miércoles, 13 de diciembre de 2017

La encontré

La encontré riéndole a la vida con una cerveza en la mano mientras el sol de un otoño que comenzaba a despuntar se entremezclaba con los rizos de su pelo. La encontré sentada, con las piernas cruzadas y con el meñique estirado como si fuese a beber el té, la encontré tan bonita que, cuando creía que me moría, de repente y, casi sin darme cuenta, comencé a nacer.

La encontré degustándose de pequeñas cosas: resguardarse del frío bajo el edredón o en el vapor de un plato de sopa caliente, en el sabor de una copa de vino o en el aroma de un buen café, vislumbrando los planes del mañana o recordando los que hicimos ayer; buscándole, como siempre hace, el lado positivo a una vida que ella ve de color de rosa y yo, cuando estoy a su lado, también. La encontré cuando todo se hacía oscuro y desde ese momento empecé otra vez a ver.

La encontré desnuda en mi cama poco tiempo después y me empeciné en contar los doscientos cincuenta lunares que tiene grabados en la piel. Dibujé un mapa con todos ellos y, uno a uno, a todos los memoricé. Y ahora, de lo único que estoy seguro algunos meses después, es que podré olvidarme de cualquier cosa en esta vida menos del sitio donde los dejé.
La encontré cuando la noche se hacía más opaca que nunca y en vez de quejarse por no ver la luna, ella se sentó conmigo a ver amanecer.


La encontré un día por vicisitudes del destino en el pasillo de un edificio viejo de piedra, hormigón y escayola. La encontré tan guapa que, incluso hoy, no sé cómo pude armarme de valor para decirle ‘hola’. Cruzaba de un bloque a otro como si se tratase de una pasarela, zigzagueando sobre las baldosas bajo el contonear de sus caderas. La encontré rodeada de libros, películas y velas, de inciensos, toallas, vestidos y cajas de madera. Dos ojos del color de la avellana, las manos más frágiles que se han creado y un lunar en la cara del que hace tiempo que estoy absolutamente apresado. La encontré un día que parecía a todas luces normal, y desde entonces no volverá a haber días normales nunca más.

La encontré hace tanto que ni me acuerdo y siempre ha estado aquí conmigo aunque muchas veces, estoy de acuerdo, ha estado más lejos de lo que habría querido. La encontré hace mucho y mucho hace que la tengo, pero tengo que decir que nunca la había visto con los ojos que ahora la miro y nunca quise mirarla, hasta ahora, con estos ojos que tengo. Pero, ahora que la tengo, ahora que la he encontrado y ahora que la miro como nunca antes la había mirado, puedo decir, alto y claro, que no hay día en que no le agradezca al cielo que la haya puesto aquí a mi lado, que no hay día en que no piense que es lo más maravilloso que me ha pasado.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El primero

Os juro que la que va a ser la primera madre de mi grupo de amigos, hace tres días y medio estaba sentada conmigo en el parque haciendo botellón. Así, como lo leéis.

No hace una semana que paseábamos los dos en mi SEAT Toledo, tristemente fallecido ya, contándonos mil cosas sobre la vida, sobre nosotros, sobre la gente de nuestro alrededor, el instituto y el amor. Porque a ella la conozco hace tanto que hasta puedo hablar con ella de amor. Fíjate tú si la conozco.

He estado a su lado desde que alcanzo a recordar y la he visto reírse tantas veces que he perdido la cuenta. Y llorar también. Me acuerdo cómo se preocupaba cuando salíamos hasta tan tarde que veíamos amanecer porque sabía que tendría bronca con su padre, o cuando bajábamos a la balsa a pasear las noches de esos veranos que parecía que nuestras casas se nos caían encima si nos quedábamos dentro. La he visto rubia, morena y castaña, con pantalones de campana, faldas, trenzas, vestidos y chándal. Y ahora, si Dios quiere, la voy a ver convertirse en mamá.



