jueves, 23 de abril de 2026

Silencio

El silencio retumbaba en la casa, asumiendo la contradicción. Se había instalado como una presencia casi física. Por primera vez en meses no se escuchaba nada más que el viento colándose a hurtadillas por la ventana de la habitación y el paso de una decena de vehículos dirigiéndose hacia ningún lugar. “Qué curioso” - pensó- “todo lo que lo he echado de menos y ahora que reina en todas partes me oprime el alma más de lo que hizo nunca ningún ruido”.


Se había vaciado de lágrimas, de fuerzas, de sueños, de futuro y de pasado, quedando únicamente un presente suspendido en el tiempo, como si la propia vida se hubiese olvidado de seguir adelante. En su mente, el eco de una realidad pasada y la sensación de absoluta soledad, de haber sido engañado por un ladrón de guante blanco que le había arrebatado, de repente, todo lo más preciado. Se preguntaba el porqué una y otra y otra vez, y cuanto más se acercaba a la respuesta más se lo volvía a preguntar, quizá precisamente porque la propia respuesta era tan terrible que no la quería asimilar.

Más tarde, preso del cansancio, se durmió sobre un sofá polvoriento que lo recibió gélido y desconcertado. Su mente no le daba tregua, y las manos de ella, sus ojos vidriosos, su boca y su piel aparecieron de nuevo, traicionado por su subconsciente, para apagar su sed, para tratar su dolor y para recrear una realidad que se había evaporado.

Allí, junto a Morfeo, alejado de todo lo real, inmerso en lo onírico, volvió a sentirse en casa, a notar unos pies descalzos acariciándole y la luz de la luna llena iluminándole el rostro por el cristal de la habitación. Allí, en lo más profundo de un sueño plácido, las lágrimas dejaron paso a sonrisas cómplices, a duchas y pijamas calentados por el radiador, a cenas y deberes, a cariños y cine, a felicidad y amor. 

Duró poco, tan solo lo que tardó el sol naciente en una nueva y triste mañana en romper contra una cara podrida de vivir y, de nuevo, se hizo presente la realidad, y todo lo que había cobrado sentido unos minutos antes desapareció como arena engullida por el mar. Fue entonces cuando comprendió que aunque ya no habitaban su vida, lo harían para siempre en cada rincón de su alma, porque hay amores que jamás se terminan de ir, solo aprenden, con el tiempo, a doler un poco menos.

domingo, 11 de enero de 2026

Sabor a vino y pena

Creo que dentro de veinte o treinta años recordaré este día como algo parecido a una visión astral donde salgo de mi cuerpo y me visualizo apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, con la mirada perdida a través de la ventana, mientras los rayos de sol del domingo se estrellan contra la pared de enfrente y el sabor de la pena se entremezcla, como casi siempre que la tristeza llama a mi puerta, con el amargor del vino tinto en la lengua.

Ella va y viene de un lugar al otro, cobijada en una bata de felpa, parándose cada cierto tiempo junto a mí para darme un beso cariñoso en la mejilla como queriendo con ello aliviar el dolor, mitigar la pena, hacerse cargo de una parte de mi peso para que el viaje sea más liviano. Al final, acompañar a otro en la vida, sea de la forma que sea, no es más que hacerle el camino más ligero, arrimar el hombro en los momentos en que más pesa la mochila y socorrernos mutuamente cuando la realidad te golpea sin previo aviso.

Y sí, hoy es un día de pena, de mucha pena. Ha habido un contraste brutal en casa: hemos pasado del silencio al bullicio y, luego, de nuevo a la quietud absoluta. "No tenemos punto medio" me ha dicho en la comida cuando el sigilo lo copaba todo y el desasosiego se sentía incluso en la pintura de las paredes. De nuevo, tiene razón. Pero la calma de hoy nada tiene que ver con la serenidad de los días ordinarios cuando la noche hace su aparición y el cansancio se apodera de todo y de todos, sino que se palpa en el ambiente un mutismo espeso que ocupa el espacio, los rincones, los pensamientos y, de ahí, se expande por el corazón hasta tocar cada fibra de mi ser. El vino se oxida en la copa y yo permanezco anclado a este momento, incapaz de decidir si quiero que se acabe el día o si, por el contrario, desaprovechar cada segundo es escupir un poco al cielo desde el que, a buen seguro, ahora me estás observando aporrear las teclas. 

