domingo, 20 de julio de 2014

Todo se reduce a eso

Jamás ninguna máquina, tecnología conocida o por inventar, móvil, cámara, robot o instrumento podrá superar el poder del cariño humano. Nunca.


jueves, 3 de julio de 2014

Me inventé tu nombre

Como en aquella canción de Quique González, me he inventado tu nombre.
Lo hice cansado de no poder llamarte cada noche en sueños, enervado al ver cómo seguías tu camino sin pararte frente a mí. Tuve que ponerte un sustantivo al hartarme de los calificativos. Los ‘guapa’, ‘bonita’ o ‘preciosa’ se hacían demasiado repetitivos y los posesivos como ‘mi vida’, ‘mi amor’ o ‘mi cielo’ parecían querer encerrarte entre unos brazos que nunca buscaron otra cosa aún a sabiendas de que jamás lo conseguirían. Me inventé tu nombre para hacer que la cruel realidad se transformase, dentro de mi subconsciente, en la más maravillosoa de las ensoñaciones

Todo comenzó con aquel taconear en una calle cualquiera un día tiempo atrás. Siguió el siguiente y el siguiente. Tu melena contoneándose al son de tus caderas mientras tus zapatos marcaban el ritmo de una melodía que ya hubiese firmado para sí cualquier compositor de prestigio. Un día tras otro, camino de ida y de vuelta.
Mi oficina entera plantada en la ventana con la puntualidad de un reloj suizo a las nueve de la mañana y, de nuevo, a las dos de la tarde. No faltaba nadie, ni un solo hombre o mujer. Había peleas por coger el mejor sitio y comentarios que variaban de lo cómico a lo burdo, de lo erótico a lo chabacano los minutos de antes y los minutos de después.
Hasta que te veíamos llegar, entonces sólo se escuchaba el silencio.
Tu taconeo parecía retumbar por encima de los bocinazos de una ciudad que se callaba, como todos nosotros, para presenciar ese espectáculo. El metrónomo era tu zapato, la partitura tu caminar, los oyentes, media docena de adormecidos oficinistas desesos de comenzar a pecar. Y el resto, eso... silencio.
No se oía nada más que la respiración entrecortada de algún enamorado que, al igual que yo, empezaba a fabular historias de pasión junto a ti, junto a esa señorita sin nombre conocido que todos deseábamos desnudar en alguna habitación que sirviera de campo de batalla para una lucha vigorosa y tremendamente placentera. Todos comenzábamos a narrar un cuento donde la desnudez fuera el único vestuario de dos actores ansiosos por comerse de una punta a la otra sin descanso alguno.


Me inventé tu nombre por la necesidad apremiante de gritarlo ante el mundo o de susurrárselo a la noche cuando mi cama, vacía de ti, llora amarga y solitaria. Tuve que concebirlo para aferrarme a él como lo haría a tus piernas si tuviera el valor de invitarte a cenar y después engañarte para atraerte a mi cuerpo. Ideé ese sustantivo para agarrarme a él con toda la fuerza del mundo y decirte cada día que me tienes enamorado de la cabeza a los pies. Me ingenié la forma de hacerte mía aún a sabiendas de que jamás lo serás y para eso recurrí a mi imaginación, mi más leal compañera, que fue tan generosa como siempre y me obsequió con ese nombre que ahora repito muy bajito cada vez que te veo pasar. Con ese nombre nuestra historia empezó y, no te quepa duda, con ese nombre te haré mía por el resto de mis días. Es lo único que tengo de ti y, seguramente, no necesite nada más.

miércoles, 18 de junio de 2014

El tiempo

Lo dijo Jonathan Rhys-Meyers en la que sin duda alguna fue la lección más valiosa que nos enseñaron Los Tudor, y os lo repito yo en una tarde cualquiera del mes de junio:
De todas las virtudes que el hombre posee, hay una que jamás se recupera y que, por tanto, es la más preciada de todas: el tiempo.

