó sobre Valencia. Quince días de imágenes desgarradoras, de sonidos desesperantes, de testimonios que hielan la sangre, de barro y lodo, de lágrimas y desesperación, de pena, de angustia, de rabia y desolación.
He visto tantas cosas en mi vida que pienso que ya poco puede sorprenderme, que hay desgracias a las que me he acostumbrado de tal manera que me apena haber perdido cierta humanidad en ese aspecto. Lo que ayer te erizaba de pena la piel hoy pasa ya casi desapercibido y eso, con el paso de años, te va demonizando poco a poco hasta el punto de que a veces cuesta ver algo de ser humano en uno mismo. Sin embargo, hay días en que la vida te vuelve a hacer persona, te sacude de tal forma que vuelves a sentir hasta un punto que no creíste posible y el demonio impertérrito ante el mal ajeno se convierte en un hombre que se rompe con el dolor de los demás, que vuelve a la vida con una noticia y es ahí cuando uno siente que su alma no está tan perdida como creía. Ayer, a eso de las ocho y media de la tarde, yo volví a ser una persona frágil con lágrimas en los ojos y el corazón totalmente podrido de dolor.
"Se han identificado los cuerpos sin vida de los pequeños Rubén e Izán, de 3 y 5 años, desaparecidos en Torrent por la DANA" sería un titular ya de por sí suficiente para desgarrarte por completo. Pero, tristemente, había más: "los niños desaparecidos hace quince días cuando la fuerza del agua los arrastró mientras que su padre logró agarrarse a un árbol, donde permaneció cuatro horas".
No soy capaz, por mucho que lo intente, de poder comprender el dolor inhumano que ese hombre debió sentir durante esas cuatros horas. Me ha venido a la mente unas trescientas veces durante estas veinticuatro últimas horas lo que tuvo que soportar, lo que fue aquella sensación y la amalgama de desolación, impotencia y rabia que debió surgir en su interior. Lo imagino colgado de un árbol, empapado hasta las cejas de agua, barro y maleza, observando cómo la corriente se lleva consigo a sus dos pequeños. Lo veo llorando, bramando de rabia y de pesadumbre, enfrascado en una batalla interna entre la racionalidad que lo lleva a seguir agarrado de esa rama y un corazón maltrecho que lo anima soltarse para ir a una muerte segura en busca de sus niños. Lo veo destruido, muerto en vida, formando una diabólica contradicción entre un cuerpo que se acaba de salvar con un alma perdida que acaba de ser asesinada, que ha muerto en ese instante y que es perfectamente consciente de que jamás volverá a vivir. La imagen de los cuerpecitos perdiéndose en la oscuridad de la noche, la de sus manos soltándose, el grito seco de suplicio al hacerlo y cuatro eternas horas de soledad para recriminarse si se puedo hacer más. El tiempo pasando tan despacio que parece que jamás existió, el manto de una noche fría envolviéndolo todo, la lluvia golpeando con fuerza y el viento agitando las copas de árboles como ese mismo al que está sujeto. Si el infierno existe no creo que difiera mucho de lo que tuvo que ser esa estampa para aquel maltrecho corazón intentando salvar una vida que ya nunca más tendrá sentido.
Cuatro horas. Doscientos cuarenta minutos de terror, de una pena inmensa. El desconsuelo mezclado con el sonido de la corriente, el pavor al ver los coches chocando contra casas y árboles, el sabor del barro en la boca, el frío del ambiente acrecentándose por la ropa calada, la impotencias por bandera, la frustración de no haber podido hacer más, el odio a un Dios que te ha abandonado y se ha llevado consigo lo que más querías y tanto dolor dentro como jamás creíste que fuese posible sentir. Lo pienso, lo pienso y lo vuelvo a pensar y cada vez duele más, cada vez me hace más daño ese pavor ajeno que siento como propio y que, creo, cualquier puede hacer suyo. En todos mis años, de todas las historias que he escuchado en mi vida, no creo que haya muchas que más hayan marcado y me hayan hecho empatizar tan de cerca con un desconocido al que no pongo cara ni nombre pero al que no puedo más que intentar tratar como alguien cercano al que, ojalá, pudiera mandar fuerza en forma de palabras o de un cálido abrazo. Qué crudeza más grande, qué pena más inmensa y qué dolor incalculable causa en ocasiones la vida, tanto que ni las palabras pueden acercarte a él por mucho que uno lo intente, tanto que el despertar de un nuevo día ya no tiene sentido, tanto que una imagen te perseguirá para siempre y no te soltará jamás. Qué crudeza más grande debe ser seguir respirando sabiendo que moriste un día de lluvia donde la naturaleza te lo arrebató todo y te dejó vivo para que lo recuerdes eternamente.
viernes, 1 de noviembre de 2024
Una gota
Y luego, el infierno.
