Roto, como las olas contra el acantilado; como un espejo chocando contra el suelo, como la cuerda vencida por el peso, como la voz al compás de una guitarra española, como el asfalto cuarteado por el invierno, como el caudal del río al terminar agosto. Quebrado, como las ramas bajo el peso de sus hojas o como la fe de quien llega a creer que Dios lo ha abandonado. Deshecho, como el hielo que se entrega, inerte, como el whisky en el fondo de un vaso o la nieve cuando se reflejan en ella los primeros rayos de sol de la primavera. Desgarrado, igual que las nubes cuando el viento las atraviesa; como el manto de Penélope, como la espalda de dos amantes bañados por la pasión. Ajado, como el muro al que los años han ido venciendo, como un vestido de novia apolillado en un arcón. Desconfiado y melancólico, áspero hasta la extenuación; convertido en una geografía en ruinas, en un vasto territorio donde la esperanza ya no encuentra lugar. Huraño, molesto con la vida, con los corazones que llegan abiertos de par en par, sin culpa alguna, pero que recuerdan un pasado que pareció eterno y acabó una noche cualquiera, bañado en lágrimas y desconcierto.
miércoles, 2 de septiembre de 2026
Roto
Devastado, como una fotografía devorada por los siglos, como los labios curtidos de tanto besar, como un corazón podrido de latir, la piel castigada por las inclemencias de los campos de Castilla. Erosionado hasta no reconocerse, hasta mirarse en el espejo y encontrar en sus ojos el cansancio de quien lo ha dado todo y ha perdido todavía más. Exhausto por promesas que no se cumplieron y decepcionado por palabras que parecieron eternas y terminaron tan sólo siendo un prólogo de despedida. Consumido por amar con las manos abiertas y un corazón rebosante que aprendió, demasiado tarde, que incluso darlo todo puede no ser suficiente.
Helado, como una habitación en un caserío abandonado, como una cama que se antoja demasiado grande después de la despedida, como el mármol en enero, como un alma que se niega a volver a amar. Vacío, como una estación a medianoche, como el teatro tras su última función, como la casa que me cobija, como el futuro que se avecina, como el pasado que no volverá. Mudo, como una campana sin badajo, como una carta sin dirección, como una boca que aprendió a callar. Errante, como el náufrago que ha olvidado su patria, como una brújula que no encuentra el norte, como un borracho regresando al hogar. Huérfano de certezas y de promesas, despojado de la ingenuidad a la que una vez se entregó, cautivo de sus propios fantasmas, prisionero de una memoria que regresa al mismo lugar, al instante en que todo comenzó a desmoronarse. Paralizado cuando un nuevo comienzo se abre en el horizonte, incapaz de distinguir entre el peligro y la ternura, entre una mano que tiende la suya para quedarse y otra que planea abofetearlo de nuevo.
Roto, como un juguete abandonado en un arcón o como un reloj que sólo marca la hora dos veces al día. Pensativo y delirante, cautivo de la pena que va y viene como las aves en invierno, temeroso de un futuro que nunca antes le había asustado y que ahora encierra la zozobra del qué pasará, del qué debo hacer, del en quién confiar.
Como quien contempla una puerta abierta sin atreverse a cruzar; como quien acerca la mano al fuego después de haber conocido la quemadura. Queda ahí, inmerso en la desconfianza y con el sabor a miedo impregnando su boca, sabiendo lo difícil que será recomponerse y, a buen seguro, lo imposible que será volver a arreglar lo que ya no tiene remedio.