He aprendido con los años que la sensación de pérdida es la más difícil de asimilar, que el alma requiere de un tiempo prudencial para entender que lo que una vez pareció eterno ya no está, que se ha marchado sin preaviso para no regresar jamás. Ni los chupitos ni los grupos de cumpleaños ni los abrazos sinceros ni esa sonrisa perenne van a volver. Ni siquiera ahora, cincelando esas palabras a golpe de teclado, soy capaz de asimilar que lo que digo es una realidad tan inalterable como que Dios así lo ha querido. 

Nos engañamos creyendo que estamos preparados para perder, que la experiencia o la edad nos otorgan una suerte de armadura emocional. Mentira. La muerte siempre gana y más si hace su entrada por sorpresa. Da igual cuántas despedidas hayas ensayado mentalmente, cuántas veces hayas reflexionado sobre la fugacidad de la vida, cuando llega te deja desnudo, torpe, balbuceante, indefenso e intentando encontrarle un sentido a todas esas frases hechas que hoy no significan absolutamente nada.

Hay una crueldad particular en la muerte repentina: no concede despedida ni deja ordenar los cajones del alma. Todo queda abierto, a medio hacer, como el armario que no cierras bien y ya te impide dormir por la noche. Las últimas palabras que nos dijimos irremediablemente saben a poco y uno se siente un poco imbécil escribiendo una obituario digno entre tanta verborrea, sabiendo que no aprovechó la ocasión real lo suficiente cuando tuvo la oportunidad. Sin embargo, de poco vale lamentarse ahora por lo no dicho, aunque sí es imprescindible pararse a pensar en ello porque lo que dejamos de decir hoy, sea por el motivo que sea, puede atragantarse para siempre mañana. 

Me cabrea, por otro lado, que el mundo siga girando con una normalidad casi ofensiva. Los coches pasan por la calle como si nada, la televisión no hace programaciones especiales y parece que nadie se ha parado a pensar que algo se ha roto en el universo de manera irreversible. Quizá sea la distancia y allí, en mi tierra, todo sea diferente. 

Vuelvo a darle vueltas al coco y me pongo a imaginar el día en que alguien me escriba estas líneas a mí, si es que eso ocurre, y en que entonces también todo parecerá igual que el día anterior menos para un selecto grupo de personas que, quizá, derramen alguna lágrima que otra. De nuevo, un casi cuadragenario con canas en la barba, piel curtida y mentalidad analógica vuelve a preguntarle a Dios sobre el sentido de todo esto y, de nuevo, parece no encontrárselo en absoluto. Así que, con la botella casi extinta y la copa manchada de dolor y tintes rosáceos, el único sentido que puedo encontrarle a toda esta tragicomedia es que la pena de algunos en días como este es, precisamente, lo que le da sentido a todo. Porque si has conseguido hacer que medio centenar (como poco) de personas estén rezumando pena, lágrimas y dolor de lo más profundo de su ser porque te has ido sin avisar es que, sin quererlo, has entrado con tanta fuerza en el corazón de esa gente como, creo, nunca fuiste consciente. Así que al final, en este día de congoja, tristeza e incredulidad, no puedo más que mirar al cielo con lágrimas en los ojos y darte las gracias porque, aunque fue casi de refilón, me diste tantos buenos recuerdos que te has hecho inmortal allá donde realmente todo tiene sentido: en lo más profundo de quien tuvo la inmensa suerte de cruzarse contigo. Por todo ello: gracias. Que Dios te acoja en su seno y, ten por seguro, que te recordaremos hasta el mismo momento en que nos reencontramos en un lugar mucho mejor.

lunes, 27 de octubre de 2025

Míralo a él

Si echase la vista atrás para volver a mediados de la gloriosa década que dio comienzo al siglo, uno de mis recuerdos de adolescente, sin duda, serían tres mujeres que me hicieron perder la cabeza desde el otro lado de la pantalla: Michelle Jenner, Elsa Pataky y Katherine Heigl. Por esta última me tragué cientos de horas de Anatomía de Grey hasta que el sopor se hizo insoportable, cosa que ocurrió, casualmente, en el momento en que ella abandonó la serie. Por ella, por esa preciosa sonrisa bajo unas mejillas sonrosadas, me comí, también, algún truño cinematográfico que otro, como aquel 27 vestidos que protagonizó junto a James Marden y del que, a pesar de su nula calidad, guardo en el tintero una escena que me ha acompañado hasta el día de hoy:

- ¿Cuál es tu parte favorita de las bodas?

- Sencillo. Cuando la música comienza y la novia hace su aparición 
acaparando las miradas de todos 
es cuando yo miro al novio, porque es en el rostro de él, 
en la expresión de su cara, donde uno puede ver realmente que el amor existe. 