Intento ponerme en la piel de quien, de repente, comienza a ver un hilo de agua entrando por la rendija de su puerta. Corriendo, acude al cuarto de baño para coger algunas toallas que impidan el paso de la corriente pensando que pueda destrozarle la tarima, quizá la pintura de las paredes o algún mueble recién comprado pero sin imaginarse, porque quién sería capaz de hacerlo, que ese es el principio del fin, que ahí se acaba todo.
Me es imposible no sentir el pánico de esa pareja que, estando a punto de salir a recoger a los niños al colegio, se quedan sorprendidos de lo mucho que llueve. Observan, primero impactados, cómo las calles de un pueblo recóndito y repleto de quietud, se van llenando de agua poco a poco y luego, cuando el torrente de las montañas hace su aparición, el impacto pasa a ser pavor y las palabras de todos los días se transforman en rezos a un dios que parece haberte abandonado. Cómo puede cambiar tan rápido una vida, cómo puede ser la naturaleza tan cruel.
Barro y lodo, agua oscura portando consigo ramas, tierra, rocas y destruyendo todo lo que ve a su alrededor. Agua, la misma sustancia imprescindible que mantiene viva tus células es ahora la que te arranca la vida arrastrándote como un muñeco de trapo sin posibilidad alguna de hacerle frente. Fango y miedo, gritos de terror y llamadas de auxilio, pensamientos fugaces que se cruzan con un nivel que no deja de ascender, que ya casi te atrapa, del que no puedes escapar.
El pueblo del agua se ahoga y sus calles empedradas han quedado cubiertas de cieno. Las casas, arrancadas como si fuesen de paja; no queda rastro de sus fuentes, de su piscina natural, de las escalinatas que conducían a la plaza, de sus paredes blancas, sus árboles milenarios, la tenue luz de las farolas o las sonrisas de sus noches de verbena. Todo se ha perdido y tan sólo quedan el horror y la pena.
El horror de convivir con los muertos, de notar cómo el corazón se detiene con cada conteo de víctimas, con los testimonios de quien lo ha perdido todo, de quien brama de rabia porque la ayuda no llega o de quien muere de dolor porque la corriente se llevó consigo a quien más quería.
Pena. Inmensa pena. Mensajes que encogen el alma, testimonios que hielan la sangre e historias que te vuelcan el corazón. Abuelos con el agua por las rodillas, bebés recién nacidos que no volverán a reír, muñecas repletas de barro que dan a entender que quien la portaba ya no está, padres llorando la peor de las pérdidas, hijos con la mirada perdida sin saber qué decir y tantas caras de desolación que la impotencia te abruma, que el desconsuelo se apodera de ti que el miedo te eriza la piel.
Rabia de ver a la peor calaña robando tiendas y saqueando comercios, como si no fuera poco para el autónomo que lo ha perdido todo ver cómo una panda de malnacidos le arranca de las manos lo poco que le queda. Qué curiosa es la vida y qué fácil saber, por otro lado, quién está en el lado bueno. Puentes abarrotados de gente con palas a la derecha de sus pantallas, escoria inmunda corriendo con móviles y botellas de cerveza a la izquierda. Ustedes deciden con qué se quieren quedar.
Miedo al volver a ser conscientes de la fragilidad de la vida, de lo rápido que todo puede desaparecer en un momento dado. Pavor a que tú pudieras haber sido uno de ellos y la melancolía de que los tuyos podrían estar ahí. Todas las emociones del ser humano que permanecen escondidas en la cotidianidad de los días, despiertan con toda la fuerza del mundo en situaciones como estas y te recuerdan que no eres nada y que estar aquí un segundo más es un regalo del cielo. Así que, joder, aprovéchalo.
Y toda esa amalgama de sentimientos y emociones, de pensamientos y reflexiones comenzó con una gota de agua que luego pasó a ser un tifón. Pero también, con una gota empezó la esperanza de un pueblo que nunca deja a nadie atrás aunque sus gobernantes sí lo hagan. Cientos de personas desplazándose a donde el barro lo ocupa todo, a donde el agua lo abnega todo y a donde el miedo todo lo puede para dar esperanza a quien la perdió, para arrimar el hombro junto a quien ya no tiene fuerzas y para compartir con ellos lo poco que uno tiene.
Saldremos de esta, no os quepa duda… y convertiremos una gota de esperanza en una tormenta de generosidad y fraternidad como pocas veces se ha visto porque al final, como decíamos al principio, todo lo grande comienza con un suspiro, ya sea la peor de las tormentas o el más bello de los milagros.
martes, 4 de junio de 2024
Cierra el colegio
“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.
