lunes, 3 de septiembre de 2018

Sólo un instante

Las velas iluminaban una mesa larga, casi infinita, cubierta por un mantel blanco, reluciente y que se veía a cincuenta metros de distancia en la oscuridad de aquella noche calurosa de finales del mes de julio. Las jarras de sangría y cerveza la llenaban y un puñado de amigos se amontonaba alrededor para comenzar a cenar. Él, ataviado con camisa y unos vaqueros cortos, presidía aquel banquete únicamente por su posición en el ancho de la mesa, no por celebración alguna o elogio particular. El camarero, minutos después, comenzó a tomar nota y el mundo, a simple vista, seguía rodando exactamente igual de lo que había venido haciendo hasta ahora … aunque quizá ya no volviese a hacerlo así nunca más.

 

De repente ella pasó por su lado aunque, al principio, ninguno de los dos se percató. Él la vio de soslayo sin caer en su identidad hasta más tarde y ella ni siquiera advirtió lo que acababa de suceder. La chica siguió su camino hacia una mesa unos metros más adelantada y ya dentro del restaurante, alejada de la entrada principal donde él se encontraba. Llevaba un vestido oscuro y ese pelo alborotado y rebelde que lo fascinaba; tan bullicioso, agitado y desordenado para tantas cosas como ella siempre le había parecido, y eso que apenas se conocían. Porque esta historia habla de dos absolutos desconocidos que, sin embargo, parecían conocerse cada vez más. La realidad hablaba de dos chicos que únicamente habían mantenido un par de conversaciones en algún chat ya casi extinto y que les otorgaba esa condición de amistad tan del siglo XXI: la que es capaz de acercarte a una persona del fin del mundo pero que, a su vez, te priva de su tacto, su olor o el sabor de sus labios.

No hubo nada más que contar en aquel primer acercamiento. Así son las historias en ocasiones, no siempre tiene por qué ocurrir algo. Y aunque no ocurrió absolutamente nada, él tuvo la irremediable inquietud de hacerle saber a ella que todo había sucedido, que ya no había vuelta atrás. Y un día, tiempo después, se lo contó: le dijo que la había tenido a medio metro de distancia sin que ella lo supiese, que había visto sus piernas desnudas y el contonear de sus caderas, su piel blanquecina ligeramente tintada por el sol de aquel verano, sus ojos verdes siempre bien maquillados y sus labios rojo carmesí que tiempo antes había querido hacer suyos. Le comentó que la había visto desfilar por su lado como una modelo en una pasarela y que durante una décima de segundo estuvieron más cerca el uno del otro de lo que jamás habían estado. Y a ella todo aquello le pareció extraño.

Muy extraño.

Su raciocinio científico le impedía pensar que alguna fuerza superior, llámalo destino, casualidad o como te dé la gana, tuviese algo que ver. Su naturaleza no la dejaba creer que todo aquello estuviese predestinado y ese romanticismo al que jamás prestó atención pudiese estar escribiéndole con letras de oro la historia más bonita de cuantas tendría que vivir. Sin embargo, en su interior algo le gritaba que sí, que todo aquello le estaba sucediendo y que debía tirarse a la piscina ya mismo, aún a riesgo de que no hubiese agua en ella. Así que se decidió a colocar las fichas sobre el tablero y comenzar a jugar la partida. Eligió blancas, porque son las que siempre llevan la iniciativa y esperó a ver cómo aquel desconocido se desenvolvía. No había prisa alguna, había que pensar bien los movimientos y entender que tenían todo el tiempo del mundo para jugar. Tenían el resto de sus vidas para hacerlo.

martes, 28 de agosto de 2018

Llega el fin

Ya no se ven casi faldas por las calles y eso, queridos amigos, nunca puede ser buena señal.

