miércoles, 25 de febrero de 2015

Whiplash

Con la resaca de los Oscars aún presente, ahondo en la que, para mí, era sin duda la película más talentosa de las ocho nominadas. De Whiplash como film ya he hablado más o menos en Twitter y quizá hasta escriba algo más extenso en los próximos días. Hoy, sin embargo, quería dejaros un diálogo de la película que ya de por sí vale un premio. Os pongo en situación ya que, aunque voy a intentar subir el vídeo a Youtube, dudo mucho que no lo retiren en pocas horas.


La escena se desarrolla en un bar donde Terence Fletcher (J.K Simmons) toca junto a su banda. Su ex alumno, Andrew Neyman (Miles Teller) pasa por la puerta y ve anunciada la actuación del profesor que más le ha puteado la vida. Entra y lo escucha tocar. Finalizada la pieza, Fletcher lo ve y se acerca a hablar con él invitándolo a una copa. Ahí comienza un diálogo que habla de la motivación del maestro al alumno, de cómo a veces es necesario apretar la naranja con toda la fuerza del mundo para poder sacar el zumo. Y lo cuenta así:

Fletcher: “La verdad es que no creo que la gente entendiese qué es lo que yo hacía en Shaffer*. Yo no estaba allí para dirigir, cualquier imbécil puede mover las manos y mantener el tiempo de una banda. Yo estaba allí para exigir a cualquier alumno más de lo que se espera de él y creo que esa es una necesidad apremiante. De otro modo privaríamos al mundo del siguiente Louis Armstrong o del próximo Charlie Parker. ¿Te he contado la historia de cómo Charlie Parker se convirtió en Charlie Parker?"
Neyman: "Joe Jones le tiró un platillo".
Fletcher: "Exactamente. Parker era un chico joven, muy bueno con el saxo, pero en un concierto va y la caga. Jones casi lo decapita por eso y el público se ríe de él. El chaval llora toda la noche pero, ¿qué hace al día siguiente? Practica. Practica una y otra vez con un solo objetivo: que nadie vuelva a reírse de él nunca más. Al año siguiente vuelve al Reno Club y toca el jodido mejor solo de saxo que se haya escuchado en la historia. Así que imagina por un momento que Jones, en vez de lanzarle un platillo a la cabeza, le hubiera dicho “está bien Charlie, no te preocupes, no estuvo mal. Buen trabajo” Entonces Charlie habría pensado “a la mierda, es verdad, no ha estado mal”. Fin de la historia, no hay Bird*. Para mí eso es una tragedia absoluta, pero es lo que el mundo quiere ahora mientras se pregunta por qué el jazz está muriendo. Por eso te aseguro que cada nuevo álbum de jazz que pasan en algún Starbucks prueba lo que digo, que no hay dos palabras más dañinas en nuestro idioma que “buen trabajo”
Neyman: "¿Pero hay un límite? ¿quizá fuiste demasiado lejos y desanimaste al próximo Charlie Parker?"
Fletcher: "No hombre, no… porque el próximo Charlie Parker nunca se rendiría".


Notas: 
Shaffer: Academia musical donde Fletcher impartía clases
Bird: Apodo con el que se conocía al músico Charlie Parker

lunes, 23 de febrero de 2015

El error de Andrés

Creo que existen pocas cosas en el mundo más tristes que un sábado de invierno en un pueblo del interior. La gente de bien se cobija bajo las sayas de una mesa de camilla mientras los despojos de la sociedad salimos a la calle a enfriar en la escarcha de las aceras un corazón que, como diría Sabina, hace ya tiempo que está podrido de latir.


Fue junto al candor del whisky y el relampaguear del neón cuando me encontré con Andrés una vez más. Nos fundimos en un abrazo cariñoso y recurrimos, de nuevo, a la charla que siempre nos acompaña y de la que nos sentimos profundamente orgullosos: nuestro madridismo. Nos acordamos de todo y de todos, desde la periferia de la capital hasta el barrio más docto de Londres, y comenzamos a reír y a burlarnos, como buenos madridistas que somos, de cualquiera que eligió incomprensiblemente alejarse de la felicidad máxima que supone amar al Real Madrid.

El reloj no dejó de correr como nunca lo hizo antes ni lo hará después, y del fútbol pasamos al otro tema recurrente de cualquier hombre que se precie, mas si el alcohol ya fluye por lo más profundo de tu ser: las mujeres. Y fue con eso cuando su cara cambió por completo.
Me señaló con el índice hacia el fondo del bar, donde un grupo de chicas de su edad bailoteaban al son de la música. Entonces pude ver una cara de consternación que me sobresaltó. Nunca lo había visto así, alicaído, preocupado y, si me apuran, hasta melancólico. Lo dejé momentáneamente con sus pensamientos mientras volvía a llenar de Johnny Walker la copa y pude ver cómo se alejaba para reunirse con el grupo y, poco después, con una chica en particular de la que con casi sin decirme nada me lo había dicho todo.
Los vi charlar durante un rato con ella mientras yo me limitaba a observarlos desde la lejanía. Permanecía allí quieto y expectante viendo cómo, por una vez, era otro hombre el que intentaba conquistar a la chica del bar. Pero aquello era algo más que una simple conquista.


La miraba distinto, no como un hombre deseoso de llevarse a su presa a la cama, sino como un enamorado ñoño que no se atreve a levantar demasiado la voz por si asusta a la chica, por si dice alguna tontería que lo prive de su compañía, de su perfume o de su media sonrisa cuando consigue, de vez en cuando, hacerla reír. Lo vi cómo mimaba, sin caricias físicas pero con lo que quise entender que eran bonitas palabras, a una mujer que sin duda era especial para él. Y, finalmente, me animé a acercarme.
No sé si hice bien al intentar echar un cable a mi amigo, pero el que caso es que lo hice. Comenzamos a hablar los tres y yo, en ocasiones, intentaba sacar un punto común entre los dos para decir lo buena pareja que hacían o alguna mierda similar con la más que evidente intención de que se la ligase. Sin embargo, veía cómo él se alejaba de los convencionalismos de otras ocasiones y parecía que eso, el engañarla para irse juntos, era lo que menos le interesaba. Me dio la impresión de que le sabía a poco, de que quería mucho más.