He asistido a una treintena de bodas en mi vida y siempre intento seguir el consejo de Katherine, mirar la expresión del novio en el momento en que el amor de su vida hace su entrada, justo en el instante en que la novia se lleva toda la atención y, por ende, pierde con ello la naturalidad de quien se siente observada. Él, por otro lado, desde su lugar preferencial y sin esa presión sobre los hombros, observa la escena y es ahí donde ni el más ferviente crítico del amor puede aportar algún argumento en contra. Ahí, en esos pocos segundos, todo lo genuino, mágico y profundo del sentimiento más poderoso de cuantos existen se torna real, palpable y trascendental.

He visto ojos vidriosos, sonrisas torpes que afloran sin querer, miradas de orgullo, susurros de agradecimiento y respiraciones contenidas. Hombres robustos a punto de derrumbarse, chicos tímidos alzarse altaneros, muchachos contenidos explotar de júbilo, ateos declarados agradeciéndole a cualquier dios que pueda escuchar, ese regalo envuelto en tela nacarada que se acerca y, sobre todo, a seres enamorados que certifican que, por mucho que cambien los tiempos, por mucho que el amor se vista de nuevas formas, sigue siendo tan incorruptible, cuando es puro y real, como lo ha sido desde el inicio del universo.

El sábado volví a ser testigo de ello. Un buen amigo se desposaba en esas bodas de pueblo que uno sabe cuándo comienzan pero nunca a qué hora terminan. Un hombre bueno, leal, honrado, trabajador y enamorado hasta las trancas, aguardando con traje oscuro y corbata celeste a que su futura esposa cruzase los poco más de veinte metros de la preciosa iglesia de Santa Quiteria para reunirse con él. Y, de nuevo, ahí se resumió todo: la sonrisa más sincera que le he visto en treinta años de amistad, la sensación de exaltación impregnando el ambiente, la felicidad más plena que las palabras puedan describir inundando su cuerpo, resplandeciendo sobre ese rostro tostado por el sol. Lo vi feliz, con la máxima intensidad con la que uno podría describir esas cinco letras; radiante, prendado hasta el tuétano y orgulloso del camino recorrido. Ahí, erguido y con las manos enlazadas, se encontraba el chico tímido, el deportista, el actor secundario, el amigo fiel, el chaval de pueblo que trascendía de lo terrenal a lo espiritual, de lo mundano a lo infinito, dejando de lado la vacuidad de lo carnal y lo efímero para hacerse sentimiento nítido, amor irracional, poderoso y eterno. Si algún día ese hombre estuvo cerca de Dios, tan cerca que si hubiese estirado un poco la mano podría haberlo tocado, fue esa mañana a eso de las doce y media y yo, desde un banco cercano, fui testigo de ese momento que quizá él, por el nerviosismo y la importancia del propio acto, no supo valorar en su justa medida. Quizá simplemente no se percató de todos los detalles, a lo mejor no fue consciente de lo que ocurrió o, simplemente, estaba tan obnubilado con esa niña de ojos claros que se iba a convertir en su esposa que no se percató. Así que hoy me he animado a intentar dejar por escrito lo que no se puede explicar con palabras, a dar un coletazo de racionalidad, con mayor o menor éxito, a lo que no tiene sentido alguno; y lo hago para que él pueda volver al instante en que su amor trascendió de lo humano a lo divino en ese día maravilloso en que los dos dejaron de ser dos personas distintas para convertirse en un único ser. 

miércoles, 15 de octubre de 2025

Doce años

Se empeñó, en primera instancia, en que eran trece los años que llevábamos alejados, pero yo estaba absolutamente seguro de que eran doce los que habían transcurrido desde entonces. Demasiadas cosas horribles ocurrieron como para poder olvidarlas con facilidad. 

Hay una frase que Ethan Hawke le susurra a Julie Delpy en Antes del atardecer que siempre me ha parecido preciosa: "Recuerdo aquella noche mejor que algunos años de mi vida". A mí, con ese año, me pasa un poco al revés. Tengo recuerdo borrosos de aquel nefasto dos mil trece y casi todos los que me vienen a la mente están acompañados de lágrimas en los ojos, sabor a whisky en los labios, terribles resacas y una tristeza intensa anudando mi corazón.

