jueves, 20 de agosto de 2026
Leona
lunes, 22 de junio de 2026
Tuvimos todo
miércoles, 3 de junio de 2026
Ahí morí yo
En esa comisura morí yo. No recuerdo muy bien cuándo, pero fue
hace ya algunos años y, a buen seguro, ahí, en esa sonrisa preciosa que, aunque
parezca extraño, es lo único que tengo de ella. Una sonrisa eterna que crea,
cuando sale a relucir, dos o tres suaves surcos en unos pómulos nacarados que
se me han incrustado tanto en mi memoria que sería incapaz de
arrancarlos de allí.
En esa comisura de unos labios carnosos y rosáceos que uno no puede más que
suplicar a todos los dioses conocidos tener cerca en alguna ocasión. Ahí, justo
ahí, morí yo.
Es extraño cómo ha discurrido todo: desde una distancia absoluta
y, sin embargo, desde una cercanía casi total. De ella no conservo recuerdos ni
momentos vividos porque nunca los hemos tenido, pero sí guardo en la mente
mundos paralelos donde hemos compartido noches de verbena, paseos por la
montaña, viajes a lugares lejanos y mañanas de besos guarecidos bajo un
edredón. Conservo un cuadro imaginario que mi mente reconstruye una y otra vez
con una precisión casi quirúrgica: su cabello castaño aclarándose en las puntas,
sus ojos enormes de un verde incierto, los dos pequeños aros metálicos en su
nariz, el corazón tatuado en su antebrazo o el ese sempiterno de su costado; el
movimiento despreocupado de sus manos mientras habla, el
vestido rojo de la boda en Ortiguera y la elegancia que desprendía al apartarse el mechón del pelo
mientras taconeaba por un césped bañado por el sol.
Sin haberla tocado nunca, estoy convencido de que podría reconocer
la textura de su piel. Del mismo modo que no tengo dudas de que, cuando escuche
su voz, no sentiré la extrañeza de quien descubre algo desconocido, sino la
familiaridad de quien regresa a un lugar donde ha vivido durante años. Porque,
aunque jamás he sentido el calor de sus manos ni el roce casual de sus dedos,
mi imaginación ha rellenado esos vacíos con una minuciosidad casi absurda. Ha
construido recuerdos donde nunca existieron, ha levantado puentes sobre
distancias imposibles y ha convertido la ausencia en una forma peculiar de
presencia.
A veces pienso que el ser humano no se enamora únicamente de las
personas, sino también de las posibilidades. De las historias que imagina, de
las vidas que proyecta y de los futuros que nunca llegan a existir. Quizá por
eso ella habita mi memoria con una intensidad que desafía toda lógica, porque
no está hecha solo de realidad, sino también de todo aquello que mi imaginación
ha ido añadiendo pacientemente durante años. De cada conversación
que nunca sucedió, de cada viaje que jamás emprendimos, de cada abrazo que
quedó suspendido en el quizá y en el ya veremos; de septiembre, de Asturias, de un baile o una cerveza, de una vida que, quizá, no llegue nunca. Y entre lo que fue, lo que es y lo
que nunca llegó a ser, he terminado construyendo una presencia tan nítida que,
en ocasiones, me cuesta recordar que una parte de ella pertenece a la realidad
y otra a los dominios inagotables de mi alma. Quizá
sea esa la mayor victoria de ciertos recuerdos: lograr que lo soñado y lo
vivido terminen confundiéndose hasta resultar indistinguibles. Y aun así, pese a todo, sigo
conservando la esperanza de que algún día la vida tenga la delicadeza de
concederme aquello que el corazón lleva años ensayando en silencio y que no
es otra cosa que toparme cara a cara con esa comisura de labios que hizo que el resto dejasen de importar.
viernes, 22 de mayo de 2026
II Venida
Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” y la experiencia me ha llevado, durante todos estos años, a tener que darle casi siempre la razón. He comprendido, a fuerza de regresar donde nunca debí, que hay sitios que no son lugares, sino edades, estaciones del alma a las que uno pertenece más por lo que fue que por lo que es. Volver a ellas implica casi siempre un riesgo implícito: descubrir que la puerta sigue en pie, pero que quien la cruzó una vez ya no existe. Volver a tus recuerdos, casi siempre idealizados por una memoria traicionera, te conduce, irremediablemente, no sólo a no encontrar la felicidad que una vez hallaste allí sino, además, a comprobar que la imagen de perfección que anidaba en tu mente no se correspondía con la realidad.
A pesar de
ello, hay regresos que desafían todas las leyes de la nostalgia. Hay nombres
que no vuelven para ocupar un espacio, sino para despertar un tiempo, para rejuvenecer
un alma curtida en mil pesares y para reavivar una ilusión que uno creía
extinta. La posible vuelta de Mourinho es mucho más que nostalgia para mí, es volver al
lugar donde fui feliz con el hombre que me hizo cabalgar sobre el madridismo más
febril, apasionado y militante que he experimentado jamás.
Porque 2010
no fue solo un año, fue una manera de estar en el mundo, algo que ya
desapareció, que no volverá, pero del que uno guarda tan buenos recuerdos que
quisiera no haberse marchado nunca. La época del Tuenti y los
botellones en residencias de estudiantes; aquella en que Twitter comenzó a ser
el campo de batalla donde la gente de pie combatía a la canallesca. La de Van
Palomain, el Waka Waka, Manjavacas y Mota del Cuervo, la del amor
inconmensurable a la camiseta, la del duelo por antonomasia entre los dos
jugadores más grandes que nuestros ojos verán, la del futuro incierto y el
corazón rebosante. Allá donde la vida sucedía más despacio o, quizá, éramos
nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a correr tan deprisa.
Tal vez uno se pone melancólico porque se hizo mayor de repente, casi sin darse cuenta, o que la nostalgia no sea otra cosa que mirar hacia atrás y lamentar aquello que el destino le arrebató, pero el caso es que echamos de menos a las personas que fuimos cuando amábamos sin calcular las consecuencias, cuando una canción resumía un año entero o un mensaje era capaz de acelerar el ritmo de un corazón. Cuando las madrugadas eran eternas, las amistades no se traicionaban, el amor era el motor de la vida y el Real Madrid algo que se asimilaba en importancia al mismo Dios.
Quizá Sabina
tenga razón y no debamos volver a los lugares donde fuimos felices. Quizá
insistir en ello sea tentar a la decepción. Sin embargo, creo que hay regresos
que no buscan recuperar el pasado, sino recordarnos que seguimos siendo un poco
aquellos que fuimos y que, aunque peinemos canas en la barba y las arrugas
pueblen nuestra piel, el corazón sigue queriendo volver a sentir de la manera que sentimos
antaño.
Por eso hoy,
si se confirma la segunda venida, uno no podrá más que sentirse de
nuevo joven, feliz y entusiasmado con lo que venga, que será bueno o será malo,
sólo Dios lo sabe. Lo que sí tengo tan claro como que mañana volverá a brillar
el sol, es que hay algunas nostalgias que vuelven para encender la luz que
parecía haberse apagado para siempre y que voy a vivir los próximos meses con
toda la intensidad que pueda resistir mi corazón. Estamos de vuelta. O al menos rezo por estarlo pronto. Hala
Madrid…hijos de puta.



