lunes, 22 de junio de 2026

Tuvimos todo

La pasión impetuosa de dos adolescentes en llamas, el convencimiento de que lo que surgió aquella noche de invierno no se volvería a repetir jamás y la confianza serena de quienes parecen haberse conocido desde siempre, aunque el destino les tuviera reservado una presentación tardía. Tuvimos mañanas de amanecer abrazados y noches de yacer extenuados de amor. Tuvimos un futuro desplegado ante nosotros como una promesa inagotable; el presente luminoso de quien roza con las yemas de los dedos la plenitud, y un pasado irrelevante para quien comprende que antes de aquel encuentro apenas existía una vaga antesala de la vida y, lo que fue, jamás superaría a lo que hubo después de aquel primer concierto.

Tuvimos todo. La inmensa fortuna de haber formado un hogar, una familia, una patria compartida. Aunque fuera tan breve que todo parece que sucedió en un suspiro. Tuvimos ls convicción íntima de quien sabe que no volverá a amar de la misma manera. Una vida llena, completa, colmada de proyectos, de tradiciones inventadas y de sueños ilimitados. Tuvimos conversaciones interminables y silencios que no necesitaban explicación. 

Tuvimos veranos que parecieron eternos aunque siempre nos quejásemos de que no los exprimíamos lo suficiente; inviernos en los que bastaba una mano entrelazada, un leve roce de pies o una caricia vespertina para resguardarnos del frío. Tuvimos despedidas breves, reencuentros celebrados como si el mundo volviera a ordenarse y la dulce costumbre de sabernos refugio el uno del otro. Tuvimos la imprudencia de creer que el tiempo nos pertenecía y la inocencia de pensar que ciertas felicidades son invulnerables y eternas.



Y, sin embargo, ahora que todo ha terminado, comprendo que la tragedia no fue carecer de algo. No nos faltó amor, ni entrega, ni ternura. La verdadera tragedia es haberlo tenido todo y no haberlo valorado de la manera que se mereció, porque hay quien se pasa la vida buscando algo parecido a lo que nosotros tuvimos y se tiene que conformar con las migajas de lo que fuimos. Quienes apenas poseen recuerdos pueden resignarse al olvido, pero quienes han conocido la dicha completa quedan condenados a medir el resto de sus días comparando lo que fue con lo que vendrá. Y es entonces cuando se descubre la paradoja más cruel del amor: que algunas historias no duelen por lo que les faltó, sino precisamente por todo lo que fueron.

Tuvimos defectos, por supuesto. Heridas, orgullos, desacuerdos… y todo lo demás. Pero incluso nuestras imperfecciones formaban parte de esa arquitectura íntima que levantamos juntos, de esa construcción de amor y cariño que se antojó imperecedera.

No te culpo a ti ni pretendo seguir castigándome yo más de lo que ya lo he hecho. Conservo la tranquilidad de conciencia de quien sabe que amó con toda la intensidad de la que fue capaz y, al mismo tiempo, la tristeza inevitable de quien comprende que, a veces, incluso darlo todo no basta para retener aquello que más se quiere.

Aun así, cuando el dolor se aparta por un instante y deja hablar a la memoria, solo puedo sentir gratitud. Gratitud por haberte encontrado. Gratitud por cada abrazo, cada promesa, cada amanecer compartido y cada pequeño instante que convirtió lo cotidiano en algo extraordinario. Porque, al final, hay amores que no están destinados a durar para siempre, pero sí a acompañarnos para siempre. Y aunque la vida nos haya llevado por caminos distintos, como tú dices, nadie podrá arrebatarme la certeza de que existimos, de que fuimos reales, de que durante un breve e irrepetible instante tuvimos el mundo entero a nuestros pies.

