miércoles, 9 de mayo de 2018

Hace tiempo

Hace tiempo que te fuiste y, sin embargo, no te termino de olvidar; vuelves cada noche a mi cabeza, la misma que te sufre, que te extraña y que no te deja de soñar. Hace tiempo que tus ojos verdes no me miran y, aun así, no puedo dejar de recordar cómo se clavaban en los míos como puñales en la madera, cómo me jurabas amor incondicional, cómo prometíamos que de ninguna forma o manera, nos íbamos a separar jamás. Y ahora, tanto tiempo y tanta distancia después, mi única certeza es que por mucho que te extrañe no tienes intención de regresar.

Hace tiempo que el tacto de tu piel desnuda no impregna las yemas de mis dedos, hace tiempo que no te lleno de caricias ni tú me llenas de besos. Hace tiempo que dejamos de abrazarnos, que te marchaste de mi lado, que comencé, poco a poco, a perderte. Hace tiempo que dejé de gritarle al mundo que te quería aunque, que te quede bien claro, nunca he dejado de quererte.

Hace tiempo que me pierdo en otras camas, que me tocan otras manos, que me besan otros labios y que levanto otras faldas. Hace tiempo que tu ropa no pueblo mi armario, que tu sonrisa no luce en mi casa, que tus tacones no se escuchan en la sala, que tu cepillo se fue de mi baño. Hace tiempo que la vida es menos vida, que el sol no calienta por igual, que las noches se hacen más largas y que, extrañamente, me cuesta hasta respirar. Hace tiempo que los días son una concatenación de horas, minutos y segundos que pasan y pasan sin más.

Hace tiempo que dejaste de jurarme amor eterno, que no bebo vino hasta que el sol por detrás de las montañas aparece, hace tiempo que nadie me recuerda que si algo merece la pena en esta existencia que nos acuna o que nos mece es encontrar a la persona adecuada, tomarla como territorio conquistado, pelear por ella como el más valeroso de los soldados y deslomarse cada día porque no se marche de tu lado.

Hace tiempo que tus manos no se pierden en mi pelo, hace tiempo, estoy seguro, que de tu boca no sale un ‘te quiero’, hace mucho que no te erizan la piel cuando una boca besa tu cuello y hace tanto que yo, querida mía, dejé de sentir algo que parece que, aunque todos me dicen que estoy vivo, yo estoy seguro que desde el momento en que te marchaste, estoy cada vez más muerto.

martes, 24 de abril de 2018

Despertar

Los rayos de sol rompen contra mis pupilas cerradas con tanta fuerza que ellas, cansadas de soportarlo, deciden abrirse por fin. Me cuesta un segundo centrarme y saber dónde me hallo, un segundo nada más para recordar que tú estabas ahí, a mi lado… gracias a Dios.

Giro sobre mi eje para darme de bruces contigo y ahí te encuentro como te había dejado la noche anterior: tumbada de lado y plácidamente dormida. Estás tan bonita que, de nuevo, tengo que entrecerrar con fuerzas mis ojos, contar hasta tres y abrirlos para asegurarme que no sigo soñando. Y si en verdad lo estoy haciendo, ojalá no despierte jamás.

Respiras tan despacio que tengo que acercar, sigiloso y con un amago de infarto, mi mano a tu boca y cerciorarme de que sigues viva. Un leve suspiro de aire caliente choca contra la palma y me hace tranquilizarme un poco. Me fijo en el lunar que adorna tu mejilla, en las arrugas de tres décadas de sonrisas naciendo bajo tus párpados, en tu pelo cuidadosamente colocado detrás de la oreja y en el dorso de tu mano descansando bajo tu cara, como si no te conformases con la almohada que reposa debajo de ti. Y entonces, después de contenerme lo que han sido los tres o cuatro minutos más largos de mi vida, salto hacia a ti para darte el primer beso de los muchísimos que te esperan hoy. Así que hazte a la idea de que esto acaba de comenzar.


Mis labios se encuentran con los tuyos y se pegan a ellos como el metal incandescente lo hace con el hielo. Casi no hay movimiento, únicamente me contento con notar el tacto de tu piel con la mía y dudo que alguien en este mundo de chalados no lo hiciera.

Me despego lentamente de ti mientras noto cómo una sonrisa nace de tu boca. “Buenos días” me susurras aún medio dormida. “Buenos días” respondo yo también. Te acurrucas aún con los ojos cerrados en mi brazo y pones tu mano en mi pecho, como si hubiesen pasado cien siglos desde la última vez que lo tocaste aunque, realmente, no hace más de media hora que te aferraste a él como si no hubiese un mañana. Tus manos ascienden y descienden por él tan suavemente que parece que no se llegan a mover y mientras, a lo lejos, el sol sigue mandando rayos de luz desde millones de kilómetros de distancia que se cuelan a hurtadillas por los recovecos de una persiana que ha visto ya demasiadas noche de pasión y no menos despertares similares. 