Los cielos nacen y mueren encapotados y casi no se ve la luz del sol entre tanta nube gris. El agua ya no es cristalina en la piscina y apenas se observa gente tumbada en el césped. Los bares siguen abarrotados por las noches, de lunes a domingo, por románticos que se niegan a creer que todo esto vaya a terminar. La cerveza sigue fluyendo por los grifos helados y las copas chocan entre sí brindando por los que vinieron de lejos, por los que acaban de llegar y, sobre todo, por los que ya no están. Las gafas de sol se guardan en la guantera de los coches y las sonrisas parecen esconderse también porque, a la vuelta de la esquina, la dicha y la alegría se tornan monotonía, frío y tristeza de nuevo. 


Me indigna profundamente que haya gente que no piense que el verano es la época más feliz del año. Yo, siempre que tengo que defenderlo, me limito a decir lo mismo: cerveza, pieles morenas y desnudas, sol y calor corporal, ¿qué más le puedes pedir a la vida? A mí no se me ocurre nada. Pero es que, además, están las palmeras de la playa, los chiringuitos, las verbenas y los amaneceres en lugares insospechados. La fruta fresca y el bar, los amigos que están lejos y, de repente, vienen a pasar unos días contigo. El levantarse tarde y el dormirse más tarde aún; los primeros besos y los que no volverán, los errores más maravillosos de tu vida y la sensación única de que el día que estás viviendo no se volverá a repetir. El verano es como una fiesta que no termina… aunque ya quede poco para que llegue a su fin.

Se acaban los pantalones cortos y las camisas de lino, las bermudas y el acento inglés en la costa. Se acaban, gracias a Dios, las camisas de manga corta y los pantalones pirata, pero se van con ellos el contraste de ese pelo dorado que se tiñe de blanco, con el de tus muslos oscurecidos por los rayos de sol, y eso es demasiado bonito como para dejarlo ir sin llorar un poquito. Se acaba, hasta el año que viene, los platos de caracoles y las guirnaldas en los balcones de la plaza, las sandalias y las uñas de colores chillones, las señoronas tomando el fresco en las puertas de las casas y los niños buscando su primer beso escondidos en lo más recóndito del parque. Se acaban los mojitos, el mercado de fichajes, la necesidad apremiante de besarnos a cada instante y el olor a felicidad constante. Se acaba el verano y con él se terminan dos meses donde todo irradia luz, donde se escucha música a todas horas y donde el mundo parece menos oscuro y un poquito mejor lugar para estar. Se termina el verano y volvemos a la época de lluvias, abrigos y noches largas y repletas de oscuridad; de anocheceres a las seis de la tarde, el frío, los abrigos de pluma sintética y las bufandas. Se va marchando agosto y nadie lo puede detener, apenas tres tristes días para convencerlo, aunque me parece que hay pocas posibilidades de ello. Nos tendremos que conformar con lo que nos deja cada año: un puñado de buenos recuerdos que siempre quedarán presentes y que, como pasa casi siempre, serán mucho mejor con los años de lo que lo fueron ayer.

domingo, 19 de agosto de 2018

19 de agosto... o quizá un poco antes

Diecinueve de junio de hace vete tú a saber cuánto. Hace mil años y un par de meses o simplemente mil años... no lo recuerdo muy bien. 
Cuenta la historia que hubo un camino adoquinado que subía hacia ninguna parte, grandes chalets donde alguien soñaba vivir y una luna casi llena adornando un cielo repleto de estrellas que se encendían como las luces de un árbol de Navidad. 

Paseaban por aquel páramo desierto y que comenzaba a calentarse con un verano incipiente que tocaba a la puerta para hacerse notar, un par de jóvenes que se hacían llamar amigos pero que, en realidad, eran muchísimo más. Los dos hablaban y hablaban, porque si en algo siempre fueron expertos, fue en contarse absolutamente todo… hasta que dejaron de hacerlo tiempo después. 
Charlaban de amigos en común y proyectos futuros, de sus planes y sueños, de sus inquietudes y de cómo habían llegado hasta allí sin comerlo ni beberlo y, quizá, en ese preciso momento, entendieron que a veces en esta puta vida hay cosas que suceden por obra y gracia de una fuerza superior que se muere porque encontremos a esa persona que te va a exprimir más el corazón que el resto de la gente que te cruces por aquí. Y vaya si ellos se exprimieron... y vaya si ellos se quisieron.


