sábado, 24 de enero de 2015

Noche de viernes

El hielo, que hasta no hacía mucho había llenado el vaso, se había derretido ya.
La botella, que hasta no hacía demasiado permanecía precintada, comenzaba a ver su final.
Él, que hasta no hacía tanto había estado sobrio, comenzaba a pelear con sus pies para no trastabillar.
La luz, que había cegado sus ojos no muchas horas atrás, se apagaba con cada sorbo de un whisky cada vez más dulce, más placentero, más cálido al paladar.
El mundo, que había rodado sin descanso durante siglos, no daba síntomas de seguir haciéndolo en la actualidad.
La luna, que lucía en lo alto del firmamento, volvía a escuchar sus aullidos de súplica una vez más.
Las estrellas, que se habían escondido entre nubarrones, rayos y centellas, brillaban como faros marcando un camino al que ya no volverá.
La cama que tantas veces había humedecido con su sudor, se sentía fría, aburrida y deseosa de gritar.
La quietud, que siempre había sido nota discordante en la partitura de sus días, se había convertido ahora en una constante difícil de escapar.
La música, que durante meses había permanecido apagada, volvía en el ambiente con fuerza a resonar.
La inspiración, que durante semanas había estado ausente, encontró el camino para regresar.
El texto, que se iba llenando de lexemas y morfemas con el teclear de sus yemas, clamaba por terminar.
Los dedos, deseosos de acariciar pieles ajenas, se conformaban con aporrear un teclado cansado de penar.
Sus ojos, adormecidos y cansados, se empezaban a entornar.
Su alma, encogida de tristeza y melancolía, suspiraba por irse a descansar.
Y el punto, que tantas había sido seguido, de repente y sin darnos cuenta, se convirtió en uno final.

miércoles, 14 de enero de 2015

Microcuento (VII)

Dibujé un mapa del tesoro que comenzaba en tu ombligo, que recorría tus piernas, que escalaba tus pechos y que moría en tu boca. Una caminata de pocos centímetros y muchas paradas, de piel erizaba y susurros lascivos, de las que te vuelven loca, de las que te sacan de quicio, de las que aligeran el paso, desechan lo casto y enaltecen el vicio.

Encontré el cofre de tus besos perdidos, de tus caricias regaladas, de tus labios prohibidos, de tus ojos perdidos y mis manos atadas. Atadas a un cuerpo que no quiero que huya, que hoy es mío para siempre, que no suelto por nada, que no dejo que se marche, que no quiero que se escape, que no consiento que me deje, que no permito que se aleje.

Te encontré de norte a sur y de este a oeste, y nombré territorio adjudicado los cuatro puntos cardinales en los que en una noche de empañados cristales, con permiso y sin reparo, te hice mía para siempre. Y fue ahí, entre sábanas de franela y un colchón que no paraba de gritar, donde puse de manifiesto a los dioses conocidos que en aquel país recién explorado no habría más habitante que un muchacho obsesionado, que un joven entregado, que un niño desamparado, que un hombre enamorado. Fue allí, en la alcoba donde te vi desnuda, donde supe con toda certeza y no tuve ninguna duda, de que mi cama no volvería a quedar viuda y que en mi puzle, por fin, comenzaban a encajar las piezas. Allí, a la luz de un radiador mutilado, reconocí ante el mundo que me habían conquistado.

lunes, 5 de enero de 2015

El beso que nunca llegó

El ambiente permanecía iluminado tenuemente por la luz que desprendía un cartelito azul del canal de una radio cualquiera de la tdt. Una manta vieja servía de arropo ante el frío invernal de un salón que hacía demasiado que permanecía gélido, sin vida, destinado a una soledad total. Debajo de ese trozo de tela, las manos de dos amigos se entrelazaban después de todo un día deseando hacerlo y no atreverse a ello. Quedaba poco tiempo y había que aprovecharlo.

Sobre la oscuridad casi absoluta del lugar, resplandecían los mechones de su pelo dorado. Habían hablado de todos y de todo, sin excepción, sin esconderse de nada ni de nadie aunque sólo, y por desgracia, en el sentido figurado de la expresión. Sus ojos se encontraban de vez en cuando y se miraban con el cariño que lo hicieron antaño, en algún mundo lejano donde todo era distinto, más alegre, menos dañino, más quimérico y menos real. Una época que había quedado atrás.

