lunes, 18 de enero de 2021

Noches de invierno

Se acordó entonces de que si mirabas fijamente y durante unos segundos a ese par de ojos negros como la misma noche, podías ver el universo allí dentro, girando en la oscuridad de sus pupilas, descubriéndote, uno a uno, sus secretos más ocultos, e hipnotizándote hasta el punto de no querer saber nada más del resto del mundo.

Sonreía con la dulzura de una adolescente y se sonrojaba con cada palabra, con cada cumplido, con cada mirada y con cada gota de vino resbalando por su garganta. Sus pómulos se tornaban rojizos como una manzana madura y se tapaba de vez en cuando la cara con las manos para ocultar un rubor imposible de esconder del todo. Él se degustaba con esos momentos, se sentía poderoso con las palabras, sabiendo que ahondaban en ella como un cuchillo entrando en un taco de mantequilla caliente. La observaba y no apartaba de ella sus ojos, quizá por el temor a no volver a verla y, seguro, para regocijarse por todo lo que le había costado tenerla ahí. Al final, la vida no es más que pararse a degustar los pequeños momentos donde culminas grandes gestas. Y esa era una de las más grandes de su vida.

Luego la besó y sintió el roce de sus labios por primera vez. Segundos después, no más de dos o tres, el tacto de su lengua guerreando con la suya. Sus manos dejaron el candor para perderse en su pelo y él utilizó las suyas para hacerlo en un cuerpo que ahora se hacía real tras tantas y tantas noches apareciendo en su imaginación. Y, poco a poco, con la cautela de un cazador que tiene atrapada a su presa, empezó a quitarle la ropa.

 

Primero una chaqueta que se resistió y luego el sujetador que no lo hizo en absoluto. Se perdió en aquellos pechos como un niño que se suelta de la mano de su madre en una feria. Los sintió cálidos en su boca y sus manos los apretaron con fuerza mientras ella soltaba el primer gemido de toda una serie infinita. El eco de una hora de charla se apagó para siempre y en aquel salón frío tan sólo se escuchaba el chasquido de un par de labios y, de vez en cuando, un suspiro ahogado que indicaba que, de momento, todo marchaba bien.

Cuando apenas quedaban un par de calcetines que quitar, la cama los recibió complaciente a unos metros de distancia, y allí culminaron un ritual que llevaba demasiado tiempo esperando, que había tardado demasiado en llegar. Las palabras de cariño se tornaron libidinosas y el tacto y el decoro parecieron esfumarse para dejar paso a una lujuria propia de relatos para adultos. El frío del invierno se escurrió por algún recoveco y allí, en aquel cuarto escondido de todos, enero se convertía en una caldera a presión que alcanzaba temperaturas propias de otros tiempos, de otras estaciones y de otras latitudes. El sudor resbalaba por unas pieles a punto de la combustión y la paz reinante dejó lado a una concatenación de rugidos, mordiscos, gemidos y besos. Para que luego nos digan que sólo Dios puede hacer milagros.

Pasaron los años y sólo quedó el recuerdo: el de su piel, el del olor de su cuello, el de su pelo azabache, sus manos calidas, sus muslos desnudos y el amor en su boca. Tan sólo quedó la imagen de una sombra llegando a escondidas y marchándose por la puerta de atrás que, sin embargo, regresa de vez en cuando a sus sueños y hace que la noche más fría del año se convierta, una vez más, en un infierno de pasión como pocas veces el mundo fue testigo.

lunes, 4 de enero de 2021

Llorar

Llevo reflexionando varios días sobre eso de llorar. Qué cosa esa, ¿eh? No puedo encontrar otra acción humana que utilicemos, consciente o inconscientemente, tanto cuando nos colma la alegría como cuando nos invade la pena más grande. Es un acto extraño en sí: expulsar pequeñas gotas de agua por los ojos. Si te paras a pensar, es raro de cojones. Puedes estar meses sin hacerlo o pasar una semana entera sin poder parar. Te provoca ansiedad y alivio, rabia o felicidad, te impulsa a abrazarte con fuerza a la primera persona a la que encuentras o te hace mandar a la mierda al que menos lo merece.

Hacía meses que no lloraba. Y eso que el año ha sido propicio para ello. Mi madre siempre dice que llorar “libera toxinas” y yo creo que aguantar demasiado las lágrimas ennegrece el corazón. Y estoy seguro de que ambos llevamos parte de razón. No soy docto en la materia para saber los efectos físicos, anatómicos o biológicos que trae consigo llorar, pero sí lo he hecho las suficientes veces para saber que es purificador para el alma, que te regenera por dentro y que es una parte muy importante del impulso que uno necesita para salir de pozo cuando se ha tocado el fondo.

