jueves, 20 de agosto de 2026

Leona

Ruge como una leona en las noches estrelladas de la sabana africana. Camina contoneándose, con esa elegancia indolente de quien no necesita demostrar nada para hacerse mirar, con la seguridad de una mujer codiciada que conoce perfectamente el efecto que provoca.

Su mirada es penetrante: dos ojos color caoba que, cuando se cruzan con los tuyos, consiguen desarmarte por completo. Cuando sonríe, el mundo se antoja un lugar mejor y, si además tú eres el culpable de esa sonrisa, te sientes como Neil Armstrong al pisar por primera vez la Luna.

Conservo una imagen guardada en la retina desde hace años. Todavía puedo verme saliendo de la habitación y girándome una última vez, como Lot al volver la vista atrás, pero sin encontrar ninguna estatua de sal, tan sólo una diosa semidesnuda postrada sobre mi lecho. Recuerdo conducir media hora preguntándole al mismísimo Dios qué había hecho yo para merecer semejante milagro.

Si te besa, estás perdido. No hay vuelta atrás. No existe redención posible ante unos labios carnosos que se apoderan de ti como la manzana lo hizo de Eva. Tiene un cuerpo perfecto, aunque ella siempre encontraba algún detalle del que quejarse. Yo, en cambio, me limitaba a contemplarlo, intentando recorrer con las yemas de mis dedos cada rincón de aquella piel suave que me había caído del cielo.

Ruge. Porque tiene temperamento, corazón y fuego en la sangre, pero también porque pertenece a esa preciosa estirpe de mujeres que son capaces de sacar a relucir sus fauces y, minutos después, romper a llorar como una niña. Se emociona pronto, llora fácil y ama hasta la extenuación. No conoce otra clase de vida ni quiere conocerla. Quizá por eso, si rascas un poco en la fachada, encuentras un corazón hinchado de latir.

La recuerdo envuelta en la música de Schubert, mientras contemplábamos la belleza de aquel paraje cubierto de olivos y bombillas. Sus manos recorriendo mi pecho después y trazando un mapa que ni Magallanes habría cartografiado mejor y yo perdiéndome en la constelación de lunares que adornaba el suyo, sin prisa y sin esperanza de volver a Ítaca.

Me gustaba apretarle la cadera y atraerla hacia mí cada vez que se acercaba. Quizá por miedo a que algún día se me escapara y volara lejos, como un ave a la que de pronto le abren la puerta de la jaula. Me encantaba sentirla cerca, notar el calor de su cuerpo contra el mío y quedarme allí, sin necesidad de decir nada, como si cada abrazo pudiera detener el tiempo y convencer a todos de que, al menos durante un leve suspiro, ella me pertenecía y yo era totalmente suyo.

Blandía la tizona como Rodrigo Díaz de Vivar a las puertas de Valencia. Besaba despacio al inicio, hasta que el deseo terminaba por desbordarla y desataba una furia titánica que te atemorizaba y te excitaba a la par. Entre sus manos me sentía seguro y, sin saberlo, llegó a curar a un hombre roto con algo tan simple como un par de caricias y alguna palabra de afecto.

Un día se marchó.

Se fue casi sin avisar a cuidar de dos cachorros que la esperaban en la otra punta del mundo. Sólo entonces entendí que aquella era su manera de ver la vida: proteger a los suyos ante todo y ante todos.

Lo único que le prometí aquella noche, aunque nunca llegara a decírselo, fue que por el resto de mi vida yo también estaría ahí para protegerla, aunque probablemente jamás necesitara que nadie cuidara de ella, siempre me tendría aquí, en la otra punta del mapa, esperando su regreso.

Ha pasado tanto tiempo que cualquiera podría pensar que los detalles deberían haberse borrado de mi memoria. Sin embargo, lo vivido aquella noche permanece en mí con una intensidad que hace que todos estos años parezcan mucho menos de los que son, quizá un leve suspiro, quizá tan sólo unas horas; pero podría reconstruir cada escena de esos días con los ojos cerrados, con la seguridad de un funambulista a cien metros del suelo. Quizá sea porque hay recuerdos que no envejecen. Quizá porque ciertas felicidades se niegan a desaparecer o, simplemente, porque aquella leona se quedó a vivir en algún lugar de mí al que el tiempo nunca sabrá llegar y del que nadie nunca, jamás, la podrá sacar.

lunes, 22 de junio de 2026

Tuvimos todo

La pasión impetuosa de dos adolescentes en llamas, el convencimiento de que lo que surgió aquella noche de invierno no se volvería a repetir jamás y la confianza serena de quienes parecen haberse conocido desde siempre, aunque el destino les tuviera reservado una presentación tardía. Tuvimos mañanas de amanecer abrazados y noches de yacer extenuados de amor. Tuvimos un futuro desplegado ante nosotros como una promesa inagotable; el presente luminoso de quien roza con las yemas de los dedos la plenitud, y un pasado irrelevante para quien comprende que antes de aquel encuentro apenas existía una vaga antesala de la vida y, lo que fue, jamás superaría a lo que hubo después de aquel primer concierto.

