martes, 28 de agosto de 2018

Llega el fin

Ya no se ven casi faldas por las calles y eso, queridos amigos, nunca puede ser buena señal.

Los cielos nacen y mueren encapotados y casi no se ve la luz del sol entre tanta nube gris. El agua ya no es cristalina en la piscina y apenas se observa gente tumbada en el césped. Los bares siguen abarrotados por las noches, de lunes a domingo, por románticos que se niegan a creer que todo esto vaya a terminar. La cerveza sigue fluyendo por los grifos helados y las copas chocan entre sí brindando por los que vinieron de lejos, por los que acaban de llegar y, sobre todo, por los que ya no están. Las gafas de sol se guardan en la guantera de los coches y las sonrisas parecen esconderse también porque, a la vuelta de la esquina, la dicha y la alegría se tornan monotonía, frío y tristeza de nuevo. 


Me indigna profundamente que haya gente que no piense que el verano es la época más feliz del año. Yo, siempre que tengo que defenderlo, me limito a decir lo mismo: cerveza, pieles morenas y desnudas, sol y calor corporal, ¿qué más le puedes pedir a la vida? A mí no se me ocurre nada. Pero es que, además, están las palmeras de la playa, los chiringuitos, las verbenas y los amaneceres en lugares insospechados. La fruta fresca y el bar, los amigos que están lejos y, de repente, vienen a pasar unos días contigo. El levantarse tarde y el dormirse más tarde aún; los primeros besos y los que no volverán, los errores más maravillosos de tu vida y la sensación única de que el día que estás viviendo no se volverá a repetir. El verano es como una fiesta que no termina… aunque ya quede poco para que llegue a su fin.

Se acaban los pantalones cortos y las camisas de lino, las bermudas y el acento inglés en la costa. Se acaban, gracias a Dios, las camisas de manga corta y los pantalones pirata, pero se van con ellos el contraste de ese pelo dorado que se tiñe de blanco, con el de tus muslos oscurecidos por los rayos de sol, y eso es demasiado bonito como para dejarlo ir sin llorar un poquito. Se acaba, hasta el año que viene, los platos de caracoles y las guirnaldas en los balcones de la plaza, las sandalias y las uñas de colores chillones, las señoronas tomando el fresco en las puertas de las casas y los niños buscando su primer beso escondidos en lo más recóndito del parque. Se acaban los mojitos, el mercado de fichajes, la necesidad apremiante de besarnos a cada instante y el olor a felicidad constante. Se acaba el verano y con él se terminan dos meses donde todo irradia luz, donde se escucha música a todas horas y donde el mundo parece menos oscuro y un poquito mejor lugar para estar. Se termina el verano y volvemos a la época de lluvias, abrigos y noches largas y repletas de oscuridad; de anocheceres a las seis de la tarde, el frío, los abrigos de pluma sintética y las bufandas. Se va marchando agosto y nadie lo puede detener, apenas tres tristes días para convencerlo, aunque me parece que hay pocas posibilidades de ello. Nos tendremos que conformar con lo que nos deja cada año: un puñado de buenos recuerdos que siempre quedarán presentes y que, como pasa casi siempre, serán mucho mejor con los años de lo que lo fueron ayer.

domingo, 19 de agosto de 2018

19 de agosto... o quizá un poco antes

Diecinueve de junio de hace vete tú a saber cuánto. Hace mil años y un par de meses, o simplemente mil años... no lo recuerdo muy bien. Cuenta la historia que hubo un camino adoquinado que subía hacia ninguna parte, grandes chalets donde alguien soñaba vivir y una luna casi llena adornando un cielo repleto de estrellas que se encendían como las luces de un árbol de Navidad. 

Paseaban por aquel páramo desierto y que comenzaba a calentarse con un verano incipiente que tocaba a la puerta para hacerse notar, para que le dejasen entrar, un par de jóvenes que se hacían llamar amigos pero que, en realidad, eran muchísimo más. Los dos hablaban y hablaban, porque si en algo siempre fueron expertos, fue en contarse absolutamente todo…hasta que dejaron de hacerlo tiempo después. Charlaban de amigos en común y proyectos futuros, de sus planes y sueños, de sus inquietudes y de cómo habían llegado hasta allí sin comerlo ni beberlo y quizá, en ese preciso momento, entendieron que a veces en esta puta vida hay cosas que suceden por obra y gracia de una fuerza superior que se muere porque encontremos a esa persona que te va a exprimir más el corazón que el resto de la gente que te cruces por aquí. Y vaya si ellos se exprimieron... y vaya si ellos se quisieron.


Cuentan también que luego hubo un banco tenuemente iluminado por unas farolas que irradiaban una luz  ámbar y que ella vestía de blanco y su piel morena contrastaba con aquel color de una manera tal que cualquier hombre sobre la faz de la tierra se habría enamorado de ella casi tanto como lo estaba él. Dicen que sus ojos verdes lo miraban tímidos y sus manos, las más bonitas de cuantas han existido, jugueteaban nerviosas pensando qué vendría después. Algunos hasta se atreven a afirmar que él, el hombre que nunca se había puesto nervioso frente a una mujer antes, estaba tan tembloroso que apenas podía hablar, moverse o, si me apuran, respirar. Pero repito, quizá sean tan sólo habladurías.

Y la historia continuó, según dicen, mientras las suelas de sus zapatillas y el canto de las chicharras servían de banda sonora para lo que vino después. ¿Y qué vino?, preguntarán ustedes: una pregunta tímida, una cama de noventa y una mujer que se abalanzó sobre un hombre que llevaba tanto tiempo enamorado de ella que tuvo que asegurarse en la oscuridad que por fin sus labios lo besaban y no lo estaba soñando como tantas veces había sucedido tiempo atrás. Y más tarde vino todo lo demás, pero esa es otra historia, la de cómo teniéndolo todo al final lo dejaron escapar.

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