Y ahí quedamos los dos, sin la más mínima noción de la hora que es, de en qué día estamos, si hace frío o calor; llueve, nieva o se han abierto las puertas del infierno porque realmente nada de eso importa ahora. Y yo, por mi parte, me quedo mirando la pintura blanca del techo pensando con qué Dios, conocido o por conocer, tengo que pelearme para conseguir que todos y cada uno de los días que me queden por pasar aquí comiencen de la misma forma que éste. 

viernes, 2 de marzo de 2018

Crecer

Hoy me acordaba de una de las primeras mentiras que le decía a mi madre en aquella infancia maravillosa que quedó tan atrás que casi se me ha borrado por completo de la mente. Me obligaba la tipa a lavarme los dientes cada noche, cosa que a mí me tocaba mucho las narices. La mentira en cuestión venía cuando ella asomaba la cabeza por la puerta de mi habitación y me preguntaba si me los había lavado a lo que yo, un día y sin saber muy bien porqué, contesté que sí cuando en realidad no lo había hecho. Recuerdo que, para consolidar el engaño y que no me pillase, me echaba pasta dental con los dedos y la esparcía por mis dientes para que, si se le ocurría olerme el aliento, pensase que efectivamente me los había cepillado. Hoy, como os cuento, recordaba esa época en la que era tan sumamente imbécil que gastaba más tiempo en encubrir una mentira que hacer las cosas bien, todo por orgullo, todo por cabezonería, todo por, efectivamente, esa imbecilidad infantiloide que todos conocemos. Y hoy, recordando aquello, me he dado cuenta de que cuando tus padres te decían que eras un auténtico tonto del culo, no se equivocaban lo más mínimo.
 
Cuando creces empiezas a pensar y, sobre todo, empiezas a comprender. Comprendes la preocupación de tus progenitores, el toque de queda, el “lávate los dientes” y todo lo demás. Empiezas a entender lo que es quitarte tú para dar al que tienes al lado porque has comprendido que si todavía sigue a tu lado es que realmente merece la pena. Te das cuenta de que todo aquello que decían era verdad y que, aunque vas teniendo una idea de lo que va siendo la vida, todavía no tienes puta idea de lo que realmente es. Empiezas a valorar más un domingo comiendo guarrerías en la cama que un sábado por la noche bebiendo alcohol en una discoteca. Te jode perder tiempo viendo una mala película y ya ni prestas atención a los comentarios de gente que hace tanto tiempo que dejó de merecer la pena que, por supuesto, no merece la pena hacerle el caso que no merece.

Crecer es cambiar la noche por el día, el garrafón por un buen vino tinto e imaginarte con una chica por el resto de los amaneceres que te queden por aquí. Crecer es intentar por todos los medios que el Madrid no te joda un fin de semana si pierde aunque, muchas veces, no puedas conseguirlo. Crecer es abrirte el corazón de par en par aún a riesgo de que vengan a apuñalártelo sin piedad. Es aprovechar más el tiempo, degustar más las cosas buenas, inspirar más hondo y más frecuentemente de lo que lo hacías antes porque ya empiezas a darte cuenta de lo afortunado que eres por el simple hecho de estar aquí, en esta maravillosa vida, respirando aire puro. Crecer es dejar de creer que eres fundamental para la existencia del universo y comenzar a asimilar que no eres más que un peón descabezado en la caja de un tablero de ajedrez que no te necesita para jugar la partida. Disfrutar de las vivencias y recordarlas en cada reunión, añorar a los que ya se fueron y empezar a ir a más entierros que bodas. Verte cambiando pañales o suplicarle a los cielos que aparezca de la nada la mujer que esté dispuesta a morir por ti, a matar por ti, a quitarse todo para que a ti no te falte de nada y a entregarte su corazón, su vida y su alma por el mero hecho de que esté tan enamorada que no le importe lo que tú hagas con ellos. 


Crecer es el trabajo que todos hemos venido a hacer en esta vida, nuestra tarea final, nuestro sino o razón de ser. Crecer física, mental y, sobre todo, espiritualmente. Dejar de ser los imbéciles que engañaban a su madre con la pasta de dientes para aportar a esta obra de teatro llamada vida el mejor papel que podamos hacer, aunque no nos dejen más que levantar el telón y permanecer calladitos entre bambalinas. Crecer, queridos míos, es lo más increíble que nos puede ocurrir y de eso no te das cuenta hasta que ya has crecido lo suficiente como para entender que, por muchas cagadas que vayas cometiendo día a día, por muchas que hayan venido y otras que estén por llegar, nada merece más la pena que cagarla una y otra vez, porque es señal inequívoca de que todavía te queda mucho por hacer aquí... aunque sea seguir cagándola hasta el día del juicio final.

jueves, 15 de febrero de 2018

No es amor... es otra cosa

Si te seca los ojos sacándote tantas lágrimas que tu piel se queda ajada, pálida y ojerosa; que sepas que lo que estás viviendo no es amor… es otra cosa.

