martes, 29 de agosto de 2017

Llueve

Llueve afuera y el agua se lleva consigo lo que parece el último resquicio del verano. De nuevo las calles comienzan a mojarse, las terrazas de los bares a vaciarse y el armario de mi habitación me pide a gritos que vaya sacando ya de él toda la ropa de invierno. Y no quiero, no quiero que se acabe esto.
Que se marchen a dormir las faldas blancas que ondeaban hasta ayer por la orilla de la playa o la cerveza bien fría entrando por mi garganta. Que se escondan las gafas de sol y la piel bronceada, que nos dejen los besos en la toalla y la necesidad apremiante de desnudarte sabiendo a ciencia cierta que no tendré que quitarte mucha ropa. 

Llueve afuera y por primera vez he tenido que ponerme una sudadera en meses. Ya anochece antes y el ventilador de mi habitación, mi más fiel compañero durante estos últimos dos meses y medio, parece triste y acongojado porque sabe que, más pronto que tarde, toca despedida hasta nuevo aviso. Vienen épocas de edredones, cuellos altos y calefactores, de cambios de hora y nieve; de constipados, gripes y melancolía; de caricias guarecidos bajo mantas y pies helados como la mismísima Invernalia. El invierno se acerca tan rápido que parece que mañana mismo va a llegar. Y no hay nada que me asuste más que la llegada del invierno.
Porque se perderán las verbenas de pueblo y los platos de caracoles, los pantalones cortos y ese vestido gris ceñido que tanto me gusta verte puesto. Se irán los domingos de paella en el chiringuito de la playa y el ansia por salir a la calle a todas horas para charlar con unos y con otros de cualquier tontería una y otra vez durante horas. Se irán los baños nocturnos en piscinas ajenas y ya no quedará rastro alguno del sabor de un verano que cada año me enamora más y más.

Llueve afuera y el olor a migas y vino me viene a la cabeza junto con el de tardes de fútbol y ginebra endulzada con el sabor amargo, valga la contradicción, de un botellín de tónica. Otro año más comienza en poco más de veinte días, los que viven cerca mío bien saben de lo que hablo. Llueve afuera y el agua que cae del cielo sirve de telón para avisar que la función se acaba. El público se levanta, aplaude y se va a casa... y hasta el próximo pase si Dios quiere y vendemos las suficientes entradas.
Una vez más se acaba el espectáculo y es una menos si nos ponemos en plan melancólico. Pero antes de marcharnos a brindar por la obra que concluye, sólo quería pasar a decirles que fue un honor actuar junto a ustedes y que seguiremos ensayando a diario para que ésta, la obra de teatro de nuestras vidas, salga cada año mejor y disfrutemos todavía más representándola.

lunes, 7 de agosto de 2017

La chica del puf

La chica del puf es de esas personas a las que conoces desde hace tantísimo tiempo que no recuerdas ningún momento antes de que entrase en tu vida. Casi siempre ha vivido lejos pero, extrañamente, tampoco alcanzo a rememorar un instante en el que no estuviera aquí conmigo cuando me hizo falta, y así lo atestiguan las decenas de miles de fotografías que, de vez en cuando, desempolvamos de aquella bendita adolescencia que hace tanto que dejamos atrás.

Es de esas mujeres que siempre está sonriendo y ya saben ustedes que esas valen mucho la pena. Camina estilizada por las calles sobre dos piernas que parecen que en cualquier momento se van a quebrar pero que nunca llegan a hacerlo. De hecho, ella se podría definir perfectamente así: cincuenta kilos de tipa a simple vista quebradiza, frágil y delicada que esconden, sin embargo, a una de las personas más fuertes, decididas y valientes que he conocido.

La chica del puf fue la primera mujer que entró en mi casa, la primera chica a la que presenté a mi familia y la primera que comió con mis padres y mis abuelos hace casi veinticinco años. Recuerdo que era verano, que pusimos un mantel de tela de cuadraditos azules y blancos, que había macarrones con chorizo y que apenas tendríamos diez años cada uno cuando eso ocurrió. Que no es poco para recordar.