Tuvimos todo. La inmensa fortuna de haber formado un hogar, una familia, una patria compartida. Aunque fuera tan breve que todo parece que sucedió en un suspiro. Tuvimos ls convicción íntima de quien sabe que no volverá a amar de la misma manera. Una vida llena, completa, colmada de proyectos, de tradiciones inventadas y de sueños ilimitados. Tuvimos conversaciones interminables y silencios que no necesitaban explicación. 

Tuvimos veranos que parecieron eternos aunque siempre nos quejásemos de que no los exprimíamos lo suficiente; inviernos en los que bastaba una mano entrelazada, un leve roce de pies o una caricia vespertina para resguardarnos del frío. Tuvimos despedidas breves, reencuentros celebrados como si el mundo volviera a ordenarse y la dulce costumbre de sabernos refugio el uno del otro. Tuvimos la imprudencia de creer que el tiempo nos pertenecía y la inocencia de pensar que ciertas felicidades son invulnerables y eternas.



Y, sin embargo, ahora que todo ha terminado, comprendo que la tragedia no fue carecer de algo. No nos faltó amor, ni entrega, ni ternura. La verdadera tragedia es haberlo tenido todo y no haberlo valorado de la manera que se mereció, porque hay quien se pasa la vida buscando algo parecido a lo que nosotros tuvimos y se tiene que conformar con las migajas de lo que fuimos. Quienes apenas poseen recuerdos pueden resignarse al olvido, pero quienes han conocido la dicha completa quedan condenados a medir el resto de sus días comparando lo que fue con lo que vendrá. Y es entonces cuando se descubre la paradoja más cruel del amor: que algunas historias no duelen por lo que les faltó, sino precisamente por todo lo que fueron.

Tuvimos defectos, por supuesto. Heridas, orgullos, desacuerdos… y todo lo demás. Pero incluso nuestras imperfecciones formaban parte de esa arquitectura íntima que levantamos juntos, de esa construcción de amor y cariño que se antojó imperecedera.

No te culpo a ti ni pretendo seguir castigándome yo más de lo que ya lo he hecho. Conservo la tranquilidad de conciencia de quien sabe que amó con toda la intensidad de la que fue capaz y, al mismo tiempo, la tristeza inevitable de quien comprende que, a veces, incluso darlo todo no basta para retener aquello que más se quiere.

Aun así, cuando el dolor se aparta por un instante y deja hablar a la memoria, solo puedo sentir gratitud. Gratitud por haberte encontrado. Gratitud por cada abrazo, cada promesa, cada amanecer compartido y cada pequeño instante que convirtió lo cotidiano en algo extraordinario. Porque, al final, hay amores que no están destinados a durar para siempre, pero sí a acompañarnos para siempre. Y aunque la vida nos haya llevado por caminos distintos, como tú dices, nadie podrá arrebatarme la certeza de que existimos, de que fuimos reales, de que durante un breve e irrepetible instante tuvimos el mundo entero a nuestros pies.

Y si algún día el recuerdo de todo esto termina por difuminarse, espero conservar al menos la certeza de que fui inmensamente afortunado por haberte amado y por haber sido amado por ti. Porque algunas personas pasan por nuestra vida, pero otras se convierten para siempre en una parte de nuestra alma. Y allí, en ese lugar donde ni el tiempo, ni la distancia, ni el olvido alcanzan, seguirás siendo hogar y seguirás siendo, para siempre, mía.

miércoles, 3 de junio de 2026

Ahí morí yo

En esa comisura morí yo. No recuerdo muy bien cuándo, pero fue hace ya algunos años y, a buen seguro, ahí, en esa sonrisa preciosa que, aunque parezca extraño, es lo único que tengo de ella. Una sonrisa eterna que crea, cuando sale a relucir, dos o tres suaves surcos en unos pómulos nacarados que se me han incrustado tanto en mi memoria que sería incapaz de arrancarlos de allí. En esa comisura de unos labios carnosos y rosáceos que uno no puede más que suplicar a todos los dioses conocidos tener cerca en alguna ocasión. Ahí, justo ahí, morí yo.

