En esa comisura morí yo. No recuerdo muy bien cuándo, pero fue
hace ya algunos años y, a buen seguro, ahí, en esa sonrisa preciosa que, aunque
parezca extraño, es lo único que tengo de ella. Una sonrisa eterna que crea,
cuando sale a relucir, dos o tres suaves surcos en unos pómulos nacarados que
se me han incrustado tanto en mi memoria que sería incapaz de
arrancarlos de allí.
En esa comisura de unos labios carnosos y rosáceos que uno no puede más que
suplicar a todos los dioses conocidos tener cerca en alguna ocasión. Ahí, justo
ahí, morí yo.
Es extraño cómo ha discurrido todo: desde una distancia absoluta
y, sin embargo, desde una cercanía casi total. De ella no conservo recuerdos ni
momentos vividos porque nunca los hemos tenido, pero sí guardo en la mente
mundos paralelos donde hemos compartido noches de verbena, paseos por la
montaña, viajes a lugares lejanos y mañanas de besos guarecidos bajo un
edredón. Conservo un cuadro imaginario que mi mente reconstruye una y otra vez
con una precisión casi quirúrgica: su cabello castaño aclarándose en las puntas,
sus ojos enormes de un verde incierto, los dos pequeños aros metálicos en su
nariz, el corazón tatuado en su antebrazo o el ese sempiterno de su costado; el
movimiento despreocupado de sus manos mientras habla, el
vestido rojo de la boda en Ortiguera y la elegancia que desprendía al apartarse el mechón del pelo
mientras taconeaba por un césped bañado por el sol.
Sin haberla tocado nunca, estoy convencido de que podría reconocer
la textura de su piel. Del mismo modo que no tengo dudas de que, cuando escuche
su voz, no sentiré la extrañeza de quien descubre algo desconocido, sino la
familiaridad de quien regresa a un lugar donde ha vivido durante años. Porque,
aunque jamás he sentido el calor de sus manos ni el roce casual de sus dedos,
mi imaginación ha rellenado esos vacíos con una minuciosidad casi absurda. Ha
construido recuerdos donde nunca existieron, ha levantado puentes sobre
distancias imposibles y ha convertido la ausencia en una forma peculiar de
presencia.
A veces pienso que el ser humano no se enamora únicamente de las
personas, sino también de las posibilidades. De las historias que imagina, de
las vidas que proyecta y de los futuros que nunca llegan a existir. Quizá por
eso ella habita mi memoria con una intensidad que desafía toda lógica, porque
no está hecha solo de realidad, sino también de todo aquello que mi imaginación
ha ido añadiendo pacientemente durante años. De cada conversación
que nunca sucedió, de cada viaje que jamás emprendimos, de cada abrazo que
quedó suspendido en el quizá y en el ya veremos; de septiembre, de Asturias, de un baile o una cerveza, de una vida que, quizá, no llegue nunca. Y entre lo que fue, lo que es y lo
que nunca llegó a ser, he terminado construyendo una presencia tan nítida que,
en ocasiones, me cuesta recordar que una parte de ella pertenece a la realidad
y otra a los dominios inagotables de mi alma. Quizá
sea esa la mayor victoria de ciertos recuerdos: lograr que lo soñado y lo
vivido terminen confundiéndose hasta resultar indistinguibles. Y aun así, pese a todo, sigo
conservando la esperanza de que algún día la vida tenga la delicadeza de
concederme aquello que el corazón lleva años ensayando en silencio y que no
es otra cosa que toparme cara a cara con esa comisura de labios que hizo que el resto dejasen de importar.