Ella tampoco lo pasó bien. Lo sé. Probablemente ese año fue igual de devastador que para mí y una de las cosas de las que tendré que redimirme, en esta vida o en la siguiente, será no haberla acompañado en el duelo. Creo que todo fue una concatenación de acontecimientos que, todos juntos, llevaron al desastre. Un divorcio, una ruptura, un futuro incierto y una enfermedad. Todos los males del mundo llegaron de golpe, cogiendo por sorpresa a dos corazones que parecían irrompibles, y los hirieron con una hoja afilada de pena inmensa consiguiendo con ello destruir una amistad que, por momentos, pareció eterna. Creo que ambos tuvimos culpa, seguramente yo mucha más y no quiero, tanto tiempo después, minimizar el daño producido escondiéndome en excusas vacías. Sé lo que hice, lo que no hice y lo que debí haber hecho y dejé de hacer. Sin embargo, si algo puedo decir en mi favor es que nunca en mi vida he tenido el corazón más podrido de pena y la mente más nublada de dolor. 

He pensado mucho en el momento en que todo estalló. Ella se fue por la puerta del lugar donde todos nos reuníamos, harta de mí, y yo me quedé sentado, sonriendo con prepotencia sin saber que en ese momento perdía a una de mis mejores amigas, a una de las personas más importantes de mi vida. Se marchó sin intención de regresar aunque, por aquella época, yo era tan arrogante que estaba seguro de que acabaría volviendo. No lo hizo. Nunca. 
El tiempo fue siguiendo su cauce, imparable: primero pasaron unas horas, luego un día, luego otro y luego otro más. Llegó la primera semana y, tras ella, el primer mes; y yo me mantuve al margen, viendo cómo las manecillas seguían su curso sin armarme de valor para pedirle disculpas, para rogarle que volviese, para confesarle que la echaba de menos, para decirle que estaba sufriendo tanto por dentro que pagaba con ella lo que nunca fue culpa suya. Jamás lo hice y, casi sin darme cuenta, he tirado una parte importante de mi vida esperando hacerlo.

Ella siguió su camino y yo el mío pero, inevitablemente, los dos se fueron encontrando cada cierto tiempo. Demasiadas personas en común, demasiados recuerdos, demasiados eventos que compartir. Los abrazos, las risas y las confidencias dejaron paso a silencios incómodos y miradas esquivas. Dejamos de saludarnos y comenzamos a olvidarnos y, con ese olvido, perdimos, los dos, los recuerdos de los mejores años de nuestra vida. Creo que únicamente los momentos que no hemos vivido durante todo este tiempo pueden superar en dolor a los recuerdos que dejamos marchitar. 

Pensé mucho en ella. Con cada vela soplada en la tarta o con la última campanada de nochevieja me prometía que recuperaría a mi amiga, pero los años se sucedieron y, tras un par de intentos, dejé que el tiempo siguiese corriendo. Un error fatal que uno sólo alcanza a comprender cuando las canas pueblan su barba, la vista se empieza a cansar y la piel del rostro se marchita, porque si hay algo que nunca vuelve, algo que no podemos recuperar, es el tiempo. 

Sin embargo, incluso los años terribles dejan, entre los escombros, una brizna de luz, un rastro mínimo de vida que se cuela por las grietas del dolor y puede volver a florecer. Tuvo que ser una noche, también con sabor a Johnnie Walker, cuando de entre los cimientos de aquel tiempo comenzase una nueva era. Otra tarde de alcohol en vena porque, como bien dijo uno de los mayores filósofos del siglo veinte: "El alcohol es causa y a la vez solución de todos nuestros problemas"
Se me acercó por la espalda y me dijo algo que no recuerdo bien pero que sirvió para que, de repente, comenzamos a hablar mucho tiempo después. La noté diferente, distante... otra persona. Por otro lado, era normal después de tanto tiempo. Le expliqué mi postura, me guardé el orgullo y me derrumbé recordando a quien nos dejó hace unos años. Qué mal me porté también con aquella mujer de mirada viva y vitalidad incombustible y qué afortunado me siento de que Dios me dejase, esta vez sí, redimirme en vida. 

Le lloré mucho, la abracé de nuevo y le pedí perdón por fin. Volvía sentir a mi amiga cerca después de tanto y comprendí que, quizá, no la había perdido del todo. Sé que será complicado volver a lo que una vez tuvimos, soy plenamente consciente de lo que ya se ha perdido, pero me esforzaré, esta vez sí, en volver a reconstruir el castillo derruido. No veo el momento en que contarle todo lo que ha ocurrido durante tantos años, en presentarle a la mujer más maravillosa de cuantas existen, de saber de ella y que sepa de mí. No pretendo recuperar lo que ya no tiene remedio pero sí me gustará empezar de nuevo a poner, ladrillo a ladrillo, un bloque de recuerdos que, espero, podamos volver a construir juntos, rodeados de todos los demás y con la experiencia vivida. Ojalá el destino nos dé una segunda oportunidad, ojalá todo se parezca a lo que una vez fue, ojalá haber aprendido que la vida es demasiado corta para dejar escapar un beso, para no decir a diario 'te quiero' y, sobre todo, para dejar ir a las personas que hacen que todo cobre sentido y te hacen tremendamente feliz. 

