martes, 8 de enero de 2013

La rodilla

Quizás sea la parte de la anatomía femenina más infravalorada. Como Antonio Salieri o Edwin Aldrin, siempre han estado a la sombra de otras que, por unas razones u otras, han copado las páginas y páginas de papel escritas en post del ser más grande de la creación: la mujer.

Son dos, como los ojos, los pechos, las manos o los pies. La unión de las partes de la pierna en una, el nexo que ensambla el muslo con la pantorrilla como una cinta de oro que enlaza dos trozos de cielo. Es una articulación compleja como el resto de la fisiología femenina y como no podía ser de otra forma en algo tan exquisitamente bonito. La encargada de que ellas puedan andar con ese paso firme y brillante al son del taconear de sus zapatos como si del retumbar de un tambor al borde de un desfiladero se tratase. Se mueven en una sola dirección, sin cambiar de rumbo ni de sentido, siempre el mismo movimiento... una y otra vez; incansables, perfectas en toda su dimensión. Se dejan entrever en ocasiones en las faldas más provocativas que son, como todo en esta vida, la que dejan lugar a la fantasía y esconde al ojo humano lo más recóndito de su ser.
La rodilla está en un campo de visión inferior al de los hombros, otro de los grandes detestados por la literatura universal pero tan protagonista como las anteriores. Realmente todas y cada una de las articulaciones del cuerpo femenino mantienen un papel secundario pero son el lugar de encuentro de muchos de los besos más pecaminosos que reciben en esas turbias noches de pasión. Las muñecas, los hombros, los tobillos o las propias rodillas se describen sólo en los versos de los más doctos en los temas del amor, es el último nivel de los poetas desconsolados y totalmente rendidos ante la mujer, los que sólo viven por y para ella, los que no tienen otro oficio que describir la belleza de su ente.
Uno se pone de rodillas cuando se postra por respeto o admiración. Reza de rodillas ante Dios e hinca la rodilla ante la tierra que lo vio nacer o el rey por el que puso en juego su vida. En ella se apoya el peso del cuerpo en el acto de reconciliación con el alma, toda la fuerza la gravedad en un punto apenas mayor que la palma de la mano y que asienta en él toda la carga del amor. Besar la rodilla es el preámbulo del embelesamiento absoluto. Se eriza la piel mientras tus labios la acarician con ternura. Se oye un gemido o un balbuceo de palabras inconexas en la delicada voz de la amante que se postra ahí, incapaz más que de dejarse llevar por el calor de unos labios que saben que ese punto no es más que el preámbulo de un éxtasis total.
Un presente del cielo, un lugar donde guarecerse en las frías noches de invierno, la letanía de un amor sin fin en el cuerpo cálido de la mujer amada, la perseida que cubre el ecuador de la pierna, la estrella fugaz que la visión suele olvidar a su paso, pero que el fuego de la pasión recompensa poco después cuando las cartas ya están sobre la mesa y la guerra comienza bajo las sábanas. Eso es la rodilla, la gran ausente en los poemas de la que hoy me acordé y quise dejar constancia.

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