Siempre te mira a los ojos cuando te habla y no tiene reparo en decirte que hace tanto calor que puedes morir si la tocas. Nunca sale en el centro de las fotos pero siempre está en ellas porque es de esas que une a cualquier grupo, que jamás ha tenido peleas con nadie y que siempre, siempre, consigue serenarte con su tono de voz. La estoy viendo en la piscina, la recuerdo en las noches en el parque, en locales de todo tipo y hasta bailando conmigo una canción de Mouling Rouge. La chica del puf es de esas personas a las que agradeces al cielo que haya puesto a tu lado y, de vez en cuando y sin que ella lo sepa, le pides a ese mismo cielo que no se la lleve jamás.

Tiene pecas en la cara, las uñas de colores, los ojos marrón oscuro y la habilidad de conseguir que siempre le des la razón aunque no la tenga. Fuma porque no es perfecta y tarda cuarenta y cinco segundos en cruzar un pasillo de cinco metros con el balón en los pies. Se ríe por casi todo y pocas veces la he visto llorar. Cuando la abrazas con fuerza te sientes mejor contigo, con el mundo, con tu alrededor. Es buena, amable, generosa y de esa gente en peligro de extinción con las que puedes mantener una conversación de una hora aunque haga cinco años que no hablas con ella de nada profundo. La chica del puf lo mismo te abre las puertas de su casa que te echa el cerrojo de una habitación cualquier noche de agosto; y eso, creo, es lo más maravilloso que tiene: que nunca sabes por dónde te va a salir.

Pero ante todo, poniendo en perspectiva todas y cada una de las cientos de cualidades que tiene, la primera para mí es que siempre ha estado, está y estará en mi vida. Es de ese grupo de gente con la que lo mismo discutes un día que no paras de reír al siguiente; de ese conjunto de amigos del que uno se enorgullece tanto. Ella, la chica del puf, es tan mía como lo soy yo de ella y de todas las que, al igual que ella, son capaces de meterse en una piscina llena de mierda para pasar tiempo conmigo. “Meterse en una piscina llena de mierda para pasar tiempo conmigo”, me acaba de salir, sin querer, la mejor definición de amistad que se me ocurre y he de decir que por ella, por la chica del puf, la que siempre ha estado en lo bueno y en lo malo, merece la pena hundirse hasta las narices en cualquier balsa apestosa que puedas encontrar.

martes, 11 de julio de 2017

Más que mil palabras

Una de las mayores mentiras que se pueden oír por ahí, es la de esa expresión que viene a decir que una imagen vale más que mil palabras. No estoy para nada de acuerdo.

Se postra frente a mí, una vez más, una mujer sentada en una silla tapizada en tonos rosáceos. Su mirada está fija en una cámara fotográfica que la inmortaliza mientras ella, con una sonrisa que encandila y unos ojos marrones que miran al objetivo con un brillo que te hace estar seguro de que no puede existir persona más buena sobre la faz de la tierra, se deja perpetuar. Viste de amarillo porque no le tiene miedo a la mala suerte y sus piernas se cruzan a lo Sharon Stone en Instinto básico. Eso le decía hace tanto tiempo que parece que fue ayer. 

Nunca supe dónde se la hizo, ni cuándo ni cómo ni en qué situación. Jamás le pregunté sobre esa foto, quién la sacó o si era de día o de noche; pero estoy seguro que es la instantánea que más veces me ha dejado sin palabras en todos los días de mi vida.

Su brazo derecho cae muerto sobre el reposabrazos y el izquierdo se posa sobre su rodilla desnuda. Su pelo empieza a dorarse como siempre hacía cuando los rayos de sol del comienzo del verano comenzaban a golpear contra el asfalto seco de Madrid. Su piel, esa en la que me perdí tantas veces que tengo memorizada como el Padrenuestro, comienza también a adquirir el tono ocre que me llevó un día a decirle al oído que podría ser perfectamente la mujer de mi vida… y la de todo aquel que no estuviera tan ciego como para dejarla escapar.