lunes, 9 de junio de 2025

Calor

Al alba, en las primeras horas de la mañana, era el único momento del día en que la temperatura se hacía respirable en esa casa. La brisa entraba por la ventana de la habitación a hurtadillas, haciendo su aparición cuando el único sonido que se escuchaba en el ambiente era el de los pájaros dándole los buenos días a un mundo que se desperezaba con brío. La suave corriente impregnaba el ambiente y se adentraba entre las paredes blancas de la habitación acariciando dócilmente los dos cuerpos desnudos, exhaustos de toda una noche sin conciliar el sueño y que habían quedado tendidos sobre un colchón empapado de sudor, pasión y restos de lujuria.

Ella tenía entrelazada su pierna a la de él como un ancla, como si temiese que se le pudiera escabullir en la oscuridad de la noche. Él, estaba tan preso de esos ojos castaños ahora cerrados que no habría podido escapar aunque quisiese. Cautivo, absolutamente sumiso a un cuerpo que trascendía lo terrenal, que lo llevaba a lo divino, que lo envolvía con un manto de besos y caricias transportándolo a lugares nunca antes conocidos, nunca antes habitados, nunca antes explorados por civilización alguna.


La piel de ella aún conservaba el aroma de la madrugada: una mezcla de sal, deseo y algo que no habría podido describir con palabras pero que le causaba una profunda adicción. No sabía muy bien qué sentimiento le despertaba aquella mujer que había entrado en su vida un buen día sin avisar o, quizá, fuesen tantos que su corazón no podía quedarse tan sólo con uno. Se preguntaba si aquello era amor o si era algo todavía más humano: una necesidad ancestral de rendirse ante lo bello.

La miró durante unos segundos mientras sentía su aliento cálido rompiendo en su pecho, aún impregnado del murmullo de los restos de un jadeo que horas antes se habían elevado por encima del silencio y con la marca en los dedos de su mano intentando acallarlos. Nada en ella era profano, nada parecía hacerse mortal: sus caderas se antojaban puentes para cruzar el umbral de lo terrenal; sus muslos, un santuario donde se disolvía la razón. Sus labios todavía seguían enrojecidos de pasión, con resquicios de una guerra sin cuartel librada poco antes y donde se habían enfrentado dos ejércitos armados con besos, dentelladas y tanta pasión como el mundo jamás conoció. Sus senos caían voluptuosos sobre el colchón, su espalda manchada de lunares y pecas dibujaba un mapa hacia el paraíso y un mechón dorado tapaba con dulzura unos ojos agotados de toda una noche sin dormir.

La textura de su piel aún ardía en sus palmas, como si la memoria del tacto pudiera permanecer más allá del tiempo. Había algo sagrado y demoníaco en ella, en esa mujer que aunaba todo lo pecaminoso del infierno con la quietud del paraíso.

Comenzó a recordar. Su cuerpo, bajo él, bullendo como un volcán en erupción. Sus manos perdiéndose en cada recoveco, la comisura de sus labios recorriendo su pecho y su pubis; sus ojos clavados unos en otros, impertérritos al paso del tiempo, al qué dirán, al sentido de la vida y a todo lo demás. El sabor de su lengua, el amargor que el perfume de su cuello dejaba en su boca. La vio calmada y dormida y se preguntó si era posible que ese ser ahora impávido pudiese ser el mismo que lo había transportado hacia un placer de otro mundo tan sólo unas horas atrás.

Afuera, el mundo comenzaba a echar a andar entre prisas y rutina, pero allí dentro el mundo no importaba porque ellos tenían el suyo propio. Cerró los ojos por un instante y se permitió grabar la escena en su memoria. Guardó la imagen a fuego en su alma y quedó ahí exánime, notando cómo la película tocaba a su fin y dándose un último lujo, un último capricho: No la tocó. No porque no quisiera, sino porque entendía que hay silencios que no deben interrumpirse y cuerpos que, después de arder juntos, merecen reposar en calma para conseguir recomponerse en paz. Eso sí, cinceló el momento en su mente y en su alma y nadie más se lo pudo arrebatar jamás y de ese segundo nació una oda a una bella mujer, a una noche de sexo y pasión y a la vida misma, que no es más que todo lo anteriormente nombrado y tan sólo un poquito más.