Es extraño cómo ha discurrido todo: desde una distancia absoluta y, sin embargo, desde una cercanía casi total. De ella no conservo recuerdos ni momentos vividos porque nunca los hemos tenido, pero sí guardo en la mente mundos paralelos donde hemos compartido noches de verbena, paseos por la montaña, viajes a lugares lejanos y mañanas de besos guarecidos bajo un edredón. Conservo un cuadro imaginario que mi mente reconstruye una y otra vez con una precisión casi quirúrgica: su cabello castaño aclarándose en las puntas, sus ojos enormes de un verde incierto, los dos pequeños aros metálicos en su nariz, el corazón tatuado en su antebrazo o el ese sempiterno de su costado; el movimiento despreocupado de sus manos mientras habla, el vestido rojo de la boda en Ortiguera y la elegancia que desprendía al apartarse el mechón del pelo mientras taconeaba por un césped bañado por el sol. 

Sin haberla tocado nunca, estoy convencido de que podría reconocer la textura de su piel. Del mismo modo que no tengo dudas de que, cuando escuche su voz, no sentiré la extrañeza de quien descubre algo desconocido, sino la familiaridad de quien regresa a un lugar donde ha vivido durante años. Porque, aunque jamás he sentido el calor de sus manos ni el roce casual de sus dedos, mi imaginación ha rellenado esos vacíos con una minuciosidad casi absurda. Ha construido recuerdos donde nunca existieron, ha levantado puentes sobre distancias imposibles y ha convertido la ausencia en una forma peculiar de presencia.

A veces pienso que el ser humano no se enamora únicamente de las personas, sino también de las posibilidades. De las historias que imagina, de las vidas que proyecta y de los futuros que nunca llegan a existir. Quizá por eso ella habita mi memoria con una intensidad que desafía toda lógica, porque no está hecha solo de realidad, sino también de todo aquello que mi imaginación ha ido añadiendo pacientemente durante años. De cada conversación que nunca sucedió, de cada viaje que jamás emprendimos, de cada abrazo que quedó suspendido en el quizá y en el ya veremos; de septiembre, de Asturias, de un baile o una cerveza, de una vida que, quizá, no llegue nunca. Y entre lo que fue, lo que es y lo que nunca llegó a ser, he terminado construyendo una presencia tan nítida que, en ocasiones, me cuesta recordar que una parte de ella pertenece a la realidad y otra a los dominios inagotables de mi alma. Quizá sea esa la mayor victoria de ciertos recuerdos: lograr que lo soñado y lo vivido terminen confundiéndose hasta resultar indistinguibles. Y aun así, pese a todo, sigo conservando la esperanza de que algún día la vida tenga la delicadeza de concederme aquello que el corazón lleva años ensayando en silencio y que no es otra cosa que toparme cara a cara con esa comisura de labios que hizo que el resto dejasen de importar.


viernes, 22 de mayo de 2026

II Venida

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” y la experiencia me ha llevado, durante todos estos años, a tener que darle casi siempre la razón. He comprendido, a fuerza de regresar donde nunca debí, que hay sitios que no son lugares, sino edades, estaciones del alma a las que uno pertenece más por lo que fue que por lo que es. Volver a ellas implica casi siempre un riesgo implícito: descubrir que la puerta sigue en pie, pero que quien la cruzó una vez ya no existe. Volver a tus recuerdos, casi siempre idealizados por una memoria traicionera, te conduce, irremediablemente, no sólo a no encontrar la felicidad que una vez hallaste allí sino, además, a comprobar que la imagen de perfección que anidaba en tu mente no se correspondía con la realidad.

A pesar de ello, hay regresos que desafían todas las leyes de la nostalgia. Hay nombres que no vuelven para ocupar un espacio, sino para despertar un tiempo, para rejuvenecer un alma curtida en mil pesares y para reavivar una ilusión que uno creía extinta. La posible vuelta de Mourinho es mucho más que nostalgia para mí, es volver al lugar donde fui feliz con el hombre que me hizo cabalgar sobre el madridismo más febril, apasionado y militante que he experimentado jamás.  

Porque 2010 no fue solo un año, fue una manera de estar en el mundo, algo que ya desapareció, que no volverá, pero del que uno guarda tan buenos recuerdos que quisiera no haberse marchado nunca. La época del Tuenti y los botellones en residencias de estudiantes; aquella en que Twitter comenzó a ser el campo de batalla donde la gente de pie combatía a la canallesca. La de Van Palomain, el Waka Waka, Manjavacas y Mota del Cuervo, la del amor inconmensurable a la camiseta, la del duelo por antonomasia entre los dos jugadores más grandes que nuestros ojos verán, la del futuro incierto y el corazón rebosante. Allá donde la vida sucedía más despacio o, quizá, éramos nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a correr tan deprisa. 