Y la historia con él es todavía más larga. Lo conozco desde el primer día que puse el pie en este pueblo hace como ciento cincuenta años. Él sí que no ha tenido variación, o al menos a mí no me lo ha parecido. Si me pidiesen ahora mismo que lo dibujase con ocho años cogería una fotografía suya de hoy y la pegaría sobre el cuerpo reducido de un crío de colegio. No ha cambiado nada, sigue siendo el mismo tipo con el que he jugado al fútbol, al pádel, he montado en moto o he acribillado a bolas en el paintball. Y dentro de unos meses, casi sin darnos cuenta, va a ser padre por primera vez.
De los tres momentos que más he temido en mi vida: la primera boda, el primer nacimiento y el año en que sea más viejo que el jugador más viejo de la plantilla del Madrid, ya he pasado uno y medio. A todas luces y aunque me lo vienen avisando desde hace tiempo, parece ser que sí, que los rumores son ciertos y me hago mayor. De repente te encuentras poniéndote de cubatas hasta las patas en una cochera inmunda y al día siguiente, nadie sabe muy bien cómo, te empiezas a imaginar rodeado de sobrinos políticos correteando por ese mismo local con la camiseta de la peña. Cosas de la vida, supongo. Tendrá que ser así.

Sin embargo, transcurridos los primeros días de shock y desesperación tras la buena nueva, mi mente se ha ido aclarando y mi corazón, después de mucho esfuerzo, ha encontrado consuelo ante el colapso emocional sufrido anteriormente. Me pasó en su día con aquel momento que lo cambió todo y ha vuelto a ocurrir hoy. De nuevo han sido esos recuerdos, el tesoro más maravilloso que tengo encerrado en el subconsciente, los que me han hecho salir del pozo con una sonrisa en la boca. Ha sido el saber que muy poca gente puede presumir de haber conocido a sus amigos desde siempre y que siempre estuvo allí con ellos, desde la  primera comunión hasta que tuvieron su primer hijo, desde su primera resaca hasta el día en que contrajeron matrimonio, en las buenas y en las malas… todos los días de su vida. Eso es algo que me hace sacar pecho, que me hace sentir plenamente orgulloso y me llena de felicidad. El tiempo pasa tan rápido que no te das cuenta, pero creo fervientemente que lo hace más rápido aún si los que tienes al lado te hacen tan feliz como mis amigos me hacen a mí. Así que, dentro de tres o cuatro días, no se extrañen que vuelva por estos lares a contarles cómo hemos celebrado la primera jubilación, porque esta dichosa vida pasa tan sumamente deprisa que asusta, pasma y acojona. Mi único consuelo es saber que seré el tío molón y tremendamente sexy de un puñado de niños que necesitarán de mis sabios consejos, y que tendré a sus padres al lado, como siempre han estado, para encasquetarles a los míos cuando tengan a bien llegar.

lunes, 23 de octubre de 2017

Suerte, destino o casualidad

Que en la última carta me entre el corazón que necesitaba para ganar la mano o tirar los dados sobre el tapete verde de la mesa y que me salga un siete. Ir al médico pensando en lo peor y que te digan que no puedes estar más sano, decirle a una niña en el recreo que si quiere salir contigo mientras con una sonrisa tímida te asiente o entrar en una plaza de toros abarrotada de gente y ver cómo tus piernas suben los peldaños de esa escalera que no se me borra… que no se me va de la mente.

Que enciendas la televisión y estén poniendo Cadena Perpetua o que tú, con esa sonrisa que me arranca de cuajo la vida, me digas que quieres perpetuarte a mi lado. Que encuentres aparcamiento en el centro, que haya pizza para cenar y de postre tengas helado. Que te digan que este fin de semana hará calor, quitar el viernes la alarma del despertador o que atine a la primera a desabrocharte el sujetador. Si algo me ha enseñado el tiempo, cuando parece que no podía aprender nada más, es que por muy nublados que nazcan los días no hay que temerle nunca a la tempestad.

Parar el cronómetro justo a la hora señalada, que encuentres un taxi en medio de la lluvia, obnubilarme con tu falda amarilla por encima de la rodilla en esa fotografía que tienes sentada en la butaca, o las noches de velas, música, incienso y vino generando resacas. Los ojos achinados, la ropa en el suelo, tu piel con mi piel derritiendo el hielo; tu boca, tus besos, caricias y gemidos, acercarme tanto a ti que, recuerdo, hasta podía escuchar tus latidos. Soñar que te tenía y despertar a tu lado y luego, con el paso del tiempo, arrepentirme como jamás he hecho con nada en todos estos años de que hayas sido mía y te me hayas escapado.