A mí se me aclara mucho el iris y se me enrojece a rabiar la esclerótica (bien sabe Dios que lo he tenido que buscar en Google), se me quedan los ojos de un verde clarísimo que dura muy poco y me salen unas bolsas azules horribles para compensar. Además, me he dado cuenta de que produzco una pena  inmensa a quien me mira cuando lloro, quizá por la expresión que se me queda o, quizá, porque no acostumbro a llorar en público. Vete tú a saber.


Aunque no lo hago con frecuencia, nunca lo he visto como algo de lo que hay que avergonzarse, más bien lo encuentro tierno, algo que no haces delante de todo el mundo, que evitas todo lo posible hasta que te encuentras con esa persona en la que confías tan plenamente que tu propio cuerpo te anima a romperte allí mismo frente a ella. Ahí te dejas llevar y, entonces, sale rebosante ese torrente de pena que presionaba con fuerza la frágil presa de tu orgullo. Cada uno necesita su tiempo, eso es cierto, pero no es menos cierto que el caudal siempre termina remitiendo y, al final, la corriente se seca como un afluente en verano. Y entonces, casi sin darte cuenta, el dolor parece haber remitido. Seguramente no desaparezca en un tiempo, probablemente el depósito vuelva a llenarse pronto y haya que vaciarlo una o mil veces más, pero ese mecanismo divino (porque no tengo dudas de que Dios está detrás de todo eso) te hace soportar el desconsuelo cuando crees que no puedes más, cuando el amor de tu vida se te escapa una fría noche de diciembre, suspendes un examen importante, se marcha un ser querido o te das cuenta de que ese amigo del alma en realidad no lo era tanto.

Cuando el dolor atenaza tu espíritu y de nada sirven las palabras o el consuelo, sólo nos queda llorar. Y eso es mucho, muy sano y revitalizante. De hecho, cada vez estoy más convencido de que es un de los gestos más bellos del ser humano. Llorar a ver por primera vez a tu hija recién nacida o al despedir a tu padre, por amor o porque piensas que ese corazón roto no volverá a latir, por un premio que no esperabas o por una desilusión de no haberlo ganado tras mucho esfuerzo. No importa el motivo sino la lección: cuando la vida te lleva al límite de lo soportable, tú mismo puedes dar un paso más, decir “aquí estoy, soy vulnerable, lo reconozco, pero mi propio cuerpo me va a ayudar a pasar este bache” y recordar o, al menos intentarlo, que tras la tempestad viene la calma y que hasta las lágrimas de mayor pena, tarde o temprano se convierten en otras de tremenda felicidad.

martes, 29 de diciembre de 2020

2020

Se marcha el año de las lágrimas de pena, los hospitales rebosantes, los entierros solitarios, las bodas canceladas y la distancia de seguridad. El año de la muerte y el miedo, de las mentiras  para arañar un mísero voto, de las sonrisas tapadas por trozos de tela, las restricciones, los toques de queda, el cierre de fronteras y todo lo demás. Se va terminando, poco a poco, la época de las calles vacías y las casas llenas de papel higiénico, de las despensas repletas y las colas interminables para comprar todo lo que no se necesita con tal de que no lo tengan los demás. Muchos meses sin caricias ni besos, cambiando esas dos cosas fundamentales por un insulso choque de codos o un amago de abrazo frenado por el qué dirán. Infinitas horas sin ver a los seres queridos mas que por una pantallita, intentado paliar la necesidad de tomarnos una cerveza juntos haciéndolo a distancia por Skype, o cambiando la sensación de surcar la montaña a lomos de la bicicleta por la monotonía del rodillo o la cinta de correr. Un año que nos fue arrebatado por un maldito virus cuando creíamos que éramos intocables, invencibles e inmortales. El año de las escapadas a escondidas, el del miedo a contagiar, el de la soledad absoluta, la mirada perdida, los amigos disipados y otros que creían que vendrían pero no, no terminan de llegar. El de las colas del hambre y el desempleo, un 2020 que entró por la puerta sin hacer ruido, marcando el final de una década donde todo parecía mejor y nos enseñó que lo verdaderamente importante es esa gente que tenemos al lado, las pequeñas cosas placenteras y la vida que llevábamos cuando todo era alcohol en la calle, bares repletos, gente cercana y amor por doquier.


