miércoles, 7 de junio de 2017

Lo seré por ti

El trago de agua fresca
cuando te mueras de sed,
o el brazo que te agarre
cuando vayas a caer.
La vela que te alumbra
cuando cae la oscuridad,
dime qué quieres que sea
y no seré otra cosa jamás.

El roce de unos labios 
que te ericen la piel,
o el sabor de una caricia
tan dulce como la miel. 
La pupila que refleje la tuya
cada mañana al despertar,
Dime lo que quieres que sea
y no dejaré de serlo jamás.

El susurro en el oído
de millones de 'te quieros',
cada país o continente
o quizá el mundo entero.
Dedos que surquen tu espalda
dibujando con tus lunares un mapa.
Dime que sea Supermán
y me pongo ya mismo la capa.

O el héroe de un cuento de hadas
o, si lo prefieres, un príncipe azul,
lo que digas, lo que exijas, 
lo que quieras y desees tú.
Aquí tu siervo te emplaza,
a que hagas lo que te plazca conmigo.
Dime qué quieres que sea, 
que me pongo con ello ahora mismo.

lunes, 5 de junio de 2017

De tacones y faldas rojas

La vio taconear enfundada en una falda roja con lunares blancos y tuvo que frotarse los ojos para entender que sí, que de nuevo la vida la volvía a poner otra vez en su camino. Sus piernas ya se habían bronceado aunque los primeros rayos de sol de la primavera apenas acababan de comenzar a romper en los tejados de Madrid. Su pelo se había aclarado también, como siempre ocurría por esas fechas: “no hay nada más bonito en todo este maldito universo que una castaña que se vuelve rubia en verano” se había dicho mil veces durante los últimos siete años. Y esa imagen no pudo más que volver a darle la razón.

El sonido de la muchedumbre pareció acallarse por el de esos tacones que ascendían escaleras arriba mientras los ojos de ese hombre henchido de amor no podían apartarse de sus piernas. Ella lo miró y él le devolvió la mirada tanto tiempo después que por un instante creyó que no podría volver a ver cómo ella se iba de nuevo de su lado. Porque si algo sabían los dos, es que ese encuentro no iba a durar más que unos míseros segundos. Y así fue.

De nuevo una sonrisa de oreja a oreja acompasando el achinar de unos ojos que él no quería dejar de mirar jamás. De nuevo el roce de su mano y el perfume de su cuello entrando por sus fosas nasales cuando, con dos besos más formales que sentidos, se saludaron mientas la gente seguía intentando encontrar su localidad. De nuevo esa maldita sensación de saber que Dios le había presentado a la misma vez a las dos mujeres más maravillosas sobre la faz de la tierra y, quizá, él había elegido mal. De nuevo, una vez más, el terrible desamparo de ver cómo ella se marchaba por una escalera y él hacía lo propio por la siguiente. Y de nuevo la necesidad de decirle por millonésima vez que no se fuera nunca más, que no podía seguir sin ella, que no quería seguir sin ella… que no sentía si no era con ella. Pero no lo dijo y otra vez más cada uno se alejó de allí por su lado, volando a partes distintas de un mundo que en algún momento del pasado más remoto pareció que se confabulaba para unirlos. Y quizá lo hizo… vete tú a saber.


Y mientras sus tacones surcaban otros suelos, pisoteaban otros corazones y bailaban en otras realidades, él volvió a caer en los brazos de otra rubia mucho más agradecida. Volvió a hundirse en ese licor con espuma y que acompasaba con su amargor el mismo sabor que desprendía, una vez más, un corazón herido que desde entonces no para de preguntarse "por qué" y sólo puede responderse con un “fue tu culpa” que se clava como una estaca en el corazón. Parece que esa es la condena eterna que el chico tendrá que soportar por el resto de los días de su vida y, muy probablemente, la tenga más que merecida.

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