El silencio retumbaba en la casa, asumiendo la contradicción. Se había instalado como una presencia casi física. Por primera vez en meses no se escuchaba nada más que el viento colándose a hurtadillas por la ventana de la habitación y el paso de una decena de vehículos dirigiéndose hacia ningún lugar. “Qué curioso” - pensó- “todo lo que lo he echado de menos y ahora que reina en todas partes me oprime el alma más de lo que hizo nunca ningún ruido”.
Se había vaciado de lágrimas, de fuerzas, de sueños, de futuro y de pasado, quedando únicamente un presente suspendido en el tiempo, como si la propia vida se hubiese olvidado de seguir adelante. En su mente, el eco de una realidad pasada y la sensación de absoluta soledad, de haber sido engañado por un ladrón de guante blanco que le había arrebatado, de repente, todo lo más preciado. Se preguntaba el porqué una y otra y otra vez, y cuanto más se acercaba a la respuesta más se lo volvía a preguntar, quizá precisamente porque la propia respuesta era tan terrible que no la quería asimilar.
Más tarde, preso del cansancio, se durmió sobre un sofá polvoriento que lo recibió gélido y desconcertado. Su mente no le daba tregua, y las manos de ella, sus ojos vidriosos, su boca y su piel aparecieron de nuevo, traicionado por su subconsciente, para apagar su sed, para tratar su dolor y para recrear una realidad que se había evaporado.
Allí, junto a Morfeo, alejado de todo lo real, inmerso en lo onírico, volvió a sentirse en casa, a notar unos pies descalzos acariciándole y la luz de la luna llena iluminándole el rostro por el cristal de la habitación. Allí, en lo más profundo de un sueño plácido, las lágrimas dejaron paso a sonrisas cómplices, a duchas y pijamas calentados por el radiador, a cenas y deberes, a cariños y cine, a felicidad y amor.
Duró poco, tan solo lo que tardó el sol naciente en una nueva y triste mañana en romper contra una cara podrida de vivir y, de nuevo, se hizo presente la realidad, y todo lo que había cobrado sentido unos minutos antes desapareció como arena engullida por el mar. Fue entonces cuando comprendió que aunque ya no habitaban su vida, lo harían para siempre en cada rincón de su alma, porque hay amores que jamás se terminan de ir, solo aprenden, con el tiempo, a doler un poco menos.
