miércoles, 3 de junio de 2026

Ahí morí yo

En esa comisura morí yo. No recuerdo muy bien cuándo, pero fue hace ya algunos años y, a buen seguro, ahí, en esa sonrisa preciosa que, aunque parezca extraño, es lo único que tengo de ella. Una sonrisa eterna que crea, cuando sale a relucir, dos o tres suaves surcos en unos pómulos nacarados que se me han incrustado tanto en mi memoria que sería incapaz de arrancarlos de allí. En esa comisura de unos labios carnosos y rosáceos que uno no puede más que suplicar a todos los dioses conocidos tener cerca en alguna ocasión. Ahí, justo ahí, morí yo.

Es extraño cómo ha discurrido todo: desde una distancia absoluta y, sin embargo, desde una cercanía casi total. De ella no conservo recuerdos ni momentos vividos porque nunca los hemos tenido, pero sí guardo en la mente mundos paralelos donde hemos compartido noches de verbena, paseos por la montaña, viajes a lugares lejanos y mañanas de besos guarecidos bajo un edredón. Conservo un cuadro imaginario que mi mente reconstruye una y otra vez con una precisión casi quirúrgica: su cabello castaño aclarándose en las puntas, sus ojos enormes de un verde incierto, los dos pequeños aros metálicos en su nariz, el corazón tatuado en su antebrazo o el ese sempiterno de su costado; el movimiento despreocupado de sus manos mientras habla, el vestido rojo de la boda en Ortiguera y la elegancia que desprendía al apartarse el mechón del pelo mientras taconeaba por un césped bañado por el sol. 

Sin haberla tocado nunca, estoy convencido de que podría reconocer la textura de su piel. Del mismo modo que no tengo dudas de que, cuando escuche su voz, no sentiré la extrañeza de quien descubre algo desconocido, sino la familiaridad de quien regresa a un lugar donde ha vivido durante años. Porque, aunque jamás he sentido el calor de sus manos ni el roce casual de sus dedos, mi imaginación ha rellenado esos vacíos con una minuciosidad casi absurda. Ha construido recuerdos donde nunca existieron, ha levantado puentes sobre distancias imposibles y ha convertido la ausencia en una forma peculiar de presencia.

A veces pienso que el ser humano no se enamora únicamente de las personas, sino también de las posibilidades. De las historias que imagina, de las vidas que proyecta y de los futuros que nunca llegan a existir. Quizá por eso ella habita mi memoria con una intensidad que desafía toda lógica, porque no está hecha solo de realidad, sino también de todo aquello que mi imaginación ha ido añadiendo pacientemente durante años. De cada conversación que nunca sucedió, de cada viaje que jamás emprendimos, de cada abrazo que quedó suspendido en el quizá y en el ya veremos; de septiembre, de Asturias, de un baile o una cerveza, de una vida que, quizá, no llegue nunca. Y entre lo que fue, lo que es y lo que nunca llegó a ser, he terminado construyendo una presencia tan nítida que, en ocasiones, me cuesta recordar que una parte de ella pertenece a la realidad y otra a los dominios inagotables de mi alma. Quizá sea esa la mayor victoria de ciertos recuerdos: lograr que lo soñado y lo vivido terminen confundiéndose hasta resultar indistinguibles. Y aun así, pese a todo, sigo conservando la esperanza de que algún día la vida tenga la delicadeza de concederme aquello que el corazón lleva años ensayando en silencio y que no es otra cosa que toparme cara a cara con esa comisura de labios que hizo que el resto dejasen de importar.