martes, 5 de febrero de 2019

Tendrías que haberla visto

Ojalá la hubieras visto como yo la vi, tan natural, tan sencilla, tan bonita, tan tímida, tan elegante… con tantas ganas de vivir.

Le gustaban los zapatos de tacón de Zara, el té con leche, el vino tinto, el Real Madrid, las tarde cine y la ropa cara. Era clavadita a Rachel en Friends y se sonrojaba con cada piropo, le encantaba bailar, la música de Bruce, Revólver, Sabina y El Canto del loco. También era de café con leche, de color burdeos, de intentar comer uno sólo y acabar con todos los bombones, de pantalones muy cortos, de viajes, velas y de camisas repletas de botones. Recuerdo muchas cosas de ella pero de entre esas imágenes recuerdo, sobre todo, que su cuerpo desnudo me volvía absolutamente loco y que con cada beso que me daba, me quitaba, sin ella saberlo, la vida muy poco a poco.


Tendrías que haberla visto vestida de blanco aquella noche de verano. Su piel tostada contrastando con su ropa, sus ojos verdes enamorando a quien los miraba, sus largas piernas naciendo bajo su falda y yo, ahí pasmado con camisa ibicenca, una corona de flores y un par de chanclas, mirándola embobado, perdido y enamorado hasta las trancas. Tenías que haberla visto aquella noche reír, con todos los suyos al lado, tan risueña, tan radiante, en definitiva, tan feliz… y entonces, sólo entonces, me habrías visto feliz también a mí.

Si la hubieras observado andar no volverías a pisar las baldosas de la calle de la misma forma. Se contoneaba con tanta lascivia que te dolía el corazón, con la clase de una modelo de pasarela, como la euforia de quien acierta el pleno al quince en la quiniela, con tanta elegancia que te nublaba la razón. Si le besabas el cuello se le erizaba la piel y te susurraba al oído palabras que, por sí solas, ya te causaban placer. Sus manos eran las más bonitas que he visto en mi vida, su espalda desnuda, pura poesía; su pelo lacio y castaño, la seda oriental más suave y más fina. Tendrías que haberla escuchado decirme ‘te quiero’ y hubieras visto a un mortal cualquiera, sin alas ni motores, subir hasta el mismísimo cielo.

Reía con cada anécdota y lloraba cuando veía una película de dibujos. Olía a jazmín y rosas, miraba como una loba, besaba tremendamente lento y caminaba como Afrodita o cualquier otra diosa. Bebía cerveza de vez en cuando, leía libros en la cama, usaba gafas de pasta dura y te podía decir, sin temor a equivocarse, el nombre de cualquier cuadro del que tuvieras dudas. Era el quesito marrón de mi partida de trivial, el sonido más bonito que podía escuchar en el día, el tacto del cielo, el sabor a chocolate caliente, la paz y la guerra, una caricia en el pelo o la prueba fehaciente de que Dios no ha perdido la fe en la tierra. Era el agua o el fuego, la lluvia y el sol, la necesidad de agradecerle a la vida que, aunque cualquier hombre quería besarla, el único que la besaba era yo. Tendrías que haberla visto con la luz que irradiaba el sol en sus mejillas, tendrías que haberla visto cómo la amaba y cómo aunque me esforzase por hacerme más duro que la piedra ella desmoronaba mis murallas como si estuvieran hechas de arcilla. Tendrías que haberla visto para saber de lo que te hablo, tendrías que haberla visto para entender lo que te digo: jamás, en todos los siglos que queden, vengan o hayan venido, podrá nadie igualar lo que mis ojos vieron entonces y hoy con mis dedos te escribo.

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