Tras media hora de conversación, la chica se tomó un descanso de nuestras coñas para volver con sus amigas y quedamos Andrés y yo solos en medio de un pub que cada vez parecía más vacío también. Me hizo un ademán y nos apartamos un poco del grupo. 
-        “Es muy guapa” – dije
-       “Es más que eso” – respondió con un tono que, incluso en medio de la triste estampa, me pareció lúgubre y mustio, triste y afligido.

Me contó que una vez la tuvo y que la dejó escapar, y me lo narró como si de una novela de Márquez se tratase, con tono majestuoso y tremendamente apabullante. Repitió tantas veces palabras como “la cagué” o “es perfecta” que consiguió emocionarme, darme cuenta de que ahí había algo mayor que el típico ligoteo de un sábado por la noche. Muchísimo más grande.

Quedamos charlando un rato y al final lo perdí de vista. Recuerdo que me dijo “tendrías que escribir algo sobre esto” y me he animado a hacerlo una noche fría de febrero porque creo que ya no sólo lo merece él, que también; sino que esa conversación sirve de ejemplo para volver a traer a colación ese refranero popular que nos avisa que es cuando perdemos lo que tenemos al lado cuando comenzamos a extrañarlo. Todos lo hemos comprendido en alguna ocasión y, sea por los motivos que sea, seguimos cayendo en el mismo error una y otra vez. Sin embargo, a pesar de lo triste de la escena, sí creo fervientemente una cosa: que cuando alguien mira con esos ojos de amor puro con los que mi amigo miraba a esa muchacha, cualquier cosa es posible, cualquier peldaño es superable y cualquier decisión mal tomada puede revertirse un día de estos. Y estoy seguro de que así será, no me cabe la menor duda.

domingo, 1 de febrero de 2015

Las mujeres más bellas

Dice Vargas Llosa que las mujeres normales son las más bellas… y yo no puedo estar más de acuerdo con él. Escribe el peruano que “las bellezas reales son las que beben cerveza y no controlan cuántas patatas han comido, las que se sientan en los bancos del parque a comer pipas o acarician con ternura a un perro que se les acerca a olerlas”. Asegura que "las mejores son las que derrochan belleza y no glamour, desgastan sonrisas, cruzan las piernas y arquean la espalda. Salen en fotos rodeadas de gente, esperan en la parada del bus y huelen a limpio". Pero hay mucho, mucho más.

Las mujeres más bellas son las que usan vestidos anchos y cortos en verano, sonríen mucho y no paran de hablar. Son las que te miran con ojos vidriosos, se muerden el labio inferior, adoran el café o te dicen, sin pararse a reflexionar, que te quieren con locura. Para mí, las mujeres más bellas taconean con estilo pero se descalzan cuándo y dónde quieren, alargan una caricia o buscan un beso en la oscuridad. Huelen a fresco perfume y saben a gloria bendita.

Las mujeres más bellas saben besar muy bien, cosa que no todo el mundo puede decir. Encuentran tu mano en el cine o tu pecho cuando se van a dormir y estampan su aliento en tu boca porque no tienen otra forma de conciliar el sueño que la de estar a tu lado. Son rubias, morenas o castañas que tuestan su piel al sol de Julio y tienen los pies congelados en enero. Usan tonalidades alegres cuando el calor aprieta y recurren al cuello largo, los guantes, la bufanda ancha y las botas altas en invierno. 

Las encontrarás vibrando con un partido del Madrid en algún bar de tu ciudad. Puedes directamente pedirle matrimonio si lleva la camiseta blanca y se molesta si la llamas ‘pipera’. Beben cerveza por las tardes y vino por la noche, sobre todo si las invitas a tu casa a disfrutar de una botella en un baño de espuma. Leen a la luz de la mesita con gafas de pasta dura y un pijama rosa de niña de once años. Te abrazan por las noches para que las calientes o te roban el edredón sin querer queriendo. Las mujeres más bellas tardan una hora en arreglarse y medio minuto en desnudarse, una semana en dejarse besar y seis meses en atreverse a decir ‘te quiero’. Se sonrojan con los piropos y te contestan halagadas con un ‘gracias’ a cada uno de éstos. Cantan en la ducha, sonríen por la calle y los domingos no quieren salir de la cama. Las mujeres más bellas están compuestas de mil detalles que te enamoran para siempre, que consiguen hacerte jurar que darás todo cuanto tienes por hacerla feliz. Te miran de reojo y se te cae el mundo al suelo, te besan en los labios y te dejan sin respiración. Te acarician el pelo y detienen el tiempo y, después, cuando el reloj vuelve a echar a andar, te das cuenta de que la mujer más bonita de entre todas las más bellas es aquella que, pudiendo estar en cualquier otra parte, prefiere estar ahí contigo. Y a esa no debes dejarla ir. Jamás.

sábado, 24 de enero de 2015

Noche de viernes

El hielo, que hasta no hacía mucho había llenado el vaso, se había derretido ya.
La botella, que hasta no hacía demasiado permanecía precintada, comenzaba a ver su final.
Él, que hasta no hacía tanto había estado sobrio, comenzaba a pelear con sus pies para no trastabillar.
La luz, que había cegado sus ojos no muchas horas atrás, se apagaba con cada sorbo de un whisky cada vez más dulce, más placentero, más cálido al paladar.
El mundo, que había rodado sin descanso durante siglos, no daba síntomas de seguir haciéndolo en la actualidad.
La luna, que lucía en lo alto del firmamento, volvía a escuchar sus aullidos de súplica una vez más.
Las estrellas, que se habían escondido entre nubarrones, rayos y centellas, brillaban como faros marcando un camino al que ya no volverá.
La cama que tantas veces había humedecido con su sudor, se sentía fría, aburrida y deseosa de gritar.
La quietud, que siempre había sido nota discordante en la partitura de sus días, se había convertido ahora en una constante difícil de escapar.
La música, que durante meses había permanecido apagada, volvía en el ambiente con fuerza a resonar.
La inspiración, que durante semanas había estado ausente, encontró el camino para regresar.
El texto, que se iba llenando de lexemas y morfemas con el teclear de sus yemas, clamaba por terminar.
Los dedos, deseosos de acariciar pieles ajenas, se conformaban con aporrear un teclado cansado de penar.
Sus ojos, adormecidos y cansados, se empezaban a entornar.
Su alma, encogida de tristeza y melancolía, suspiraba por irse a descansar.
Y el punto, que tantas había sido seguido, de repente y sin darnos cuenta, se convirtió en uno final.

