miércoles, 27 de agosto de 2014

El viaje a la playa

Era inexplicablemente temprano cuando los primeros rayos de sol atravesaron las rendijas de una persiana especialmente semilevantada para que el amanecer le despertara. Quedaban por delante un par de cientos de kilómetros y había que ser raudos y prestos para evitar posibles embotellamientos en la carretera. 
Se vistió con lo primero que encontró a mano: un bañador celeste, una camiseta blanca y unas zapatillas deportivas. En la mochila, por otra parte, guardó la crema solar, sus chanclas azules y una toalla enorme donde se recostaría durante horas cuando llegase a su destino.

Como siempre, tuvo que esperar entre veinte y veinticinco minutos a que su acompañante terminase de arreglarse. “Hija, que vamos a la playa, no a una boda” le repetía desesperado cada cinco minutos. Ella, lejos de hacerle caso, seguía acicalándose a conciencia ante la desesperación de su novio, a punto ya de abandonar todo el plan y volver a uno de los lugares más mágicos, confortables y tremendamente divertidos del mundo: la cama.
Justo en el desfiladero que separa la desesperación del suicidio, ella, por fin, enfiló la puerta de la casa rumbo al coche. Por supuesto, una maleta exageradamente grande quedaba en el umbral esperando a que él, una vez más, cargase con ella hasta el maletero al son de “Y eso que vamos a pasar el día, no sé que te ibas a llevar si nos fuéramos una semana”.

El motor bramó como un toro a la salida de toriles y el vehículo comenzó a rodar por una carretera secundaria del centro de la nación con el firme propósito de pasar un día en uno de los lugares más sobrevalorados del planeta tierra: la playa. Conocido por todos era la reticencia del conductor a ese lugar alejado de la mano de Dios pero ahí estaba, una vez más, cayendo en las malévolas redes femeninas  y dirigiéndose a toda prisa hasta la costa levantina.


martes, 12 de agosto de 2014

RIP, Robin

La primera vez que me encontré con Robin Williams ‘cara a cara’ sería allá por el inicio de la década de los noventa. Fue en una de esas películas que marcan tu infancia, que revisionabas una y otra vez hasta que la cinta del VHS de tu casa empezaba a emborronarse y tenías que sacarla del vídeo, abrirle la tapa y darle un soplido fuerte con la intención de mejorar una calidad que, a pesar de ser ínfima comparada con la de los tiempos actuales, resultaba suficiente para hacer volar tu imaginación durante tardes y tardes. Hook fue, sin duda, una de los grandes clásicos de mi niñez y fue con ella cuando conocí personalmente a ese Peter Pan de carne y hueso que se había alejado de Nunca Jamás para convertirse en un ocupado hombre de negocios. Pronto me interesé más por aquel tipo de sonrisa eterna y aspecto poco hollywoodiense y empecé a devorar los clásicos infantiles que protagonizó: Señora Doubtfire, Jack, Flubber, Patch Adams y, por encima de casi todas, Jumanji. Creo firmemente que ningún niño puede decir que ha tenido una infancia plena si no ha soñado con jugar una partida a ese juego mágico que cayó en manos de Alan Parrish y su amiga Sarah.


Los años pasaron y Robin seguía ahí, en casi todas partes y durante casi todos los días. Puso voz al que, sin duda, es el personaje más divertido del mundo Disney, el genio de Aladdin, y siguió impartiendo clases de risoterapia para un público mucho menos acostumbrado a reír que el infantil. En Good Morning Vietnam supo mezclar a la perfección sus jocosos comentarios con toda una guerra de Vietnam y ganarse a una crítica que se rendiría a él con las que para mí han sido sus otras dos grandes películas: El club de los poetas muertos y el Indomable Will Hunting. 

Pero la vida, tristemente, no deja de ser una sucesión de contrastes y contradicciones. El hombre que sacó una sonrisa a tantos millones de personas se encontraba sólo y deprimido. Aquel muchacho con cara de bonachón y sonrisa imperecedera, se sumió en una depresión sin final que, según parece, lo ha llevado a la más trágica de las muertes en la noche de ayer. Al final, una vez más, la vida vuelve a recordarnos que no todo es del color que creemos ver.


Se marcha un genio del cine, un actorazo sin parangón que deja tras de sí obras de buena calidad pero, sobre todo, papeles que quedan marcados a fuego en la historia reciente del séptimo arte. Se va el hombre pero queda el legado, como suele ocurrir en estos casos en los que un grande nos deja, y pocos eran más grandes frente a una cámara de lo que lo fue él. Los días tristes como el de hoy deberían serlo menos si, en vez de pensar en la tragedia, nos parásemos a homenajear al hombre que se ha ido, visionando alguna de sus grandes obras. La melancolía debería quedar apartada si hoy, en su honor, comenzásemos a hacer realidad esa frase que dijo interpretando a John Keating allá por 1987 y que rezaba:

