domingo, 19 de agosto de 2018

19 de agosto... o quizá un poco antes

Diecinueve de junio de hace vete tú a saber cuánto. Hace mil años y un par de meses, o simplemente mil años... no lo recuerdo muy bien. Cuenta la historia que hubo un camino adoquinado que subía hacia ninguna parte, grandes chalets donde alguien soñaba vivir y una luna casi llena adornando un cielo repleto de estrellas que se encendían como las luces de un árbol de Navidad. 

Paseaban por aquel páramo desierto y que comenzaba a calentarse con un verano incipiente que tocaba a la puerta para hacerse notar, para que le dejasen entrar, un par de jóvenes que se hacían llamar amigos pero que, en realidad, eran muchísimo más. Los dos hablaban y hablaban, porque si en algo siempre fueron expertos, fue en contarse absolutamente todo…hasta que dejaron de hacerlo tiempo después. Charlaban de amigos en común y proyectos futuros, de sus planes y sueños, de sus inquietudes y de cómo habían llegado hasta allí sin comerlo ni beberlo y quizá, en ese preciso momento, entendieron que a veces en esta puta vida hay cosas que suceden por obra y gracia de una fuerza superior que se muere porque encontremos a esa persona que te va a exprimir más el corazón que el resto de la gente que te cruces por aquí. Y vaya si ellos se exprimieron... y vaya si ellos se quisieron.


Cuentan también que luego hubo un banco tenuemente iluminado por unas farolas que irradiaban una luz  ámbar y que ella vestía de blanco y su piel morena contrastaba con aquel color de una manera tal que cualquier hombre sobre la faz de la tierra se habría enamorado de ella casi tanto como lo estaba él. Dicen que sus ojos verdes lo miraban tímidos y sus manos, las más bonitas de cuantas han existido, jugueteaban nerviosas pensando qué vendría después. Algunos hasta se atreven a afirmar que él, el hombre que nunca se había puesto nervioso frente a una mujer antes, estaba tan tembloroso que apenas podía hablar, moverse o, si me apuran, respirar. Pero repito, quizá sean tan sólo habladurías.

Y la historia continuó, según dicen, mientras las suelas de sus zapatillas y el canto de las chicharras servían de banda sonora para lo que vino después. ¿Y qué vino?, preguntarán ustedes: una pregunta tímida, una cama de noventa y una mujer que se abalanzó sobre un hombre que llevaba tanto tiempo enamorado de ella que tuvo que asegurarse en la oscuridad que por fin sus labios lo besaban y no lo estaba soñando como tantas veces había sucedido tiempo atrás. Y más tarde vino todo lo demás, pero esa es otra historia, la de cómo teniéndolo todo al final lo dejaron escapar.

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