miércoles, 14 de enero de 2015

Microcuento (VII)

Dibujé un mapa del tesoro que comenzaba en tu ombligo, que recorría tus piernas, que escalaba tus pechos y que moría en tu boca. Una caminata de pocos centímetros y muchas paradas, de piel erizaba y susurros lascivos, de las que te vuelven loca, de las que te sacan de quicio, de las que aligeran el paso, desechan lo casto y enaltecen el vicio.

Encontré el cofre de tus besos perdidos, de tus caricias regaladas, de tus labios prohibidos, de tus ojos perdidos y mis manos atadas. Atadas a un cuerpo que no quiero que huya, que hoy es mío para siempre, que no suelto por nada, que no dejo que se marche, que no quiero que se escape, que no consiento que me deje, que no permito que se aleje.

Te encontré de norte a sur y de este a oeste, y nombré territorio adjudicado los cuatro puntos cardinales en los que en una noche de empañados cristales, con permiso y sin reparo, te hice mía para siempre. Y fue ahí, entre sábanas de franela y un colchón que no paraba de gritar, donde puse de manifiesto a los dioses conocidos que en aquel país recién explorado no habría más habitante que un muchacho obsesionado, que un joven entregado, que un niño desamparado, que un hombre enamorado. Fue allí, en la alcoba donde te vi desnuda, donde supe con toda certeza y no tuve ninguna duda, de que mi cama no volvería a quedar viuda y que en mi puzle, por fin, comenzaban a encajar las piezas. Allí, a la luz de un radiador mutilado, reconocí ante el mundo que me habían conquistado.

lunes, 5 de enero de 2015

El beso que nunca llegó

El ambiente permanecía iluminado, tenuemente, por la luz que desprendía un cartelito azul de un canal de una radio cualquiera de la TDT. Una manta vieja servía de arropo ante el frío invernal de un salón que hacía demasiado que permanecía gélido, sin vida, destinado a una soledad total. Debajo de ese trozo de tela, las manos de dos amigos se entrelazaban después de todo un día deseando hacerlo y no atreverse a ello. Quedaba poco tiempo y había que aprovecharlo.

Sobre la oscuridad casi absoluta del lugar, resplandecían los mechones de su pelo dorado. Habían hablado de todos y de todo, sin excepción, sin esconderse de nada ni de nadie, aunque sólo, y por desgracia, en el sentido figurado de la expresión. Sus ojos se encontraban de vez en cuando y se miraban con el cariño que lo hicieron antaño, en algún mundo lejano donde todo era distinto, más alegre, menos dañino, más quimérico y menos real. Una época que había quedado atrás hacía tanto tiempo que, por un momento, pareció que jamás hubiese ocurrido.

Él pensaba que no la encontraría más guapa que por aquel entonces pero, de nuevo, se equivocó. Los años habían impregnado en ella un aura de madurez que la hacía, todavía, más interesante, más bonita, más mujer. Atrás quedaba esa niña que resoplaba cuando su boca se perdía en su cuello. Ahora, frente a él, se hallaba una mujer hecha y derecha, como dicen las viejas de pueblo. Una señora de los pies a la cabeza, con la elegancia que siempre la caracterizó y el carácter dulce y amable que un día estuvo a puntito de enamorarlo para siempre. Aunque nunca era tarde para eso.

Las circunstancias de la vida, eso sí, eran bien distintas a las de esa época idílica que había desaparecido. Lo que una vez consideró como suyo, como la fortaleza donde guarecerse en las frías noches de enero, ya no lo era más. Otro ejército moraba ahora allí y él debía acomodarse en los aposentos que se le reservaban, con caballerosidad manifiesta y una honda y escondida decepción. No quedaba más remedio, por muy difícil que se le hiciese todo.

Sin embargo, ambos sabían que esa reunión no era solamente amistosa. Ni mucho menos.
Sus cabezas se acercaban más y más con el transcurrir de los minutos, ansiando un primer beso que no terminaba de llegar. Las miradas se alargaban, las sonrisas nerviosas relucían, los labios se humedecían de vez en cuando para preparase para un instante que los dos deseaban pero que no se terminaba de producir. Ni se podía producir. 
Se miraban las bocas, se abrazaban con fuerza, se acariciaban las pieles y, finalmente, volvían a mantener la distancia. Temerosos, respetuosos con aquellos con los que debían serlos y, sobre todo, con ellos mismos. Y así debía ser.

El reloj fue consumiendo la tarde y la hora del adiós llegó. El sofá de la fría habitación quedó atrás y un hall deshabitado fue el escenario elegido ahora por los actores para el acto final de una tragicomedia maravillosa que concluía ahí, al menos en su primera parte. Los abrigos ya estaban en las manos y la oscuridad de una casa que volvía a quedar en penumbra una semana más, lo ocupaba todo, como siempre debió ser en cualquier acto romántico que se precie. Ella le pidió un abrazo y él, acongojado y acojonado, se lo dio. Notaba como su corazón latía con fuerza y eso le evocó otra retahíla de recuerdos. Se separaron despacio y él pudo notar su aliento en el cuello. No alcanzó a recordar una vez que deseara más arrebatarle un beso a alguien, perderse en su lengua durante toda la noche. Pero no lo hizo. De nuevo, no pudo hacerlo. En lugar de aquel beso pasional y romántico salió a relucir el que quizá él más odiaba: uno lento y fraternal en su frente. Probablemente el beso más descafeinado de todos cuantos existen. 