Si te daña tan adentro que sientes un pinchazo en el corazón, si te hace infeliz y los gritos ganan la partida a la risa, las caricias y la pasión; si se hace cansino, repetitivo o más pesado que una losa, ten claro que eso no es amor… es otra cosa.

Si ella busca en otros lo que tú te mueres por dar, si te besa con los ojos abiertos, como si su mente estuviera en otro lugar, si tiene prisa por marcharse los domingos y fiestas de guardar, si te mira sin brillo, al contrario de lo que a ti te suele pasar o prefiere dejarte solo en una tarde triste y lluviosa, amigo mío, eso no es amor… es otra cosa.

Si das todo y no recibes nada, si vuelcas el cielo para ella y no es capaz de valorar que le hayas regalado las estrellas, si le abres los caños del mismo mar y ella te pide que le des agua en botella, si le entregas tu corazón en verso y te responde que prefiere la prosa, eso que te están dando no es amor… es otra cosa.


Porque el amor es generoso y se quita para darlo todo. No exige, obliga, pide o te engaña de cualquier modo. El amor no juega a dos bandas, no grita, no huye, no engaña, chilla o manda. Cuando hay amor no cuesta decir ‘te quiero’, dar la razón o dejarse cualquier cantidad de dinero. Cuando se quiere de verdad no hay viaje largo, ni cuentas de gasolina, porque el amor te hace mejor persona y, cuando es absolutamente puro, todo lo bueno en ti germina.

El gran problema es saber diferenciar el amor de lo que parece serlo. Y yo, queridos míos, os doy una pista sobre ello: “Amor verdadero es aquel que, aun estando de mierda hasta el gaznate, tienes fuerzas para desear que ella sonría, sea feliz y encuentre pronto y en alguna parte, a otro que le dé todo aquello que tú no supiste darle”.

miércoles, 31 de enero de 2018

Siempre estás lejos

"Siempre estás lejos” le dijo con la voz quebradiza como tantas y tantas veces le había dicho antes, más por el anhelo de que ella lo echase tanto de menos como él lo hacía que por una verdad contrastada. “Siempre estás lejos” se dijo cuando, por fin, colgó el teléfono y el hilo de su voz se perdió en una habitación tan vacía ahora como llena de caricias había estado apenas unos días atrás. “Siempre estás lejos” repitió para sí. Y ahí, justo en ese mismo instante, se dio cuenta de que pocas veces había dicho una frase más incierta en todos los días de su vida.

Porque realmente ella nunca estaba lejos del todo. Nunca lo había estado jamás.

Quedaban restos de su pelo en la almohada y el sabor en su boca de esos labios que pensaba que jamás se cansaría de besar. El recuerdo de su cuerpo desnudo desfilando por la habitación o el de los gemidos de placer tronando como un rayo en la misma. Quedaba su sonrisa fijada en su mente, su lunar en la mejilla, sus manos acariciándole el pelo y la quietud que a él le aportaba su respiración cuando dormía. Quedaba el tacto de su piel, el sonido de su voz y la certeza de que por más que la miraba no podía ver otra cosa en sus ojos que la luz de la felicidad irradiando de ellos.

Así que ella realmente no se marchaba nunca del todo. Por muy lejos que se fuera, por muchos kilómetros que los separaran, había estado ahí desde siempre y siempre estaría allí. No estaba tan lejos como él creía y cada noche un par de zapatillas celestes con ribetes amarillos se encargaban de recordárselo. Eso, y la visión de su reflejo en el espejo lavándose los dientes, sus dedos perdiéndose bajo su falda, el armario repleto de ropa o un secador de pelo que, extrañamente, echaba tanto de menos como la echaba a ella. Y eso era mucho echar de menos.

Parecía que, al final, ella volvía sin querer a tener razón. Sus pantuflas de estar por casa seguían aquí como lo hacían las visiones pecaminosas de sus primeras visitas. El roce de sus palmas, la suavidad de sus piernas, el placer inusitado que sentía al abrazarla tan fuerte que creía que, con un poco más, podría llegar a partirla por la mitad. El rechinar de los muelles del colchón, el calefactor encendido y el calentador apagado esperando su vuelta. El recuerdo de su puño rompiendo contra una puerta y el de sus lágrimas de impotencia pidiéndole que no se fuese… o que se marchase para siempre, no recordaba muy bien qué había sido primero. 

Al final, comprendió, ella no estaba nunca tan lejos como a simple vista pudiera parecer porque la llevaba en el único lugar donde nadie se la podría quitar, ni siquiera ella misma. Ahí, oculta en lo más recóndito de un corazón podrido de latir, que diría el maestro, la escondía para siempre, guarecida entre un colchón de sentimientos que no morirían jamás, por muy lejos que se fuese y aunque tuviese intención de no regresar.

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