Sin embargo, concluye también un año en el que volví a leer tanto como lo hacía en la facultad. El año de Javier Aznar, Francesco Piccolo, Gistau (Dios lo tenga en su gloria), Julia Navarro, Federico, Juan Gómez Jurado y alguno que me dejo por ahí. Y el mío, por qué no decirlo también. Se marcha la época en la que más he valorado a la gente, a la de verdad, a esa que está ahí siempre, pase lo que pase, y nunca se va. Un 2020 que significó el fin de una vida y que inicia para mí otra, el del fin de un proyecto y el principio del nuevo, el que me ha hecho pararme en la cima a respirar hondo y sentir el aire entrando por mis pulmones, purificador, limpio y repleto de esperanza. Tiempo de meditación y pizza, reflexionar sobre lo que quiero y sobre a quién quiero: entender, si es que había algo que quedaba por entender, qué es lo importante y qué es trivial, qué es lo que me llena y qué lo que me da exactamente igual. Cerveza alemana y vinos de calidad, asados, muchos meses sin whisky y luego uno riquísimo para celebrar la vida y que aquí seguimos, disfrutando del mayor regalo con el que nadie nos ha podido obsequiar. Este será el año de la reforma de casa, de la Liga sin público que, al final, siempre acaba ganando el mismo, porque por mucha pandemia que venga el Madrid es lo más grande que hay, hubo y siempre habrá. Un año con lágrimas de pena pero también de felicidad, el de prometerme que no le volvería a decir nunca todo lo que la quiero y, claro, tener que retractarme luego, porque la quiero tanto que no puedo dejar de decírselo. Solomillos con salsa a la pimienta, un invierno de enhorabuenas, niños que vienen y padres que, tristemente, se van. Al final este año, con todo lo malo que ha sido, nos enseña una valiosa lección: que la vida, aunque parezca a veces oscura, es un camino donde siempre termina saliendo el sol. La esperanza puede con la pena, el amor con todo lo demás y cada segundo que pasamos es una dádiva que deberíamos aprovechar.

Os deseo toda la felicidad del mundo en este nuevo curso que comienza pero, sobre todo, os deseo de corazón a todos que comprendáis que cada segundo cuenta y que lo que no digas, hagas o améis ahora, ya mismo, es algo que te estás perdiendo y que no volverá.

jueves, 29 de octubre de 2020

Roma

Pisaba el suelo adoquinado de la ciudad más importante de la historia de la humanidad con una sensualidad pasmosa, con atrevimiento impropio, con una clase que no se había visto en aquellas calles desde que Anita Ekberg se bañase en sus aguas hace ya mucho, muchísimo tiempo. Él la miraba unos pasos atrás con incredulidad manifiesta, preguntándose una y otra vez qué habría hecho de bueno en su vida para merecer aquello, para observar de primera mano el contonear de esas caderas o, de vez en cuando, la forma maravillosa en que ella se volvía y le sonreía. Y no encontraba explicación.

Sus vaqueros se perdían entre la muchedumbre y, segundos más tarde, volvían a resurgir ante sus ojos. Le daba la mano y caminaba a su lado durante unas cuantas calles, feliz, risueña, como una niña a la que regalan su muñeca favorita el día de Navidad. Luego, lo soltaba y volaba libre a perderse en los escaparates de las tiendas de lujo cercanas a la Plaza de España, a otear, uno a uno, sus interminables escalones o a quedarse embobada en la arquitectura de esos edificios inmortales que, como la misma ciudad que los cobija, parece que llevan ahí desde siempre y por siempre permanecerán.


Caminaban sin prisa por la urbe que no conoce qué es eso. Enfilaban Vía Crescenzio dejando a sus espaldas Tierra Santa y cruzando una y otra vez las aguas turbias del Tíber. Cuando se cansaban de andar, buscaban un bar que sirviese cerveza bien fría a un precio relativamente justo y se sentaban a beberla tranquilos, mirándose a los ojos y, de vez en cuando, diciéndose lo mucho que se querían. Vagaban por el alquitrán y los adoquines como marineros perdidos en alta mar y se fotografiaban como turistas japoneses en cada rincón, inmortalizando unos recuerdos que conservarían siempre para, quizá, enseñárselos a sus hijos el día de mañana. O a sus nietos. Vete tú saber.

Se maravillaron con el Panteón y la Fontana al anochecer le pareció a él la segunda cosa más bonita que había visto en su vida. Primero iba ella, claro. Con sus Converse claras y su piel oscura, los rayos de sol rompiendo en su melena castaña y todo el mundo a sus pies. Su camiseta rosa y las gafas de sol colgando de un escote que bien podría haber hecho arder la capital del mundo como antaño. Sus mejillas sonrojadas y el brillo en su mirada, sus pestañas manchadas de rímel y esos labios a los que un día juró fidelidad eterna.