La miró por última vez y la dejó escapar a los brazos de otro. Entre improperios y lamentos, la chica que adoraba y que tan feliz le hacía, el talismán que le devolvía la suerte, su amuleto, su amiga y su amor, se marchaba lejos para volver a la cama de quien en su momento sí pudo y quiso amarla. De un chico sin nombre ni apellidos que supo darse cuenta del tesoro que le había caído del cielo y que no dudó un segundo en luchar por él hasta el final. “Hombre afortunado aquel” pensó el muchacho. “Y bastante más listo que yo”.
Y de la opacidad de la casa, sin darse cuenta, se vieron envueltos en el manto de una luna llena que les marcaba el camino a otra. El anillo con el que había jugueteado durante toda la tarde se marchaba a hacerlo con las manos de otro. Esos ojos pardos que lo habían mirado con cariño, se iban lejos de nuevo. La constelación de lunares que poblaban su pecho se alejaban de allí para ser exploradas por algún astronauta que sí tuvo el valor de subirse a la nave espacial en su día mientras él, el cobarde que no quiso, pudo o supo hacerlo, quedó en el hangar de la estación espacial con el casco en la mano y la mirada perdida, maldiciendo el día en que dejó escapar su oportunidad y prefirió quedarse en la dureza de la tierra antes de volar al espacio con la mujer más maravillosa de que se tiene constancia.

sábado, 3 de enero de 2015

2014-15

Las últimas gotas de cera de la vela del año 2014 van cayendo sobre la gran mesa del infinito espacio-tiempo mientras, casi sin darnos cuenta, la mecha de la siguiente comienza a calentarse al fondo de la habitación para iluminar, ya mismo, el nuevo 2015 que se nos ha echado encima. ¡Qué nervios, qué emoción!
El año del ébola, el pequeño Nicolás, Felipe VI, Pablo Iglesias o el mordisco de Suárez a Chiellini se va cabizbajo en un taxi después de haberse puesto las botas en media docena de cenas navideñas, comilonas de empresa y quedadas de amigos o compañeros de clase. En la memoria, mil y una historias que contar, doscientos millones de momentos, algún que otro beso robado, cientos de resacas y, todavía, algunas lágrimas que, por desgracia, no se terminan de ir. 

Trescientos sesenta y cinco días que ya no volverán. Doce meses con 109 casos (conocidos) de corrupción, casi a diez por cada uno tocamos. Ocho mil setecientas sesenta horas que parecían interminables y que ya están a punto de clausurar un calendario que se nos queda sin hojas. Más de medio millón de minutos donde todavía sigue resonando con fuerza ese maldito vocablo al que juramos que desterraríamos y que no se acaba de marchar. Esa crisis déspota y asquerosa que sigue instalada en cada provincia, en cada ciudad y en cada barrio de un país al que ya no se le puede exigir un sacrificio más, al menos no a los que vienen sacrificándose desde hace ya demasiado tiempo: a tu vecino y al mío, a su abuelo, primo, sobrino o amigo de éste, suyo o el de aquel que tienes ahora mismo al lado o te mira de reojo desde la butaca del salón.

El 2014 ya se encuentra en el hall de casa intentando cerrar la última de las maletas para transitar hacia algún desconocido lugar. Mientras, afuera, otro caballero con traje gris y corbata color caoba enciende la alarma de su coche para subir después los peldaños que los separan de la cena de fin de año que le espera calentita en la cocina. El primero se lleva consigo a Robin Williams, Lauren Bacall, Luis Aragonés, Cayetana de Alba, Adolfo Suárez o don Alfredo Di Stéfano. El segundo, por su parte, nos trae alguna cigüeña que otra para compensar. Siempre ha sido así y siempre así será.
El año del fracaso del Mundial deja paso a otro sin Campeonato del Mundo, Eurocopa, juegos Olímpicos o tan siquiera esa apestosa Copa Confederación. Se avecina uno de esos ‘verano de mierda’ como se conoce vulgarmente en mi círculo más cercano a los estíos donde no hay más fútbol que las pachangas de las ocho de la tarde en la pista del pueblo. Finiquitamos el año de la décima, el de Mireia Belmonte y Marc Márquez, aquel en que Alonso dejó Ferrari para poder ganar y Roger Federer no dejó de hacerlo. Hay cosas que parece que nunca van a cambiar.


A lo lejos se atisba a ver de nuevo una ceremonia de los Oscar donde DiCaprio no lo ganará, como tampoco lo hizo meses atrás ante un Matthew Mcconaughey que le arrebató merecidamente la estatuilla más preciada a uno de los actores que, seguramente, más la ha merecido. Star Wars, Jurassic World y hasta si me apuran 50 Sombras de Grey coparán la celulosa de las grandes salas mientras Intellestelar, El Hobbit o la infravaloradísima Her quedan desterradas a la quietud de la estanterías de grandes DVD´s de casa. Por otro lado, peores sitios hay que ese.
Se despide un año de amor y besos y les deseo otro con mayor porcentaje de estos en sus vidas. Que el confeti los empape y las lágrimas sólo sean de felicidad. Que disfruten del buen cine, de las grandes series y de la mejor compañía, desterrando de sus vidas la mediocridad, lo grotesco y lo tosco. Que el 2015 los encuentre bañados en alcohol y sonriéndole a un mundo que cada vez parece más mustio, más gris, menos alegre y más pútrido en muchos lugares del país, comenzando por ese hemiciclo flanqueado por leones. Les deseo salud, dinero y amor, como ya hacían Cristina y los Stop allá por el año 67 del pasado siglo. Que no les falten buenas películas en el año en que se cumplen cien del nacimiento de Orson Welles; sexo en el que Linda Evangelista cumple cincuenta (un saludo para Linda, que sé que nos lee), o música cuando pasa un cuarto de siglo desde aquel Blaze of Glory de un Jon Bon Jovi que se iniciaba en solitario.