Y si algún día el recuerdo de todo esto termina por difuminarse, espero conservar al menos la certeza de que fui inmensamente afortunado por haberte amado y por haber sido amado por ti. Porque algunas personas pasan por nuestra vida, pero otras se convierten para siempre en una parte de nuestra alma. Y allí, en ese lugar donde ni el tiempo, ni la distancia, ni el olvido alcanzan, seguirás siendo hogar y seguirás siendo, para siempre, mía.

miércoles, 3 de junio de 2026

Ahí morí yo

En esa comisura morí yo. No recuerdo muy bien cuándo, pero fue hace ya algunos años y, a buen seguro, ahí, en esa sonrisa preciosa que, aunque parezca extraño, es lo único que tengo de ella. Una sonrisa eterna que crea, cuando sale a relucir, dos o tres suaves surcos en unos pómulos nacarados que se me han incrustado tanto en mi memoria que sería incapaz de arrancarlos de allí. En esa comisura de unos labios carnosos y rosáceos que uno no puede más que suplicar a todos los dioses conocidos tener cerca en alguna ocasión. Ahí, justo ahí, morí yo.

Es extraño cómo ha discurrido todo: desde una distancia absoluta y, sin embargo, desde una cercanía casi total. De ella no conservo recuerdos ni momentos vividos porque nunca los hemos tenido, pero sí guardo en la mente mundos paralelos donde hemos compartido noches de verbena, paseos por la montaña, viajes a lugares lejanos y mañanas de besos guarecidos bajo un edredón. Conservo un cuadro imaginario que mi mente reconstruye una y otra vez con una precisión casi quirúrgica: su cabello castaño aclarándose en las puntas, sus ojos enormes de un verde incierto, los dos pequeños aros metálicos en su nariz, el corazón tatuado en su antebrazo o el ese sempiterno de su costado; el movimiento despreocupado de sus manos mientras habla, el vestido rojo de la boda en Ortiguera y la elegancia que desprendía al apartarse el mechón del pelo mientras taconeaba por un césped bañado por el sol. 

Sin haberla tocado nunca, estoy convencido de que podría reconocer la textura de su piel. Del mismo modo que no tengo dudas de que, cuando escuche su voz, no sentiré la extrañeza de quien descubre algo desconocido, sino la familiaridad de quien regresa a un lugar donde ha vivido durante años. Porque, aunque jamás he sentido el calor de sus manos ni el roce casual de sus dedos, mi imaginación ha rellenado esos vacíos con una minuciosidad casi absurda. Ha construido recuerdos donde nunca existieron, ha levantado puentes sobre distancias imposibles y ha convertido la ausencia en una forma peculiar de presencia.

A veces pienso que el ser humano no se enamora únicamente de las personas, sino también de las posibilidades. De las historias que imagina, de las vidas que proyecta y de los futuros que nunca llegan a existir. Quizá por eso ella habita mi memoria con una intensidad que desafía toda lógica, porque no está hecha solo de realidad, sino también de todo aquello que mi imaginación ha ido añadiendo pacientemente durante años. De cada conversación que nunca sucedió, de cada viaje que jamás emprendimos, de cada abrazo que quedó suspendido en el quizá y en el ya veremos; de septiembre, de Asturias, de un baile o una cerveza, de una vida que, quizá, no llegue nunca. Y entre lo que fue, lo que es y lo que nunca llegó a ser, he terminado construyendo una presencia tan nítida que, en ocasiones, me cuesta recordar que una parte de ella pertenece a la realidad y otra a los dominios inagotables de mi alma. Quizá sea esa la mayor victoria de ciertos recuerdos: lograr que lo soñado y lo vivido terminen confundiéndose hasta resultar indistinguibles. Y aun así, pese a todo, sigo conservando la esperanza de que algún día la vida tenga la delicadeza de concederme aquello que el corazón lleva años ensayando en silencio y que no es otra cosa que toparme cara a cara con esa comisura de labios que hizo que el resto dejasen de importar.


viernes, 22 de mayo de 2026

II Venida

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” y la experiencia me ha llevado, durante todos estos años, a tener que darle casi siempre la razón. He comprendido, a fuerza de regresar donde nunca debí, que hay sitios que no son lugares, sino edades, estaciones del alma a las que uno pertenece más por lo que fue que por lo que es. Volver a ellas implica casi siempre un riesgo implícito: descubrir que la puerta sigue en pie, pero que quien la cruzó una vez ya no existe. Volver a tus recuerdos, casi siempre idealizados por una memoria traicionera, te conduce, irremediablemente, no sólo a no encontrar la felicidad que una vez hallaste allí sino, además, a comprobar que la imagen de perfección que anidaba en tu mente no se correspondía con la realidad.