El suelo es negro y el corte de la imagen no deja ver el color de sus zapatos. Una chaqueta cuelga de otra butaca mientras ella no deja de sonreír y, casi sin quererlo, con esa sonrisa consigue que el cámara se mueva un poco en el momento exacto en que golpea el gatillo... y la foto sale parcialmente movida por ello. Sin conocerlo de nada y estando absolutamente seguro de que era un hombre, desde aquí tengo que decirte que a mí, querido amigo, también me habría temblado el pulso. Estás perdonado.

Recuerdo cómo achinaba los ojos cuando sonreía. Es una de esas cosas que no se me terminan de ir jamás de la memoria por mucho que me esfuerce en olvidarlo. Comenzaba guiñando un poco los dos porque jamás supo hacerlo con uno solo, y luego los cerraba despacio como una niña de cuatro años en el jardín de infantes. Se picaba cuando le hacía burla por ello y chasqueaba los labios en señal de disconformidad. A veces, si lo que le hacía reír era lo suficientemente poderoso, se ponía a llorar con la facilidad de una quinceañera viendo El diario de Noa y uno no sabía si abrazarla para consolarla o para evitar que le diera un ataque al corazón. 

Ella abrazaba muy bien.

Te cogía por debajo de las axilas y te acariciaba los omóplatos con delicadeza. De vez en cuando, más por vergüenza que por actitud maternal, te ronroneaba un “ea, ea” que, en realidad, venía a querer decir que a ella también le encantaba que la abrazases. Cómo habría cambiado la cosa si nos hubiésemos dicho todo cuando tuvimos que decirlo. Jamás salió nada bueno de la mentira o de las medias verdades, nos lo vienen diciendo durante siglos los más sabios del lugar y nosotros seguimos sin enterarnos.

Pero volvamos a la foto, que aún queda mucho por contar. Su mechón derecho cae cinco centímetros más abajo que el izquierdo y, extrañamente, no le encuentro una pulsera ni un collar cuando no puedo recordarla sin una u otra cosa. Los ojos se le vuelven rojos por la luz del flash como me pasa a mí en todas las malditas fotos que me han hecho desde que el mundo es mundo. Esa es otra cosa que nos une, pero desde luego no la única. 

Cualquiera que vuelva a visionar la imagen intenta perderse por debajo de su falda, es perfectamente natural. Sus piernas te hacen evadirte del mundo, se las vi increíblemente bonitas desde el primer día y bien sabe Dios que, años después, sigue subiendo las escaleras dejando boquiabierto a todo el que viene por detrás. 

Y es que, joder, está preciosa.

Estoy seguro de que se lo he dicho cien veces pero es ahora cuando me arrepiento de no habérselo dicho cien mil. Es tan guapa que te engancha como la droga más dura y te conquista como si el mismísimo Atila volviera del infierno con la intención de que la hierba no vuelva a crecer jamás. Es de esas personas que te amilana con la mirada, que te apacigua con su voz, que te encandila con sus ojos y de las que los imbéciles como yo no se dan cuenta de todo lo que vale hasta que un buen día, con las maletas en la mano, se marcha lejos para no volver jamás. Ella lo vale todo y estoy seguro de que algún día se dará cuenta de ello. 

Yo, por mi parte, tengo el consuelo de una foto que una vez me envió y que guardo como oro en paño en lo más profundo de mi corazón. Una fotografía que ustedes no conocen ni jamás verán. Quizá sea yo el que estoy equivocado y si pudieran observarla no habría hecho falta tanta explicación. Sin embargo, quise con estas mil y una palabra que termino de escribir, intentar que se dieran una idea de lo maravillosa que esa mujer de cabellos dorados, ojos vidriosos y corazón enorme significó para mí y para todos aquellos que un día nos cruzamos con ella en este autopista que se llama vida. Si algún día coinciden con ella, no la dejen escapar. Les aseguro que sería el error más grande que hayan cometido, cometan o jamás cometerán.

miércoles, 7 de junio de 2017

Lo seré por ti

El trago de agua fresca
cuando te mueras de sed,
o el brazo que te agarre
cuando vayas a caer.
La vela que te alumbra
cuando cae la oscuridad,
dime qué quieres que sea
y no seré otra cosa jamás.

