jueves, 21 de noviembre de 2013

La chica que bailaba sobre una baldosa

La barra de la discoteca volvía a ser su refugio, el aroma del whisky barato, su compañero; y la certeza de una nueva resaca mañanera, su futuro más inmediato. Allí estaba una vez más, sentado sobre un taburete de hierro color carmesí, recostado sobre el respaldo y perdiéndose en el infinito universo de sus pensamientos mientras miraba fijamente el vaso que tenía delante. 

Entonces despertó.

Su mirada se volvió hacia la pista de baile donde una veintena de adolescentes se perdían en pantomimas y cuchicheos, ahogados por el sonido de una música estridente que detestaba. Él buscó la conversación de su amigo y rió, siempre encontraban algún momento para sonreír en las noches de fiesta aunque no lo hubiera aparentemente. Tomó un sorbo de ese licor amarillento y se levantó de su butaca.
Anduvo un par de metros con su inseparable acompañante mientras sus miradas no se desviaban  del centro de aquel recinto cutre que se iluminaba con cada ráfaga de luz que el signo de la música motivaba. Como ellos, otros muchos hombres buscaban allí una bonita mujer que cortejar o, simplemente, una bella vista que admirar, porque todo el mundo sabe que los hombres no salimos para bailar hasta el amanecer, sino para conseguir que una mujer baile con nosotros en la cama hasta que amanezca.
Entonces la vio. Estaba apartada del eje del barullo y del bullicio de las quinceañeras. Se encontraba junto a una amiga separada de todo eso, escondida tras una columna intentando salvaguardar su belleza de tantos indignos poseedores de la misma, porque sí, todo hay que decirlo, era preciosa. 

Su melena castaña caía sobre los hombros y sus ojos se perdían en el vacío como los de aquel chico lo habían hecho poco antes. Su cuerpo se levantaba sobre unos tacones beis que hacían juego con su atuendo. A diferencia de las muchachas que se agitaban de un lado a otro con movimientos bruscos y toscos, ella casi parecía no moverse. Su danza era mucho menos sentida, mucho menos artificial. Su pista de baile apenas superaba los veinte centímetros cuadrados de una baldosa a la que parecía haber sido pegada y de la que no se movía más que por algún leve contoneo y algún sensual movimiento de rodilla. El chico vio que, aunque ella se ocultaba, era el centro de todas las miradas.
Lejos quedaban ya los movimientos pomposos de sus competidoras aquella noche, lejos incluso la singular belleza de su amiga, que también atraía muchos y muy variados vistazos masculinos. Ella, en esa noche de verano, parecía ser la protagonista absoluta de las fantasías de media docena de hombres. El chico no los culpaba, más bien los entendía.

Su contoneo se mecía como una barcaza en noche de tenue marejadilla, sus caderas subían apenas unos centímetros y se despeñaban después con delicadeza hacia abajo, como la caída de una pluma acunada por una suave brisa. Sus ojos se entornaban y se volvían abrir despacio, aclimatándose a la luz artificial de aquel artificial escondite. Sus pies parecían no moverse, pero lo hacían. Apenas se levantaban un milímetro del suelo, como si toda la fuerza de la gravedad la llevase a no poder hacerlo. Pero lo hacía, ¡y cómo lo hacía! Acariciaba el aire y el aire la acariciaba a ella, y nadie más tenía ese honor, probablemente porque nadie habría tenido el valor suficiente como para acercarse.

El chico se pasó mirándola más de una hora, sin parpadear. El miedo a que esa alucinación desapareciera se hacía más y más patente y no se atrevía a cerrar los ojos por si al abrirlos de nuevo aquel regalo del cielo hubiese desaparecido.
Pensó en acercarse simplemente a darle las gracias por esa visión que le había alegrado la noche, pero no lo hizo. Se limitó a seguir observando, a seguir deleitándose con la belleza de una mujer que rondaba la treintena y que estaba eclipsando sin embargo a cualquiera más joven que ella.
La noche llegó a su fin cuando decidió que sus admiradores ya habían tenido bastante y se marchó. La casualidad o la intempestiva hora, quién sabe, hicieron que con ella se vaciase aquel local penumbroso y alicaído que, por un momento, pareció un lugar mejor, más bonito. Ella había conseguido eso, la chica que bailaba sobre una baldosa y no necesitó más espacio para conquistarlos a todos. Eso sí era efectividad en el campo de batalla, lo demás, tonterías.

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