lunes, 13 de enero de 2020

Los viernes al sol

Se puede ver una fuente reflejada en sus gafas de sol y la silueta de un hombre sacándole la fotografía. Ella, ladeada hacia la derecha, lo mira con una media sonrisa que recuerdo mejor que el Padrenuestro, que mi dirección, que la fecha de mi nacimiento o el tacto de mi propia piel.
De nuevo esa melena dorada, cada vez más aclarada, cae sobre su hombro como los rayos del sol lo hacen por la ladera de una montaña. Se ha hecho tan mujer que casi no puedo recordarla como era entonces, hace ya tanto tiempo, cuando todavía era una niña que comenzaba a echar a andar. Es curioso cómo cada vez se me olvida más cómo era y, sin embargo, aunque lo intento con toda mi alma, no se me acaba de olvidar jamás.

Lleva puesta una blusa blanca porque a pocas mujeres en este maldito planeta les queda mejor el blanco que a ella. Por eso es del Madrid, porque estaba condenada a serlo únicamente por lo bien que le sienta la camiseta. Un triángulo isósceles cuelga de su oreja acompañado de una perla rosácea que hace juego con la tonalidad de sus labios y el color de su piel. Siempre he odiado con todas mis fuerzas los pintalabios, las marcas que dejan y el tacto que impregnan cuando los has de besar, pero confieso que pocas veces en los últimos años he tenido tantas ganas de besar unos labios como los suyos... y quizá es porque hace tiempo que comprendí que son los únicos que quiero besar para siempre.

La imagen se emborrona adrede a su alrededor. El autor utiliza ese filtro para darle protagonismo, como queriendo centrar todo en ella y que nadie se fije en otra cosa. Y él, pobre ignorante, no sabe que eso es absolutamente innecesario porque saliendo ella en una imagen, nadie se fija en nada más. Es una foto que no requiere más decoración ni parafernalia, donde todo lo demás sobra, donde ni las sillas marrones, ni la media docena de personas que se agolpan tras ella tienen cabida alguna. Lo único que importa es esa chica perfectamente cuadrada que eclipsa al resto del universo, que tapa cualquier atisbo de belleza que no sea la suya, que te hace quedarte obnubilado durante diez minutos sin darte cuenta de que el tiempo sigue pasando pero ella sigue sin estar.

Fernando León de Araona bien habría cambiado el título de su película por ella y Luis Tosar o Bardem, estoy seguro, habrían protagonizado cualquier otro guion si la tuvieran allí mirándolos como mira a ese objetivo que la enfoca. La manga arremangada y el lunar en el pecho, la elegancia natural de quien nació para destacar aunque nunca quisiera hacerlo. La niña que dejó de serlo, que se fue para no volver, la princesa de un cuento de hadas al que me tocó poner letra desde la distancia por un castigo divino que hace tiempo que comprendí que será permanente, eterno y cruel. Pero si he de ser trovador por el resto de los días de imágenes así, bien sabe Dios que aceptaré de buena gana mi condena y que aunque sean otros labios los que la besan y otras manos las que la tocan, estaré feliz, dentro de la tristeza inmensa que me inunda, de ponerle letra a la melodía más bonita de cuantas he escuchado tocar.

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