lunes, 12 de mayo de 2014

El final

Nueve horas se necesitaron para darme cuenta de que todo había acabado, nueve. Fue recorriendo la vieja y maltrecha Polonia, sus campos verdes y amarillos, cuando comprendí que la vuelta a casa era ya un hecho y el sueño de recorrer el este del continente tendría que esperar.


Llegué a Breslavia de noche, como vengo acostumbrando durante los últimos días, y me dio tiempo únicamente a ir al hotel donde pasaría mis últimas horas fuera de casa. Allí, acompañado tan solo por una mujer barbuda que resultó ser el/la nuevo/a ganador/a de Eurovisión, me asomaba por la ventana de la habitación para intentar captar el último suspiro a una tierra en la que, aunque había pasado casi toda la jornada, no me había dado casi tiempo a ver. Una curiosa paradoja que quizá ustedes no logren entender demasiado, aunque tampoco es demasiado importante.

Praga-Breslavia era la última parada de un viaje de más de cinco mil kilómetros que se iniciaba hace hoy justo diecisiete días y que terminaba con un avión de Ryanair despegando de los últimos resquicios del crudo invierno del norte para morir en el calor intempestivo de Alicante. Un cambio de país, de clima, de idioma, cultura y hasta de música, que me decía que ya, por fin, volvía a mi España querida.



Regresaba a este país que tanto quiero y tanto odio, que tan mal nos ha tratado pero que, a la vez, no podemos dejar atrás. Volvía a la España de la crisis y la corrupción, de la pandereta y la flamenca encima del televisor, de Gran Hermano y Belén Esteban, de Paquirrín y Jorge Javier, de Mariano y Alfredín, del ladrillo y la desvergüenza. 

Pero también quince días fuera dan para recordar aquellos tiempos no tan lejanos en que no éramos tan malos y, además, incluso sirven para rememorar las miles de cosas buenas que seguimos teniendo y que, aunque quedan en muchas ocasiones empañadas por la sinvergonzonería de unos pocos, nos han hecho ser tan queridos como envidiados en el resto del continente. Porque pocas cosas cambio por un plato de caracoles a la sombra de una terraza de bar, cerveza en mano; muy poquitas. Los días de calor y mar, las noches de cubatas y risas, los prados del norte o el acento del sur. Uno tiene que recorrer media Europa para olvidarse de nacionalismos o radicalismos políticos y extrañar que anochezca a las diez de la noche y el aperitivo de la una y media. Y esa, seguramente, sea la lección más valiosa que aprendí en estos pocos días de kilómetros, mochila, sol y aventura: que quiero a mi país más de lo que pensaba y que, aunque siego pensando que la crítica es buena para mejorar y que hay pocas naciones más criticables que España, sí he vuelto a comprender, lejos de ella, que las demás pueden ser, en efecto, muy bonitas para un par de días, pero ella, mi España añorada, es la más hermosa de todas por eso mismo, porque siempre será mía. 

Volví a casa y me fui directo a comerme una paella con un tercio bien fresquito de Estrella Levante. Y entonces, después de tanto tiempo deseando irme de aquí, le pedí al cielo que no me dejara marchar nunca más y, si alguna vez tenía que hacerlo, que su sabor, su tacto, su olor y la vista de su atardecer de verano, se quedase conmigo para siempre. Al final, querida mía, resultaste ser tan imprescindible para mí que tuve que volver de rodillas a pedirte que me dieras otra oportunidad.

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