Tal vez uno se pone melancólico porque se hizo mayor de repente, casi sin darse cuenta, o que la nostalgia no sea otra cosa que mirar hacia atrás y lamentar aquello que el destino le arrebató, pero el caso es que echamos de menos a las personas que fuimos cuando amábamos sin calcular las consecuencias, cuando una canción resumía un año entero o un mensaje era capaz de acelerar el ritmo de un corazón. Cuando las madrugadas eran eternas, las amistades no se traicionaban, el amor era el motor de la vida y el Real Madrid algo que se asimilaba en importancia al mismo Dios.


Mourinho no trajo únicamente táctica o resultados, trajo de nuevo la fe en el escudo, orgullo, pasión y rebeldía. La determinación de no callar ante quien venía corrompiendo la competición durante décadas y prostituía la información durante años. Trajo la convicción de que incluso en los tiempos más difíciles uno puede mirar al monstruo a los ojos sin bajar la cabeza, sin replegarse, plantándole cara a quienes se creen por encima de cualquier norma. Nos hizo ver que perder no era una condena eterna y que resistir también podía ser una forma de victoria. Cogió un Madrid herido de muerte y en tres años lo convirtió en campeón, cimentando las bases para la época más gloriosa que se recuerda. Ardía de rabia, de intensidad, de pasión e hizo que, bajo su liderazgo, todos diésemos nuestra vida por ese escudo redondito con muchas Copas de Europa.

Quizá Sabina tenga razón y no debamos volver a los lugares donde fuimos felices. Quizá insistir en ello sea tentar a la decepción. Sin embargo, creo que hay regresos que no buscan recuperar el pasado, sino recordarnos que seguimos siendo un poco aquellos que fuimos y que, aunque peinemos canas en la barba y las arrugas pueblen nuestra piel, el corazón sigue queriendo volver a sentir de la manera que sentimos antaño.

Por eso hoy, si se confirma la segunda venida, uno no podrá más que sentirse de nuevo joven, feliz y entusiasmado con lo que venga, que será bueno o será malo, sólo Dios lo sabe. Lo que sí tengo tan claro como que mañana volverá a brillar el sol, es que hay algunas nostalgias que vuelven para encender la luz que parecía haberse apagado para siempre y que voy a vivir los próximos meses con toda la intensidad que pueda resistir mi corazón. Estamos de vuelta. O al menos rezo por estarlo pronto. Hala Madrid…hijos de puta.

jueves, 23 de abril de 2026

Silencio

El silencio retumbaba en la casa, asumiendo la contradicción. Se había instalado como una presencia casi física. Por primera vez en meses no se escuchaba nada más que el viento colándose a hurtadillas por la ventana de la habitación y el paso de una decena de vehículos dirigiéndose hacia ningún lugar. “Qué curioso” - pensó- “todo lo que lo he echado de menos y ahora que reina en todas partes me oprime el alma más de lo que hizo nunca ningún ruido”.


Se había vaciado de lágrimas, de fuerzas, de sueños, de futuro y de pasado, quedando únicamente un presente suspendido en el tiempo, como si la propia vida se hubiese olvidado de seguir adelante. En su mente, el eco de una realidad pasada y la sensación de absoluta soledad, de haber sido engañado por un ladrón de guante blanco que le había arrebatado, de repente, todo lo más preciado. Se preguntaba el porqué una y otra y otra vez, y cuanto más se acercaba a la respuesta más se lo volvía a preguntar, quizá precisamente porque la propia respuesta era tan terrible que no la quería asimilar.

Más tarde, preso del cansancio, se durmió sobre un sofá polvoriento que lo recibió gélido y desconcertado. Su mente no le daba tregua, y las manos de ella, sus ojos vidriosos, su boca y su piel aparecieron de nuevo, traicionado por su subconsciente, para apagar su sed, para tratar su dolor y para recrear una realidad que se había evaporado.

Allí, junto a Morfeo, alejado de todo lo real, inmerso en lo onírico, volvió a sentirse en casa, a notar unos pies descalzos acariciándole y la luz de la luna llena iluminándole el rostro por el cristal de la habitación. Allí, en lo más profundo de un sueño plácido, las lágrimas dejaron paso a sonrisas cómplices, a duchas y pijamas calentados por el radiador, a cenas y deberes, a cariños y cine, a felicidad y amor. 

Duró poco, tan solo lo que tardó el sol naciente en una nueva y triste mañana en romper contra una cara podrida de vivir y, de nuevo, se hizo presente la realidad, y todo lo que había cobrado sentido unos minutos antes desapareció como arena engullida por el mar. Fue entonces cuando comprendió que aunque ya no habitaban su vida, lo harían para siempre en cada rincón de su alma, porque hay amores que jamás se terminan de ir, solo aprenden, con el tiempo, a doler un poco menos.