jueves, 13 de diciembre de 2018

Tú y yo

La calma y la tempestad, el día y la noche, el mar y la montaña, el ahorro y el derroche. Tú y yo, tan distintos y tan iguales, lo superficial y lo profundo, la forma que tiene la vida de enseñarnos que lo único que tiene sentido es lo que no tiene sentido ninguno. Tú tan de agua salada y yo tan de ahogarme en ella; tú tan de sol, crema y sombrilla y yo tan de sentarme en el bar con una cerveza bien fría. Tú de arreglarte, ponerte tacones y salir a la calle a comerte el mundo y yo de sudadera, zapatillas, vaqueros sucios y pinta de vagabundo. Yo de gustos sencillos y tú tan jodidamente complicada, yo de decirlo todo con miles de palabras y tú de hacer lo mismo con una simple mirada. Tú de enfados largos y repentinos, yo de cortos y abruptos, tú de querer tenerme cerca y yo de que siempre estemos juntos. Tú de flores, olores y series españolas, yo de viajes largos, noches lluviosas, el mar picado y repleto de olas. Tú de ducharte por la mañana y yo de hacerlo por la noche, tú de conciertos en el baño y yo tan de música en el coche. Tú de llanto fácil y risa apasionada, yo de tener la certeza de que si te veo feliz a mí en esta vida ya no me falta de nada. Tú de decir que me quieres, yo de quererte a rabiar, tú tan sencillamente increíble que cuando soy consciente de lo maravilloso que tengo, por momentos, me cuesta hasta respirar. Tú de rosas rojas en camisetas estampadas, yo de claveles blancos cayendo desde las gradas, tú de vivir el momento, yo de querer avanzar, tú de dejar que se seque el cemento cuanto más me ves amasar. Tú de cenas en restaurantes de bonitos yo de McDonald’s, bares cutres y chiringuitos; tú de sol y calor, yo de noches frías y edredones, tú tan de regañarme por todo y yo poco aficionado a los sermones. Tú de primaveras llena de flores, yo de alergias, estornudos y temblores, tú de ginebra mezclada con cosas raras y yo de whisky sin nada de nada. 


Y, sin embargo, aquí me tienes, remando a tu lado, copiloto de tu vehículo sin frenos, el capitán de tu ejército espartano, el hombre al que le empieza a faltar el aire cuando te echa de menos. El chico al que tienes comiendo de tu mano, el enfermo que con un beso se vuelve de repente sano, el calor en invierno, la gota fría en verano y el tío que se levanta cada día sintiéndose, de este puñetero planeta, el más afortunado. La arcilla esperando a que la hagas jarrón, la planta que se muere si no la riegas, la oveja descarriada que necesita a su pastor, el barco que se hunde si no lo navegas. Tan perdido sin ti que parece que nunca me he encontrado; tan insulso, tan ruin, tan vacío del todo, tan alejado de la realidad, tan indiferente, al fin y al cabo, tan solo. Al final, si algo he aprendido, es que va a ser cierto eso de que los polos opuestos se atraen y se sienten bien unidos. Al final va a ser verdad que, de tan opuestos que fuimos, nos hemos hecho parecidos.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

El conjuro

Un mechón de ese pelo castaño que se doraba con los primeros rayos de sol del verano, la foto con aquel vestido amarillo que habré mirado quinientas millones de veces, los recuerdos de la primavera que pasamos abrazados, una pizca de cola de león y un chorrito de licor de nueces. Todo bien revuelto, cociéndose a fuego lento entre unos litros de café y semillas de espelta, para crear un conjuro que, de una vez por todas, te traiga aquí conmigo de vuelta.

Un conjuro que borre de mi cabeza esas dos manos enlazadas y el anillo que adornaba la tuya, ese vídeo en la playa donde parecías tan feliz o aquel otro en una cena, vete tú a saber dónde, pero seguro, muy lejos de aquí. Una pócima mágica que elimine de mi mente la certidumbre de que dejé escapar hace tanto que parece que fue ayer, lo más bonito que la vida me ha regalado, lo más maravilloso que jamás encontraré.