Perder el tiempo es insultar al mundo, decirle claramente que no te interesa lo que puede ofrecerte aunque, curiosamente, no hay nada más allá de lo que él tiene para ti. Aburrirse y dejar correr el reloj debería estar penado con cárcel, con cien latigazos en la espalda o con una tarde visionando cine español. Tantas cosas por ver, tocar, oler y degustar que parece un sacrilegio el quedarse quieto en el mismo sitio, dejar en la estantería los cientos de libros que todavía nos quedan por leer u obviar la posibilidad de ver una buena película. Tantas carcajadas por soltar, tantas lágrimas que derramar, tantas tardes que exprimir y tantos besos por robar, que se hace grotesco dejar que la arena vaya cayendo poco a poco del otro extremo de esa gran máquina del tiempo que va contando el nuestro, el que nos queda por pasar bajo las paredes de este lugar llamado tierra.


La vida pasa y lo que parece una eternidad se va tornando más y más efímero. A mí, sin ser excesivamente mayor, me comienza a pesar ver que los jugadores de fútbol ya no son contemporáneos míos y, los que lo son, están casi al borde del fin de sus carreras deportivas. Una estupidez que, sin embargo, contiene un mensaje que no me es indifirente.
Empieza, por otro lado, a ser una dura losa distinguir, entre la realidad que lo opaca todo, un leve destello que se va apagando y que, si te esfuerzas y entrecierras los ojos, alcanzas a entrever que son los sueños que una vez tuviste y que ya se están consumiendo por haberlos dejado escapar. 

El tiempo transcurre sin descanso mientras lees estas líneas melancólicas aunque con un mensaje de esperanza. Esa magnífica contradicción que reza que, aunque las horas siguen su curso, todavía quedan algunas por delante para volver a intentarlo. Aún es posible que esos luceros que una vez brillaron como el propio sol vuelvan a resplandecer como entonces, dándole vida a aquella fantasía que tiempo atrás juramos que haríamos y nunca nos atrevimos a realizar. Aún queda margen para visitar ese lugar alejado, para alcanzar esa meta perdida o para luchar por encerrarte bajo las mismas sábanas con esa mujer que consigue erizarte la piel con cada taconear de sus piernas. 
No es tarde, todavía no. Que el tiempo nos pierda a nosotros pero que jamás lo perdamos nosotros a él. Quizá sea esa otra lección que tantas veces hemos oído pero dejamos marchitar. Exprime cada segundo, no lo dejes escapar.

miércoles, 4 de junio de 2014

El calor


Las sábanas apenas lograban tapar los tobillos y el edredón hacía tiempo que se había guardado en el altillo del armario de la habitación. El sudor se hacía una constante en los cuerpos, y las persianas sólo dejaban entrever gotas intermitentes de una luz solar que parecía quitar la respiración, que volvía a abrasar a dos amantes que, para nada, necesitaban de un tercer ente que los hiciera entrar en calor.
 
Se bastaban ellos solitos.

Sus manos descendían entre la fina capa de sudor y se perdían en los más recónditos y secretos recovecos. Peleaban con sus bocas como si de dos tigres en combate se tratasen: sin tregua, sin pudor, sin atisbo de piedad o descanso alguno. Las uñas de ella se clavaban en la piel de él y ni siquiera los gritos de dolor intenso lograban que se detuviesen, más bien todo lo contrario. Se miraban con celo y con recelo, con pasión y sin compasión, con una lujuria tal que únicamente con eso, con la mirada, volvían a encender sus cuerpos una y otra vez, sin amnistía o sospecha de cese en tan frenética y enardecida batalla. 

Siguieron así durante unos minutos, unas horas o unos días, nunca lo llegaron a saber con certeza. Entre embestidas y gemidos de fogosidad, entre exhalaciones y mordiscos, caricias faltas de decoro y una ausencia absoluta de clemencia por el rival. Prosiguieron su acuartelamiento hasta que ambos cayeron rendidos sobre unas sábanas totalmente empapadas de sudor, que los recibieron frías y pegajosas. Los cuerpos desnudos de los amantes permanecieron inmóviles y recostados, casi ahogados por un ejercicio físico tan placentero como agotador. “Podría acostumbrarme a este deporte” dijo con sorna él. Ella rio, lo miró de reojo y, a toda velocidad, volvió a subirse encima suyo para, de nuevo, comenzar un ritual que por un momento pareció concluido. “Hoy vas a tener agujetas” respondieron sus labios ardientes. Y no hizo falta nada más para que el juego volviera a dar comienzo.

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