Será porque suelo hacerle caso a casi todo lo que Sabina reza en sus canciones, hace ya mucho, muchísimo tiempo, que no paso por el Colegio Cristo Crucificado de Elche de la Sierra. No recuerdo, sinceramente, la última vez que pisé el asfalto de su entrada ni me senté en uno de los bancos de su jardín, bebí agua de la fuente de su patio o me asomé por alguna de las cristaleras de sus clases. Sin embargo, a pesar de que los recuerdos de las últimas veces en que estuve allí permanecen borrosos como una noche de barra de bar, sigue floreciendo entre mis mejillas, cada vez que recuerdo los años de mi niñez, la sonrisa perenne de quien sabe que fue allí y no en otro lugar donde transcurrió la época más dichosa de mi vida.
El rumor de que el colegio cerraba había revoloteado por mis círculos más cercanos durante, quizá, demasiado tiempo. Hace tanto que lo vengo oyendo que creía que no ocurriría pero, una vez más, la realidad se ha adueñado de la vana esperanza que nos quedaba a todos los que amamos ese edificio de paredes blancas y maderas ocres. Así que hoy ya se puede decir que la escuela de mi infancia cierra sus puertas para siempre. Parece que ya no hay vuelta atrás.
Para todos los que somos parte de ese pequeño pueblecito del sur de Albacete es una malísima noticia. Para todos. Lo es porque tras ese anuncio todavía no oficial se cimienta una realidad que afecta a cada uno de los habitantes de esa zona despoblada y resentida: la gente no quiere (o no puede) vivir allí. No hay trabajo, no hay recursos, no hay inversiones, no hay niños y, por ende, no hay futuro. Ese horizonte negro y atemorizante se cierne cada vez con más fuerza sobre el cielo de la Sierra del Segura, uno de los lugares más cautivantes que existen en este país e incomprensiblemente uno de los menos conocidos… aunque ahora que lo pienso, quizá ese sea el inicio de todos los males.
“Cierran el colegio” es una frase que todavía soy incapaz de asimilar y únicamente me atrevo a escribir en este texto que les regalo, todavía no soy capaz de decirla en voz alta aunque ya me la haya repetido tantas veces en la mente que no sabría con exactitud cuántas han sido. Se van tantos años felices que se antoja imposible de poder resumir en tan poco espacio. Miles de tardes de balón y bocata, risas como en ninguna otra época de la vida; los primeros amores, las carreras con el kart de don Antonio, flores de las hermanas destrozadas a balonazos, veranos de globos de agua y besos a escondidas, regañinas, partes, bicis colgadas de largueros, estuches volando por las ventanas, moscardones, peleas, excursiones, goles, canastas y mochilas cargadas de tanto peso que hoy sería delito de lesa humanidad. Se van decenas de niños hechos hombres y mujeres bajo su tejado, fe ciega, amistad pura, tablas periódicas, continentes, fracciones, oraciones, notas musicales y la lección más valiosa que me enseñó toda la gente maravillosa que sentó en la mesa principal de las clases por las que pasé: que el amor de Dios es inmenso y eterno y que, por ello, el nuestro debe serlo también con los que nos rodean.
Se cierra a cal y canto una puerta negra de chapa y queda solitaria una encina centenaria que, quizá por su larga experiencia, comenzó a perder unos años atrás sus hojas por la pena de lo que sabía que se avecinaba. Se acaba el Student Book, el olor a golosina y chocolate, las ortodoncias y el acné, las camisetas de fútbol, los cromos, las canicas, los tazos y el sonido de la campana que anunciaba el fin del recreo. Se dejarán de escuchar las risotadas de felicidad de unos niños repleto de ilusión y quedarán relevadas a un vacío melancólico que nada tiene que ver con lo que una vez fue una época extraordinaria. Qué auténtica lástima que lo que fue un recinto plagado de juventud hoy se haya convertido en un solitario paraje falto de carcajadas y gritos, de sabiduría y conocimiento, de aprendizaje de vida y de cariño por doquier.
Se cierra mi colegio y parece que esa etapa ya tan lejana se cierra hoy para mí también… si es que quedaba algún atisbo de ella. Sin embargo, los recuerdos permanecen, no hay llave alguna que pueda clausurar tantísima felicidad, no os quepa duda. Siempre habrá hueco para ellos en el corazón de los que fuimos tan afortunados de pasar por allí y se grabarán a fuego en el alma hasta el día en que nos marchemos para siempre. Porque al final, parafraseando también al Maestro: “la vida no se cuenta por minutos sino por momentos” y en ningún sitio he vivido tantos instantes increíbles como los que viví en ese colegio que me hizo el hombre que soy hoy en día y al que siempre le agradeceré la educación que me dio, los momentos que me regaló y la gente que me presentó.








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