Un trébol de cuatro hojas que me encuentro en el césped del parque, el espejo que cae y no se parte, la cerveza escondida que aparece cuando casi cerrabas la puerta y ese mensaje de texto que, cuando pensabas que la ventana se cerraba, te la deja entreabierta. Soñar contigo, levantarme a tu lado, pensar cada día en los instantes que hemos vivido y los que todavía no han arribado. Ese “nuestro momento tiene que llegar” con tu voz quebrada al otro lado y mi “aquí estoy, esperando a que te animes a empezar” suplicándote que no te alejes demasiado. Aguantando todo por ti, lo que venga, lo que vino y lo que todavía se está fraguando; porque en esta vida puedes arriesgarte con casi todo, pero con tu más bonita casualidad no puedes jugar a los dados.


La estrella fugaz a la que pides un deseo o el cinco que te hace salir de casa, el rojo de la ruleta, mi as en la manga, el comodín que esperaba o el turno en que descansas; la casilla de salida, la pregunta que sabías, lo mejor que me ha ocurrido en todos los días de esta maravillosa vida. Si las casualidades existen y si todo está predestinado, no hay nada que pueda agradecerle más a los dioses conocidos o a los inventados, que te hayan puesto, sin yo darme cuenta, a caminar por este sendero… y lo hayan hecho a mi lado.

sábado, 30 de septiembre de 2017

España

El país de la cerveza en terraza y el cielo azul más puro que en el horizonte con el mar se abraza. El de las praderas del norte o el pescado andaluz, el pan gallego, el vino manchego o las frutas del sur. Mi España querida, la de la cara y la cruz, la tierra de Goya y Velázquez, de Sabina, Cervantes, Delibes, Machado y Santa Teresa de Jesús. Allá donde todo empieza con un “En un lugar de la Mancha” y termina con un “poesía eres tú”.

La nación de las mil banderas y un solo corazón, del himno sin letra, del pueblo sin memoria y de gobiernos sin razón. Tus páginas se llenan de gloriosa historia, de gestas nobles, conquistas, batallas, orgullo y pasión mientras tú, amada mía, te empeñas en esconderla en el baúl de la revancha, el odio, el sufrimiento y la desazón. 

Tú, el país de la charanga, el vino y la fiesta, donde conviven desde hace siglos la sinagoga, la mezquita y la iglesia. Tú, que en tus calles cuelgas guirnaldas de colores, inventaste la baraja, el botijo, el submarino y la siesta; enorgullécete de que cien naciones ni quiera habían nacido cuando tú ya estabas por cinco reinos compuesta.

El Mediterráneo te besa, el sol te cubre y en la falda de tus montañas los ríos con sus afluentes se funden. La paella, el gazpacho, el cocido o la fabada, kilómetros de huerta, sudor en la frente y las manos encalladas. El mulo, el burro y el arado, el trabajo constante de un pueblo que se acuesta tarde y se levanta temprano. La patria de Lorca, Serrat, Picasso, Sorolla y la del otro Machado, la del toro de Osborne, el “jefe, otra caña” y el “me voy a casa, que ya he bebido demasiado”.

El gol de Iniesta en la otra punta del mundo, Albacete y sus tardes de feria, el viento de Cádiz, los sanfermines o las fallas de Valencia. El mar rompiendo en los acantilados de Galicia, el del pan tumaca, la ensalada, el pulpo, los churros o la tortilla. El Prado, la Diagonal, el teatro romano, las marineras o el descenso del Sella; un pase de Morante, El concierto de Aranjuez y las mujeres más bellas. La Navidad en familia, el verano en la playa, el sol de primavera que las pupilas dilata y el otoño cubriendo los caminos con hojas cobrizas y del color de la plata.

Exportando dicha, alegría, cultura y la lengua más bonita que se ha conocido. De México a la Tierra de Fuego se escucha el tesoro más grande que hemos repartido, el de Luces de Bohemia, el de Cien Años de Soledad, el de Campos de Castilla, Rayuela, Niebla, Bodas de sangre o La Catedral del mar. Ese idioma que enamora, que apasiona, que te roba la razón, ese que te eriza la piel, te embelesa el oído y te para el corazón. 

