domingo, 11 de enero de 2026

Sabor a vino y pena

Creo que dentro de veinte o treinta años recordaré este día como algo parecido a una visión astral donde salgo de mi cuerpo y me visualizo apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, con la mirada perdida a través de la ventana, mientras los rayos de sol del domingo se estrellan contra la pared de enfrente y el sabor de la pena se entremezcla, como casi siempre que la tristeza llama a mi puerta, con el amargor del vino tinto en la lengua.

Ella va y viene de un lugar al otro, cobijada en una bata de felpa, parándose cada cierto tiempo junto a mí para darme un beso cariñoso en la mejilla como queriendo con ello aliviar el dolor, mitigar la pena, hacerse cargo de una parte de mi peso para que el viaje sea más liviano. Al final, acompañar a otro en la vida, sea de la forma que sea, no es más que hacerle el camino más ligero, arrimar el hombro en los momentos en que más pesa la mochila y socorrernos mutuamente cuando la realidad te golpea sin previo aviso.

Y sí, hoy es un día de pena, de mucha pena. Ha habido un contraste brutal en casa: hemos pasado del silencio al bullicio y, luego, de nuevo a la quietud absoluta. "No tenemos punto medio" me ha dicho en la comida cuando el sigilo lo copaba todo y el desasosiego se sentía incluso en la pintura de las paredes. De nuevo, tiene razón. Pero la calma de hoy nada tiene que ver con la serenidad de los días ordinarios cuando la noche hace su aparición y el cansancio se apodera de todo y de todos, sino que se palpa en el ambiente un mutismo espeso que ocupa el espacio, los rincones, los pensamientos y, de ahí, se expande por el corazón hasta tocar cada fibra de mi ser. El vino se oxida en la copa y yo permanezco anclado a este momento, incapaz de decidir si quiero que se acabe el día o si, por el contrario, desaprovechar cada segundo es escupir un poco al cielo desde el que, a buen seguro, ahora me estás observando aporrear las teclas. 

He aprendido con los años que la sensación de pérdida es la más difícil de asimilar, que el alma requiere de un tiempo prudencial para entender que lo que una vez pareció eterno ya no está, que se ha marchado sin preaviso para no regresar jamás. Ni los chupitos ni los grupos de cumpleaños ni los abrazos sinceros ni esa sonrisa perenne van a volver. Ni siquiera ahora, cincelando esas palabras a golpe de teclado, soy capaz de asimilar que lo que digo es una realidad tan inalterable como que Dios así lo ha querido. 

Nos engañamos creyendo que estamos preparados para perder, que la experiencia o la edad nos otorgan una suerte de armadura emocional. Mentira. La muerte siempre gana y más si hace su entrada por sorpresa. Da igual cuántas despedidas hayas ensayado mentalmente, cuántas veces hayas reflexionado sobre la fugacidad de la vida, cuando llega te deja desnudo, torpe, balbuceante, indefenso e intentando encontrarle un sentido a todas esas frases hechas que hoy no significan absolutamente nada.

Hay una crueldad particular en la muerte repentina: no concede despedida ni deja ordenar los cajones del alma. Todo queda abierto, a medio hacer, como el armario que no cierras bien y ya te impide dormir por la noche. Las últimas palabras que nos dijimos irremediablemente saben a poco y uno se siente un poco imbécil escribiendo una obituario digno entre tanta verborrea, sabiendo que no aprovechó la ocasión real lo suficiente cuando tuvo la oportunidad. Sin embargo, de poco vale lamentarse ahora por lo no dicho, aunque sí es imprescindible pararse a pensar en ello porque lo que dejamos de decir hoy, sea por el motivo que sea, puede atragantarse para siempre mañana. 

Me cabrea, por otro lado, que el mundo siga girando con una normalidad casi ofensiva. Los coches pasan por la calle como si nada, la televisión no hace programaciones especiales y parece que nadie se ha parado a pensar que algo se ha roto en el universo de manera irreversible. Quizá sea la distancia y allí, en mi tierra, todo sea diferente. 

Vuelvo a darle vueltas al coco y me pongo a imaginar el día en que alguien me escriba estas líneas a mí, si es que eso ocurre, y en que entonces también todo parecerá igual que el día anterior menos para un selecto grupo de personas que, quizá, derramen alguna lágrima que otra. De nuevo, un casi cuadragenario con canas en la barba, piel curtida y mentalidad analógica vuelve a preguntarle a Dios sobre el sentido de todo esto y, de nuevo, parece no encontrárselo en absoluto. Así que, con la botella casi extinta y la copa manchada de dolor y tintes rosáceos, el único sentido que puedo encontrarle a toda esta tragicomedia es que la pena de algunos en días como este es, precisamente, lo que le da sentido a todo. Porque si has conseguido hacer que medio centenar (como poco) de personas estén rezumando pena, lágrimas y dolor de lo más profundo de su ser porque te has ido sin avisar es que, sin quererlo, has entrado con tanta fuerza en el corazón de esa gente como, creo, nunca fuiste consciente. Así que al final, en este día de congoja, tristeza e incredulidad, no puedo más que mirar al cielo con lágrimas en los ojos y darte las gracias porque, aunque fue casi de refilón, me diste tantos buenos recuerdos que te has hecho inmortal allá donde realmente todo tiene sentido: en lo más profundo de quien tuvo la inmensa suerte de cruzarse contigo. Por todo ello: gracias. Que Dios te acoja en su seno y, ten por seguro, que te recordaremos hasta el mismo momento en que nos reencontramos en un lugar mucho mejor.