El roce de unos labios 
que te ericen la piel,
o el sabor de una caricia
tan dulce como la miel. 
La pupila que refleje la tuya
cada mañana al despertar,
Dime lo que quieres que sea
y no dejaré de serlo jamás.

El susurro en el oído
de millones de 'te quieros',
cada país o continente
o quizá el mundo entero.
Dedos que surquen tu espalda
dibujando con tus lunares un mapa.
Dime que sea Supermán
y me pongo ya mismo la capa.

O el héroe de un cuento de hadas
o, si lo prefieres, un príncipe azul,
lo que digas, lo que exijas, 
lo que quieras y desees tú.
Aquí tu siervo te emplaza,
a que hagas lo que te plazca conmigo.
Dime qué quieres que sea, 
que me pongo con ello ahora mismo.

lunes, 5 de junio de 2017

De tacones y faldas rojas

La vio taconear enfundada en una falda roja con lunares blancos y tuvo que frotarse los ojos para entender que sí, que de nuevo la vida la volvía a poner otra vez en su camino. Sus piernas ya se habían bronceado aunque los primeros rayos de sol de la primavera apenas acababan de comenzar a romper en los tejados de Madrid. Su pelo se había aclarado también, como siempre ocurría por esas fechas: “no hay nada más bonito en todo este maldito universo que una castaña que se vuelve rubia en verano” se había dicho mil veces durante los últimos siete años. Y esa imagen no pudo más que volver a darle la razón.

El sonido de la muchedumbre pareció acallarse por el de esos tacones que ascendían escaleras arriba mientras los ojos de ese hombre henchido de amor no podían apartarse de sus piernas. Ella lo miró y él le devolvió la mirada tanto tiempo después que por un instante creyó que no podría volver a ver cómo ella se iba de nuevo de su lado. Porque si algo sabían los dos, es que ese encuentro no iba a durar más que unos míseros segundos. Y así fue.

De nuevo una sonrisa de oreja a oreja acompasando el achinar de unos ojos que él no quería dejar de mirar jamás. De nuevo el roce de su mano y el perfume de su cuello entrando por sus fosas nasales cuando, con dos besos más formales que sentidos, se saludaron mientas la gente seguía intentando encontrar su localidad. De nuevo esa maldita sensación de saber que Dios le había presentado a la misma vez a las dos mujeres más maravillosas sobre la faz de la tierra y, quizá, él había elegido mal. De nuevo, una vez más, el terrible desamparo de ver cómo ella se marchaba por una escalera y él hacía lo propio por la siguiente. Y de nuevo la necesidad de decirle por millonésima vez que no se fuera nunca más, que no podía seguir sin ella, que no quería seguir sin ella… que no sentía si no era con ella. Pero no lo dijo y otra vez más cada uno se alejó de allí por su lado, volando a partes distintas de un mundo que en algún momento del pasado más remoto pareció que se confabulaba para unirlos. Y quizá lo hizo… vete tú a saber.


Y mientras sus tacones surcaban otros suelos, pisoteaban otros corazones y bailaban en otras realidades, él volvió a caer en los brazos de otra rubia mucho más agradecida. Volvió a hundirse en ese licor con espuma y que acompasaba con su amargor el mismo sabor que desprendía, una vez más, un corazón herido que desde entonces no para de preguntarse "por qué" y sólo puede responderse con un “fue tu culpa” que se clava como una estaca en el corazón. Parece que esa es la condena eterna que el chico tendrá que soportar por el resto de los días de su vida y, muy probablemente, la tenga más que merecida.

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