Aquí, en la tierra que nos cuida tienes cortijos, barracas, pazos, caseríos o masías. Aquí, en la tierra que nos mima, te hartas de comida o te bañas en aceite de oliva. Aquí, en la tierra que nos abraza, te dan de todo sin que tengas que dar nada porque vivimos en el país más solidario del planeta, el de los cien mil trasplantes, la generosidad como fin y no como meta, ese que es capaz de darlo todo cuando el hambre más aprieta. El del saludo en la panadería, los tocados y la mantilla; el de la Saeta, el arroz en las bodas, el marisco y el cochinillo con setas. El del bolso de piel marrón de Penélope, la castidad de doña Inés, la canción a Lucía, la Macarena, La pasión turca, La gota fría o Los Amantes de Teruel.
La zurda de Nadal, o donde nacieron Gasol, Márquez, Alonso y Santana, el país que se viste de blanco cada domingo y gana Copas de Europa cuando le da la gana. Pelotas en la calle, puertas abiertas, césped natural, bocinas, bufandas, verbenas y caretas; barcas en la mar y calles repletas de bicicletas; ancianos sentados en bancos, jóvenes besándose en las calles y viejas alcahuetas. La patria de la risa, la resaca, el humor, el chiste y la felicidad; el país donde la gente se toma la vida como si mañana el mundo se fuera a terminar.

Tú, España, que descubriste que el mundo no era plano y le diste a la historia su mayor proeza, siéntete orgullosa de lo que eres: un país en cuya diversidad está su mayor riqueza. La nación más maravillosa que se ha creado, donde todos caben y nadie sobra, donde se añora al que se marcha y se le tiende la mano al que ha llegado. España, sal y canta en este día que no volverá, sonríe, disfruta, besa, ama y saca pecho de lo que has hecho y de lo que está por llegar. Pocos pueden presumir de lo que tienes y, a buen seguro, ninguno de lo que has vivido ya. Y nadie, querida mía, puede gritar más alto, henchido de orgullo y sabiendo que no se va a equivocar, que bajo tu manto se vive rodeado de paz, dicha, democracia, alegría, amor y libertad.

martes, 29 de agosto de 2017

Llueve

Llueve afuera y el agua se lleva consigo lo que parece el último resquicio del verano. De nuevo las calles comienzan a mojarse, las terrazas de los bares a vaciarse y el armario de mi habitación me pide a gritos que vaya sacando ya de él toda la ropa de invierno. Y no quiero, no quiero que se acabe esto.
Que se marchen a dormir las faldas blancas que ondeaban hasta ayer por la orilla de la playa o la cerveza bien fría entrando por mi garganta. Que se escondan las gafas de sol y la piel bronceada, que nos dejen los besos en la toalla y la necesidad apremiante de desnudarte sabiendo a ciencia cierta que no tendré que quitarte mucha ropa. 

Llueve afuera y por primera vez he tenido que ponerme una sudadera en meses. Ya anochece antes y el ventilador de mi habitación, mi más fiel compañero durante estos últimos dos meses y medio, parece triste y acongojado porque sabe que, más pronto que tarde, toca despedida hasta nuevo aviso. Vienen épocas de edredones, cuellos altos y calefactores, de cambios de hora y nieve; de constipados, gripes y melancolía; de caricias guarecidos bajo mantas y pies helados como la mismísima Invernalia. El invierno se acerca tan rápido que parece que mañana mismo va a llegar. Y no hay nada que me asuste más que la llegada del invierno.
Porque se perderán las verbenas de pueblo y los platos de caracoles, los pantalones cortos y ese vestido gris ceñido que tanto me gusta verte puesto. Se irán los domingos de paella en el chiringuito de la playa y el ansia por salir a la calle a todas horas para charlar con unos y con otros de cualquier tontería una y otra vez durante horas. Se irán los baños nocturnos en piscinas ajenas y ya no quedará rastro alguno del sabor de un verano que cada año me enamora más y más.

Llueve afuera y el olor a migas y vino me viene a la cabeza junto con el de tardes de fútbol y ginebra endulzada con el sabor amargo, valga la contradicción, de un botellín de tónica. Otro año más comienza en poco más de veinte días, los que viven cerca mío bien saben de lo que hablo. Llueve afuera y el agua que cae del cielo sirve de telón para avisar que la función se acaba. El público se levanta, aplaude y se va a casa... y hasta el próximo pase si Dios quiere y vendemos las suficientes entradas.
Una vez más se acaba el espectáculo y es una menos si nos ponemos en plan melancólico. Pero antes de marcharnos a brindar por la obra que concluye, sólo quería pasar a decirles que fue un honor actuar junto a ustedes y que seguiremos ensayando a diario para que ésta, la obra de teatro de nuestras vidas, salga cada año mejor y disfrutemos todavía más representándola.

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