lunes, 10 de febrero de 2014

28 días

No hace falta más que eso, veintiocho días.

Uno para conocerte, dos para camelarte, el tercero para conquistarte y el cuarto para robarte el primer beso. Lo hago despacio, sin prisa alguna y con la seguridad de que me quedan veinticuatro por delante. Llega el quinto y lo vuelvo a hacer durante veintitantas horas hasta que el sexto aparece por el horizonte haciéndome pensar: "El reloj debe estar roto, me parece que avanza más rápido de la cuenta" Y cuando me he querido dar precisamente eso, cuenta, el primer domingo ya está aquí, ha llegado sin avisar.

Pero no me entretengo demasiado a reflexionar sobre ello, ¿qué es una semana entre el infinito de un amor que no conoce final? y dedico mi octavo día a desnudarte y el noveno, el décimo y el undécimo a memorizar el mapa de tu cuerpo como si mi vida dependiese de ello, como si me fueran a abandonar en aquel terreno inhóspito y dependiese de mi memoria fotográfica la supervivencia de mi ente, tanto físico como espiritual. Doce días han pasado y no dejo que te separes de mí. Te aprieto a mi pecho mientras el segundo fin de semana entra de golpe en nuestras vidas y nosotros, ajenos al mundo, lo dedicamos a pasarlo bajo el edredón de la cama, dejando de lado a una nevada que acecha fuera de él. Nunca creí en San Valentín hasta haber visto la curva de tu espalda, tiene que haber algo superior a nosotros que pueda crear semejante espectáculo, no encuentro otra explicación.



De repente, vuelve a ser lunes. Parece mentira que te haya tenido encerrada quince días, que no haya habido necesidad de comer, ni de salir, ni de beber ni de respirar más que el perfume de tu cuerpo desnudo. Pero así ha sido. Y casi sin darnos cuenta, comenzó a echar a andar la decimosexta noche.
Amanecí con el aroma a café corriendo por los pasillos de la casa y te vi en la cocina con una de mis camisas. He de reconocer que a ti te quedan mucho mejor. Dejamos la quietud de la habitación y salimos a ver la nieve y con el retumbar de tu risa en mi mente me dormí una vez más… y ya iban dieciocho. Pronto hubo que volver al trabajo y la cruel realidad de un mundo mucho menos romántico de lo que cabría pensar se hizo palpable y patente. El tránsito se colapsaba y los días nos iban separando poco a poco, dejando un breve recoveco para querernos. Diecinueve, veinte y veintiuno, otro fin de semana que se había evaporado sin darnos cuenta antes de empezar la última semana de nuestras vidas. Así de duro, así de real.

El lunes arribó como lo habían hecho los tres anteriores al igual que más adelante lo harían el martes y el miércoles. Media semana y tres cuartos de vida tiradas a la basura sin decirte cuánto te quiero y todo lo que te amo. Tampoco lo hice el jueves esperando algo de tiempo libre al día siguiente. Y cuando comenzó de nuevo el tiempo de conquistarte, noté en tu rostro una mirada perdida que me quería decir algo aunque todavía no se atrevía. Planeé el sábado, día veintisiete, a la perfección y terminé perdiéndome en tu boca, obviando cualquier otro menester. No encontraba un plan mejor. Y así concluyó mi vida antes de comenzar casi a degustarla. Desperté solo el veintiocho de febrero buscándote entre las sábanas, entre las paredes de casa y más tarde por las calles de la ciudad. Pero no estabas, te habías ido y ya no era capaz de recordar si realmente habías estado alguna vez junto a mí. Quiero creer que sí, necesito pensar que todo fue real aunque no quede señal alguna de que así fue.
Veintiocho días para amar y perder, para querer y odiar, febrero vuelve a demostrar que no es necesario pasar de la treintena para que te consideren un mes normal, que no siempre lo normal es lo mejor, que veintiocho días son más que suficientes para la historia de amor más grande de tu vida… si los sabes aprovechar.

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