Los Momentos al Pedo
Recopilación de todo lo que veo, escribo, escucho, hago, siento y quiero... o simplemente me invento.
jueves, 23 de abril de 2026
Silencio
domingo, 11 de enero de 2026
Sabor a vino y pena
Creo que dentro de veinte o treinta años recordaré este día como algo parecido a una visión astral donde salgo de mi cuerpo y me visualizo apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, con la mirada perdida a través de la ventana, mientras los rayos de sol del domingo se estrellan contra la pared de enfrente y el sabor de la pena se entremezcla, como casi siempre que la tristeza llama a mi puerta, con el amargor del vino tinto en la lengua.
Ella va y viene de un lugar al otro, cobijada en una bata de felpa, parándose cada cierto tiempo junto a mí para darme un beso cariñoso en la mejilla como queriendo con ello aliviar el dolor, mitigar la pena, hacerse cargo de una parte de mi peso para que el viaje sea más liviano. Al final, acompañar a otro en la vida, sea de la forma que sea, no es más que hacerle el camino más ligero, arrimar el hombro en los momentos en que más pesa la mochila y socorrernos mutuamente cuando la realidad te golpea sin previo aviso.
Y sí, hoy es un día de pena, de mucha pena. Ha habido un contraste brutal en casa: hemos pasado del silencio al bullicio y, luego, de nuevo a la quietud absoluta. "No tenemos punto medio" me ha dicho en la comida cuando el sigilo lo copaba todo y el desasosiego se sentía incluso en la pintura de las paredes. De nuevo, tiene razón. Pero la calma de hoy nada tiene que ver con la serenidad de los días ordinarios cuando la noche hace su aparición y el cansancio se apodera de todo y de todos, sino que se palpa en el ambiente un mutismo espeso que ocupa el espacio, los rincones, los pensamientos y, de ahí, se expande por el corazón hasta tocar cada fibra de mi ser. El vino se oxida en la copa y yo permanezco anclado a este momento, incapaz de decidir si quiero que se acabe el día o si, por el contrario, desaprovechar cada segundo es escupir un poco al cielo desde el que, a buen seguro, ahora me estás observando aporrear las teclas.He aprendido con los años que la sensación de pérdida es la más difícil de asimilar, que el alma requiere de un tiempo prudencial para entender que lo que una vez pareció eterno ya no está, que se ha marchado sin preaviso para no regresar jamás. Ni los chupitos ni los grupos de cumpleaños ni los abrazos sinceros ni esa sonrisa perenne van a volver. Ni siquiera ahora, cincelando esas palabras a golpe de teclado, soy capaz de asimilar que lo que digo es una realidad tan inalterable como que Dios así lo ha querido.
Nos engañamos creyendo que estamos preparados para perder, que la experiencia o la edad nos otorgan una suerte de armadura emocional. Mentira. La muerte siempre gana y más si hace su entrada por sorpresa. Da igual cuántas despedidas hayas ensayado mentalmente, cuántas veces hayas reflexionado sobre la fugacidad de la vida, cuando llega te deja desnudo, torpe, balbuceante, indefenso e intentando encontrarle un sentido a todas esas frases hechas que hoy no significan absolutamente nada.
Hay una crueldad particular en la muerte repentina: no concede despedida ni deja ordenar los cajones del alma. Todo queda abierto, a medio hacer, como el armario que no cierras bien y ya te impide dormir por la noche. Las últimas palabras que nos dijimos irremediablemente saben a poco y uno se siente un poco imbécil escribiendo una obituario digno entre tanta verborrea, sabiendo que no aprovechó la ocasión real lo suficiente cuando tuvo la oportunidad. Sin embargo, de poco vale lamentarse ahora por lo no dicho, aunque sí es imprescindible pararse a pensar en ello porque lo que dejamos de decir hoy, sea por el motivo que sea, puede atragantarse para siempre mañana.
Me cabrea, por otro lado, que el mundo siga girando con una normalidad casi ofensiva. Los coches pasan por la calle como si nada, la televisión no hace programaciones especiales y parece que nadie se ha parado a pensar que algo se ha roto en el universo de manera irreversible. Quizá sea la distancia y allí, en mi tierra, todo sea diferente.