Y mientras leo el libro de magia que tengo aquí a mi lado, espero que el hechizo valga la pena y salga, más o menos, como viene en sus páginas explicado. Que sus besos te sepan a los míos y sus manos te raspen la piel, que veas en sus ojos reflejadas mis pupilas y su lengua te sea más amarga que la hiel. Si sale todo como espero, volverás a llamarme una tarde de invierno a decirme que me sigues queriendo y que no me olvidas, que todo lo que tuvimos se hizo eterno y que cada día sin mí te parece un puto infierno. Me dirás que me echas tanto de menos como lo hago yo contigo, que me necesitas en tu vida, que me quieres a tu lado, aunque, mira lo que te digo, sea únicamente como un amigo. Si sale todo en orden y no me equivoco en ningún paso puede que te recupere, que me des otra oportunidad o quizá, si sólo funciona un poco, me conformaré con que de vez en cuando me dejes llamarte para decirte lo preciosa que estás. Espero que todo este embrujo que estoy terminando me sirva al menos para decirte todo lo que debí decirte en su día y lo que nunca me he atrevido: que desde el primer momento en que te tuve supe que siempre te querría... aunque comprendiese muy tarde que siempre te he querido.


Ya casi está, lo noto en el ambiente. Remuevo con una cuchara de palo este brebaje maloliente y en él comienzan a entreverse recuerdos de una época lejana con recuerdos incipientes: noches sin dormir, litros de alcohol en vena, acostarnos de madrugada, ventanas abiertas, media docena de velas y paseos eternos bajo la luz de la luna llena. Gemidos de placer y besos a escondidas, botellas de vino tinto, pantalones vaqueros y lágrimas de risa. El primer beso que te di en la cocina, la música de fondo, las caricias, las miradas y mis labios en tu cuello poniéndote la piel de gallina. Una escalera en la plaza de toros y una falda subiendo los peldaños, lo difícil que fue dejarte ir y lo guapa que te has vuelto con los años. Una foto en blanco y negro que inspira un texto cualquiera y la necesidad apremiante de decirte al oído que te quiero como nadie te ha querido y más de lo que te va a querer cualquiera.

Parece que la pócima ya está lista ahora que ha comenzado a hervir, sólo hay que dejarla un rato que repose y entonces me la podré servir. Espero que cumpla su cometido y que al beberla todo vuelva a ser como era. Sin embargo, aunque todo salga mal, se tuerza o aunque no lo consiguiera, espero que recuerdes que siempre, pase lo que pase y ocurra lo que ocurra, en lo bueno y en lo malo, para todo lo que necesites, me tienes a tu lado. Que no hay día que no me acuerde de ti, que no hay noche que no le dé vueltas al pasado y si ese al que intento boicotear con mis pociones es el que te hace reír como yo jamás habría imaginado, me desharé de todo este conjuro y me retiraré de esta guerra sin haber siquiera disparado. Pues una cosa tienes que tener claro: si tengo que demostrar desde la absoluta lejanía que te quiero como jamás he querido, te dejaré a solas con él y me marcharé en silencio, compungido y malherido. Si largarme es el precio que tengo que pagar por tu felicidad absoluta, lo hago ahora mismo sin queja, sin duda y sin ningún tipo de disputa.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Sueños

"Te echo de menos” 

El susurro rompió el silencio de una alcoba oscura a intempestivas horas de la madrugada. Él abrió los ojos y la penumbra se hizo presente, patente, total. El sueño había terminado y ella se había vuelto a alejar, como lo venía haciendo desde hacía tanto tiempo que, por momentos, parecía que nunca la había llegado a tener realmente. Pero él sabía que sí la había tenido y que, con total seguridad, nadie la volvería a tener igual.

Sus ojos verdes seguían clavándose en lo más profundo de su corazón noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes y año tras año como la maldición de algún dios al que caía estrepitosamente mal. Su pelo lacio y sus piernas ennegrecidas por el sol no se terminaban de marchar del todo, al igual que su sonrisa, sus manos delicadas o la forma en que tenía de mirarlo y que nadie, aunque viviese durante milenios, volvería a igualar. 

Siempre sentía la misma sensación de vacío cuando despertaba y se daba cuenta de que todo había sido mentira; siempre el mismo desasosiego, la misma rabia y, a la vez, la misma inmensa pena que le encogía el corazón hasta el punto de hacerle pensar que estaba a punto de implosionar. Siempre la misma desdicha y el eterno llanto mudo que le hacía darse la vuelta con la congoja del que sabe que no volverá a ser tan feliz jamás. Ni aunque pasen cientos de miles de años.
Luego, el abismo de otra noche vacua, eterna y alejada de ella durante el resto del tiempo que le quedase por vivir.