A pesar de ello, hay regresos que desafían todas las leyes de la nostalgia. Hay nombres que no vuelven para ocupar un espacio, sino para despertar un tiempo, para rejuvenecer un alma curtida en mil pesares y para reavivar una ilusión que uno creía extinta. La posible vuelta de Mourinho es mucho más que nostalgia para mí, es volver al lugar donde fui feliz con el hombre que me hizo cabalgar sobre el madridismo más febril, apasionado y militante que he experimentado jamás.  

Porque 2010 no fue solo un año, fue una manera de estar en el mundo, algo que ya desapareció, que no volverá, pero del que uno guarda tan buenos recuerdos que quisiera no haberse marchado nunca. La época del Tuenti y los botellones en residencias de estudiantes; aquella en que Twitter comenzó a ser el campo de batalla donde la gente de pie combatía a la canallesca. La de Van Palomain, el Waka Waka, Manjavacas y Mota del Cuervo, la del amor inconmensurable a la camiseta, la del duelo por antonomasia entre los dos jugadores más grandes que nuestros ojos verán, la del futuro incierto y el corazón rebosante. Allá donde la vida sucedía más despacio o, quizá, éramos nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a correr tan deprisa. 

Tal vez uno se pone melancólico porque se hizo mayor de repente, casi sin darse cuenta, o que la nostalgia no sea otra cosa que mirar hacia atrás y lamentar aquello que el destino le arrebató, pero el caso es que echamos de menos a las personas que fuimos cuando amábamos sin calcular las consecuencias, cuando una canción resumía un año entero o un mensaje era capaz de acelerar el ritmo de un corazón. Cuando las madrugadas eran eternas, las amistades no se traicionaban, el amor era el motor de la vida y el Real Madrid algo que se asimilaba en importancia al mismo Dios.


Mourinho no trajo únicamente táctica o resultados, trajo de nuevo la fe en el escudo, orgullo, pasión y rebeldía. La determinación de no callar ante quien venía corrompiendo la competición durante décadas y prostituía la información durante años. Trajo la convicción de que incluso en los tiempos más difíciles uno puede mirar al monstruo a los ojos sin bajar la cabeza, sin replegarse, plantándole cara a quienes se creen por encima de cualquier norma. Nos hizo ver que perder no era una condena eterna y que resistir también podía ser una forma de victoria. Cogió un Madrid herido de muerte y en tres años lo convirtió en campeón, cimentando las bases para la época más gloriosa que se recuerda. Ardía de rabia, de intensidad, de pasión e hizo que, bajo su liderazgo, todos diésemos nuestra vida por ese escudo redondito con muchas Copas de Europa.

Quizá Sabina tenga razón y no debamos volver a los lugares donde fuimos felices. Quizá insistir en ello sea tentar a la decepción. Sin embargo, creo que hay regresos que no buscan recuperar el pasado, sino recordarnos que seguimos siendo un poco aquellos que fuimos y que, aunque peinemos canas en la barba y las arrugas pueblen nuestra piel, el corazón sigue queriendo volver a sentir de la manera que sentimos antaño.

