lunes, 3 de junio de 2013

Mi periodismo (II)... La filosofía

Siempre pongo mi primer día en la facultad como ejemplo de lo que yo creí que era el periodismo. Es, probablemente, el recuerdo más bonito que queda sobre lo que yo entendí como un sueño y posteriormente se convirtió en el despertar de una triste realidad.
En aquella primera jornada en la UCM uno de los profesores encargados de abrir el discurso inicial a un centenar de estudiantes que comenzaba su andadura universitaria, nos avisó con tiempo de lo que venía: “Habéis elegido probablemente la profesión más bonita del mundo, eso sí, tengo el deber de avisaros: si queréis haceros ricos, tener vacaciones o trabajar poco y en un horario definido, habéis elegido mal”. Aquel catedrático anónimo consiguió mantener la atención de todos nosotros con un discurso embriagador, motivador como pocos. “El periodista” –continuó – “tiene el deber de, además de decir siempre la verdad, no venderse a intereses empresariales y, sobre todo, no publicar nada que no haya sido confirmado. No debe prevalecer la primicia sobre la realidad. No caigáis en ese fallo y sed siempre prudentes”. Uno recuerda ahora esas palabras, mira el panorama actual y claro, se echa a reír.
Bajamos a la cafetería, aquel lugar que coparía horas y horas de debate y charlas con los primeros compañeros que habíamos conocido y que se convirtieron, en muchos casos, en amigos que durarán eternamente. Se empapaba el optimismo en todo nosotros, creo que fuimos la última generación (siempre hay excepciones) que mayoritariamente había llegado voluntariamente a ‘pasar hambre’, a descartar una vida de acomodo económico más que por seguir el paso de aquellos mitos mediáticos que nos narraban goles, contaban historias o trasmitían cualquier escena de un mundo que no habíamos visto pero del que estábamos dispuestos a ser parte.

La licenciatura académica más rápida de la historia. Duró un día, después vino la realidad.

A la mañana siguiente uno va despertando de un sueño efímero y realmente inexistente. Poco a poco ve lo que de verdad es el periodismo y en lo que se ha convertido en los últimos diez años. No fuimos siquiera la última generación decente, nosotros fuimos parte del fracaso y ni nos dimos cuenta de que ya habíamos llegado tarde, de que el noventa por ciento ni siquiera trabajaría en esto más que por alguna práctica mal pagada. Ya no había lugar para nosotros en esta profesión.

El periodismo murió el día en que se cambió la noticia por la opinión y la calidad por la cantidad, es decir, el mismo día en que se convirtió en negocio. Ahora me dirán, no sin falta de razón, que el periodismo siempre ha sido un negocio y yo, por supuesto, no podré llevarles la contraria. Sin embargo, creo que esta década ha sido (con excepciones) la más dañina para esta gran labor social (ninguna sociedad libre puede serlo sin el periodismo, eso sigue estando vigente y es inamovible).

Abran ustedes un periódico cualquiera, para ejemplificar todo esto, háganlo con un periódico deportivo, probablemente el sector que más ha notado el cambio. Agarren ustedes un ejemplar de Marca o As (los medios catalanes directamente no los considero periódicos al haber perdido cualquier tipo de relación ética y moral con la profesión y haberse sometido a los intereses de la empresa a la que sirven) y verán que en todas y cada una de sus páginas hay, al menos, una columna de opinión. Las noticias, el análisis actual o histórico de cualquier tema y cualquier faceta perteneciente a la parte más objetiva del medio, quedan casi desterradas por la opinión de un periodista sobre temas casi siempre futbolísticos, que los demás deportes no vende.
Nunca me gustó la columna dentro del periódico y mucho menos si es de un periodista. Entiendo que un ex jugador, un entrenador reputado o cualquier otro profesional del sector haga juicios de valor sobre un tema deportivo, pero me niego a pensar que periodistas que jamás han tocado un balón de cuero, que no han sudado en un terreno de juego o vivido una charla técnica sean los que analicen variantes que les son totalmente externas e incomprensibles y que, además, no tienen interés informativo alguno viniendo de sus plumas.
La columna cambia el anonimato del que tiene que escribir sobre la verdad por la fama del que nunca debió ser conocido. La opinión comienza a ser más importante que la información y el periodista, dando esa opinión, deja de ser tomado como objetivo consiguiendo que su próxima noticia esté condicionada para la audiencia por aquel matiz subjetivo que escribió una vez. Nunca más se le vuelve a tomar en serio una noticia del Real Madrid si una vez puso que era del Atleti, jamás se considerará que habla objetivamente de Guardiola si aquel día lo puso a caldo y pocas veces se la podrá tomar en serio si después del beso con Casillas sale anunciando champú.