Sin embargo, al final sólo era cuestión de tiempo que se volviese a quedar dormido:

De nuevo aparecía con ese turbante en el pelo, con esa forma elegante de caminar sobre sus tacones de Zara, con su cruce de piernas o el suave tacto de su piel. De nuevo se imaginaba dormido junto a su figura y cómo con dos golpecitos en el culo se acurrucaba junto a él hasta el amanecer. Ahí seguían juntos, olvidando todo lo malo que vino y que vendrá, siendo dos seres formando uno como un día se prometieron, y dejando de lado todo el pesar que ambos tuvieron que soportar. Allí, en lo más profundo de su subconsciente, todos su problemas dejaban de existir y sólo había hueco para besos, caricias y abrazos, para risas cómplices y noches de pasión, para aquellas palabras que una vez un par de labios enamorados dijeron y que, como muchas veces ocurre, no se terminaron de cumplir jamás. Era en ese lugar tan mágico como irreal donde él se hacía plenamente feliz y donde tantas veces deseó llegar para no volverse a marchar. Pero, noche tras noche, la misma historia de siempre le atenazaba y los rayos de sol de un nuevo amanecer lo traían de vuelta a un mundo que quería ya tan poco como ese mismo mundo lo quería a él. Y de nuevo tocaba lidiar con todo lo que detestaba y con una vida que, sin ella, era más una pesadilla eterna que ese paraíso que una vez le prometieron que tendría. Porque sin ella, sin su boca, sin su aliento o sin el perfume de su cuello, cualquier nirvana era una vulgaridad. Porque sin ella, sin su voz, sin su alma y sin sus labios, ninguna realidad conocida podía mejorar un segundo de ensoñación. Porque sin ella, sin el sonido de su nombre en sus labios o los paseos cogidos de la mano por la orilla del mar, todo esto que llamaban vida no era más que un camino de sentido único que llevaba desde el instante en que se despertaba a aquel en que volvía a la cama y comenzaba de nuevo a soñar.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Tu refugio

Eso  quiero ser, tu refugio.

El lugar donde te escondas cuando el mundo te dé la espalda, cuando todo te vaya mal, cuando nadie esté a tu lado, cuando todos se vayan; cuando la vida te apunte con una pistola o te señale con una espada, te salga todo del revés o directamente no te salga nada. La isla donde viajes cuando se convierta en pesadilla lo que una vez fue un cuento de hadas. 
Déjame ser el sitio donde vengas a llorar cuando un día soleado se torne lluvioso, cuando el verano termine, cuando pisoteen tus sueños, te hagan sentir que no puedes más, que te odias, que estás cansada o que quieres marcharte; que dilapiden tus esperanzas o tengas tantas ganas de salir a la calle y gritar que temas que lleguen a encerrarte.
 
Quiero ser tu refugio, el cubículo de metro setenta que te proteja de todo lo que haya afuera, que te encierre entre sus brazos y no le importe si se acaba el mundo, hemos entrado en guerra o nos están matando a bombazos. Que empapen tus lágrimas en la sudadera gris que un día me regalaste o estampes en ella tus puños furiosos aunque luego, temblorosa, supliques que te perdone, que aunque no era tu intención, de nuevo me fallaste. Que sea aquí, en mis manos, donde encuentres consuelo y que sean ellas las que, cuando estés tan cansada que no puedas más, te acunen y te duerman acariciándote el pelo. 


Pasar juntos la peor de las épocas, el más funesto de los momentos, llegar a ese punto en que desearíamos matarnos aunque los dos tengamos claro que sin el otro, cada uno de nosotros está también muerto. Quiero vivir junto a ti esperando lo que tenga que venir, lo que esté por llegar, lo bueno y lo malo, sea más, me da igual, lo segundo o lo primero o lo primero o lo segundo, quiero estar contigo porque sólo contigo siento que estoy en mi hogar y sin ti, querida mía, no soy más que un vagabundo.

Escóndete en mi pecho y tira la llave, guarécete en mi alma y no vuelvas a salir, encuentra en mi boca todos los besos y palabras que necesites para vivir y pasa el resto de tus días cobijada entre los versos que escribo únicamente para ti. Mis ojos reflejados en los tuyos, nuestro aliento reventando como olas en las rocas del mar, el sonido del viento a lo lejos y tu voz pidiendo que no me vaya, que me quede un poquito más. Ven, abrígate en mí, aléjate del ruido de fuera y déjame que por ti viva o que, si así lo deseas, sin ti me muera.

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