El coliseo la recibió como lo hubiese hecho con Cleopatra si se hubiese dignado a salir de Egipto. Grabaron sus nombres en la piedra y el recuerdo, para siempre, en lo más profundo de su corazón. Volvieron al hotel y se amaron durante tanto tiempo que el mundo dejó de rodar y él, en un momento dado, suplicó que así fuese para siempre. “Que no se me vaya nunca” le rezó a cualquier dios que pudiese oírlo mientras ella dormía desnuda a su lado. Lo hizo con tanta vehemencia que creyó que alguien lo escuchaba y respondía a sus plegarias con un guiño. Sin embargo, no fue así. Y el sueño se convirtió en realidad de un segundo para otro, y ella desapareció de la cama, de Roma y de su vida casi sin darse cuenta, escurriéndose de entre sus dedos como un montón de arena. 

El olor a su piel fue lo último que recuerda, después de eso, la nada. El sabor a su boca y el tacto de sus labios se esfumaron para siempre de su realidad y quedó, únicamente, guardado en su subconsciente para salir a la luz en sus sueños durante las noches más frías de invierno. Y él comprendió que había sido demasiado pretensioso y que Roma había vuelto a salir vencedora, una vez más. Ni siquiera ese amor que parecía imborrable e imperecedero, que por un momento creyó ser la fuerza más poderosa del universo, pudo con una ciudad que estuvo ahí antes que nadie y que, incluso, fue más fuerte que el sentimiento más poderoso que ese chico jamás sintió y, probablemente, jamás sentirá.

lunes, 26 de octubre de 2020

Éramos ricos

Éramos ricos… y no lo sabíamos.

Teníamos el bullicio de las calles abarrotadas de gente, las faldas ondeando al aire y los tacones resonando en las baldosas como si de un ejército invasor se tratase. Teníamos el olor a castaña recién hecha, los puestos ambulantes, el cruce de miradas y las colas en las tiendas. Ahora sólo queda la quietud de avenidas vacías, pueblos tristes, abatidos y apesadumbrados y ciudades que se despiertan taciturnas y se van pronto a dormir.

Teníamos el calor del abrazo sanador de nuestra gente. El beso lento y suave, los dos de cortesía y el susurro lascivo de aliento a ginebra con pecaminosos mensajes subliminales. El “vente a casa a cenar” o el “quedamos en el bar a tomarnos una rápida”, el sonido de la muchedumbre en el estadio, el de las canciones a capela en los auditorios o el del nerviosismo de la sala de cine a la espera de que comience la última de Nolan. Ya no queda nada de eso, se lo han llevado todo y todo, por ende, se ha vuelto un poquito peor.

No queda rastro de los paseos hacia el campo, ni los amantes comiéndose a besos en el césped del parque. Se ha perdido eso de abrazar y lo hemos cambiado por un choque de codo insulso, horrible y exasperante. Ya no hay comidas familiares ni los niños corretean por las calles detrás de un balón. Nos espera una Navidad de cenas solitarias, sin los regalos, los besos, las anécdotas del abuelo ni los pasteles de mamá. Se llevaron las bodas, el arroz volando por los aires en la puerta de la iglesia, las fotos del grupo y todo lo demás. Los bautizos y las tradiciones, las fiestas, la feria, los encierros y los fines de semana de no salir del bar. Parece incluso que uno ya no tiene ganas ni de cumplir años porque, casi seguro, no podrá tener cerca a todo el que quisiera invitar.

Ya no se visita a la abuela por el miedo a contagiarla. De fondo, el pavoroso escenario de perderla y, además, de no poder siquiera despedirte de ella. Un buen día, las sonrisas desaparecieron de nuestras vidas y las cambiaron por ese azul celeste de mascarilla quirúrgica que uno no puedo mas que odiar con toda su alma. Ya no ves el sonrojo en sus mejillas cuando la piropeas, ni la curva de su boca cuando se ríe por ello. Sus palabras suenan más graves y lo más grave de todo es que, a veces, ya no recuerdas cómo era su voz. 


Nos robaron la posibilidad de vernos, de charlar y deambular juntos por las calles sabiendo que tenemos toda la noche para nosotros. Ni siquiera eso, la noche, la tenemos ya. Toque de queda, nueva normalidad o distancia de seguridad se han apoderado de un mundo peor que el que teníamos y que, ahora, nos toca aguantar como bien podamos. Y, claro, uno no puede evitar echar la vista atrás y recordar cuando todo era diferente, aquella época de ver amanecer, de bendita normalidad y de estar tan pegados que, por momentos, parecía que dos personas se hacían uno nada más. Fueron buenos tiempos, sin duda. Lo tuvimos todo y no fuimos conscientes de ello y, quizá, eso sea de las pocas cosas buenas que saco de esto: el saber que, cuando volvamos a ser lo que éramos, valoraremos todo un poquito más.

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