sábado, 3 de enero de 2015

2014-15

Las últimas gotas de cera de la vela del año 2014 van cayendo sobre la gran mesa del infinito espacio-tiempo mientras, casi sin darnos cuenta, la mecha de la siguiente comienza a calentarse al fondo de la habitación para iluminar, ya mismo, el nuevo 2015 que se nos ha echado encima. ¡Qué nervios, qué emoción!
El año del ébola, el pequeño Nicolás, Felipe VI, Pablo Iglesias o el mordisco de Suárez a Chiellini se va cabizbajo en un taxi después de haberse puesto las botas en media docena de cenas navideñas, comilonas de empresa y quedadas de amigos o compañeros de clase. En la memoria, mil y una historias que contar, doscientos millones de momentos, algún que otro beso robado, cientos de resacas y, todavía, algunas lágrimas que, por desgracia, no se terminan de ir. 

Trescientos sesenta y cinco días que ya no volverán. Doce meses con 109 casos (conocidos) de corrupción, casi a diez por cada uno tocamos. Ocho mil setecientas sesenta horas que parecían interminables y que ya están a punto de clausurar un calendario que se nos queda sin hojas. Más de medio millón de minutos donde todavía sigue resonando con fuerza ese maldito vocablo al que juramos que desterraríamos y que no se acaba de marchar. Esa crisis déspota y asquerosa que sigue instalada en cada provincia, en cada ciudad y en cada barrio de un país al que ya no se le puede exigir un sacrificio más, al menos no a los que vienen sacrificándose desde hace ya demasiado tiempo: a tu vecino y al mío, a su abuelo, primo, sobrino o amigo de éste, suyo o el de aquel que tienes ahora mismo al lado o te mira de reojo desde la butaca del salón.

El 2014 ya se encuentra en el hall de casa intentando cerrar la última de las maletas para transitar hacia algún desconocido lugar. Mientras, afuera, otro caballero con traje gris y corbata color caoba enciende la alarma de su coche para subir después los peldaños que los separan de la cena de fin de año que le espera calentita en la cocina. El primero se lleva consigo a Robin Williams, Lauren Bacall, Luis Aragonés, Cayetana de Alba, Adolfo Suárez o don Alfredo Di Stéfano. El segundo, por su parte, nos trae alguna cigüeña que otra para compensar. Siempre ha sido así y siempre así será.
El año del fracaso del Mundial deja paso a otro sin Campeonato del Mundo, Eurocopa, juegos Olímpicos o tan siquiera esa apestosa Copa Confederación. Se avecina uno de esos ‘verano de mierda’ como se conoce vulgarmente en mi círculo más cercano a los estíos donde no hay más fútbol que las pachangas de las ocho de la tarde en la pista del pueblo. Finiquitamos el año de la décima, el de Mireia Belmonte y Marc Márquez, aquel en que Alonso dejó Ferrari para poder ganar y Roger Federer no dejó de hacerlo. Hay cosas que parece que nunca van a cambiar.


A lo lejos se atisba a ver de nuevo una ceremonia de los Oscar donde DiCaprio no lo ganará, como tampoco lo hizo meses atrás ante un Matthew Mcconaughey que le arrebató merecidamente la estatuilla más preciada a uno de los actores que, seguramente, más la ha merecido. Star Wars, Jurassic World y hasta si me apuran 50 Sombras de Grey coparán la celulosa de las grandes salas mientras Intellestelar, El Hobbit o la infravaloradísima Her quedan desterradas a la quietud de la estanterías de grandes DVD´s de casa. Por otro lado, peores sitios hay que ese.
Se despide un año de amor y besos y les deseo otro con mayor porcentaje de estos en sus vidas. Que el confeti los empape y las lágrimas sólo sean de felicidad. Que disfruten del buen cine, de las grandes series y de la mejor compañía, desterrando de sus vidas la mediocridad, lo grotesco y lo tosco. Que el 2015 los encuentre bañados en alcohol y sonriéndole a un mundo que cada vez parece más mustio, más gris, menos alegre y más pútrido en muchos lugares del país, comenzando por ese hemiciclo flanqueado por leones. Les deseo salud, dinero y amor, como ya hacían Cristina y los Stop allá por el año 67 del pasado siglo. Que no les falten buenas películas en el año en que se cumplen cien del nacimiento de Orson Welles; sexo en el que Linda Evangelista cumple cincuenta (un saludo para Linda, que sé que nos lee), o música cuando pasa un cuarto de siglo desde aquel Blaze of Glory de un Jon Bon Jovi que se iniciaba en solitario.

En definitiva, espero de corazón, un final de año tan increíble que sólo pueda ser eclipsado por un principio de 2015 mil veces mejor. Que se pierdan en noches interminables, que se encuentren en días que deseen que no terminen jamás. Que los acompañe la dicha, la lujuria, la fortuna y la felicidad y que recordemos el nuevo 2015 que ya comienza por ser el mejor de nuestras vidas. Intentémoslo al menos, que no se diga que no pusimos toda la carne en el asador, que no nos tachen de cobardes, que no puedan reprocharnos que no exprimimos cada instante como si fuera el último. Que lo que viene sea siempre mejor que lo que se va. Ojalá sea así, para ustedes y, si mi permiten decirlo, también para mí. Ojalá todo venga a mejor, ojalá lo malo lo podamos, de una vez por todas, terminar de desterrar.

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