domingo, 23 de noviembre de 2014

Roger Federer

Serían poco más de las tres y media de la tarde en España cuando, con 40-0 en el marcador, Roger Federer servía para hacer a su país, Suiza, campeón por primera vez en la historia de la competición tenística por equipos más importante del mundo: la Copa Davis.
El punto comenzó con un saque a la ‘T’ que su rival devolvió flojo y centrado. Roger tenía toda la pista para cruzar una bola y hacer correr de lado a lado a Gasquet, pero eso era demasiado fácil para el mejor jugador de todos los tiempos. Con un toque sutil y cortado, mandó una dejada a la derecha de un francés que ni siquiera gastó esfuerzos en intentar llegar porque, a buen seguro, habrían sido en balde. En vez de eso, el jugador local se quedaba de pie haciendo de espectador privilegiado ante el momento histórico que estaba viviendo junto a las casi treinta mil almas que llenaban el estadio Pierre Mauroy de Lille. Mientras todos enmudecían, Roger Federer se dejaba caer en la arcilla francesa sobreexcitado por la emoción de saber que su leyenda volvía a agrandarse un poco más, si es que eso era posible, consiguiendo el último de los títulos que le quedaban por adornar su más que agigantado palmarés. 
 
A mí, que lo viví emocionado en la calidez de mi hogar, me vino a la memoria la imagen de Federer llorando a lágrima viva allá por 2009, cuando un fenomenal Rafael Nadal lo derrotaba en el enésimo encuentro que jugaban. En aquella ocasión fue sobre la pista dura del abierto de Australia, y ahí algunos creímos que la leyenda del suizo terminaba, que su digno sucesor había conseguido derrotarlo y enterrarlo para siempre. Cuán engañados estábamos, qué tremenda desfachatez haber dudado del mejor jugador de todos los tiempos, cuántas bocas tenía que callar y cuántos títulos levantar al cielo. Ojalá sean muchos más, ojalá no se nos vaya nunca.


De Roger Federer, como ocurre con todos los grandes deportistas, se ha dicho ya casi todo. Se han escrito libros, rodado documentales e incluso, si me apuran, estoy seguro de que algún amante del deporte le habrá dedicado alguna que otra oda poética. Yo, desde la humildad de un blog que aúna todo y no habla de nada, quería volver a hacer hincapié en la palabra que a todo ser viviente que haya visto jugar al suizo le viene a la cabeza cuando ha de definir su estilo: elegancia.
Si Zidane lo fue en un terreno de juego, Sam Snead frente a un hoyo o Pernell Whitaker encima de un ring, Roger Federer es la personificación de ese concepto tan elitista y poco común, tan apreciado entre los amantes del deporte como escaso dentro y fuera de él. El suizo podrá, a sus treinta tres años, no ser el mismo ciclón físico que conquistó el mundo a los veinticinco, pero es, de largo, el jugador más refinado no sólo del circuito actual sino, probablemente, de todos los que alguna vez empuñaron una raqueta.

Ver a Roger moverse entre cualquier superficie es un deleite para la vista. Uno juraría que sus pies no llegan a posarse nunca sobre la tierra batida, el césped o el cemento, sino que se mantienen flotando y es únicamente la ilusión óptica del espectador lo que parece asentarlo en el suelo. Su derecha no obtiene quizá la potencia de los demás, pero es certera como una daga, y nadie me podrá negar que su revés es la acción más notable y depurada del panorama deportivo actual. De largo, muy de largo sobre la segunda.
El maestro del tenis volvió un veintitrés de noviembre a silenciar a aquellos impacientes que alguna vez intentamos jubilarlo. Hoy, Roger Federer se aupó a lo más alto del único título importante que le quedaba por ganar e indirectamente y siempre con mesura y delicadeza, le dijo al mundo entero que todavía, por suerte y gracias a Dios, nos queda mucho Federer por disfrutar. Eso es precisamente lo que nosotros tenemos la obligación de hacer, disfrutarlo; él se encarga de que así sea.

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