Ruge como una leona en las noches estrelladas de la sabana africana. Camina contoneándose, con esa elegancia indolente de quien no necesita demostrar nada para hacerse mirar, con la seguridad de una mujer codiciada que conoce perfectamente el efecto que provoca.
Su mirada es penetrante: dos ojos color caoba que, cuando se cruzan con los tuyos, consiguen desarmarte por completo. Cuando sonríe, el mundo se antoja un lugar mejor y, si además tú eres el culpable de esa sonrisa, te sientes como Neil Armstrong al pisar por primera vez la Luna.
Conservo una imagen guardada en la retina desde hace años. Todavía puedo verme saliendo de la habitación y girándome una última vez, como Lot al volver la vista atrás, pero sin encontrar ninguna estatua de sal, tan sólo una diosa semidesnuda postrada sobre mi lecho. Recuerdo conducir media hora preguntándole al mismísimo Dios qué había hecho yo para merecer semejante milagro.
Si te besa, estás perdido. No hay vuelta atrás. No existe redención posible ante unos labios carnosos que se apoderan de ti como la manzana lo hizo de Eva. Tiene un cuerpo perfecto, aunque ella siempre encontraba algún detalle del que quejarse. Yo, en cambio, me limitaba a contemplarlo, intentando recorrer con las yemas de mis dedos cada rincón de aquella piel suave que me había caído del cielo.
Ruge. Porque tiene temperamento, corazón y fuego en la sangre, pero también porque pertenece a esa preciosa estirpe de mujeres que son capaces de sacar a relucir sus fauces y, minutos después, romper a llorar como una niña. Se emociona pronto, llora fácil y ama hasta la extenuación. No conoce otra clase de vida ni quiere conocerla. Quizá por eso, si rascas un poco en la fachada, encuentras un corazón hinchado de latir.
La recuerdo envuelta en la música de Schubert, mientras contemplábamos la belleza de aquel paraje cubierto de olivos y bombillas. Sus manos recorriendo mi pecho después y trazando un mapa que ni Magallanes habría cartografiado mejor y yo perdiéndome en la constelación de lunares que adornaba el suyo, sin prisa y sin esperanza de volver a Ítaca.
Me gustaba apretarle la cadera y atraerla hacia mí cada vez que se acercaba. Quizá por miedo a que algún día se me escapara y volara lejos, como un ave a la que de pronto le abren la puerta de la jaula. Me encantaba sentirla cerca, notar el calor de su cuerpo contra el mío y quedarme allí, sin necesidad de decir nada, como si cada abrazo pudiera detener el tiempo y convencer a todos de que, al menos durante un leve suspiro, ella me pertenecía y yo era totalmente suyo.
Blandía la tizona como Rodrigo Díaz de Vivar a las puertas de Valencia. Besaba despacio al inicio, hasta que el deseo terminaba por desbordarla y desataba una furia titánica que te atemorizaba y te excitaba a la par. Entre sus manos me sentía seguro y, sin saberlo, llegó a curar a un hombre roto con algo tan simple como un par de caricias y alguna palabra de afecto.
Un día se marchó.
Se fue casi sin avisar a cuidar de dos cachorros que la esperaban en la otra punta del mundo. Sólo entonces entendí que aquella era su manera de ver la vida: proteger a los suyos ante todo y ante todos.
Lo único que le prometí aquella noche, aunque nunca llegara a decírselo, fue que por el resto de mi vida yo también estaría ahí para protegerla, aunque probablemente jamás necesitara que nadie cuidara de ella, siempre me tendría aquí, en la otra punta del mapa, esperando su regreso.
Ha pasado tanto tiempo que cualquiera podría pensar que los detalles deberían haberse borrado de mi memoria. Sin embargo, lo vivido aquella noche permanece en mí con una intensidad que hace que todos estos años parezcan mucho menos de los que son, quizá un leve suspiro, quizá tan sólo unas horas; pero podría reconstruir cada escena de esos días con los ojos cerrados, con la seguridad de un funambulista a cien metros del suelo. Quizá sea porque hay recuerdos que no envejecen. Quizá porque ciertas felicidades se niegan a desaparecer o, simplemente, porque aquella leona se quedó a vivir en algún lugar de mí al que el tiempo nunca sabrá llegar y del que nadie nunca, jamás, la podrá sacar.
