lunes, 18 de julio de 2016

Felicidad

Enterrar los pies en la arena o las manos en sacos de legumbres como hacía Amelie. Que te duela la barriga de tanto reír o las tardes en el sofá oliendo su pelo. El sonido de la primera copa de vino, las siestas de verano o los domingos de invierno; un gol que te hace abrazarte a un tipo que jamás había visto o pasarme la tarde leyendo.

Un trofeo levantado al cielo de Madrid, el niño al que consigues hacer reír, la brazada de una chica preciosa en la piscina, aquellos años de tijeras y plastilina. La necesidad de besar a tu madre antes de irte a la cama sabiendo que el sueño si no, no se conciliaba. Sonrojar con un piropo a una dama o recordar esa vez que, de tanta gente que nos subimos encima, reventamos el somier de la cama. El último abrazo a un amigo antes de que se vaya o el primer ‘te quiero’ de una chica a la que amas.

Las noches de parque aquellos veranos que se quedan tan lejanos y las camisetas de dibujitos con pantalones tejanos, las películas en el cine que sirven de pretexto para que se entrelacen un par de manos o las fotos que de repente encuentras en un viejo baúl y donde sales jugando con tu hermano. Los piques sanos, los días en vano, aquella profesora risueña que te enseñaba a tocar el piano; mi jersey amarillo o ese otro naranja butano, el recuerdo de esa familia que está tan lejos… al otro lado del océano.

Tus labios besándome despacio, el ‘clic’ de tu sujetador al desabrocharse, la forma con la que me mirabas antes y el modo en que me guiñabas un ojo cuando parecía que el mundo era más nuestro que de nadie. Tu mechón dorado aclarado por el sol de agosto, tu piel tostada y la marca del bikini en ella; comidas con amigos o las cenas a la luz de una vela. El sabor de una cerveza helada o el de un café recién hecho, una mirada furtiva, un mensaje donde te dicen que te quieren, el despertar con un beso o una larga noche de sexo. Un amanecer en la playa, una señora cantándote un bingo o que te suene el despertador y te acuerdes que hoy no tienes que madrugar, que es domingo.

Tú sin maquillar andando con tu vestido blanco, yo mirándote desde la lejanía embobado, el sonido de tus tacones acompasando la partitura y mi mente imaginando cosas que me llevan a la locura. Las uñas rojas de tus manos agarradas a mi espalda y las mías, traviesas y emocionadas, subiéndote la falda. Decirte que te quiero y te echo de menos, contestarme que tenemos que recuperar el tiempo, y luego, sin que nadie se entere, ponernos a ello sin freno.

Un beso en la frente a una amiga, un abrazo a otra que una vez lo fue, un sentido ‘lo siento’ por aquella vez que me equivoqué. Los recuerdos más bonitos que nos sucedieron ayer y la esperanza de que, aunque todo cambie, sigamos todos juntos… como siempre fue. Un grupo de amigos que estuvo unido desde que alcanzo a recordar, la familia que no se elige, la que siempre responde cuando llamas, la que te quiere de verdad.

Las fiestas en septiembre o una nota que creías que no ibas a encontrar. Nadar desnudo, una buena película, gritar muy alto, bailar pegados y cantar aunque se te dé mal. Amar hasta que duela, besar todo lo que puedas, sonreír con dulzura y jamás, nunca, pase lo que pase, odiar. Beber, comer, dormir y, si me apuran, no parar de jugar. Abrazar a todo aquel que te lo pida y a cuantos lo puedan necesitar. Vivir, en definitiva, la vida como si mañana se fuera a terminar. Todo eso o lo que ustedes quieran, pero cuando llegue el fin de los finales y todos hallamos de mirar atrás, recordemos pocos momentos malos y muchos, muchísimos que nos colmen de felicidad.  


lunes, 11 de julio de 2016

Complícame la vida

Me vas a complicar la vida. Lo sé.

Con tu terquedad y tu cabezonería pero también con esos ojos que se me clavan como espadas en el pecho, con esos labios que no me quito de la mente, con esa sonrisa de la que ya soy penitente, con esas piernas que te arrancan la decencia, que te vuelven un demente; con tu falda ondeando al caminar, altaneramente, y con mi cabeza dando vueltas, en un estado de lujuria intenso y permanente.

Me complicarás las noches de plácido sueño y traerás contigo insomnio y sudor, guerras sin cuartel cuando el calor más apriete, peleas sobre el colchón mientras los vecinos descansan plácidamente. Volverá la vigilia y la necesidad apremiante de un último beso, de una caricia más, de una sonrisa dibujada en tu cara sin la que no podré dormir, de una mañana tras otra rogándote porque no te vayas, que no tengas que partir. Volverán los días en que mi vida se agote si no te tengo junto a mí, años de tiempo detenido y relojes que no terminan de servir, minuteros parados y el sol que parece que nunca se anima a marcharse a dormir. Me vas a complicar tanto la vida que llegará un momento, me temo, en que no recordaré lo que era vivir.

Acabaré preso de tu cuerpo, condenando a una existencia sin separarme de ti, porque bien sabe el cielo que, aunque te vayas a la otra punta del planeta, mi mente, mi alma y mi razón se irán en tu maleta cuando te vean partir. Volverá la dependencia y la necesidad apremiante de quitármelo todo para entregártelo a ti. Me haré súbdito de esos ojos verdes que necesito para seguir, cautivo de tus manos sin las que no alcanzo a sentir, sumiso de tus latidos sin los que mi corazón no puede latir, rehén de tu piel desnuda donde me quiero consumir y recluso de ese ‘te quiero’ sin el que no puedo subsistir.

Tu boca bajando por mi pecho, mis manos enclavadas a tu espalda, gemidos de pasión a las tantas de la mañana, amaneceres que nos cogen despiertos, exhaustos y sin fuerzas para nada. Fines de semana sin salir del cuarto, años que se evaporan como si fuera un segundo, besos que te hacen dar gracias al mundo, miradas que te arrebatan el aire y te hacen respirar profundo.

Me complicarás la vida ahora que no tengo a nadie a quien rendir cuentas. Vendrán contigo las discusiones y las peleas, los celos y los enfados, los momentos malos…y muy malos; vendrás de la mano con penas y riñas, con recriminaciones del presente y también del pasado, con días de planes que salieron mal y otros que directamente se truncaron. Sin embargo, al final valdrá la pena todo el camino sembrado porque de entre la maleza y la siembra que no nació, que se nos murió temprano, me quedará saber cada día que tengo el tesoro más grande que la vida me ha regalado. Así que ven y complícame la existencia, pero ven ya… no tardes demasiado. Aquí te espero, escribiéndote de nuevo como tantas veces ocurrió en el pasado; que no se te haga tarde, que llevo toda la vida esperando.

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