Cuentan también que luego hubo un banco tenuemente iluminado por unas farolas que irradiaban una luz ámbar y que ella vestía de blanco y su piel morena contrastaba con aquel color de una manera tal que cualquier hombre sobre la faz de la tierra se habría enamorado de su sonrisa casi tanto como lo estaba él. Dicen que sus ojos verdes lo miraban tímidos y sus manos, las más bonitas de cuantas han existido, jugueteaban nerviosas pensando qué vendría después. Algunos hasta se atreven a afirmar que él, el hombre que nunca se había puesto nervioso frente a una mujer antes, estaba tan tembloroso que apenas podía hablar, moverse o, si me apuran, respirar. Pero repito, quizá sean tan sólo habladurías.

Y la historia continuó, según dicen, mientras las suelas de sus zapatillas y el canto de las chicharras servían de banda sonora para lo que vino después. ¿Y qué vino?, se preguntarán ustedes: una pregunta tímida, una cama de noventa y una mujer que se abalanzó sobre un hombre que llevaba tanto tiempo enamorado de ella que tuvo que asegurarse en la oscuridad que por fin sus labios lo besaban y no lo estaba soñando como tantas veces había sucedido tiempo atrás. Y más tarde vino todo lo demás, pero esa es otra historia: la de cómo teniéndolo todo, al final, lo dejaron escapar.

martes, 17 de julio de 2018

Tequila

Entraron de la mano en el pub sin saber muy bien de dónde venían y, mucho menos, a dónde irían después. Parecía que se conocían desde hacía mil años pero, en realidad, se acababan de conocer. Encajaron tan bien como las piezas de un puzle, como el azul del cielo de la primavera lo hace con el del prado más verde o como esas parejas que por mucho que se empeñen en separarse no terminan de dejarse de querer.

Se sentaron en el banco más cercano a la barra y se miraron durante un segundo. “¿Qué hacemos ahora?” Se preguntaron los dos sin dirigirse una sola palabra, a lo que ella, atenta y decidida, se atrevió a contestar, esta vez sí en voz alta:
-Dos tequilas, camarero.

Tres malditas palabras que se clavaron en el pecho de aquel tipo afortunado que, sin comerlo ni beberlo, comenzó a tener claro que aquella noche sería la primera del resto de muchas y que, seguramente, todas terminarían comparándose con aquella después. Nada podía salir mal, todo debía salir bien y, cruzando los dedos por debajo de la barra, rezó para que así fuera por una maldita vez.


El barman abrió una botella de José Cuervo y el licor comenzó a derramarse por el vaso desde unos diez centímetros de altura. El anaranjado caía dentro del recipiente, derramando por obra y gracia de la gravedad y la fricción gotas fuera de él, como si no importase desperdiciar el bien más preciado para todos cuantos moraban en aquel tugurio: el alcohol. Había de sobra para todos y eso había que dejarlo bien claro para que todos aquellos huéspedes deseosos de ebriedad se percatasen. 


El tipo que los atendió introdujo dos rodajas de limón dentro del vaso ya repleto de licor y dejó un salero común para que ellos mismos hicieran los honores. Ambos se lamieron el dorso de la mano y desparramaron sobre ella una buena cantidad de sal. Luego, se miraron atentamente esperando que alguien tomase la iniciativa a lo que ella, de nuevo, se adelantó para sugerir un brindis: “por lo que surja o tenga que surgir” dijo. Y él comprendió que, en efecto, aquella noche le había tocado la lotería.


Apenas una hora más tarde una puerta se abría en un piso cualquiera de una bonita ciudad y dos amantes entraban en él con la fiereza con la que un Miura lo hace al abrirse la puerta de toriles. La saliva de sus bocas se mezclaba con el sabor a tequila y sal de media docena de chupitos como aquel que se ha narrado con anterioridad. Las lenguas guerreaban en un combate sin tregua y las manos de ambos contendientes se perdían por debajo de las faldas o por dentro de los pantalones. El click de la hebilla del sujetador retumbó en el piso como el tambor de guerra de un ejército en un desfiladero y sirvió de pistoletazo de salida para todo lo que vino después. Que no fue poco, por otro lado.

