jueves, 27 de junio de 2019

Veintisiete de junio

El calor irrumpe en cada rincón de la vieja Europa y los rayos de sol pegan con toda su fuerza en los tejados de las casas y sobre los campos de trigo. El cielo es más azul y los termómetros están al borde del colapso. Mientras todo eso ocurre, las gotas de sudor empapan las sabanas de una cama triste y sola, mustia y abandonada por un amor que, en alguna ocasión no tan lejana, se hacía patente en ella con la fuerza de un tifón. No había estaciones en ese tiempo pretérito porque no había ni horas, ni días, meses o minutos, sólo estábamos ella y yo, como parecía que siempre había sido y siempre, por los siglos de los siglos, iba a seguir siendo. Lástima que la vida no te deje siempre elegir cómo acaban las historias, lástima que todos los veintisiete de junio lo tenga que recordar.

Ahora todo ha cambiado aunque, contradictoriamente, todo siga igual. El mismo armario de pino y la misma mesa adornan esa habitación que tantas caricias vio, que tantos besos escuchó y de la que tantas y tantas noches de pasión fue testigo. La pared sigue blanca, a la ventana le cuesta cerrarse como antaño y la maldita cisterna del baño sigue dejando escapar el agua. “A ver si la arreglo de una puta vez” se repite él una noche tras otra… pero al final jamás lo hace porque quizá, y sólo quizá, ese ruido que tanto aborrece sea ya lo único que le queda de ella.


Todo sigue igual que cuando aquella mujer de ojos verdes y piel oscura moraba por aquí, sin embargo, ya nada es lo mismo. Su ropa no puebla el armario ni su fragancia se huele en los pasillos. Aquellos zapatos talla treinta y ocho de Zara hace tiempo que desaparecieron como lo hizo ella en una fría noche de diciembre: para no volver nunca más. Ya no queda rastro de sus vestidos ni del maquillaje o el secador del pelo, ni del cepillo de dientes rosa o las manchas de carmín en mis labios. Ya no hay baños de espuma en el cuarto de aseo, ni copas de vino ni sonrisas cómplices. Ya nadie me dice que me levante a cerrar la ventana porque la despierta el frío de la mañana, ni me pide por favor que la abrace porque si no es imposible dormir. Todo quedó tan lejano que seguro que ella, este veintisiete de junio, no se acuerda de nada aunque yo no pueda pensar en nada más. Y esa es, probablemente, la condena a la que estoy sometido durante el resto de los días de mi vida y, muy especialmente, los días como hoy: a rememorar los mejores años que tuve, el tiempo en que mi corazón con más fuerza retumbó, los meses y los días más felices y la forma en que todo se terminó. Roma nunca volverá a ser la capital de Italia ni yo un simple enamorado más, porque al final los recuerdos te transforman el alma y el amor que se fue, aquel que fue tan grande que tu pecho a duras penas lo soportaba, te hizo un hombre nuevo aunque infinitamente peor.

sábado, 18 de mayo de 2019

Ocho copas

Ocho copas de vino perfectamente alineadas en dos filas de a cuatro. Una pared de ladrillo y una ventana al fondo. Una carta y una tapa, una chupa de cuero y la certeza de que no existe un cuadro más bonito en todo el puto planeta tierra porque ella, en medio, lo hace absolutamente perfecto.
Viste de negro y mira a la cámara como una modelo a la que no le gustan las fotos, como una niña guapa a la que no le gusta que se lo digan, como una mujer que sabe perfectamente que tiene el mundo a sus pies. Y bien sabe Dios que lo tiene.


Recuerdo que bebía vino hace ya años, cuando no estaba de moda. Tomaba café solo sin azúcar ni edulcorante. Caminaba como quien intenta no destacar pero jamás lo conseguía. Sonreía achinando los ojos y muchas veces, por cualquier gilipollez, lloraba de la risa. Se le está empezando a aclarar el pelo porque el sol empieza ya a calentar en el cielo. Era una de las cosas que más me gustaba de ella, esas puntas doradas contrastando con su piel tostada, eso no se me va a ir de la mente ni aunque mañana mismo me borren la memoria por completo.