Vuelvo a darle vueltas al coco y me pongo a imaginar el día en que alguien me escriba estas líneas a mí, si es que eso ocurre, y en que entonces también todo parecerá igual que el día anterior menos para un selecto grupo de personas que, quizá, derramen alguna lágrima que otra. De nuevo, un casi cuadragenario con canas en la barba, piel curtida y mentalidad analógica vuelve a preguntarle a Dios sobre el sentido de todo esto y, de nuevo, parece no encontrárselo en absoluto. Así que, con la botella casi extinta y la copa manchada de dolor y tintes rosáceos, el único sentido que puedo encontrarle a toda esta tragicomedia es que la pena de algunos en días como este es, precisamente, lo que le da sentido a todo. Porque si has conseguido hacer que medio centenar (como poco) de personas estén rezumando pena, lágrimas y dolor de lo más profundo de su ser porque te has ido sin avisar es que, sin quererlo, has entrado con tanta fuerza en el corazón de esa gente como, creo, nunca fuiste consciente. Así que al final, en este día de congoja, tristeza e incredulidad, no puedo más que mirar al cielo con lágrimas en los ojos y darte las gracias porque, aunque fue casi de refilón, me diste tantos buenos recuerdos que te has hecho inmortal allá donde realmente todo tiene sentido: en lo más profundo de quien tuvo la inmensa suerte de cruzarse contigo. Por todo ello: gracias. Que Dios te acoja en su seno y, ten por seguro, que te recordaremos hasta el mismo momento en que nos reencontramos en un lugar mucho mejor.
lunes, 27 de octubre de 2025
Míralo a él
Si echase la vista atrás para volver a mediados de la gloriosa década que dio comienzo al siglo, uno de mis recuerdos de adolescente, sin duda, serían tres mujeres que me hicieron perder la cabeza desde el otro lado de la pantalla: Michelle Jenner, Elsa Pataky y Katherine Heigl. Por esta última me tragué cientos de horas de Anatomía de Grey hasta que el sopor se hizo insoportable, cosa que ocurrió, casualmente, en el momento en que ella abandonó la serie. Por ella, por esa preciosa sonrisa bajo unas mejillas sonrosadas, me comí, también, algún truño cinematográfico que otro, como aquel 27 vestidos que protagonizó junto a James Marden y del que, a pesar de su nula calidad, guardo en el tintero una escena que me ha acompañado hasta el día de hoy:
He asistido a una treintena de bodas en mi vida y siempre intento seguir el consejo de Katherine, mirar la expresión del novio en el momento en que el amor de su vida hace su entrada, justo en el instante en que la novia se lleva toda la atención y, por ende, pierde con ello la naturalidad de quien se siente observada. Él, por otro lado, desde su lugar preferencial y sin esa presión sobre los hombros, observa la escena y es ahí donde ni el más ferviente crítico del amor puede aportar algún argumento en contra. Ahí, en esos pocos segundos, todo lo genuino, mágico y profundo del sentimiento más poderoso de cuantos existen se torna real, palpable y trascendental.
He visto ojos vidriosos, sonrisas torpes que afloran sin querer, miradas de orgullo, susurros de agradecimiento y respiraciones contenidas. Hombres robustos a punto de derrumbarse, chicos tímidos alzarse altaneros, muchachos contenidos explotar de júbilo, ateos declarados agradeciéndole a cualquier dios que pueda escuchar, ese regalo envuelto en tela nacarada que se acerca y, sobre todo, a seres enamorados que certifican que, por mucho que cambien los tiempos, por mucho que el amor se vista de nuevas formas, sigue siendo tan incorruptible, cuando es puro y real, como lo ha sido desde el inicio del universo.
El sábado volví a ser testigo de ello. Un buen amigo se desposaba en esas bodas de pueblo que uno sabe cuándo comienzan pero nunca a qué hora terminan. Un hombre bueno, leal, honrado, trabajador y enamorado hasta las trancas, aguardando con traje oscuro y corbata celeste a que su futura esposa cruzase los poco más de veinte metros de la preciosa iglesia de Santa Quiteria para reunirse con él. Y, de nuevo, ahí se resumió todo: la sonrisa más sincera que le he visto en treinta años de amistad, la sensación de exaltación impregnando el ambiente, la felicidad más plena que las palabras puedan describir inundando su cuerpo, resplandeciendo sobre ese rostro tostado por el sol. Lo vi feliz, con la máxima intensidad con la que uno podría describir esas cinco letras; radiante, prendado hasta el tuétano y orgulloso del camino recorrido. Ahí, erguido y con las manos enlazadas, se encontraba el chico tímido, el deportista, el actor secundario, el amigo fiel, el chaval de pueblo que trascendía de lo terrenal a lo espiritual, de lo mundano a lo infinito, dejando de lado la vacuidad de lo carnal y lo efímero para hacerse sentimiento nítido, amor irracional, poderoso y eterno. Si algún día ese hombre estuvo cerca de Dios, tan cerca que si hubiese estirado un poco la mano podría haberlo tocado, fue esa mañana a eso de las doce y media y yo, desde un banco cercano, fui testigo de ese momento que quizá él, por el nerviosismo y la importancia del propio acto, no supo valorar en su justa medida. Quizá simplemente no se percató de todos los detalles, a lo mejor no fue consciente de lo que ocurrió o, simplemente, estaba tan obnubilado con esa niña de ojos claros que se iba a convertir en su esposa que no se percató. Así que hoy me he animado a intentar dejar por escrito lo que no se puede explicar con palabras, a dar un coletazo de racionalidad, con mayor o menor éxito, a lo que no tiene sentido alguno; y lo hago para que él pueda volver al instante en que su amor trascendió de lo humano a lo divino en ese día maravilloso en que los dos dejaron de ser dos personas distintas para convertirse en un único ser.