En definitiva, espero de corazón, un final de año tan increíble que sólo pueda ser eclipsado por un principio de 2015 mil veces mejor. Que se pierdan en noches interminables, que se encuentren en días que deseen que no terminen jamás. Que los acompañe la dicha, la lujuria, la fortuna y la felicidad y que recordemos el nuevo 2015 que ya comienza por ser el mejor de nuestras vidas. Intentémoslo al menos, que no se diga que no pusimos toda la carne en el asador, que no nos tachen de cobardes, que no puedan reprocharnos que no exprimimos cada instante como si fuera el último. Que lo que viene sea siempre mejor que lo que se va. Ojalá sea así, para ustedes y, si mi permiten decirlo, también para mí. Ojalá todo venga a mejor, ojalá lo malo lo podamos, de una vez por todas, terminar de desterrar.

lunes, 29 de diciembre de 2014

La chica de la sonrisa perpetua

De nuevo la noche se había apoderado de su vida y el sonido estridente de la música comercial inundaba un ambiente festivo que evocaba tiempos pasados, épocas pretéritas o mundos que parecían haber quedado atrás.
Fue entre la intermitencia del neón cuando sus ojos encontraron una cara conocida entre la multitud. Su pelo, dorado como el mismo oro, se mecía en el ambiente como la cuna de un bebé. Su cuerpo se posaba sobre dos tacones negros que hacían juego con una falda del mismo tono, que dejaba ver dos piernas en las que tantas veces se había perdido, de punta a punta, en los sueños de la última década.
Sus miradas se cruzaron y se mantuvieron fijas durante un segundo que se alargó más de la cuenta. Finalmente ella cedió y volvió a dirigirla a la pista de baile mientras él, obnubilado, siguió inamovible ante la visión que le presentaba aquel pub que hacía tanto que no frecuentaba. Sus recuerdos volvieron a años atrás, cuando ese mismo chico oteaba desde lo alto de la pasarela a cuantas mujeres entraban en ese local como lo hacía también en ese instante. La música del Dj volvía a recordar esa época de botellones, veranos y fiestas de guardar. Volvía a evadirlo del presente para trasladarlo a un tiempo que había intentado exprimir como un naranja madura. Se vio en el mismo lugar, con la misma compañía y las mismas melodías que diez años antes resonando en sus oídos y recordó que entonces también ella seguía presente en sus más hondas ensoñaciones, en sus más lujuriosos sueños, en sus más pecaminosas fantasías.

El perfume de su cuello inundó sus fosas nasales cuando, por fin, consiguió acercarse a charlar con ella. El “Hola, ¿cómo estás?” quedó pronto desterrado por un “Estás preciosa” que la sonrojó. Se armó de valor para que la superficialidad de una charla coloquial no fuera la tónica de una noche que él intuyó de pasión y romanticismo, y pronto comenzó a agasajarla con palabras subidas de tono y piropos sobre cualquier punto de su cuerpo. Ella comenzó a reír y él se dio cuenta de que no podía recordarla de otra manera. Era la rubia de sonrisa perpetua, fija, perenne e imperecedera. Siempre estaba así, feliz, sonriente, llena de dicha y alegría. Sus ojos se achinaban con cada preciosa mueca que su boca sacaba a relucir y el muchacho comprendió que junto a su bonita cara y ese cuerpo que tantas veces había ansiado desnudar, lo que más le atraía de ella era precisamente eso, su vitalidad constante y su felicidad permanente.

La noche se fue consumiendo como una vela en la penumbra y él regresó una vez más a casa solo y desamparado. Los primeros rayos de sol de un domingo de resaca anunciaban que ya era hora de marchar a la cama: “el rico a su riqueza y el pobre a su miseria” como en la ‘Fiesta’ de Serrat. El astro sol volvía a encontrar a los amantes empañando los cristales de algún viejo automóvil, a los viejos cotilleando en las puertas de los bares y a un chaval de aspecto cansado y el corazón sobrecogido por una chica de cabellos abrillantados que soñó por un momento que sería suya y que ahora, para su desgracia, volvía a despedirse de ella para dejarla viajar a los brazos de algún afortunado que pronto hundiría su lengua en la boca que el tanto deseaba besar.

martes, 16 de diciembre de 2014

Convirtiendo el invierno en verano

La vio bajar los escalones de una discoteca que conocía demasiado bien y se juró que aquella noche sería suya. Fue un trabajo difícil, como no podía ser de otra manera y, como todas las grandes gestas de la historia requirió tiempo, sudor y (casi) lágrimas. 
La batalla comenzó con un contacto visual que ella rápido esquivó. Pocos segundos después, él se armó de valor y recorrió el par de metros que los separaban para comenzar a relatar, una tras otra, las palabras que su imaginación le iba leyendo, sin prisa pero sin pausa, con la firme intención de que, en pocas horas, estuviera desnuda en su cama.
Sus labios se acercaban a los de ella buscando un susurro en su oreja que pudiera hacerla olvidar el ruido de una música estridente para concertarse única y exclusivamente en él, en todas las cosas que le prometía. Le sacó alguna que otra sonrisa y ahí supo que la dirección era la correcta, que no debía alejarse mucho del camino que, hasta ahora, estaba trazando entre piropos y galanterías.
Le habló de sus ojos y de su boca, y le dijo sin miedo y sin vergüenza que se moría por comérsela de arriba a abajo, por desnudarla él mismo sin compasión y sin reparo, sin miramientos o atisbo de vergüenza. Ella se ruborizó. Entre la luz fluorescente del local y la intermitencia de una oscuridad que cada pocos segundos se apoderaba de todo, pudo ver cómo sus mejillas se enrojecían y la temperatura de su mano, la cual acariciaba muy de vez en cuando, comenzaba a subir. 