Él pensaba que no la encontraría más guapa que entonces pero, de nuevo, se equivocó. Los años habían impregnado en ella un aura de madurez que la hacía, todavía, más interesante, más bonita, más mujer. Atrás quedaba esa niña que resoplaba cuando su boca se perdía en su cuello. Ahora, frente a él, se hallaba una mujer hecha y derecha, como dicen las viejas de pueblo. Una señora de los pies a la cabeza, con la elegancia que siempre la caracterizó y el carácter dulce y amable que un día estuvo a puntito de enamorarlo para siempre. Aunque nunca era tarde para eso.

Las circunstancias de la vida, eso sí, eran bien distintas a las de esa época idílica que había desaparecido. Lo que una vez consideró como suyo, como la fortaleza donde guarecerse en las frías noches de enero, ya no lo era más. Otro ejército moraba ahora allí y él debía acomodarse en los aposentos que se le reservaban con caballerosidad manifiesta y una honda y escondida decepción. No quedaba más remedio por muy difícil que se le hiciese toda esa situación.
Sin embargo, ambos sabían que esa reunión no era solamente amistosa. Ni mucho menos. Sus cabezas se acercaban más y más con el transcurrir de los minutos, ansiando un primer beso que no terminaba de llegar. Las miradas se alargaban, las sonrisas nerviosas relucían, los labios se humedecían de vez en cuando para preparase para un instante que los dos deseaban pero que no se terminaba de producir. Ni se podía producir. 
Se miraban las bocas, se abrazaban con fuerza, se acariciaban las pieles y, finalmente, volvían a mantener la distancia. Temerosos, respetuosos con aquellos con los que debían serlos y, sobre todo, con ellos mismos. Y así debía ser.
El reloj fue consumiendo la tarde y la hora del adiós llegó. El sofá de la fría habitación quedó atrás y un hall deshabitado fue el escenario elegido ahora por los actores para el acto final de una tragicomedia maravillosa que concluía ahí, al menos en su primera parte. Los abrigos ya estaban en las manos y la oscuridad de una casa que volvía a quedar en penumbra una semana más, lo ocupaba todo, como siempre debió ser en cualquier acto romántico que se precie. Ella le pidió un abrazo y él, acongojado y acojonado, se lo dio. Notaba como su corazón latía con fuerza y eso le evocó otra retahíla de recuerdos. Se separaron despacio y él pudo notar su aliento en el cuello. No alcanzó a recordar una vez que deseara más arrebatarle un beso a alguien, perderse en su lengua durante toda la noche. Pero no lo hizo. De nuevo, no pudo hacerlo. En lugar de aquel beso pasional y romántico salió a relucir el que quizá él más odiaba: uno lento y fraternal en su frente. Probablemente el beso más descafeinado de todos cuantos existen. 

La miró por última vez y la dejó escapar a los brazos de otro. Entre improperios y lamentos, la chica que adoraba y que tan feliz le hacía, el talismán que le devolvía la suerte, su amuleto, su amiga y su amor, se marchaba lejos para volver a la cama de quien en su momento sí pudo y quiso amarla. De un chico sin nombre ni apellidos que supo darse cuenta del tesoro que le había caído del cielo y que no dudó un segundo en luchar por él hasta el final. “Hombre afortunado aquel” pensó el muchacho. “Y bastante más listo que yo”.
Y de la opacidad de la casa, sin darse cuenta, se vieron envueltos en el manto de una luna llena que les marcaba el camino a otra. El anillo con el que había jugueteado durante toda la tarde se marchaba a hacerlo con las manos de otro. Esos ojos pardos que lo habían mirado con cariño, se iban lejos de nuevo. La constelación de lunares que poblaban su pecho se alejaban de allí para ser exploradas por algún astronauta que sí tuvo el valor de subirse a la nave espacial en su día mientras él, el cobarde que no quiso, pudo o supo hacerlo, quedó en el hangar de la estación espacial con el casco en la mano y la mirada perdida, maldiciendo el día en que dejó escapar su oportunidad y prefirió quedarse en la dureza de la tierra antes de volar al espacio con la mujer más maravillosa de que se tiene constancia.