Los besos en el cuello, las caricias por la espalda, los gemidos más tenues comenzando a acrecentarse a la par que la temperatura de unos cuerpos suficientemente calientes ya por un licor que volvía a fraguar una noche de pasión como venía haciéndolo desde que alguien tuvo a bien inventarlo vete tú a saber cuándo. El verano fuera, el infierno dentro, y al final, después de medio millón de mordiscos, doscientas cincuenta mil embestidas, unas sábanas empapadas de sudor y media noche de una pasión tal que ni la misma corte de Lucifer podría haberle hecho sombra, tan sólo quedó el silencio más absoluto y un olor a tequila, sal y limón en el ambiente que atestiguaba que todo aquello era culpa del alcohol, como casi todo lo bueno o malo que ocurre en esta maravillosa vida. Y ellos, extasiados, cayeron dormidos rozándose únicamente con la yema del dedo índice pero dando gracias a Dios por ese tequila maravilloso que les acababa de regalar la primera del resto de sus noches.

viernes, 29 de junio de 2018

Sonríe

Sonríe porque hoy ha salido el sol o porque anoche viste la luna llena; porque puedes caminar por la calle y beberte una cerveza en cualquier bar, sonríe porque tienes al lado a gente que te quiere, que te cuida y que no te va a dejar jamás. Sonríe porque los árboles están más verdes que nunca y el cielo más azul, sonríe aunque nadie más lo haga y, si te dicen que no saben, enséñales tú.

Que sea de oreja a oreja la mejor de tus sonrisas. Estridentes, tímidas, ruborizadas o de las que van saliendo despacio, de esas que no tienen prisa. Sonríe por la mañana, por la tarde y por la noche, desde que amanece hasta que te vayas a dormir, hazte feliz a ti misma sonriendo, haz feliz a todo el que se cruce contigo y hazme feliz a mí.


Sonríe, coño, sonríe, que hay muchísimo que celebrar: que hay más faldas en la calle, más días de playa y muchas fiestas que guardar. Sonríele al mar con una copa en la mano, hazlo en la piscina o en la barra de un bar, sonríele a esta vida que está pasando ahora mismo mientras te has parado a leer esto en algún lejano lugar. Porque estás disfrutando y, por eso, ya eres muy afortunada, porque puedes dormir, cantar, llorar, bailar, soñar, hacer el amor o sentirte enamorada. Porque tienes todo al alcance de los dedos aunque a veces pienses que no tienes nada y, sobre todo, porque la vida es un regalo efímero que, cuando menos te das cuenta, se te va de las manos como arena de la playa.

Sonríe por los que están llegando y por los que se marcharon ya, sonríe por los que están disfrutando de la vida y por los piensan que no la van a saborear del todo más. Sonríe por los que te miramos cuando te paseas por las calles, meciéndote como una cuna de lado a lado, sonríe por todos a los que el contonear de tus caderas nos deja totalmente ensimismados.
 
Sonríe cuando guerreas con otros labios encima de la cama, empapada en sudor mientras te arrancan la ropa... o te besan.... o te aman. Sonríe ruborizada cuando una lengua caiga sobre tu pecho o cuando los labios de aquel que amas se olviden de las palabras y se centren en los hechos. Sonríe por los viejos tiempos, los de goles de cabeza, fiestas de pueblo, vino, copas de ron, bailes, música, camisas y cerveza. Sonríe por las veces que viste salir el sol, sonríe por los paseos por el campo, por las verbenas, los descampados, las prisas y el calor; sonríe por aquellos bufidos de pasión, por los baños de espuma, los mojitos, por Roma, por la playa y por el amor. Sonríe porque aunque nos hayan quitado todo lo que tuvimos y ya no seamos dos locos enamorados sino un par de aburridos, solitarios y cuerdos, tenemos en la mente algo que no puede arrebatarnos nadie: mil millones de preciosos recuerdos.