Mención a parte merecen los programas televisivos de debate. Dos horas de tertulia, aquel género en el que antaño un moderador buscaba el testimonio de personas doctas en la materia y que se ha convertido en el corrillo de ocho o diez periodistas a voz en grito debatiendo sobre trivialidades y sandeces. ¿Qué hacen ocho tíos, bufanda en mano, opinando sobre polémicas rosáceas mientras se embolsan en ciento veinte minutos el sueldo que cualquier compañero de profesión gana en un mes? ¿Cómo hemos llegado al punto en que Tomás Roncero tiene un año de lista de espera para ir a una peña madridista a comer 'de gorra'? ¿Cuál ha sido el fallo educacional para que una estudiante quiera parecerse a Sara Carbonero antes que a Ana Pastor o que un chaval desee emular a Pipi Estrada y desconozca a Manuel Jabois? ¿Cuándo perdimos el norte definitivamente?

En los momentos en que la profesión vive peores horas, hay personajes periodísticos que cobran un millón de euros anuales, otras que anuncian productos de cosmética y una inmensa mayoría que trabaja como burros para malvivir y tener el miedo en el cuerpo cada día al llegar a casa pensado que pueden ser despedidos. Esa es la realidad.

El debate suplió al análisis. Hoy pocos conocen los post de Abel Rojas o los análisis impecables de Axel Torres. El periodismo es Manolete, López, Cubero, Lama o Cristina Pedroche. Pregunten ustedes en la puerta de un instituto por Enric González o David Gistau y háganlo después por Tomás Roncero. Observen el número de followers de cada uno y las audiencias de los programas deportivos más chabacanos y comprenderán un poco más el por qué del declive de los medios deportivos que, poco a poco, se va extendiendo al resto de sectores.
Siempre he dicho que la calidad de los medios de comunicación es la imagen de la sociedad, un país con catorce ediciones de Gran hermano no puede tener, por mucho que queramos, una base comunicativa decente. Es imposible. Sin embargo, los medios españoles tienen gran parte de culpa en todo este proceso de ignorancia nacional, de total y absoluta decadencia académica y cultural. Ellos pudieron elegir entre seguir una línea docta y preparada, adornada con artículos de interés y trabajo periodístico ejemplarizante que, aunque tuviera que luchar el doble para vender la mitad, sirviera de refugio de una corriente minoritaria que sí demanda esos contenidos. Sin embargo, decidieron como buenos españoles, tomar el camino fácil, el de la marginalidad de la información y la priorización de una opinión barriobajera. Tomaron el sendero del debate pueril y la vulgaridad, de las conjeturas informativas y del condicional en los titulares. Se dejaron llevar por la ley no escrita que dice que vende más el conflicto que la pacificación, el caos que la calma y el sensacionalismo al elitismo.
La sociedad debe ser educada y antes para ello uno recurría a un periódico, ahora cada vez es más difícil encontrar un medio de comunicación que no se parezca tristemente, a cualquier programa de sobremesa de Telecinco. Ahí comienza el mal del periodismo y, por ende, el de toda la sociedad nacional.

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