Acabaron por fin en su casa, los dos; ella asegurando que únicamente sería una copa y él dándole la razón mientras de reojo miraba al cielo dándole las gracias a unos dioses porque, por fin, la comenzaba a sentir entre sus brazos.
Le llenó una copa de vino olvidando el decoro y el protocolo. Ella bebió un sorbo y se quejó del frío del ambiente. “No iba a poner la calefacción” contestó él, “que si no, no te acercas a mí”. De nuevo rio y, de nuevo, él la cogió de la mano. Ella, finalmente y consciente de que el mísero trocito de escudo que le quedaba era ya inservible ante el momento que se avecinaba, se desprendió de él y se abalanzó sobre el chico introduciendo su lengua en su boca. Y fue ahí cuando una fría noche de invierno poco tuvo que envidiar a la más calurosa del mes de agosto.

Intercalaban besos de cariño con mordiscos de pasión. Sus manos se perdían bajo una ropa que fue desapareciendo de sus cuerpos para perderse en las esquinas del cuarto. Él besaba su cuello con frenesí y ella jaleaba de pasión impregnando el ambiente con un vaho de lujuria que se perdía en el infinito. Le desabrochó el sujetador y apretó sus pechos con fuerza, llevándoselos más tarde a la boca y mordiendo sus pezones hasta hacerla temblar. Terminaron de desvestirse y las primeras gotas de sudor comenzaron a empapar las sábanas de una cama que los acogió chirriante. Se perdieron en una locura libidinosa, en una esquizofrenia sexual que los acompañó hasta que los primeros rayos de sol se estamparon contra unas ventanas empañadas ante la diferencia de temperatura de la calle y aquel trozo de infierno en que se había convertido ese cuartucho.  Pero ahí siguieron los dos amantes, deseosos de más y convencidos de que esa noche de escarcha y nieve, de frío e invierno, se convertiría, entre sacudidas de lascivia, en otra de calor, fiesta, sexo y verano.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Cuando ella se fue

Las lágrimas explotaban contra la mesa como bombas de una guerra insatisfecha de víctimas, sedienta de crueldad y deseosa de producir más y más dolor. El desconsuelo y la desesperación brotaban de lo más profundo de un chico que se aferraba a la quimérica idea de que su pena encontraría consuelo en el tamborileo de sus dedos contra el teclado, como tantas veces le ocurrió antes y otras tantas vendrían después. 
El amor se alejaba de su vecindario taconeando con elegancia sobre unos zapatos de Zara. Ella había sido el pilar donde se sustentaba una vida de mediocridad, fracasos y desengaños, y ahora, como hacía tiempo que el joven se temía, ese cimiento que había comenzado a desquebrajarse hacía ya mucho, se hundía sepultando junto a escombros y polvo, la única parte sana que quedaba de su ya maltrecho corazón.


Probablemente no la volvería a ver, al menos, corpóreamente. Eso le aliviaba en parte, porque se sentía temeroso de poder encontrársela cualquier tarde paseando por un parque, comprando en una tienda o, simplemente, tomando un café en algún bar. Sería difícil, muchos kilómetros los separaban. Sin embargo, sabía que su tortura comenzaría como lo había hecho esa misma tarde, con la fuerza de mil cañonazos, en el único lugar de donde no podría borrarla jamás: en lo más recóndito de su subconsciente.


Allí habría lugar eternamente para sus ojos verdes con los que siempre se metía, para la boca en la que tantas veces se había perdido, para aquel flequillo cayendo sobre su cara al que había dedicado odas y poesías, relatos y sonetos. Siempre habría sitio para sus piernas morenas y sus preciosas manos, las mismas que acariciaron su pelo en las interminables noches en que ambos se quedaban hasta el alba viendo un centenar de películas. No olvidaría jamás su sonrisa y la forma con la que te miraba cuando conseguías ruborizarla. Eso nadie se lo podría arrebatar, por suerte o por desgracia.


Tantos momentos se esfumaban en ese instante que, tras unos días intentando mantener la compostura, no pudo más que hundirse en la soledad de una casa desierta como un lobo aullando a la luna: con la certeza de que nadie lo escucha, con la seguridad que su pena es tan grande como vana. La echaría tanto de menos que no quiso creer que pudiera soportarlo.
 
Y allí quedó, solo en un cuarto, mudo y abatido, melancólico y pensativo; recordando lo vivido, lo que tan feliz le hizo. Volvió a buscar consuelo en un dios que lo había olvidado, que ya no quería cuentas con él. Rezó por una tregua, porque el castigo cesase, porque ella volviese, porque todo aquel tiempo de desdicha e infortunio terminase de una vez por todas. Pero se encontró de nuevo con el silencio, con el maldito abismo de un desamparo que cabalgaba junto a él desde hacía mucho.


Quedó llorando como un niño, afligido y arrepentido. Con la imagen de esa chica que tanto había querido y que ahora, como no podía ser de otra manera, navegaba sin ella quererlo a los brazos de alguien que sí pudiera hacerla realmente feliz. Él se conformaría el resto de su vida con pensar que, aunque por su parte no lo consiguió, sí disfrutó de los mejores años junto a la mujer más maravillosa que el mundo ha visto. Y de lo más hondo de su desesperación salió un aliento tenue susurrando un ‘gracias por todo’ que fue volando desde esa planta baja cercana al mar, al corazón de la mujer que ahora dejaba de ser suya para siempre. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mireia

Seguramente el primer día que me tiré (o más bien, me tiraron) a una piscina, ella todavía no había nacido. Tres años y unos cuantos cientos de días nos separan a ella y a mí en el tiempo, junto a medio millar de kilómetros en la distancia. O incluso más. Creo, sin embargo, que nos une una pasión por el agua que no todo el mundo posee, puesto que una de las grandes diferenciaciones que existe en la vida es la que clasifica a los seres humanos en ‘de secano’ o ‘de regadío’; y ella y yo somos, claramente, de la segunda categoría.
Siempre cuento, henchido de orgullo, que Mireia Belmonte fue a la primera deportista que entrevisté en esa época lejana en la que el periodismo no sólo no me causaba la repulsión de la actualidad sino que, pobre de mí, todavía creía esa burda mentira de que “es la profesión más bonita del mundo”. Ya saben ustedes, la ignorancia de la juventud.