sábado, 3 de enero de 2015

2014-15

Las últimas gotas de cera de la vela del año 2014 van cayendo sobre la gran mesa del infinito espacio-tiempo mientras, casi sin darnos cuenta, la mecha de la siguiente comienza a calentarse al fondo de la habitación para iluminar, ya mismo, el nuevo 2015 que se nos ha echado encima. ¡Qué nervios, qué emoción!
El año del ébola, el pequeño Nicolás, Felipe VI, Pablo Iglesias o el mordisco de Suárez a Chiellini se va cabizbajo en un taxi después de haberse puesto las botas en media docena de cenas navideñas, comilonas de empresa y quedadas de amigos o compañeros de clase. En la memoria, mil y una historias que contar, doscientos millones de momentos, algún que otro beso robado, cientos de resacas y, todavía, algunas lágrimas que, por desgracia, no se terminan de ir. 

Trescientos sesenta y cinco días que ya no volverán. Doce meses con 109 casos (conocidos) de corrupción, casi a diez por cada uno tocamos. Ocho mil setecientas sesenta horas que parecían interminables y que ya están a punto de clausurar un calendario que se nos queda sin hojas. Más de medio millón de minutos donde todavía sigue resonando con fuerza ese maldito vocablo al que juramos que desterraríamos y que no se acaba de marchar. Esa crisis déspota y asquerosa que sigue instalada en cada provincia, en cada ciudad y en cada barrio de un país al que ya no se le puede exigir un sacrificio más, al menos no a los que vienen sacrificándose desde hace ya demasiado tiempo: a tu vecino y al mío, a su abuelo, primo, sobrino o amigo de éste, suyo o el de aquel que tienes ahora mismo al lado o te mira de reojo desde la butaca del salón.

El 2014 ya se encuentra en el hall de casa intentando cerrar la última de las maletas para transitar hacia algún desconocido lugar. Mientras, afuera, otro caballero con traje gris y corbata color caoba enciende la alarma de su coche para subir después los peldaños que los separan de la cena de fin de año que le espera calentita en la cocina. El primero se lleva consigo a Robin Williams, Lauren Bacall, Luis Aragonés, Cayetana de Alba, Adolfo Suárez o don Alfredo Di Stéfano. El segundo, por su parte, nos trae alguna cigüeña que otra para compensar. Siempre ha sido así y siempre así será.
El año del fracaso del Mundial deja paso a otro sin Campeonato del Mundo, Eurocopa, juegos Olímpicos o tan siquiera esa apestosa Copa Confederación. Se avecina uno de esos ‘verano de mierda’ como se conoce vulgarmente en mi círculo más cercano a los estíos donde no hay más fútbol que las pachangas de las ocho de la tarde en la pista del pueblo. Finiquitamos el año de la décima, el de Mireia Belmonte y Marc Márquez, aquel en que Alonso dejó Ferrari para poder ganar y Roger Federer no dejó de hacerlo. Hay cosas que parece que nunca van a cambiar.


A lo lejos se atisba a ver de nuevo una ceremonia de los Oscar donde DiCaprio no lo ganará, como tampoco lo hizo meses atrás ante un Matthew Mcconaughey que le arrebató merecidamente la estatuilla más preciada a uno de los actores que, seguramente, más la ha merecido. Star Wars, Jurassic World y hasta si me apuran 50 Sombras de Grey coparán la celulosa de las grandes salas mientras Intellestelar, El Hobbit o la infravaloradísima Her quedan desterradas a la quietud de la estanterías de grandes DVD´s de casa. Por otro lado, peores sitios hay que ese.
Se despide un año de amor y besos y les deseo otro con mayor porcentaje de estos en sus vidas. Que el confeti los empape y las lágrimas sólo sean de felicidad. Que disfruten del buen cine, de las grandes series y de la mejor compañía, desterrando de sus vidas la mediocridad, lo grotesco y lo tosco. Que el 2015 los encuentre bañados en alcohol y sonriéndole a un mundo que cada vez parece más mustio, más gris, menos alegre y más pútrido en muchos lugares del país, comenzando por ese hemiciclo flanqueado por leones. Les deseo salud, dinero y amor, como ya hacían Cristina y los Stop allá por el año 67 del pasado siglo. Que no les falten buenas películas en el año en que se cumplen cien del nacimiento de Orson Welles; sexo en el que Linda Evangelista cumple cincuenta (un saludo para Linda, que sé que nos lee), o música cuando pasa un cuarto de siglo desde aquel Blaze of Glory de un Jon Bon Jovi que se iniciaba en solitario.

