miércoles, 26 de marzo de 2014

Madrid

Me recibió húmeda, como la amante agradecida que siempre fue para mí. La lluvia adornó nuestro primer paseo juntos después de tanto tiempo, de tantísimos meses sin vernos. El aroma a café precedió a las cervezas, y es que bien sabe Dios que una caña no sabe igual en Madrid que en cualquier otro sitio; y acabamos como siempre, queriéndonos entre sus calles, amándonos entre las esquinas de esa ciudad maravillosa a la que volví después de una eternidad. No defraudó, ella nunca lo hace.

Se nos hizo demasiado corto. Casi sin darnos cuenta el reloj ya marcaba la hora de la despedida, de la partida a la otra punta del mundo para, de nuevo, volver a dejarla sola y lejos de mí. Ella se despidió sonriendo y me obsequió con una tarde soleada en el centro, de nuevo entre birras y luz en el asfalto. Volví a compartir momentos con grandes amigos y, de soslayo, con ese club de fútbol que ya se ha convertido en algo más que una pasión. Torné a disfrutar de la diosa, de Sol, de la Gran Vía y de una ciudad que inspira pasión, libros, cine y sonrisas como ninguna otra que haya conocido. De nuevo volvimos a reír hasta llorar, esa extraña forma que tiene la vida de darte a entender que en ese preciso momento no puedes ser más feliz. En esta ocasión, un sándwich de jamón y queso tuvo la culpa, una gilipollez como cualquier otra, como las cientos de miles que la precedieron y las miles de millones que, Dios mediante, la seguirán. En Madrid el que no sonríe es porque no sabe hacerlo o porque no le da la gana, no hay más explicación.


Y, como decía, al final me volví a marchar. Dejé atrás Atocha y la M30 sirvió de antesala para una A3 extremadamente larga cuando uno se aleja de la ciudad donde más feliz ha sido. Cientos de kilómetros de reflexión sosegada y melancolía contenida en una nueva despedida. Un ritual que se repite una y otra vez y una frase que la acompaña: “tengo que venir más a menudo a verla, pasa demasiado tiempo sin que la estreche entre mis brazos”. Esa promesa que después, por unas cosas u otras, no se cumple en la medida que uno quisiera. Pero lo que sí es cierto es que ella no cambia y que aunque las horas han seguido su curso desde ese momento en que me robó el corazón y nunca me lo ha vuelto a devolver, cuento cada día las que faltan para volverla a tener a mi lado. Ya queda menos, casi te vuelvo sentir, no te vayas muy lejos, que pronto vuelvo a ti, mi amada, mi vida, mi Madrid.


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