miércoles, 15 de octubre de 2025
Doce años
lunes, 9 de junio de 2025
Calor
Al alba, en las primeras horas de la
mañana, era el único momento del día en que la temperatura se hacía respirable
en esa casa. La brisa entraba por la ventana de la habitación a hurtadillas,
haciendo su aparición cuando el único sonido que se escuchaba en el ambiente
era el de los pájaros dándole los buenos días a un mundo que se desperezaba con
brío. La suave corriente impregnaba el ambiente y se adentraba entre las paredes
blancas de la habitación acariciando dócilmente los dos cuerpos desnudos,
exhaustos de toda una noche sin conciliar el sueño y que habían quedado
tendidos sobre un colchón empapado de sudor, pasión y restos de lujuria.
Ella tenía entrelazada su pierna a la de él como un
ancla, como si temiese que se le pudiera escabullir en la oscuridad de la
noche. Él, estaba tan preso de esos ojos castaños ahora cerrados que no habría
podido escapar aunque quisiese. Cautivo, absolutamente sumiso a un cuerpo que trascendía
lo terrenal, que lo llevaba a lo divino, que lo envolvía con un manto de besos
y caricias transportándolo a lugares nunca antes conocidos, nunca antes
habitados, nunca antes explorados por civilización alguna.
La piel de ella aún conservaba el aroma de la madrugada: una mezcla de sal, deseo y algo que no habría podido describir con palabras pero que le causaba una profunda adicción. No sabía muy bien qué sentimiento le despertaba aquella mujer que había entrado en su vida un buen día sin avisar o, quizá, fuesen tantos que su corazón no podía quedarse tan sólo con uno. Se preguntaba si aquello era amor o si era algo todavía más humano: una necesidad ancestral de rendirse ante lo bello.
La miró durante unos segundos mientras sentía su
aliento cálido rompiendo en su pecho, aún impregnado del murmullo de los restos
de un jadeo que horas antes se habían elevado por encima del silencio y con la
marca en los dedos de su mano intentando acallarlos. Nada en ella
era profano, nada parecía hacerse mortal: sus caderas se antojaban puentes para
cruzar el umbral de lo terrenal; sus muslos, un santuario donde se disolvía la
razón. Sus labios todavía seguían enrojecidos de pasión, con resquicios de una
guerra sin cuartel librada poco antes y donde se habían enfrentado dos
ejércitos armados con besos, dentelladas y tanta pasión como el mundo jamás
conoció. Sus senos caían voluptuosos sobre el colchón, su espalda manchada de
lunares y pecas dibujaba un mapa hacia el paraíso y un mechón dorado tapaba con
dulzura unos ojos agotados de toda una noche sin dormir.
La textura de su piel aún ardía en sus palmas, como si
la memoria del tacto pudiera permanecer más allá del tiempo. Había algo sagrado
y demoníaco en ella, en esa mujer que aunaba todo lo pecaminoso del infierno
con la quietud del paraíso.
Comenzó a recordar. Su cuerpo, bajo él, bullendo como
un volcán en erupción. Sus manos perdiéndose en cada recoveco, la comisura de sus labios recorriendo su pecho y su pubis; sus ojos clavados unos en otros, impertérritos
al paso del tiempo, al qué dirán, al sentido de la vida y a todo lo demás. El
sabor de su lengua, el amargor que el perfume de su cuello dejaba en su boca.
La vio calmada y dormida y se preguntó si era posible que ese ser ahora
impávido pudiese ser el mismo que lo había transportado hacia un placer de otro
mundo tan sólo unas horas atrás.
Afuera, el mundo comenzaba a echar a andar entre prisas y rutina, pero allí dentro el mundo no importaba porque ellos tenían el suyo propio. Cerró los ojos por un instante y se permitió grabar la escena en su memoria. Guardó la imagen a fuego en su alma y quedó ahí exánime, notando cómo la película tocaba a su fin y dándose un último lujo, un último capricho: No la tocó. No porque no quisiera, sino porque entendía que hay silencios que no deben interrumpirse y cuerpos que, después de arder juntos, merecen reposar en calma para conseguir recomponerse en paz. Eso sí, cinceló el momento en su mente y en su alma y nadie más se lo pudo arrebatar jamás y de ese segundo nació una oda a una bella mujer, a una noche de sexo y pasión y a la vida misma, que no es más que todo lo anteriormente nombrado y tan sólo un poquito más.