En definitiva, espero de corazón, un final de año tan increíble que sólo pueda ser eclipsado por un principio de 2015 mil veces mejor. Que se pierdan en noches interminables, que se encuentren en días que deseen que no terminen jamás. Que los acompañe la dicha, la lujuria, la fortuna y la felicidad y que recordemos el nuevo 2015 que ya comienza por ser el mejor de nuestras vidas. Intentémoslo al menos, que no se diga que no pusimos toda la carne en el asador, que no nos tachen de cobardes, que no puedan reprocharnos que no exprimimos cada instante como si fuera el último. Que lo que viene sea siempre mejor que lo que se va. Ojalá sea así, para ustedes y, si mi permiten decirlo, también para mí. Ojalá todo venga a mejor, ojalá lo malo lo podamos, de una vez por todas, terminar de desterrar.

lunes, 29 de diciembre de 2014

La chica de la sonrisa perpetua

De nuevo la noche se había apoderado de su vida y el sonido estridente de la música comercial inundaba un ambiente festivo que evocaba tiempos pasados, épocas pretéritas o mundos que parecían haber quedado atrás.
Fue entre la intermitencia del neón cuando sus ojos encontraron una cara conocida entre la multitud. Su pelo, dorado como el mismo oro, se mecía en el ambiente como la cuna de un bebé. Su cuerpo se posaba sobre dos tacones negros que hacían juego con una falda del mismo tono, que dejaba ver dos piernas en las que tantas veces se había perdido, de punta a punta, en los sueños de la última década.
Sus miradas se cruzaron y se mantuvieron fijas durante un segundo que se alargó más de la cuenta. Finalmente ella cedió y volvió a dirigirla a la pista de baile mientras él, obnubilado, siguió inamovible ante la visión que le presentaba aquel pub que hacía tanto que no frecuentaba. Sus recuerdos volvieron a años atrás, cuando ese mismo chico oteaba desde lo alto de la pasarela a cuantas mujeres entraban en ese local como lo hacía también en ese instante. La música del Dj volvía a recordar esa época de botellones, veranos y fiestas de guardar. Volvía a evadirlo del presente para trasladarlo a un tiempo que había intentado exprimir como un naranja madura. Se vio en el mismo lugar, con la misma compañía y las mismas melodías que diez años antes resonando en sus oídos y recordó que entonces también ella seguía presente en sus más hondas ensoñaciones, en sus más lujuriosos sueños, en sus más pecaminosas fantasías.

El perfume de su cuello inundó sus fosas nasales cuando, por fin, consiguió acercarse a charlar con ella. El “Hola, ¿cómo estás?” quedó pronto desterrado por un “Estás preciosa” que la sonrojó. Se armó de valor para que la superficialidad de una charla coloquial no fuera la tónica de una noche que él intuyó de pasión y romanticismo, y pronto comenzó a agasajarla con palabras subidas de tono y piropos sobre cualquier punto de su cuerpo. Ella comenzó a reír y él se dio cuenta de que no podía recordarla de otra manera. Era la rubia de sonrisa perpetua, fija, perenne e imperecedera. Siempre estaba así, feliz, sonriente, llena de dicha y alegría. Sus ojos se achinaban con cada preciosa mueca que su boca sacaba a relucir y el muchacho comprendió que junto a su bonita cara y ese cuerpo que tantas veces había ansiado desnudar, lo que más le atraía de ella era precisamente eso, su vitalidad constante y su felicidad permanente.

La noche se fue consumiendo como una vela en la penumbra y él regresó una vez más a casa solo y desamparado. Los primeros rayos de sol de un domingo de resaca anunciaban que ya era hora de marchar a la cama: “el rico a su riqueza y el pobre a su miseria” como en la ‘Fiesta’ de Serrat. El astro sol volvía a encontrar a los amantes empañando los cristales de algún viejo automóvil, a los viejos cotilleando en las puertas de los bares y a un chaval de aspecto cansado y el corazón sobrecogido por una chica de cabellos abrillantados que soñó por un momento que sería suya y que ahora, para su desgracia, volvía a despedirse de ella para dejarla viajar a los brazos de algún afortunado que pronto hundiría su lengua en la boca que el tanto deseaba besar.

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