Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” y la experiencia me ha llevado, durante todos estos años, a tener que darle casi siempre la razón. He comprendido, a fuerza de regresar donde nunca debí, que hay sitios que no son lugares, sino edades, estaciones del alma a las que uno pertenece más por lo que fue que por lo que es. Volver a ellas implica casi siempre un riesgo implícito: descubrir que la puerta sigue en pie, pero que quien la cruzó una vez ya no existe. Volver a tus recuerdos, casi siempre idealizados por una memoria traicionera, te conduce, irremediablemente, no sólo a no encontrar la felicidad que una vez hallaste allí sino, además, a comprobar que la imagen de perfección que anidaba en tu mente no se correspondía con la realidad.
A pesar de
ello, hay regresos que desafían todas las leyes de la nostalgia. Hay nombres
que no vuelven para ocupar un espacio, sino para despertar un tiempo, para rejuvenecer
un alma curtida en mil pesares y para reavivar una ilusión que uno creía
extinta. La posible vuelta de Mourinho es mucho más que nostalgia para mí, es volver al
lugar donde fui feliz con el hombre que me hizo cabalgar sobre el madridismo más
febril, apasionado y militante que he experimentado jamás.
Porque 2010
no fue solo un año, fue una manera de estar en el mundo, algo que ya
desapareció, que no volverá, pero del que uno guarda tan buenos recuerdos que
quisiera no haberse marchado nunca. La época del Tuenti y los
botellones en residencias de estudiantes; aquella en que Twitter comenzó a ser
el campo de batalla donde la gente de pie combatía a la canallesca. La de Van
Palomain, el Waka Waka, Manjavacas y Mota del Cuervo, la del amor
inconmensurable a la camiseta, la del duelo por antonomasia entre los dos
jugadores más grandes que nuestros ojos verán, la del futuro incierto y el
corazón rebosante. Allá donde la vida sucedía más despacio o, quizá, éramos
nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a correr tan deprisa.
Tal vez uno se pone melancólico porque se hizo mayor de repente, casi sin darse cuenta, o que la nostalgia no sea otra cosa que mirar hacia atrás y lamentar aquello que el destino le arrebató, pero el caso es que echamos de menos a las personas que fuimos cuando amábamos sin calcular las consecuencias, cuando una canción resumía un año entero o un mensaje era capaz de acelerar el ritmo de un corazón. Cuando las madrugadas eran eternas, las amistades no se traicionaban, el amor era el motor de la vida y el Real Madrid algo que se asimilaba en importancia al mismo Dios.
Quizá Sabina
tenga razón y no debamos volver a los lugares donde fuimos felices. Quizá
insistir en ello sea tentar a la decepción. Sin embargo, creo que hay regresos
que no buscan recuperar el pasado, sino recordarnos que seguimos siendo un poco
aquellos que fuimos y que, aunque peinemos canas en la barba y las arrugas
pueblen nuestra piel, el corazón sigue queriendo volver a sentir de la manera que sentimos
antaño.
Por eso hoy,
si se confirma la segunda venida, uno no podrá más que sentirse de
nuevo joven, feliz y entusiasmado con lo que venga, que será bueno o será malo,
sólo Dios lo sabe. Lo que sí tengo tan claro como que mañana volverá a brillar
el sol, es que hay algunas nostalgias que vuelven para encender la luz que
parecía haberse apagado para siempre y que voy a vivir los próximos meses con
toda la intensidad que pueda resistir mi corazón. Estamos de vuelta. O al menos rezo por estarlo pronto. Hala
Madrid…hijos de puta.