Recuerdo aquel día como si de ahora mismo se tratara. Yo hacía prácticas en una de las grandes radios deportivas del país y nadie por aquel entonces conocía a una sirena de ojos azules y preciosa sonrisa que acababa de proclamarse campeona del mundo junior en Río de Janeiro. Uno de los redactores llegó con un teletipo y me dijo: “Antonino, llama a esta chica que acaba de ganar la medalla de oro y hazle unas cuantas preguntas. Que no dure mucho, para meter un par de cortes en la ronda”. 


Antes de iniciar la llamada, comencé a bucear en el inmenso ciberespacio para encontrar alguna información sobre esa niña de dieciséis años que acababa de lograr el más preciado metal en su categoría. Apunté los que más me llamaron la atención, no pensaba consentir que, en mi primera entrevista, algún error de contraste pudiera hacerme quedar mal.
Más tarde, y con toda la información bien ordenada, marqué el teléfono de su entrenador que todavía conservo en la agenda más por morriña que por cualquier fin laboral o social. Un señor contestó y, rápida y educadamente, me presenté diciendo mi nombre y desde el medio que llamaba. En poco menos de medio minuto, la voz risueña y casi rota por la felicidad de una niña que acababa de comenzar la carrera más prometedora de la natación española, se ponía al aparato.
Comenzamos a hablar. No descarto que yo fuera el primer periodista que la felicitaba tras su logro porque me contestaba incrédula a cada pregunta, emocionada ante cada elogio que le profería, embriagada de agitación por haberse coronado como la mejor después de tantísimo trabajo.

Y nos pusimos a charlar.  

Los pocos minutos que me habían pedido se alargaron más de la cuenta. Yo le hablaba del pasado y del futuro, pero ella se concentraba más en el presente. Lo degustaba como un dulce, como un vaso de agua en una tarde cálida. No quería pensar en más, sólo deseaba agarrarse a ese instante mágico que estaba viviendo y a mí, por supuesto, me pareció más que bien. Recuerdo su risa nerviosa, sus tartamudeos de emoción, sus palabras entrecortadas por el júbilo. Si alguna vez me pidieran que definiese la felicidad, podría ejemplificarla perfectamente en esa conversación que duró hasta que su entrenador, su manager o quien fuera aquel tipo que no paraba de decirle que cortase, que había más medios que atender, consiguió convencerla. Me dijo: “me tengo que ir” y recuerdo perfectamente contestarle con un “ha sido un placer hablar contigo, ojalá que pueda llamarte mil veces más por las próximas mil medallas que ganes”. Respondió con un “gracias” que me pareció tan sincero que me juré que así sería. 

Pero no fue.

Esa fue la última ocasión que hablé con la sirena de Badalona. Seguramente ella ni lo recuerde, pero eso tampoco me importa porque a mí no se me olvidará jamás. Y cada vez que la veo tocar el final de la piscina, en cada ocasión que la observo a través del plasma sonreír empapada en gloria y triunfos, a mí me levanta también una mueca de gozo. No puedo evitar acordarme de esa charla que tuvimos hace ya tantos años y pensar que, en el fondo, yo llevaba razón. Porque aunque nunca volví a hablar con ella, las mil medallas que le vaticiné parece que se están cumpliendo, y pocos se alegran más por ello que yo. Enhorabuena, campeona.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Microcuento (VI)

Nunca fui tan rico como cuando te tuve en mis brazos, tan ágil como cuando me deslizaba entre tus piernas, tan altivo como cuando paseábamos por la calle, tan frágil como cuando tus manos acariciaban mi espalda, como cuando besaba tus senos, como cuando mordía tu cuello, como cuando te echaba de menos.

Nunca fui tan sincero como cuando pronunciaba un ‘te quiero’, como cuando juraba que no habría otra, como cuando vivíamos en la cama o nos encontraba desnudos la mañana.
Jamás me sentí tan impaciente con la vida, tan severo con la distancia, tan ansioso con un tiempo terco, obstinado, caprichoso como un chiquillo, receloso como un amante despechado; que ralentizaba con temperamento desdeñado, las manecillas de un reloj estropeado.

Nunca fui tan holgazán como cuando nos capturaba un domingo en tu alcoba, tan meticuloso como cuando mi boca bajaba por tu vientre, tan poderoso como cuando tus gemidos inundaban el ambiente, tan talentoso como cuando actuamos en aquel drama. 

Nunca fui mejor persona que cuando compartimos días y noches, cuando vivimos dos vidas en una, obviábamos los reproches y nos prometíamos la luna.
Sin duda alguna puedo concluir, sin miedo a que me digan que mentí, que nunca hubo un periodo más feliz, que el tiempo, cada segundo, que te tuve junto a mí.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Roger Federer

Serían poco más de las tres y media de la tarde en España cuando, con 40-0 en el marcador, Roger Federer servía para hacer a su país, Suiza, campeón por primera vez en la historia de la competición tenística por equipos más importante del mundo: la Copa Davis.
El punto comenzó con un saque a la ‘T’ que su rival devolvió flojo y centrado. Roger tenía toda la pista para cruzar una bola y hacer correr de lado a lado a Gasquet, pero eso era demasiado fácil para el mejor jugador de todos los tiempos. Con un toque sutil y cortado, mandó una dejada a la derecha de un francés que ni siquiera gastó esfuerzos en intentar llegar porque, a buen seguro, habrían sido en balde. En vez de eso, el jugador local se quedaba de pie haciendo de espectador privilegiado ante el momento histórico que estaba viviendo junto a las casi treinta mil almas que llenaban el estadio Pierre Mauroy de Lille. Mientras todos enmudecían, Roger Federer se dejaba caer en la arcilla francesa sobreexcitado por la emoción de saber que su leyenda volvía a agrandarse un poco más, si es que eso era posible, consiguiendo el último de los títulos que le quedaban por adornar su más que agigantado palmarés. 
 