La miras y te sientes seguro, en casa, a cobijo y en paz. Te habla y el mundo pasa de ser una guarida de locos a convertirse en el paraíso del que hablan las escrituras. Te besa lento y notas cómo, poco a poco, las agujas del reloj se detienen, como si el universo te diese la oportunidad de disfrutar un poquito más del momento. Si sus manos se pierden en tu pelo te puedes dar por jodido, porque ya has caído en su embrujo y te aseguro que no vas a poder escapar jamás... ni aunque pasen trescientos millones de años.

La fotografía se queda ahí, guardada para los ojos de poco más de ciento cuarenta afortunados que podrán presenciarla siempre que gusten. Yo soy uno de ellos y ya la tengo desgastada de tanto mirar. Me encanta esa foto, me encanta lo que ven mis ojos cuando la miran y adoro cómo ella la hace mejor, como solía hacer todo lo que hacía. Me gusta el cuadro en sí, me fascina el contexto y el orden de cada cosa, desde esas ocho copas de vino hasta cómo te mira con esa media sonrisa. Me quedo prendado cada vez que la veo, perplejo al pensar que una vez pasó por mi vida y melancólico cuando caigo en la cuenta de que ya no está. Me place ver que sonríe más que nunca, me complace pensar que es feliz y me deleito con cada una de las veces que así lo compruebo. Lo único que no me gusta de esa fotografía, lo que más odio de ella, de hecho, y además lo hago con todo el dolor de mi corazón, es saber que esa obra de arte perfecta captada con un teléfono móvil no la he hecho yo.

lunes, 13 de mayo de 2019

Loca

No recordaba muchas cosas de la noche en que la conoció, tan sólo una escalera estrecha, su pelo aclarado por los rayos del sol, el sabor a whisky barato en su boca y la sensación, desde el primer momento en que la tuvo delante, de que estaba total y absolutamente loca. De remate.

Tenía una voz estridente y no se podía estar quieta ni un segundo. Se quedó con él a solas pesar de que se acaban de conocer y hablaron de libros y textos, de amor y de la vida, de desayunar juntos aunque no eran todavía ni las cinco de la mañana. Se quedaron los dos solos aunque no debieron haberlo hecho y, aunque se separaron esa misma noche, realmente nunca volvieron a estar lejos el uno del otro... y eso que no se volvieron a ver.

Ella se marchó con la certeza de haber encontrado a un buen amigo y él sabiendo a ciencia cierta que se había topado con la chica más maravillosamente chiflada que la vida le había puesto jamás delante. A veces une más una conversación de madrugada con una desconocida que muchos años de amistad y más si es con una persona de esas que te trastocan los esquemas, de esas que sabes que es única y que no vas a volver a encontrar otra igual.

Porque si de algo estaba seguro es de que ella estaba loca… loca de atar.


Estaba loca por amar y que la amasen con tanta fuerza que la dejasen sin aliento. Necesitaba tantos abrazos que perdiera la cuenta y tantos besos que, al día siguiente, le dolieran los labios de tanto haberlos usado. Necesitaba cariño como el velero necesita del viento para navegar. Lo necesitaba tanto que era incapaz de pedirlo y, cuando lo hacía y por vicisitudes de la vida no lo recibía en ese momento, se enfadaba como una niña de tres años. Necesitaba que le dijeran lo guapa que era aunque siempre te decía que no le gustaba que se lo recordaran. Quería que la quisieran, quería que le cambiase la suerte aunque ella no era capaz de comprender que la suerte era de todo aquel que se la encontraba. Quizá por eso le habían salido tantas cosas mal, porque era el amuleto de todos los demás.

Estaba loca de amor y dudo mucho que exista una locura más peligrosa que esa porque era de las personas que cuando le demuestras que la quieres es capaz de matar por ti. Y a esas son las que realmente merecen la pena, las que nunca deberías dejar ir.

Pero había mucho más que simple locura.