Por eso hoy, si se confirma la segunda venida, uno no podrá más que sentirse de nuevo joven, feliz y entusiasmado con lo que venga, que será bueno o será malo, sólo Dios lo sabe. Lo que sí tengo tan claro como que mañana volverá a brillar el sol, es que hay algunas nostalgias que vuelven para encender la luz que parecía haberse apagado para siempre y que voy a vivir los próximos meses con toda la intensidad que pueda resistir mi corazón. Estamos de vuelta. O al menos rezo por estarlo pronto. Hala Madrid…hijos de puta.

jueves, 23 de abril de 2026

Silencio

El silencio retumbaba en la casa, asumiendo la contradicción. Se había instalado como una presencia casi física. Por primera vez en meses no se escuchaba nada más que el viento colándose a hurtadillas por la ventana de la habitación y el paso de una decena de vehículos dirigiéndose hacia ningún lugar. “Qué curioso” - pensó- “todo lo que lo he echado de menos y ahora que reina en todas partes me oprime el alma más de lo que hizo nunca ningún ruido”.


Se había vaciado de lágrimas, de fuerzas, de sueños, de futuro y de pasado, quedando únicamente un presente suspendido en el tiempo, como si la propia vida se hubiese olvidado de seguir adelante. En su mente, el eco de una realidad pasada y la sensación de absoluta soledad, de haber sido engañado por un ladrón de guante blanco que le había arrebatado, de repente, todo lo más preciado. Se preguntaba el porqué una y otra y otra vez, y cuanto más se acercaba a la respuesta más se lo volvía a preguntar, quizá precisamente porque la propia respuesta era tan terrible que no la quería asimilar.

Más tarde, preso del cansancio, se durmió sobre un sofá polvoriento que lo recibió gélido y desconcertado. Su mente no le daba tregua, y las manos de ella, sus ojos vidriosos, su boca y su piel aparecieron de nuevo, traicionado por su subconsciente, para apagar su sed, para tratar su dolor y para recrear una realidad que se había evaporado.

Allí, junto a Morfeo, alejado de todo lo real, inmerso en lo onírico, volvió a sentirse en casa, a notar unos pies descalzos acariciándole y la luz de la luna llena iluminándole el rostro por el cristal de la habitación. Allí, en lo más profundo de un sueño plácido, las lágrimas dejaron paso a sonrisas cómplices, a duchas y pijamas calentados por el radiador, a cenas y deberes, a cariños y cine, a felicidad y amor. 

Duró poco, tan solo lo que tardó el sol naciente en una nueva y triste mañana en romper contra una cara podrida de vivir y, de nuevo, se hizo presente la realidad, y todo lo que había cobrado sentido unos minutos antes desapareció como arena engullida por el mar. Fue entonces cuando comprendió que aunque ya no habitaban su vida, lo harían para siempre en cada rincón de su alma, porque hay amores que jamás se terminan de ir, solo aprenden, con el tiempo, a doler un poco menos.

domingo, 11 de enero de 2026

Sabor a vino y pena

Creo que dentro de veinte o treinta años recordaré este día como algo parecido a una visión astral donde salgo de mi cuerpo y me visualizo apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, con la mirada perdida a través de la ventana, mientras los rayos de sol del domingo se estrellan contra la pared de enfrente y el sabor de la pena se entremezcla, como casi siempre que la tristeza llama a mi puerta, con el amargor del vino tinto en la lengua.

Ella va y viene de un lugar al otro, cobijada en una bata de felpa, parándose cada cierto tiempo junto a mí para darme un beso cariñoso en la mejilla como queriendo con ello aliviar el dolor, mitigar la pena, hacerse cargo de una parte de mi peso para que el viaje sea más liviano. Al final, acompañar a otro en la vida, sea de la forma que sea, no es más que hacerle el camino más ligero, arrimar el hombro en los momentos en que más pesa la mochila y socorrernos mutuamente cuando la realidad te golpea sin previo aviso.

Y sí, hoy es un día de pena, de mucha pena. Ha habido un contraste brutal en casa: hemos pasado del silencio al bullicio y, luego, de nuevo a la quietud absoluta. "No tenemos punto medio" me ha dicho en la comida cuando el sigilo lo copaba todo y el desasosiego se sentía incluso en la pintura de las paredes. De nuevo, tiene razón. Pero la calma de hoy nada tiene que ver con la serenidad de los días ordinarios cuando la noche hace su aparición y el cansancio se apodera de todo y de todos, sino que se palpa en el ambiente un mutismo espeso que ocupa el espacio, los rincones, los pensamientos y, de ahí, se expande por el corazón hasta tocar cada fibra de mi ser. El vino se oxida en la copa y yo permanezco anclado a este momento, incapaz de decidir si quiero que se acabe el día o si, por el contrario, desaprovechar cada segundo es escupir un poco al cielo desde el que, a buen seguro, ahora me estás observando aporrear las teclas. 