A mí, que lo viví emocionado en la calidez de mi hogar, me vino a la memoria la imagen de Federer llorando a lágrima viva allá por 2009, cuando un fenomenal Rafael Nadal lo derrotaba en el enésimo encuentro que jugaban. En aquella ocasión fue sobre la pista dura del abierto de Australia, y ahí algunos creímos que la leyenda del suizo terminaba, que su digno sucesor había conseguido derrotarlo y enterrarlo para siempre. Cuán engañados estábamos, qué tremenda desfachatez haber dudado del mejor jugador de todos los tiempos, cuántas bocas tenía que callar y cuántos títulos levantar al cielo. Ojalá sean muchos más, ojalá no se nos vaya nunca.


De Roger Federer, como ocurre con todos los grandes deportistas, se ha dicho ya casi todo. Se han escrito libros, rodado documentales e incluso, si me apuran, estoy seguro de que algún amante del deporte le habrá dedicado alguna que otra oda poética. Yo, desde la humildad de un blog que aúna todo y no habla de nada, quería volver a hacer hincapié en la palabra que a todo ser viviente que haya visto jugar al suizo le viene a la cabeza cuando ha de definir su estilo: elegancia.
Si Zidane lo fue en un terreno de juego, Sam Snead frente a un hoyo o Pernell Whitaker encima de un ring, Roger Federer es la personificación de ese concepto tan elitista y poco común, tan apreciado entre los amantes del deporte como escaso dentro y fuera de él. El suizo podrá, a sus treinta tres años, no ser el mismo ciclón físico que conquistó el mundo a los veinticinco, pero es, de largo, el jugador más refinado no sólo del circuito actual sino, probablemente, de todos los que alguna vez empuñaron una raqueta.

Ver a Roger moverse entre cualquier superficie es un deleite para la vista. Uno juraría que sus pies no llegan a posarse nunca sobre la tierra batida, el césped o el cemento, sino que se mantienen flotando y es únicamente la ilusión óptica del espectador lo que parece asentarlo en el suelo. Su derecha no obtiene quizá la potencia de los demás, pero es certera como una daga, y nadie me podrá negar que su revés es la acción más notable y depurada del panorama deportivo actual. De largo, muy de largo sobre la segunda.
El maestro del tenis volvió un veintitrés de noviembre a silenciar a aquellos impacientes que alguna vez intentamos jubilarlo. Hoy, Roger Federer se aupó a lo más alto del único título importante que le quedaba por ganar e indirectamente y siempre con mesura y delicadeza, le dijo al mundo entero que todavía, por suerte y gracias a Dios, nos queda mucho Federer por disfrutar. Eso es precisamente lo que nosotros tenemos la obligación de hacer, disfrutarlo; él se encarga de que así sea.

martes, 11 de noviembre de 2014

El día que Fonsi mató a Podemos... sin querer

Antes de comenzar a desgranar punto a punto las ideas que quiero plasmar en este texto, tendría que iniciar el mismo presentándoles, si todavía no lo conocen, a Fonsi Loaiza.

Fonsi es un chaval que se define a sí mismo como comunista pero que, a la vez, viste con polos de Ralph Lauren. También afirma en su círculo más cercano que es seguidor incondicional del Real Madrid, pero no se esconde en asegurar que celebró el gol de Iniesta en Standford Bridge en la que fue, a todas luces, la noche más escandalosa de la última década en el ámbito futbolístico europeo. Es un muchacho de Cádiz que te saluda con un ‘bona nit’ y que reniega de la cúpula del periodismo deportivo nacional pero se graba en vídeo para que lo fichen en El Chiringuito. En definitiva, si hubiera que encontrar una palabra para definirlo (primero habría que devanarse bien los sesos entre la multitud que a uno le viene a la cabeza) sería, seguramente, extraño.
Antes de que sigan leyendo esta ya extensa introducción, les recomiendo encarecidamente este texto del gran Hughes (lo de ‘gran’ se lo asignó Juan Leániz hace poco y creo que lo merece con creces) sobre Fonsi y Podemos. Un artículo que me ha llevado a mí a sentarme frente a la pantalla, café en mano, para intentar explayarme en los conceptos que, de soslayo, remarca Hughes en ABC.



Comencemos pues.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Si no tardas mucho...

Si no tardas mucho me quedo a esperarte en el banco de la estación, como Penélope y su bolso de piel marrón, sus zapatitos de tacón y su vestido de domingo. Me quedo sentadito, sin hacer mucho ruido y mirando al horizonte esperando verte aparecer. Si prometes venir rápido, me comprometo a no mirar otros ojos, acariciar otra piel o besar otros labios nunca más. Hacerme tuyo y sólo tuyo, aferrarme a ti como las cadenas al preso o el vaho al frío. Por el resto de los días de mi vida.

Si no tardas mucho en llegar, aguardo un poquito más. Un segundo agarrándose a otro, indeciso y expectante, nervioso y atento a que tus piernas al aire lleguen contoneándose al son de tus caderas. Que tu taconear resuene en la sala como las agujas de un reloj que marcan el final de la espera y anuncian el principio del resto de nuestras vidas. Tu mirada, fija en la mía; tu sonrisa, deslumbrando la escena como un rayo de sol que se cuela por el objetivo de la cámara. Date prisa, te sigo esperando.

Si no tardas mucho, termino de escribir este párrafo y voy para allá, donde quiera que encuentre un lugar cómodo para aguardar el instante en que te estrecho entre mis brazos y mi boca encuentra la tuya, húmeda y hambrienta. Si no tardas mucho, prometo no moverme de allí. No te quedes con las ganas y quédate conmigo. Que nuestro cuento no termine antes de comenzar, que no tengamos el resto de la vida para arrepentirnos de lo que no hicimos y sí de lo que puede salir mal. Anímate, ven, yo sigo aquí, aguardando el momento. Si no tardas mucho, te prometo, de verdad, que te espero el resto de mi vida.