Porque era de esas chicas que chilla o canta en cualquier momento, de las que te llama por teléfono sin esperar a que tú la llames, de las que se pinta la cara y bebe cerveza hasta caer rendida. Era de las que lo mismo se saca una foto dejando fea a la mismísima Granada que luego se mete el dedo en la nariz. Un despropósito en sí misma, una maravillosa y constante contradicción. Se pelea con todos, se molesta cuando no le das la razón o le dices que no puedes irte con ella a la otra punta del país. Se moja por todos y no hay charco de barro que no haya pisado, quizá por eso es de esas mujeres que asusta a los cobardes que pasan por su vida y no tienen el valor de quererla como se merece.

Salta y baila en cualquier festival, ríe como una adolecente y enamora a todos cuando lo hace. Era un torbellino, un remolino de emociones que se mezclaban en un cóctel dulce pero terriblemente fuerte, de esos que te engatusa con el primer sorbo pero de los que sabes a ciencia cierta que te van a traer una resaca del carajo. Era un cúmulo de dislates en metro sesenta de estatura, el consuelo en las noches más tristes, la tempestad que llega cuando más calma necesitas y un par ojos cansados de llorar que todavía te miran suplicando que la quieras de verdad. Era tan increíble que muchas veces parecía que no fuera real, que viniese de otro mundo o de algún lejano lugar y, aunque siempre se estaba moviendo, los que alguna vez la tuvieron delante aseguran que no era un ángel caído del cielo, sino una persona terrenal.

Siempre que charlo con aquel chico sobre ella me cuenta la historia de la escalera de aquel apartamento y siempre, sin excepción, termina diciéndome lo mismo: no hay nada más bello en esta vida que encontrarte a una persona que esté tan loca que te haga replantearte tu cordura y, quizá, consiga hacerte perder la cabeza por ella hasta el límite de no volver a estar cuerdo nunca más.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Lunares blancos

Lunares blancos sobre una tela negra como la oscuridad, la mirada perdida en todos y en nadie, como si nada fuera con ella, como si no supiese dónde mirar. La sonrisa tímida y la voz más dulce que el mundo ha escuchado, la típica mujer que sin decirte nada te lo ha dicho todo y que cuando quieres darte cuenta de lo que está pasando, ya te tiene enamorado.

Unos ojos marrones que te atrapan y no te dejan ir, la sensación de que ha sufrido tanto que está cerrada para siempre, que no quiere cuentas con nadie, que nunca, jamás, se va a volver a abrir. La dulzura personificada, valentía y pasión, de esas chicas que se cruzan una vez en tu vida y, si la pierdes, ya no tienes otra ocasión.


Se movía por el suelo descalza como una gata sobre el borde de una cornisa, a veces se molesta por el fútbol y, dos segundos después, cuando piensas que se está enfadando, de repente, se parte de la risa. Recuerdo que dormíamos juntos en una cama a la que alguna vez llamamos nuestra, recuerdo que me hizo el desayuno, que se adornaba con flores y que le dije muy serio en una ocasión que las cosas no se prometen, sino que se demuestran. Le enseñé que hay tres cosas importantes en la vida: dónde trabajas, con quién te juntas y el colchón donde te echas a dormir y ella, minutos más tarde, me demostró que por muy mal que te vayan la vida siempre tienes que sacar ganas para vivir. Que todo tiende a solucionarse, que el universo conspira a tu favor, que el frío se queda atrás y las flores nacen cuando comienza a hacer calor. Me enseñó muchas cosas en todo el tiempo que estuvimos juntos, que ahora no recuerdo si fueron dos años o apenas un segundo, porque a veces, cuando pasas el tiempo con la persona indicada, las manecillas del reloj se mueven tan rápido que parece que no se mueven nada de nada. 

Le gustaba sentarse sobre mí y mirarme fijamente a la cara y no había nada que más me gustase a mí que sostenerle la mirada. Y darle besos en el cuello, en la boca, en la frente y en el corazón; decirle, aunque sé que le molestaba, que estaba preciosa… Y que sepan todos ustedes que no me faltaba razón. Sus manos se entrelazaban en las mías y su risa se perdía en la habitación; me besaba lentamente al principio y luego, poco a poco, fundía su lengua a la mía con pasión. Recuerdo que hubo un momento, entre tanto calor, que tuve que tranquilizarme y pensar que debía andar con cuidado, que mujeres como esta son las que te vuelven loco de remate, son las que te hacen perder la razón.