He aprendido con los años que la sensación de pérdida es la más difícil de asimilar, que el alma requiere de un tiempo prudencial para entender que lo que una vez pareció eterno ya no está, que se ha marchado sin preaviso para no regresar jamás. Ni los chupitos ni los grupos de cumpleaños ni los abrazos sinceros ni esa sonrisa perenne van a volver. Ni siquiera ahora, cincelando esas palabras a golpe de teclado, soy capaz de asimilar que lo que digo es una realidad tan inalterable como que Dios así lo ha querido. 

Nos engañamos creyendo que estamos preparados para perder, que la experiencia o la edad nos otorgan una suerte de armadura emocional. Mentira. La muerte siempre gana y más si hace su entrada por sorpresa. Da igual cuántas despedidas hayas ensayado mentalmente, cuántas veces hayas reflexionado sobre la fugacidad de la vida, cuando llega te deja desnudo, torpe, balbuceante, indefenso e intentando encontrarle un sentido a todas esas frases hechas que hoy no significan absolutamente nada.

Hay una crueldad particular en la muerte repentina: no concede despedida ni deja ordenar los cajones del alma. Todo queda abierto, a medio hacer, como el armario que no cierras bien y ya te impide dormir por la noche. Las últimas palabras que nos dijimos irremediablemente saben a poco y uno se siente un poco imbécil escribiendo una obituario digno entre tanta verborrea, sabiendo que no aprovechó la ocasión real lo suficiente cuando tuvo la oportunidad. Sin embargo, de poco vale lamentarse ahora por lo no dicho, aunque sí es imprescindible pararse a pensar en ello porque lo que dejamos de decir hoy, sea por el motivo que sea, puede atragantarse para siempre mañana. 

Me cabrea, por otro lado, que el mundo siga girando con una normalidad casi ofensiva. Los coches pasan por la calle como si nada, la televisión no hace programaciones especiales y parece que nadie se ha parado a pensar que algo se ha roto en el universo de manera irreversible. Quizá sea la distancia y allí, en mi tierra, todo sea diferente. 

Vuelvo a darle vueltas al coco y me pongo a imaginar el día en que alguien me escriba estas líneas a mí, si es que eso ocurre, y en que entonces también todo parecerá igual que el día anterior menos para un selecto grupo de personas que, quizá, derramen alguna lágrima que otra. De nuevo, un casi cuadragenario con canas en la barba, piel curtida y mentalidad analógica vuelve a preguntarle a Dios sobre el sentido de todo esto y, de nuevo, parece no encontrárselo en absoluto. Así que, con la botella casi extinta y la copa manchada de dolor y tintes rosáceos, el único sentido que puedo encontrarle a toda esta tragicomedia es que la pena de algunos en días como este es, precisamente, lo que le da sentido a todo. Porque si has conseguido hacer que medio centenar (como poco) de personas estén rezumando pena, lágrimas y dolor de lo más profundo de su ser porque te has ido sin avisar es que, sin quererlo, has entrado con tanta fuerza en el corazón de esa gente como, creo, nunca fuiste consciente. Así que al final, en este día de congoja, tristeza e incredulidad, no puedo más que mirar al cielo con lágrimas en los ojos y darte las gracias porque, aunque fue casi de refilón, me diste tantos buenos recuerdos que te has hecho inmortal allá donde realmente todo tiene sentido: en lo más profundo de quien tuvo la inmensa suerte de cruzarse contigo. Por todo ello: gracias. Que Dios te acoja en su seno y, ten por seguro, que te recordaremos hasta el mismo momento en que nos reencontramos en un lugar mucho mejor.