 "El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante, lo que no significa alocadamente, sino mimando cada situación; escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro, examinándote de la asignatura fundamental de la vida: el Amor. Para que un día no lamentes haber malgastado egoístamente tu capacidad de amar y dar vida"

lunes, 28 de julio de 2014

Agosto

Agosto se deja ya ver por el horizonte. Si entrecierras los ojos e inspiras bien hondo, te darás cuenta de que ya alcanzas a sentir el aroma de un mes distinto, de una época diferente, de un mundo que sólo podrás exprimir una vez cada trescientos sesenta y cinco días. 
Porque agosto es un mes especial, eso es una realidad incontestable. Todavía colea el calor de un verano que, sin embargo, empieza a caérsenos de entre los dedos como un puñado de arena. El calor domina los días y parece escabullirse por las noches. Esa tremenda contradicción veraniega de pantalón corto y sudadera empieza a hacerse más y más patente entre los jóvenes enamorados que bajan a hurtadillas al parque a comenzar a sentir unos labios ajenos besando los suyos. O al revés.
Porque agosto es el mes de los besos, eso lo sabe todo el mundo. Es el mes donde se consolidan los amores de verano, donde los mensajitos de texto y las miradas en la piscina ya quedaron atrás y ahora se queda con ella para tomar un helado e intentar meterle mano por debajo de la blusa en los bancos del parque, mientras el sonido del agua de la fuente acompaña como si de un violinista romano en un café de la Fontana di Trevi se tratase. Por lo menos antes era así… ahora vete tú a saber.


Agosto llega como lo hacen las grandes estrellas de cine, sabiendo que con él se empieza la verdadera fiesta pero también, irremediablemente, está más cerca su final. Comienzan las verbenas y los bailes de plaza de pueblo, las playas se masifican y los atascos desde Madrid parecen no tener final. Las faldas siguen hondeando al viento como banderas de países por explorar (Nota: el verdadero verano se termina cuando la última mujer guarda su falda más blanca en el baúl, ni equinoccios ni polladas similares) y las terrazas fluyen como el agua de un río, dejando atrás cualquier atisbo de crisis económica que pueda haber existido, exista o existirá. “Ya llegará septiembre” nos decimos cuando nuestra conciencia empieza a llamarnos la atención por la asiduidad con que sacamos la cartera a pasear. Y efectivamente, ya queda menos también para eso.

miércoles, 23 de julio de 2014

Un año sin ti

Parece mentira que haya pasado ya un año desde que te marchaste, desde que aquel terrible accidente se te llevó junto a setenta y ocho almas más a un cielo que, si existe, a buen seguro pocos lo merecían más que tú. Un año ya desde que en aquella terraza de verano me enteré de que te nos habías ido... cómo pasa el tiempo.
Es un hecho que jamás te conocí y que nunca interactué contigo más que por medio centenar de tuits en ese fabuloso medio que a tanta gente me ha unido. Aun así, sentí tu partida como si te conociese desde siempre, como si nos hubiéramos emborrachado cientos de noches o como si hubiésemos visto mil partidos juntos. Y la sigo sintiendo, por muy raro que siga pareciéndome.

Hoy es un día melancólico y triste para toda la familia tuitera y, por supuesto, para todos aquellos allegados a ti que ahora estarán recordándote con congoja y, seguro, también con un amago de sonrisa añorando esos grandes momentos que nos hiciste vivir a todos. A mí personalmente me encanta pensar que el hombre que nos dejó hace trescientos sesenta y cinco días sigue estando entre nosotros con cada retuit que alguien rebusca en ese maravilloso baúl de los recuerdos que era tu cuenta personal de Twitter. Te volvemos a traer aquí con cada frase célebre que marcaste para la posteridad comandada por ese 'Hala Madrid... hijos de puta' que ya se ha convertido en una seña de madridismo incondicional, de genialidad absoluta, de amor por unos colores y, por supuesto, de una admiración eterna hacia ese gran aficionado del Real Madrid que parece que se marchó pero nunca se termina de ir. Pocos pueden decir, desde el anonimato de las redes sociales, que se han hecho un icono del madridismo. Tú, querido Juanan, lo has conseguido con creces.

El año de la décima fue el de tu partida y todos sabemos con seguridad manifiesta que tú has sido uno de los principales causantes de la consecución de la misma. Estuviste presente en la camiseta de ese capitán sin brazalete en el césped de Mestalla y levantaste con sus brazos esa puñetera Copa de Europa que tantísimo se resistía. Fuiste uno de los privilegiados que vio el partido desde el cielo y el único que también saltó al césped a pasear con la orejona en el pecho de Arbeloa. Hasta en eso has sido grande.


Cuando se cumple un año de la tragedia, sigues más vivo que nunca en nuestros corazones. Te convertiste como tantos otros en una parte prioritaria de nuestra familia cibernética y, no te quepa duda, que lo sigues siendo. Tu recuerdo es el legado más importante que nos has dejado, nuestro deber es hacer que no te termines de marchar nunca, que sigas presente en unas vidas que, por lo menos en mi caso, tocaste apenas de refilón pero marcaste profundamente. Siempre te consideré un amigo y, por supuesto, siempre lo seguirás siendo allá donde estés.

Hoy quise recordar a Juan Antonio Palomino en el día que se cumple un año de su fallecimiento, pero gracias al cielo, vosotros os encargáis de que jamás se me olvide que, en una ocasión, tuve el inmenso honor de conocer de una grandísima persona, un enorme tuitero y un madridista de corazón que me hizo sentir que las redes sociales pueden unir tanto como una tarde de cervezas en un bar.

Te llevamos presente, amigo. Siempre contigo, eternamente a tu lado.
#LiveForever

domingo, 20 de julio de 2014

Todo se reduce a eso

Jamás ninguna máquina, tecnología conocida o por inventar, móvil, cámara, robot o instrumento podrá superar el poder del cariño humano. Nunca.


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