Y toda la historia empezó con un centenar de lunares blancos sobre un vestido negro y otras dos docenas desperdigados al azar sobre su espalda, un llamada entre el ruido y unas piernas infinitas que se pierden como dos luceros del alba por debajo de su falda. Lunares blancos que resultaron no ser lunares; noches que pudieron ser de pasión y al final fueron normales y otras que parecía que sólo iban de dar un paseo y se quedaron en tu mente para siempre, imborrables. La vida es tan complicada que lo que pensabas encontrar en el cielo al final te lo encuentras en los bares. La vida, por otro lado, es tan maravillosa que el día más bonito que recuerdas hace mucho nació de uno de esos días que parecía que iban a ser de lo más normales.

martes, 23 de abril de 2019

Ojalá

Ojalá llegue el día en que te des cuenta que tienes alma porque te arda de tanto amor, ojalá que rías mucho, disfrutes de baños de espuma, de noches largas y llores de emoción. Ojalá te bañes desnuda y escuches el sonido del mar, ojalá te digan cada día lo preciosa que eres, te abracen hasta que te duermas y te besen despacio en ese lunar. Ojalá te miren a los ojos con tanto cariño que no puedas respirar, ojalá encuentres a ese hombre al que tanto buscas y que estoy seguro de que se muere porque lo encuentres ya.

Ojalá destapes cien botellas de vino y hagas el amor en una playa; ojalá empieces a sentir fuerte, no tengas miedo al dolor, te quites el casco, el escudo y la cota de malla. Ojalá que te cojan la mano y no te la suelten jamás, ojalá que te hinches a dulces, que veas mil lluvias de estrellas, el cielo de color anaranjado y el turquesa del mar. Ojalá que seas tan feliz que llegue un día que, aunque no tengas de nada, no necesites nada más.
 


Ojalá que te despiertes desnuda, helada de frío y tengas a alguien que te arrope al verte temblar, ojalá que ese alguien prefiera quedarse él helado a verte a ti tiritar. Ojalá tengas largos paseos por el campo y viajes desde las montañas al mar, ojalá veas todo lo que siempre quisiste y te parezca todo un sueño del que no querer despertar. Ojalá que tu vida sea un cuento de hadas repleto de caballeros y torneos, batallas y armas... y un amor de esos con principio pero sin final.

Ojalá que te colmes de buenos libros, de cine y música de verdad, que te ericen la piel unos dedos surcando tu cuerpo, que te besen tan fuerte que apenas puedas respirar. Ojalá que pasen las horas muy rápido, casi tanto que no las puedas ni contar, porque cuando eso sucede, querida mía, es que estás viviendo de verdad. Ojalá la lluvia te moje ahí fuera y tengas que resguardarte bajo algún portal, ojalá que te arranquen la ropa con la pasión de un adolescente que está comenzando a amar. Ojalá también que te besen lento, concienzudamente y sin prisas por terminar, ojalá que en otras ocasiones lo hagan tan rápido y tan fuerte que te excites tanto que parezca que vas a explotar. Ojala que te quieran en cientos de lugares, a cualquier hora y sin importar quién te pueda observar, ojalá que te aprieten tan fuerte hacia un pecho henchido de pasión que creas que te van a destrozar.

Ojalá que todo te vaya bonito, ojalá que te hagan reír y también enojar, ojalá que te des cuenta de que la vida sin lo malo no es tan buena como nos cuentan o como a veces queremos aparentar: que necesitamos pena para valorar la alegría, que las lágrimas de tristeza sirven para depurar una realidad obstruida, que a veces hay que ceder un poco para que el otro se entere que realmente, y aunque quizá no lo demostrabas como debías… lo querías más que quieres a tu propia vida.

Ojalá llegue un día en que, como te decía al principio, te duela el alma de querer tanto; ojalá comprendas que entonces y sólo entonces, habrás encontrado lo que andabas buscando. Ojalá la vida te sonría, le devuelvas la sonrisa y la hagas tan feliz como todas las mañanas que veía yo la tuya y entendía que eso, y no otra cosa, era realmente vivir.

Suscríbete y recibe al instante las actualizaciones