lunes, 18 de noviembre de 2019

Odio

Odio que debajo del edredón no estés ahora mismo conmigo, que ya no seas el portal donde cobijarme, la tempestad enfurecida que mece mi navío o las flores del jardín bañadas por las primeras gotas de rocío. Odio que no suene la música en tu teléfono y que tu lado de la cama esté siempre vacío, que tus cosas hayan desaparecido de casa e incluso que tu cepillo de dientes ya no repose junto al mío. Odio el sonido del mar, las estrellas y la luna, odio la música y el trinar de los pájaros porque sin ti todo eso no es más que ruido y hastío. Odio el calor de la chimenea que crepita frente a mí porque es entre tu pecho donde quiero resguardarme del frío.

Odio que no sean tus piernas las que me aprietan con la fuerza de un ciclón ni sea en tu cuerpo desnudo donde encuentro la inspiración. Odio que todo lo bueno que tuvimos se haya evaporado de un día para otro sin aparente explicación y cómo todavía te vislumbro gimiendo en cada puto rincón de mi habitación. Odio recordar el olor de tu cuello, el sonido de tu risa, de tu voz, de tu andar descalza y hasta el de tu respiración, odio con todas mis fuerzas el momento en que probé tus labios porque desde entonces ninguno de los que he probado les hace comparación.

Odio acordarme de ti sabiendo que tú no me recuerdas, odio recordar el color de tu piel y el contonear de tus caderas. Odio la falda que te dejaste olvidada, el collar que todavía guardo, las fotos, las cartas y cómo surcaba tu espalda contra viento y marea. Odio haberte visto por primera vez aquella tarde gélida y helada porque desde ese instante y hasta el final de mis días no volveré a ver algo parecido, absolutamente nada.

Odio cada vez que te dije te quiero porque desde entonces no he vuelto a querer, odio los besos y las caricias que me diste sin deber. Odio tus manos perdiéndose en mi pelo, tu sonrisa, tus ojos, tu pecho y tu tez; odio el rubor de tus mejillas, el sabor de tu lengua y el momento en que supe que jamás habría otra mujer; el olor de tu champú, la forma en que me llamabas y el tacto de tu piel; y lo que más odio de todo eso es acordarme de cada maldito detalle como si te tuviese delante por primera vez. Odio que haya querido tanto que sé con certeza que, por mucho que lo intenté, jamás volveré a querer.

Odio habértelo dicho, haberte confesado que te quise tanto como te quiero, es decir, más que a nadie, más que a todos, más que al universo entero. Odio haber abierto mi alma aquella fría tarde de enero, odio que donde hubo el amor más grande que el mundo recuerda ya tan sólo quede un oscuro agujero, que donde se quiso tanto que parecía que no era posible igualar ese fuego ahora queden cenizas, barro y un permanente recuerdo. Odio que pasen los años y mientras yo me descompongo poco a poco, tú encuentras en los brazos de otro lo que más echo yo en falta: consuelo.

Odio que te hayas marchado pero más odio que, aunque lo has hecho, no puedo olvidarte. Odio que pasen los días, los meses y los años y sigas aquí tan dentro que me es imposible sacarte. Que no puedo aunque quisiera pero bien sabe Dios que no quiero, porque si hay algo que me hace seguir adelante es pensar que, un día de estos y sin saber ni dónde ni cuándo, el mundo te volverá a poner delante. Y entonces te diré muchas cosas si es que quieres escucharme: te diré que lo siento, que te quiero mucho más de lo que te quise antes y que aunque entendería que quisieras volver a irte haré todo lo posible, durante el resto de mi vida, para que quieras quedarte.

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