lunes, 9 de julio de 2012

El hombre de la estación

Hay un bar en una estación de trenes de España donde se come muy bien por muy poco dinero. Asiduamente me acerco a él para tomar un bocadillo rápido antes de volver a casa. El otro día estaba allí y, de entre la gente que había reunida, recordé una cara que me pareció familiar. Vi a un hombre de unos setenta años, con boina, como los buenos abuelos de la mancha; anteojos finos, el primer botón de su camisa a cuadros desabrochado, un pantalón raído y unos zapatos negros eso sí, con calcetines azules, cosa que dice mucho en favor de un coetáneo de la generación mocasines negros-calcetines blancos.

De entre todas las caras de los más o menos asiduos a esa cafetería de mala muerte me fijé en la suya. Una expresión triste, mustia, completamente abstraída y decadente. Lo había visto ya más de una vez ahí, con su copa de cerveza y algo que llevarse a la boca, solo, muy solo. Dicen que las palabras pueden describirlo todo pero esa es una afirmación que nunca he compartido. Lo veía pesaroso, fijándose en cada detalle, buscando desesperadamente un poco de atención, un mínimo de conversación, un "hola" o un "adiós". Mi padre, que me acompañaba, también se dio cuenta de aquello: "el viejo este, siempre está por aquí solo, pobre". 
Me dio que pensar... y mucho. 
Imaginé su vida, lo que podría o no podría haber pasado aquel hombre que ya tocaba el fin de sus días y su expresión no hacía más que darme razones para ponerme en lo peor. Comencé a imaginar lo que debía ser la soledad absoluta de aquel viejo, el pasar las horass sin hacer nada más que llegar a ese bar a disfrutar de la compañía de gentes desconocidas porque, probablemente, los suyos estén demasiado lejos como para hacerle caso. No os imagináis cómo miraba a todo el mundo, con esa desolación máxima plasmada en unos ojos vidriosos, vacíos de alegría y llenos de lágrimas, sin ganas de vivir, sin una mínima chispa de vitalidad. De vez en cuando mojaba sus labios en el vaso y ahogaba sus penas en la cerveza, quizás como hemos hecho todos alguna vez y se evadía, como buenamente podía, de todo ese mundo que le rodea pero que no quiere saber nada de él. Esa soledad que, como ya decía García Márquez, es la peor de todas: "estar rodeado de gente y seguir sintiéndote solo". Sin duda el castigo más cruel que puede existir.

Me dio pena, mucha. Inevitablemente y por esa intrínseca condición de ser humano que todos, queramos o no tenemos, me puse en su piel. Me imaginé a mí con esa edad y ese estado de soledad total, esa expresión melancólica, vagando de un lado para otro pero siempre dentro del mismo kilómetro cuadrado. Intentando que las horas pasen lo más rápido posible, que la pesadilla concluya, que todo se acabe, que el dolor cese. Una vida como cualquier otra, sesgada de toda ilusión, privada de toda sensación placentera y condenada a ir tachando los días que quedan para que todo termine. Todos los sentimientos plasmados en esa mirada esquiva, compungida y tristona de un hombre que viaja solo en un mundo lleno de gente. La realidad de muchos plasmada en la mirada de uno, el triste sentir del mundo, la otra cara, la que nadie quiere enseñar, vista en una cafetería de pueblo un día cualquiera ante los ojos del que quiera verlo y se pare a fijarse. La vida en estado puro, no la de los anuncios de Coca Cola sino la de verdad, que a veces golpea demasiado duro, tanto que cuesta volver a levantarse. Se lo pueden ustedes preguntar a mi amigo de la estación.

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