jueves, 31 de diciembre de 2015

El viejo local

Hay veces que el fin de una etapa coincide con un hecho puntual y preciso que te recuerda que, efectivamente, todo comienza a cambiar una vez más… para bien o para mal. Bien puede ser un tubo de pasta de dientes que se termina o un local vacío, limpio y expectante a una última cena que, como las campanadas de un treinta y uno de diciembre, te vuelven a avisar de que todo, absolutamente todo, va a ser distinto a partir de ahora.

Hoy, después de más de media década junto a él, mis amigos y yo decimos adiós al lugar donde hemos exprimido estos últimos años. Quizá parezca exagerada esa metáfora pero yo les aseguro que no, que no lo es en absoluto. Allí, entre esas cuatro paredes, bajo el manto de un techo desconchado y con el estruendo de unos altavoces a toda potencia y toneladas de inservibles objetos rondando por ahí, hemos vivido los que, sin duda, han sido los mejores años de nuestra vida.

Reímos, lloramos, amamos y odiamos. Tras esa puerta verde que esta noche se cerrará por última vez a las tantas de la mañana, hemos cantado y vibrado, hemos besado y discutido, hemos bailado y bebido, hemos caído y nos han levantado. Nos hemos disfrazado de todo cuanto ustedes podrían imaginar, incluido del río de plata del Belén… que manda cojones.
Hemos comenzado a crecer y, poco a poco, nos hemos dejado una infancia que parecía íntima e inquebrantablemente ligada a nosotros. Allí, en ese local que hoy se cierra se encierra para siempre nuestros últimos años de adolescencia, nuestros últimos amores de juventud, nuestras risas de niños y los primeros coletazos de una madurez a la que muchos tememos llegar.

Por allá han desfilado novios, amantes, prometidos, familiares, amigos y conocidos. Toda persona que alguno de nosotros quisimos en alguna ocasión o amaremos por el resto de nuestra vida recordará alguna fiesta en ese local, alguna tarde de comida o una noche de duro o jaca.
Hemos celebrado graduaciones, nuevos negocios, despedidas y hasta pedidas de mano. Todo, absolutamente todo lo bueno de nuestra vida, ha pasado por allí. Y alguna cosa mala también, como no podía ser de otra manera.

Ahora comienza una nueva etapa en un lugar no muy alejado. Mañana todo será distinto en un local nuevo que nos recibe más crecidos, más maduros, más asentados y más mayores, pero al que le siguen esperando cientos de tardes de cerveza y miles de noches de amistad exacerbada.

En el recuerdo, ese sitio al que sólo tú puedes acceder, quedarán grabados los taburetes rotos, el pestillo del baño que no se terminaba de cerrar, las fiestas del agua, las hogueras en la calle y hasta las broncas con los vecinos. Allí quedará escrito a fuego un episodio del gran libro de la amistad que ha ido forjando con los años el que, sin duda, es el mejor grupo de amigos que el mundo ha conocido. Y yo, un afortunado, podré contar el día de mañana que estuve allí, rodeado de todos ellos desde hace tanto que ni me acuerdo y espero que por mucho tiempo más, escribiendo el siguiente.

Hoy nos despedimos de ti entre gambas, confeti y alcohol. Te dejamos que descanses un poco, pero que sepas que no te olvidaremos y que, sin duda, te echaremos de menos, querido local. Nos has dado mucho, demasiado.
Gracias por cobijarnos todos estos años, gracias por guardar todos nuestros secretos, gracias por ser testigo de excepción de una amistad que se forjó hace décadas y que ya nadie puede separar. Gracias por todo, de corazón. Hasta siempre.

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